En 2006 el entonces presidente Kirchner tuvo la brillante idea de prohibir las exportaciones de carne vacuna con el propósito de evitar un aumento del precio minorista de la carne vacuna. Llegó incluso a trabar embarques de cuota Hilton que eran ansiosamente esperados por importadores europeos en pleno Mundial de Fútbol.
Tal política, en el corto plazo, resultó un éxito: los precios de la hacienda y de la carne se derrumbaron junto con el stock bovino, que en apenas tres años –entre fines de 2008 y de 2011– perdió casi 10 millones de cabezas en un proceso de “vacunicidio” sin precedentes.
Desde entonces el stock de hembras, la “fábrica” de la ganadería, se recuperó bastante, aunque aún faltan más de un millón de cabezas para alcanzar los niveles registrados a fines de 2008. Pero el dato es que el stock de machos es más tres millones de cabezas menor al presente doce años atrás.
Desde que se quedó sin el stock de reservas de machos, el sistema ganadero-cárnico argentino viene trabajando, año tras año, al límite de su capacidad, con la “máquina” prendida recalentada, pero sin resto para recomponer existencias de manera sostenida.
En ese marco, cuando por algún motivo se produce un aumento de la demanda (por ejemplo: a través de las erogaciones realizadas en planes sociales) o una contracción de la oferta (preñeces bovinas fallidas por desastres climáticos), los ajustes de precios, que antes de la intervención kirchnerista eran suaves, pasaron a ser salvajes.
Si observamos la evolución porcentual promedio mensual del valor de la nalga vacuna medido por el Ipcva versus el Índice de Precios al Consumidor en San Luis (recordemos que en la década pasada el IPC del Indec fue tergiversado por el gobierno kirchnerista), podemos ver que, luego de dos años precios bajos promovidos por la liquidación del stock bovino, a partir de 2008 comenzaron a registrarse saltos enormes en el precio de la carne vacuna, los cuales a partir de 2010 ya no pudieron ser contenidos por el cierre de las exportaciones porque, sencillamente, no había mercadería suficiente para satisfacer a los consumidores locales.
Ahora un nuevo gobierno kirchnerista se prepara para repetir la misma receta, pero con mucho menos “resto” que quince años atrás, con lo cual el planchazo de precios impulsado por la intervención del mercado externo durará menos tiempo y el “efecto rebote” será infernalmente más potente cuando sea inocultable el desastre productivo instrumentado. Cuando llegue ese momento, comer carne vacuna será un lujo en un país colmado de pobres.
Y eso porque la única receta viable para contener los precios fue y será siempre incrementar la producción. Pero para lograr eso se necesitan Estadistas. No improvisados.
