Anita Alvis tiene cuatro hijos, vive en la ciudad de San Andrés de Giles, a 100 kilómetros de la Capital Federal, y tiene una tienda de ropa en el centro. Pero cuando tuvo que decidir en qué colegio inscribir a su hijita Amanda, decidió hacerlo en la Escuela rural 17, ubicada a ocho kilómetros de la ciudad, en el camino viejo de Giles a Vagués. Le pregunté por qué no la llevó a una escuela cercana a su casa y además privada, y me dijo: “Yo quería que mi hija se educara con el mayor contacto posible con la naturaleza y con otros valores”.
Es que Anita me cuenta que tiene incorporada una forma de vida y de educación de sus hijos tal, que al día de hoy ellos la retan a ella cuando deja una luz encendida o una canilla abierta sin necesidad. En su casa aprovechan lo orgánico que descartan y sacan la basura cada dos meses. Juntaban tapitas para el hospital Garrahan y hacen “Ecobotellas”, las de plástico, que rellenan con bolsas y demás plásticos, llegando a pesar 700 gramos.
Me mostró que tiene algunos libros de cabecera, como “La salud de la botica del Señor”, de María Treben, o “La vuelta a los vegetales”, de Carlos Hugo Burstallery. “Pero además, con la cuota de una privada que me ahorro, la mando a aprender saxo y equitación”, me dice, feliz.
Ellas comenzaron a darse cuenta de que al campo ideal hay que recuperarlo, cuidarlo y recrearlo a diario. Pero lo bueno es que sus hijos ya se crían en una contracultura que toma conciencia de que, si seguimos así, el planeta se volverá inhabitable. A Julia le preocupa que sus hijos se angustien y se críen con temor a su propio futuro al ver por la televisión los incendios forestales y que se derriten los hielos. Por eso, como padres, apuestan a sembrar esperanza y en su nueva vida comenzaron con una huerta y a criar animales.
Miriam y su esposo, Néstor, también optaron por irse a vivir al campo con un proyecto agroecológico y crían animales para consumo familiar. Participan de la organización local, “Ambiente Saludable”, que ha promovido una ordenanza municipal por la agroecología y la restricción de los agroquímicos. Llevan a sus hijos a la 17 y los incentivan a comprometerse en organizaciones comunitarias que trabajen por el cuidado del Medio Ambiente.
Me contó Anita que los primeros quince días de la cuarentena el paisaje de Giles se calmó de tal manera que comenzaron a oírse los extraños Cielomotos -esas corrientes de aire que se embolsan y al chocar entre sí, suenan como trompetas-, el cielo se tornó más puro, azul. Los animales silvestres se adentraron en la ciudad, se sentía como nunca el aroma a manzanillas, tilos, azahares, madreselvas y salvia silvestre.
Reflexionaron: “Si en quince días la humanidad pudo lograr semejante cambio global, lo que podríamos lograr si entre todos continuáramos en ese mismo camino de modo sostenible, para siempre.” Pues aprovecharon esa inercia y se lo propusieron a los chicos de la escuela, empezando por sus hijos.
Comenzaron siendo tres adultos y unos nueve infantes, y así nació “La Biopandilla de la 17”. Decidieron salir los domingos a juntar basura durante 6 horas. Comenzaron con el viejo camino a la escuela. Los corralones de la ciudad les donaron bolsas y hasta les facilitaron sus máquinas para luego bajar las pesadas bolsas de sus camionetas. Se fue sumando gente que pasaba y hasta pasó un motoquero que, en vez de ayudarlos, les dijo: “¿Si llegaran a encontrar un elástico de moto, me lo podrían guardar?”
Empezaron a producir Ecobotellas, para utilizar como “Ecoladrillos” y construir con ellos contenedores donde dejar las bolsas grandes de basura que les donaron los corralones, que quedarían bonitos y llamativos. Al plástico que no entra en las botellas, lo llevan a la Planta Procesadora de Residuos Sólidos Urbanos de la Municipalidad o se lo recibe una empresa que los recicla para fabricar paneles.
También limpiaron el camino al Cementerio, pero ya se empoderaron y limpiaron también la Colectora de la Autopista, que no es un camino rural. Allí también piensan construir un contenedor con los Ecoladrillos. Una empresa de herrería industrial les regaló chapas con las que hicieron carteles con leyendas como: “No te pedimos que limpies, sino que no ensucies”, “Llevate tu basura” o “Si lo cuidás, vas tener un bello lugar para volver”.
Anita me cuenta que hace ochenta años la familia Méndez destinó “pulmones” de árboles para la ciudad de Giles, en el camino de las esparragueras, y colaboró en la forestación del parque municipal. Dice: “Los humanos nos creemos más que las plantas y que los animales, pero ellos estuvieron desde antes que nosotros. La Naturaleza es un patrimonio común de la humanidad y “todos” debemos cuidarla, por más que los campos tengan sus dueños”.
“La Biopandilla de la 17” sueña con que cada familia y cada escuela y cada Municipio ojalá formaran sus propias “Biopandillas” en el país y en el mundo, porque a medida de que se reactiva la economía del país, ya hay gente que está volviendo a ensuciar los caminos.
Para incentivar, crear conciencia y cambiar la cultura, están pensando en hacer regalos de semillas o plantines de árboles a los que les colaboran con Ecobotellas, o los ayudan a limpiar o les regalan agua para no deshidratarse en las jornadas. Y hasta hacer una “Suelta de semillas”. Quien pudiera donarles semillas o plantines, comuníquense con La Biopandilla de la 17, en las Redes.
Hace poco se unió Julieta, que es artista plástica, ceramista, y aporta: “La cuarentena nos aquietó para poder pensar desde el corazón, reencontrarnos con nuestro ser y darnos cuenta de que todos somos uno con el unvierso. La Biopandilla nos motivó, no sólo a levantar la basura del otro -quedando agotados al fin de la jornada- sino también nos impulsó a ser mejores y a creer, con nuestros hijos, que un mundo mejor es posible”.
Quisieron despedirnos con la bella canción, llena de bucólicos sueños, de Celeste Carballo, a una ciudad, que bien podría ser San Andrés de Giles: “Querido Coronel Pringles”.
