Esta semana en Bichos de Campo publicamos un artículo sobre las amenazas que enfrenta la industria oleaginosa argentina –que es la principal generadora de divisas del país– y una lectora opinó que la solución al dilema sería promover la producción orgánica para diversificar exportaciones.
Adicionalmente, las estadísticas muestran que ninguna nación puede vivir de la producción de alimentos orgánicos, ni siquiera la Unión Europa, que es el “paraíso” global en todo lo que tiene que ver con lo orgánico.
Los últimos datos disponibles muestran que apenas un 8,5% del área agrícola total de la Unión Europea (UE-27) se encuentra bajo producción orgánica y que un 67% de la misma recibe subsidios estatales, es decir, necesita asistencia de recursos públicos para ser viable económicamente.
Al analizar las importaciones de productos orgánicos de la UE-27, se observa, por ejemplo, que en 2020 las compras de harina de soja orgánica fueron de casi 231.800 toneladas, cuando la Argentina coloca en el mundo más de 28 millones de toneladas de ese producto.
¿Y cuánto compró la UE-27 de porotos de soja orgánicos? Un volumen de 137.300 toneladas en 2020, cuando la Argentina exporta más de 5,0 millones de toneladas de soja.
Argentina se encuentra el puesto 12 del ranking de proveedores de alimentos orgánicos de la Unión Europa y, de hecho, se trata, por lo general, de un negocio lucrativo para las empresas que participan del mismo, pero el país –ningún país– puede vivir de las ventas de productos orgánicos porque sencillamente los valores de los mismos pueden ser asumidos solamente por una minoría de la población.
La mayor parte de la gente del mundo tiene ingresos medios a bajos y necesita alimentos nutritivos, pero a precios accesibles, para lo cual se requiere economías de escala, las cuales no son incompatibles con prácticas agronómicas regenerativas, siempre y cuando, claro, el Estado no se apropie de la mayor parte del valor agregado generado por las empresas agropecuarias.
