En las casi 300 páginas del libro “Primer Tiempo” de Mauricio Macri son muy escasas las referencias al sector agropecuario argentino. Como es previsible, además se remarcan los aspectos destacables de su mandato, pero sin mencionar aquellos que resultaron desfavorables.
“En los primeros días de mi mandato tomé dos decisiones económicas importantes: eliminamos las retenciones a las exportaciones de trigo, maíz y de las economías regionales y, unos días más tarde, liberamos el cepo cambiario instaurado en 2011. Las dos habían sido promesas centrales de mi campaña”, señala Macri en el libro, el cual fue redactado con la ayuda de Pablo Avelluto y Hernán Iglesias Illa.
“El cepo lo liberamos un martes, después de haber llegado al gobierno el viernes anterior. Y a partir de ese día la Argentina tuvo algo que casi nunca había tenido en las décadas anteriores: un tipo de cambio único y flotante sin (o con muy poca) intervención del Banco Central, como tienen casi todos los países del mundo. En la situación en la que estábamos —sin reservas en el Banco Central para frenar una eventual corrida del dólar—, fue una audacia. Y un éxito. Habíamos generado tanta confianza entre los argentinos y los inversores que, después de una devaluación inicial del dólar oficial (para que se acercara a donde estaba el blue, que ahora ya no existía), el tipo de cambio se estabilizó y se mantuvo el mismo nivel durante varios meses”.
La devaluación ocurrida en el transcurso de 2016 resultó perjudicial para aquellas actividades con costos dolarizados e ingresos pesificados, como fue el caso de la lechería. Las compañías con deuda dolarizada pudieron afrontar con mayor holgura la transición gracias a los contratos de dólar futuro comprados a precios ridículamente bajos durante el último tramo del gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, los cuales, gracias a la pronta liberación del cepo cambiario, generaron una gran transferencia de recursos estatales al sector privado, que fue estimada por el Poder Judicial en torno a los 40.000 millones de pesos de ese momento (equivalentes por entonces a unos 2800 millones dólares).
“Una de las decisiones criticadas por los halcones fiscales fue la eliminación de las retenciones al campo. Es cierto que nos costó plata, pero también es cierto que sirvió para volver a poner en funcionamiento al campo, que en los años siguientes nos recompensó, a pesar de una inundación y una sequía de las más importantes en mucho tiempo, con cosechas récord en maíz, trigo y soja y exportaciones récord de carne. Además, era una señal que quería enviar a un sector que había resistido con valentía en los años anteriores y al cual le había prometido bajar las retenciones (las de soja sólo disminuyeron un poco), además de que, otra vez, los países exitosos no castigan a sus exportadores”.
Macri se olvida de mencionar que, además de eliminar los derechos de exportación sobre los cereales, liquidó también las cuotas de exportación de tales productos (ROE), lo que resultó esencial para generar un cambio de expectativas que promovió un crecimiento sustancial del potencial productivo presente en el agro argentino.
“A partir de febrero (de 2018) se empezó a enrarecer el clima financiero: nos empezó a costar renovar las letras del Tesoro nacional (bonos de corto plazo en dólares) y en el mundo ya estaba el runrún de tensión en los mercados emergentes por las dudas sobre la relación de Trump con China y los aumentos de la tasas de la Reserva Federal. También se empezaba a notar la sequía en el campo y su efecto en la economía: «Sigue sin llover», anoté (en mi cuaderno) una noche a fines de febrero, sin más aclaraciones, porque no eran necesarias”.
La última línea de este párrafo es reveladora porque permite vislumbrar que Macri comprende que las reservas internacionales de la Argentina están básicamente “hechas de agua”, dado que dependen de la suerte climática de cada campaña agrícola. A pesar de eso, unos meses después el entonces presidente incrementaría la presión impositiva sobre el sector con la reinstauración de las retenciones a nivel general
En lo que respecta al sector cárnico, el libro de Macri recuerda que “armamos una mesa con todo el sector y pudimos transparentar una industria acostumbrada a la informalidad. En este camino, sin dudas, ayudó la condena a Alberto Samid, referente de una corporación que se negaba a aceptar reglas parejas para todos. La mayor formalidad y competencia en el sector contribuyó a multiplicar por cuatro las exportaciones de carne, después del derrumbe y las prohibiciones de la etapa kirchnerista”.
Los datos muestran que tanto la producción como las exportaciones de carne vacuna se recuperaron de manera notable durante la gestión de Macri, aunque las difíciles condiciones financieras presentes en los últimos dos años de su mandato, junto con el crecimiento de la faena de vacas a partir del apetito voraz de carne por parte de China, conspiraron para promover una recomposición de las existencias bovinas.
Completamente cierto. Aunque el libro olvida mencionar que muchas de las aperturas comerciales concedidas por el gobierno chino estuvieron trabadas hasta lograr que Macri aceptase reiniciar las obras de las represas santacruceñas Néstor Kirchner y Jorge Cepernic, las cuales habían sido asignadas por Cristina Fernández de Kirchner a un consorcio integrado por la corporación china Gezhouba Group Company y la UTE conformada por las empresas argentinas Hidrocuyo y Electroingeniería.
Macri hace referencia al sistema STOP, implementado a fines de 2018, por medio del cual se asignan cupos para agilizar la descarga de camiones en los puertos de Gran Rosario y de la provincia de Buenos Aires, así como al Documento Único de Tránsito (DUT), un trámite digital que permitió simplificar de manera notable el proceso de transporte de hacienda.
“Lamentablemente, un año después (fines de 2020) Vaca Muerta está en una crisis absoluta. En parte por el derrumbe del precio del petróleo, pero ya desde antes los cambios de reglas, el aumento de las retenciones y el regreso de cepos durísimos al dólar la habían dejado en una situación de espera. Es una pena. Con cuatro años más del ritmo al que veníamos, podríamos haber llegado a exportar en gas y petróleo casi lo mismo que exporta el campo”.
Muy discutible esta última afirmación, incluso considerando solamente las exportaciones de directas de hidrocarburos sin tener en cuenta el balance neto sectorial de divisas.
Por último, un aspecto llamativo es que en el libro no se hace una sola referencia a los referentes y técnicos del agro argentino que contribuyeron a diseñar e implementar la política agropecuaria instrumentada durante su mandato.
