Mario “Diablero” Arias, tucumano de 64 años de edad, estudió Historia en Tucumán y luego Antropología en Buenos Aires, en la década de 1970. Además interpreta folklore, en la guitarra y con su voz, con la sobriedad y la profundidad con que lo hacía el mismo Atahualpa Yupanqui: capaz de emocionar y hacer vibrar las cuerdas del alma de quienes lo escuchan, tal como sucede con el canto bagualero de una coplera de los valles calchaquíes, que en otros tiempos grabó para siempre la gran Leda Valladares.
Mario fundó en Tilcara una mítica peña, El Diablero, y que luego dejó a unos amigos, que pasaron a llamarla, por la canción de Fandermole, “Sueñero”. Ambas peñas hicieron historia. Hoy, Mario, es un experto en organización y capacitación campesina, sobre todo de comunidades originarias. Pero además se hizo experto en vitivinicultura en el NOA.
En 1986 se fue a vivir a Tilcara a liderar un proyecto de desarrollo social de los pueblos originarios, financiado con fondos de una ONG italiana, que se aplicó también en Amaicha del Valle. Y a poco de andar nació un sueño, el de producir vino en la Quebrada. Comenzó a experimentar con distintas cepas que podían adaptarse a esa zona. Fue el pionero. También trabajó con criadores de llamas, en la zona de Yavi, y con apicultores y horticultores de la Quebrada de Humahuaca.
En el año 2000 se fue con un camión a Cafayate a buscar uvas, y a su regreso realizó la primera pisada de uvas de la Quebrada de Humahuaca, en la plaza de Tilcara, amplificando la voz grabada del poeta Jaime Dávalos recitando El Nacimiento del vino. Aquí están esos versos:
Pero Mario nunca logró el apoyo necesario del Estado provincial ni del municipal para desarrollar la vitivinicultura en la Quebrada. Hasta que el gobierno de Tucumán, en el año 2009, lo invitó a reforzar la misma experiencia en Amaicha del Valle, en el noroeste de Tucumán, a 2200 metros de altitud. Allí nomás se fue a vivir, para desarrollar un proyecto vitivinícola con una inversión de unos 11 millones y medio de pesos.
Amaicha fue el mejor lugar para que el Diablero concretara su sueño, ya que cuenta con una población aproximada de 5.000 personas, de las cuales 85% son originarias y apenas 15% son foráneas. Además, en la época de la colonia, esta comunidad logró que la corona española les devolviera sus tierras por cédula real, en 1716. Luego, hace muy poco, en 1995, el gobierno de Tucumán les otorgó el título de propiedad actualizado, sobre 52.000 hectáreas.
Además, los pobladores ancestrales de Amaicha llevan 300 años de cultura viñatera, porque desde el siglo XVIII hacen vino patero y mistela, y es común ver en sus casas las prensas para el orujo y los lagares de cuero vacuno.
Así fue que se entregaron 49.000 plantines de vid llevadas desde Mendoza, a 60 comuneros aborígenes, que ocuparon unas 20 hectáreas entre todos (para 1 hectárea hacen falta unas 6000 plantas).
Años después Fernando Dupont instalaría la primera bodega de la Quebrada de Humahuaca, con su propio nombre, en Maimará. Y más tarde se creó otro establecimiento, en Perchel, en la zona de Huacalera, y otro más en Uquía. Pero las tres bodegas están en manos de privados y no de comunidades originarias.
El Diablero Arias, junto al ingeniero agrónomo Vicente López Curia y toda la comunidad aborigen amaicheña, en 2016 lograron fundar “la primera bodega comunitaria de pueblos originarios de la Argentina”, como se anuncia, y la tercera del mundo, pues existe una en Australia y otra en Canadá.
Con un volumen de 50 mil litros anuales, que se fraccionan en bodega, en Amaicha se producen dos vinos. Uno se llama Sumak Kawsay, que significa en lengua cacán “saber vivir”, o “buen vivir”, y es de uva Malbec, añejada en roble francés. Y otro, más caro, de Uva Criolla. Van por la tercera vendimia, y el enólogo es Agustín Lanús.
El proyecto aún no es del todo rentable, pero ya sustenta varias fuentes de trabajo para quienes operan en la bodega y genera ingresos a los comuneros que desde sus parcelas proveen las uvas, Además sostiene un comedor infantil.
Sería como un nuevo concepto enrolado dentro de la economía social y solidaria, en manos de una comunidad entera, donde todo un pueblo es propietario. Y no se trata de una cooperativa sino una forma jurídica nueva, cuyo fin es generar ingresos genuinos para el sostenimiento de toda la comunidad. La AFIP les dio lugar a una figura propia, inédita, otorgándoles una excepción, al considerarlos como sujetos que no tributan, ya que funcionan sin fines de lucro, y por lo tanto no pagan el impuesto a las ganancias.
Cuentan con la ventaja de tener como cacique a Eduardo Nieva, un nativo de Amaicha que fue a Buenos Aires a estudiar abogacía, se recibió y se especializó en derecho de los pueblos originarios. Es él quien ha logrado que el modelo de vida ancestral de su comunidad pudiera hoy estar ajustado a derecho con su identidad particular, inaugurando nuevas formas jurídicas que deberán ir siendo incluidas en el derecho institucional argentino.
Esto es necesario porque en Amaicha se manejan con un sistema conformado por una Asamblea General, un Consejo de Ancianos y un Cacique, que aboga por mantener y desarrollar la identidad y el territorio comunitario a través de la administración de los recursos naturales, para lograr la soberanía alimentaria, con diversas unidades productivas como: Ganadería, Turismo, Medicina Ancestral, Artesanos, etcétera. Y ahora también una bodega.
Esta agroindustria ha sido emplazada estratégicamente sobre una loma, y ha sido hecha de grandes dimensiones, toda de piedra, para captar la atención del turismo que pasa por la ruta. A su alrededor se instalan puestos para venta de artesanías y otros productos también elaborados por la comunidad.
En Amaicha del Valle hay una escuela agrotécnica que podría abastecer de personal idóneo a este proyecto, que podría ser una buena fuente de salida laboral para que los jóvenes no tengan que migrar.
Le mandamos un saludo a Omar Ávalos, nativo del lugar y protagonista del proyecto, además de cantor, que todos los años se llega a Buenos Aires a promocionar los vinos, acompañados por ancianas copleras, cuyo canto sagrado supo recopilar la gran Leda Valladares, en su memorable disco Grito en el cielo:
