El proceso de expulsión de la gente de las zonas rurales comenzó hace muchas décadas en la Argentina y es un tema tratado largamente por historiadores y sociólogos –entre otros–, pero, lejos de frenarse, las políticas anti-federales diseñadas por el gobierno central lo siguen apuntalando para concentrar cada vez más gente en los grandes centros urbanos.
Guadalupe Vivanco es una productora ganadera de Nogoyá, quien presidió en dos oportunidades la sociedad rural local, y puede dar testimonio del problema.
En 1991 su familia decidió irse del campo al pueblo cansados de quedar una y otra vez aislados por la falta de caminos en condiciones, además de inconvenientes recurrentes en la red telefónica y eléctrica.
Pero migrar del campo a la ciudad no fue fácil. “Es un proceso doloroso para el que nació en el campo; en el nuestro había 200 personas residiendo en ese entonces y la verdad es que fue muy traumático irme a pueblo de 40.000 habitantes, nunca me terminé de adaptar”, confiesa Guadalupe a Bichos de Campo.
“En el campo teníamos la escuela que construyeron mi abuelo y mi padre en 1945, la capilla y ese era nuestro mundo y el de la gente que trabajaba allí”, cuenta con añoranza.
Y como la gente se va del campo, se quedan sin alumnos las escuelas rurales. “En mi época éramos 60 alumnos, mientras que ahora quedan sólo tres y en pocos años más será una tapera, como pasó con tantas otras, porque la gente se va al pueblo y no porque quiere, sino porque no le queda otra”, relata.
Vivanco no le echa la culpa del problema a la sojización o a la extensión de la frontera agrícola, como creen algunos, sino al Estado ausente que, si bien chupa recursos del agro, no ofrece servicios básicos a las zonas rurales.
“Un camino rural representa, porque lo viví en carne propia, la diferencia entre vivir o morir; hay gente que fallece y pasa días en los ranchos sin que nadie se entere y lo digo porque me tocó ocuparme de casos así cuando era presidente de la rural”, explica.
“El camino es todo, es mucho más que un camino en sí mismo, no es sólo para sacar la producción” explica Guadalupe, quien también se refirió al otro camino, al de la conectividad digital, dado que “no hay señal en ningún lado, te alejás del pueblo y ya no tenés señal de teléfono; quedás a la buena de Dios, incomunicado y no estoy hablando de irse monte adentro”.
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Esta joven dirigente rural dice que la política tiene una enorme “deuda con la gente de campo, llegamos al punto de un conformismo tan mediocre que cuando pasan una motoniveladora de los años 60, totalmente obsoleta, nos quedamos contentos, cuando ya debería haber asfalto hasta la entrada a los campos”.
En su provincia, Entre Ríos, hubo hace unos años una iniciativa legislativa para poner en marcha consorcios camineros como los que funcionan en la provincia de Córdoba y que dieron, en general, buenos resultados. Se trata de un trabajo conjunto entre el Estado que aporta maquinaria y personal y los productores que aportan recursos y gestión.
Vivanco contó que en la provincia hay “2000 kilómetros de caminos rurales de los cuales sólo 200 tienen ripio y en estos tres años de sequía no vimos en ningún lado a Vialidad provincial; entonces las máquinas agrícolas que son de gran porte ya no pueden entrar en muchos campos”.
