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La entrada A punto de ser filósofo, Ignacio Avellaneda consiguió trabajo en una finca de lavanda de Cafayate y le cambió la vida se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En San Rafael vivió la experiencia de trabajar con personas con capacidades diferentes, desde darles de comer, los remedios y demás, hasta de cocinar la cena para 70 personas todos los días. Allí le tomó el gusto a la Filosofía como ciencia. Pero a los 4 años decidió volver con su familia.
Mientras se definía en qué carrera estudiar comenzó a armar peñas con amigos y amigas, en su casa familiar, y a una de ellas cayó una chica desconocida que lo flechó. Era Mercedes Dávalos, que estudiaba arquitectura. Pronto se organizó un viaje a Cafayate y de regreso, se pusieron de novios.

Por eso de cumplir con los mandatos familiares, en 2010 Ignacio comenzó a estudiar administración de empresas en Tucumán. Cursó el primer año, pero decidió contarle a su padre que su verdadera vocación era la filosofía. Su progenitor lo aceptó e Ignacio siguió estudiando en Tucumán, pero empezó filosofía en la UNSTA. Mercedes se recibió en el año 2014, y decidieron casarse en el año 2015. Ignacio suspendió su carrera y dio clases en dos colegios de Salta. Luego decidió volver a Tucumán a cursar y aprobar las materias que le quedaban, pero esta vez con su esposa.
Allí tuvieron a su primer hijo, Bernardo, y en 2019 nació María Magdalena. Al año siguiente sólo le faltaba preparar su tesis para ser Licenciado -que pergeñaba, sería sobre metafísica medieval- cuando tuvo que detener de nuevo su carrera para buscar trabajo, y se volvieron a Salta.
Recuerda Ignacio que un día entró a una iglesia y le rezó a San José que intercediera ante Dios para que le saliera un trabajo. Y dos días después, toda la familia de Ignacio, con amigos, fueron a festejar el cumple de su madre en Cafayate. En la fiesta, se enteró su amigo Tobías Villada, de la necesidad de Ignacio y le dijo: “¿Te animarías a ser encargado de una finca de lavanda? Yo quiero dejar ese puesto para dedicarme de lleno a los viñedos”.

Ignacio y Mercedes lo pensaron y le dijeron que sí. Tobías les arregló una entrevista a ambos con Mary Carey-Wilson, una inglesa, propietaria de la finca -junto a su esposo, el chileno Pedro Salfate-Dore-, en la casa de éstos, en Salta capital. Mary ya había entrevistado a ingenieros agrónomos. Pero a los pocos días le notificó que lo había seleccionado a él, filósofo, para administrar la finca y los productos que allí elaboran, de modo que se instalara con Mercedes y sus hijos.
Fue todo un desafío de adaptación a una nueva vida y de aprender todo desde “cero”. Sin embargo, se suele decir que -como deben incursionar en la base de todas las ciencias empíricas-, los filósofos resultan ser dúctiles en muchos órdenes de la vida. Y parece que así fue.

Primero se fue Ignacio, en julio del 2020 a una casita de la finca La Armonía, ubicada en el kilómetro 4351 sobre la ruta 40, en el Departamento San Carlos, a sólo 3 kilómetros de Animaná y a 7 de Cafayate, en pleno valle calchaquí de Salta, sobre la cuenca del río San Antonio, a una altitud de 1.750 metros (la parte más alta). El 8 de ese mes nació Encarnación, su tercera hija. El 14 de agosto ya se instaló Mercedes con sus 3 hijos. Como la casa les resultaba chica, Mercedes aplicó sus conocimientos de arquitectura, y comenzaron una ampliación a manos de su padre, que es constructor. Aún están en obra.
Aprovechando la nueva gestión, Ignacio, bajo la dirección de Mary, comenzó con mucho entusiasmo una limpieza de yuyos de la finca, churquis, tuscas, y una renovación en la comercialización de los productos. El campo consta de 35 hectáreas, de las cuales 5 fueron dejadas como monte natural, con abundante jarilla, 3 hectáreas y media con plantaciones de lavanda “angustifolia”, 4 hectáreas de romero, y un cuadro de 800 metros cuadrados con rosa de Damasco o damascena o de Castill,a muy perfumada.
Cuentan con un laboratorio en la misma finca, donde preparan, fraccionan y etiquetan los productos bajo la marca Zencial: ofrecen aceites de lavanda y de romero –en alambique de extracción de aceite, por arrastre de vapor-, hidrolato o agua de lavanda y de romero, y productos derivados como cremas para manos y pies, y para masajes descontracturantes, cuya receta es de Mary. Proyectan sumar velas de romero y de lavanda, con cera de soja, y jabones de lavanda y de romero. Es inminente también la producción de aceite de jarilla.
En menos de un año, Ignacio ya puede explicarme que su aceite es de altísima calidad debido a las virtudes de su suelo, muy calcáreo, en el que la lavanda se adapta muy bien aunque es muy requerido para plantar viñas, actividad que no descartan como complemento, en el futuro. Además el agua de las napas proveniente del río San Antonio es óptima -apta para consumo humano, a diferencia de la del río Calchaquí, que tiene mucho boro- y ellos la extraen con una bomba de 50 Hp a 180 metros de profundidad. También por razones del clima, su altitud y el proceso de elaboración. Su aceite contiene un 40% de acetato de linalol, cuando lo común es que tengan un 20%.

Hoy procesan unos 3 a 5 litros de aceite de lavanda por año y lo fraccionan en botellitas de 10 mililitros. Están muy justos para elaborar los productos derivados, de modo que piensan ir aumentando la producción cada año hasta llegar a un piso óptimo de 15 litros.
Por ahora comercializan sus productos en Salta, Tucumán, Mendoza y Buenos Aires. Es muy buscado por “maso” y aromoterapeutas. Están en pleno proceso de renovación de la imagen de la marca.
La lavanda es un ansiolítico natural y tiene propiedades antiinflamatorias, descontracturantes, mientras que el romero es un antidepresivo natural y estimulante. El agua de romero es antibacterial y lo usa mucho la gente a la que le cuesta afeitarse diariamente.
Hoy Ignacio se sorprende de lo bien que se adaptó a la vida rural y a la vida empresaria, cuando hace apenas un año que se soñaba escribiendo libros y dando clases. Piensa retomar su carrera y alternar su trabajo escribiendo y dando clases, al menos por internet.

Hoy se nutre del gran libro de la naturaleza –dice-, mientras contempla las cumbres nevadas bajo “el árbol” sagrado de los nativos, el algarrobo. Aprendió a distinguir el algarrobo blanco del colorado, porque es más frondoso y no tiene espinas, y también el churqui de la tusca, porque aquel tiene una vaina o fruto negro y esta una flor pequeña. Ha bajado 13 kilos de su peso en 8 meses, de tanto caminar la finca “rumiando la vida”, mascando la también sagrada hoja de coca, formando en su boca el clásico “acullico”.
Su nueva vida le hizo cambiar la idea de su tesis filosófica, que le falta para ser licenciado: la abstracta metafísica que preparaba, por la de “ética aplicada a la empresa”.
Ignacio y Mercedes han tejido con Mary y Pedro una trama de amistad tan bella como un poncho salteño. Ahora luchan todos juntos por un largo sueño que Mary venía desarrollando desde hace 30 años. Tienen un pedido de 1000 jabones para entregar en un mes y los llena de futuro.
Ignacio, como la mayoría de los salteños, también canta folklore. Y en su casamiento, el famoso Damián Paz, le hizo la segunda voz a Ignacio, interpretando juntos la zamba “La flor trasnochada”, de la que Damián es autor y que hoy nos quiere dedicar en esta nota, interpretada por Los Paz:
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]]>La entrada Sabores y saberes: En las sierras de Córdoba, Felipe rescata la peperina y aprovecha el vetiver en aceites esenciales se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Ya hemos hecho notas de mermeladas con pétalos de rosa en Mendoza, o de bebidas a partir de la flor de la Rosella, el Agua de Jamaica, o de madera comestible en Misiones. Pero hierbas, hojas de árboles, flores, pecanes y frutas esparcen por el aire aromas deliciosos que nos llenan la vida de ensueño, además de sus propiedades terapéuticas y espirituosas.

Déjenme contarles algo de este personaje indómito y trotamundos, antes de ir a su emprendimiento.
En 1979, antes de recibirse de ingeniero, Felipe fue colaborador en la Base Marambio de la Antártida Argentina durante 10 meses, en un proyecto para aprovechar el calor de escape de la usina con el fin de derretir hielo y generar agua líquida, minimizando residuos. También fue marinero en Angra dos Reis, Brasil, haciendo fletes entre las islas durante cinco años, en el barco de unos amigos.
Además Felipe trabajó para Altos Hornos Zapla y durante los dos gobiernos de Menem la empresa le encargó la recolección de chatarra, desguazando material de descarrilo, puentes que se habían caído, con destino de fundición, teniendo que levantar vías y durmientes por todo el Norte. Anduvo por Metán, Embarcación, San Antonio de los Cobres, Tintina, Otumpa, Aerolito, Quimilí, también por Chaco y hasta en Uspallata, Mendoza.
De este periplo le quedaron amigos en todos lados, pero le cuesta recordar esos años porque fue testigo de una tragedia nacional. Lo acosan las imágenes de tanta gente llorando desconsolada al verlo levantar los fierros de aquellos trenes que les dieron la vida a sus pueblos. Tiene anécdotas tremendas, como la de un peón golondrina con todo su “avío” en una estación, esperando el tren que lo llevaría de vuelta a Formosa, y Felipe teniendo que decirle que ese tren nunca llegaría porque habían levantado las vías, y el pobre paisano que no le creía y seguía esperando…
Otra de cuando lo mandaban a levantar un puente y la gente le suplicaba que no lo hiciera porque su pueblo quedaría aislado, Y otra, la de un jefe de estación que luego de años de no pasar el tren, seguía yendo a su puesto de trabajo con su uniforme y su gorra, como si nada hubiese cambiado. Pasaba horas con su mirada en las vías al horizonte, que eran su esperanza para seguir vivo.
Felipe hizo un postgrado en crio-conservación de alimentos. Diseñó y puso en marcha una planta de congelado de frutillas y hortalizas. Lo mismo, respecto de un laboratorio de micropropagación. Ha sido disertante en congresos de ingeniería ambiental y producciones alternativas. Fue alumno de una maestría de Ciencias Ambientales FLACAM / UNESCO en un proyecto de sustitución del quebracho colorado para durmientes por maderas provenientes de forestaciones impregnadas. Me contó que los habitantes originarios contratados para hachar la “madera de acero” decían “quiebra hacho”, por el hacha, lo que dio nombre al “quebracho”.

Felipe se casó con Patricia Visus, que es arquitecta, oriunda de la ciudad de Lincoln, y tuvieron dos hijos. Luego de la crisis del 2001, con su esposa estaban pasando una mala situación y pensaron irse del país, pero decidieron vender todo e irse a vivir con sus hijos al poblado de Atos Pampa, en el Departamento Calamuchita, de Córdoba, entre Villa General Belgrano y La Cumbrecita. Compraron una chacra de 7 hectáreas sobre la Ruta Provincial “S 210”, en el kilómetro 15. Su esposa dejó la arquitectura y se puso a la par de su marido agrónomo a trabajar en la chacra. Hicieron además su propia casa de madera.
Comenzaron juntos a trabajar en un emprendimiento familiar de producción y destilado de aromáticas, herbáceas y forestales, basado en la economía circular: van desde la producción de plantas hasta la elaboración de biofertilizantes con los subproductos.
Aprovechan las excelentes condiciones agroecológicas de Atos Pampa para la producción de cultivos relacionados con las actividades del valle. Están abocados en rescatar las plantas nativas aromáticas que corren riesgo de extinguirse por la desforestación, debido al avance de la frontera agrícola y los trágicos incendios forestales.
“Hay poco tiempo y mucho por hacer para que no se pierda la reserva genética de la peperina”, dice Felipe.
También trabajan el Vetiver, una gramínea que se usa para tratar las aguas grises y negras, las aguas contaminadas de lavado y las cloacales. Su raíz tiene gran poder descontaminante dando un aceite espectacular, difícil de cosechar y destilar, pero que vale la pena. Además da un perfume de estilo oriental muy solicitado. Parte del material de propagación se los proveyó el INTA de Oberá, Misiones, y otra parte, les llegó de Haití.
En este momento tienen poco menos de 2 hectáreas de lavanda, una especie híbrida que Miretti, un generoso vecino, llevó del INTA Castelar a Altos Pampa, junto al Romero, que también aprovechan. También están intentando domesticar el Suico, que es una maleza de la zona, muy buscado en perfumería porque es el único fijador de aromas vegetales, ya que anteriormente eran de origen animal -se extraía de una glándula- o sintéticos.
A las hojas y ramas de las coníferas como Ciprés, Pino, Cedro y Eucalyptus, que podan los pobladores en el monte, ellos se las reciben y las chipean. Es decir que las muelen para optimizar el lugar en el destilador. Han creado la marca “Quinta esencia”, bajo el slogan “aceites esenciales 100% naturales, puros y completos”.

Últimamente Felipe se halla abocado a la instalación de un biodigestor anaeróbico con tanque recuperador de biogás, y riego de una laguna de una profundidad de un metro, con plantas de Vetiver.
Acaba de presentar un proyecto ecológico para que Atos Pampa llegue a ser una “Comuna Rural Sustentable”. Los políticos no le prestaban mucha atención, salvo al saneamiento cloacal para que el lago del Dique Los Molinos no terminara como el de Carlos Paz. Pero últimamente varios funcionarios han ido a ver lo que él y su familia hacen con el Vetiver y con otras plantas y eso le da mucha esperanza.
No puede disimular su pena, Felipe, al contarme que con muy buena suerte y sacrificio pudo agenciarse de equipos muy caros y eficientes con los que podrían tratar hasta 70 hectáreas de aromáticas, pero que no consigue ni inversores que se interesen, ni personal que quiera trabajar.
Felipe y Patricia hallaron su lugar en el mundo en este valle fértil que se llama Pampa de Zorro (Atoq, Atos, en quichua) y nadie los moverá de ese atractivo paisaje. Sus hijos los ayudan los fines de semana, porque Victoria es gastronómica y Augusto estudia agronomía. Felipe es un ávido lector y es fanático de José Larralde, a quien quiso dedicarle, como también a todos sus vecinos de Atos Pampa, la canción “Garzas Viajeras”, que es de autoría de Aníbal Sampayo, pero que aquí interpreta el mismísimo “El Pampa”.
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