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alemanes del volga – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Tue, 18 May 2021 15:09:54 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png alemanes del volga – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Toda una vida en el Arroyo Martínez, César Pohl goza y sufre el delta entrerriano: “Desde que se despoblaron las islas, ya la poca gente no se visita tanto” http://wi631525.ferozo.com/toda-una-vida-en-el-arroyo-martinez-cesar-pohl-goza-y-sufre-el-delta-entrerriano-desde-que-se-despoblaron-las-islas-ya-la-poca-gente-no-se-visita-tanto/ http://wi631525.ferozo.com/toda-una-vida-en-el-arroyo-martinez-cesar-pohl-goza-y-sufre-el-delta-entrerriano-desde-que-se-despoblaron-las-islas-ya-la-poca-gente-no-se-visita-tanto/#comments Sun, 21 Mar 2021 13:49:40 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=61897 César Pohl (55) nació en Gualeguaychú pero se crió y vive en una isla sobre el “Arroyo Martínez”, en el departamento Ibicuy, a 22 kilómetros de la cabeza departamental, Villa Paranacito. Esa zona del Delta entrerriano queda a dos horas y media de Tigre. Es descendiente de colonos alemanes del Volga, los que llegaron a […]

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César Pohl (55) nació en Gualeguaychú pero se crió y vive en una isla sobre el “Arroyo Martínez”, en el departamento Ibicuy, a 22 kilómetros de la cabeza departamental, Villa Paranacito. Esa zona del Delta entrerriano queda a dos horas y media de Tigre. Es descendiente de colonos alemanes del Volga, los que llegaron a Argentina entre fines del siglo 19 y comienzos del 20.

El padre de César, Alejandro, se instaló en el delta en 1942, proveniente de una zona degradada de Entre Ríos, la estancia El Potrero, a 4 leguas de Gualeguaychú. Comenzó como tractorista en las islas, donde sembraban maíz. Le contó una vez a César que llegó una inundación y tuvieron que cosechar en canoas y guigues, especie de piraguas hechas con chapa de zinc.

Juan Domingo Perón expropió a los Álzaga Unzué unas 20.000 hectáreas de El Potrero y loteó 200 chacras para los colonos. Entonces su padre regresó a esa zona de Entre Ríos, a una chacra de un tío, pero al tiempo tuvo que volver a migrar, yéndose a hacer una campaña de algodón al Chaco. Luego anduvo por Maciá, hasta que decidió regresar en 1957 al Delta.

Anduvo plantando sauces y álamos en Sagastume Chico. Luego fue foguista en un aserradero y sufrió la creciente de 1959, refugiándose en un barco de madera del mismo aserradero. Luego, en 1960, se fue de tractorista al “Arroyo Martínez”. Se había casado cuando anduvo en El Potrero y mandó buscar a su esposa. Entonces confirmó familia y se asentó para siempre. Hizo un muelle y construyó un galpón que aún se conserva, me cuenta César.

El padre de César vivió la época de esplendor frutícola de los ´60. Salían 60 canoas a remo, cargadas a pleno, diariamente para el Mercado de Frutos de Tigre, distante a 160 kilómetros de Paranacito. Luego la zona entró en decadencia y comenzó un desarrollo maderero, del que hoy apenas quedan algunas quintas importantes.

Hasta hace poco, dice César, con 74 años de edad, don Alejandro Pohl cuidaba los novillos y los manejaba conversándolos. Hasta los 93, cortaba leña con la sierra de mano, pero falleció en el 2017 y la mamá de César se fue a vivir con una hija a Rosario del Tala.

César aprendió de muy chico los oficios rurales y se ha pasado la vida tractoreando, colocando boyeros, criando animales. Pero por vivir en una isla también ha pasado sus días remando en canoa y luego manejando una lancha. Pero sobre todo pasó muchos años arriba de una retroexcavadora, moviendo los suelos, la tierra, para guiar las aguas del Paraná, “endicando” (haciendo diques) y haciendo “ataja repuntes”, que son otras defensas contra el agua.

Ha vivido muchas crecidas del Paraná, que alguna vez no avisan con suficiente anticipación. Pero por vivir aislado de la civilización aprendió a la fuerza a reparar todos los motores. “A la ´retro´ ya le desarmé íntegro el motor”, dice con orgullo. También tuvo que aprender a ser constructor.

 

 

En 1996 se vendió el campo donde se crió y vive César, y donde aprendió tanto de su difunto padre. El campo se vendió a Martín Anguiano y sus socios, quienes le dieron la oportunidad a César, de quedarse trabajando allí. Martín al principio iba los fines de semana, pero hace tres años que se fue a vivir con su esposa. El grupo de Martín apostó a la ganadería, pero una sudestada les abortó el emprendimiento. Luego, montaron un criadero de carpinchos en el que César gastó mucha energía, pero no lograron hacer que se reprodujeran, y abandonaron el proyecto.

Luego el INTA vinculó a Martín con un grupo que quería apostar a la nuez pecán y en el 2008 plantaron pecanes en la chacra. “En el año 2009 llovió demasiado en pocos días. En los esteros, la parte baja, sobrepasaba 70 centímetros de agua y tuvimos que bombear para que no se inundaran los pecanes”, cuenta César. Ahora han comenzado un proyecto de guayabas y plantas nativas del Delta y están en la etapa de vivero. Esta última idea, se la alcanzó el ingeniero agrónomo y consultor frutihortícola, Mariano Winograd, a quien agradezco haberme presentado a César.

César estuvo casado durante 15 años, pero no tuvo hijos. Hoy vive solo, con su perro Cococho, que le ladra a la hora justa en que debe terminar su jornada. Todos los días  comparte las mateadas y las comidas con Martín y su esposa Elián. Ayuda a Martín a cuidar su tropilla y un caballo es de él. También lo ayuda a cuidar unos 150 árboles frutales, solo para consumo, que ahora a causa de las nuevas sequías, Martín ha decidido regar por goteo. Los rodean con “el eléctrico” porque si no los caballos, cuando los pican los mosquitos, van a rascarse en ellos y los rompen.

“Los tiempos han cambiado -dice César-. Antes llovía más parejo y no había tanta sequía. Ahora llueve demasiado y después tenemos flor de seca. Y ahora el sol lastima. Y el agua del río se va poniendo turbia y cada vez hay menos camalotes. En las orillas se forma como un verdín azulado, que dicen que es la resaca del veneno que tiran en los campos. En algunas islas se saca mejor agua que en otras, y eso le cambia el sabor al puchero y al mate. A mí me gusta el amargo. De chico me gustaba pescar, pero ahora no tengo paciencia, porque no hay pique como antes”, dice.

La radio es otra gran compañía para César. Nunca la apaga, porque no le gusta la televisión. Cuando quiere ver algo interesante, lo busca por su teléfono móvil, porque tienen buena señal en las islas. Se hizo testigo de Jehová y desde la pandemia predica con su teléfono. No se olvida de una vez que fue a predicar a una isla y justo el dueño estaba discutiendo con su esposa y lo amenazó con la escopeta. Otro, le dijo: “yo te invito unos mates, pasá, pero si no me hablás de religión”, y se quedó mateando nomás.

Algo que lo deslumbra a César es cuando en otoño pasa en lancha por la costa del arroyo Sagastume chico y las hojas de los cipreses “taxodium” se tornan de un color rojizo inolvidable. Estas coníferas americanas fueron plantadas allí porque sus raíces tienen la virtud de contener las costas, debido a que toleran los encharcamientos.

También le encanta comer bagre amarillo, frito en grasa, con pimiento; y la colita de la vieja del agua, en milanesa, que no tiene espinas. Extraña las comidas alemanas de su madre y las tortas fritas, en grasa y amasadas sin levadura, que hacían los vecinos Leiva.

Un tío le dejó una quintita de 20 hectáreas a César, en la isla 9, donde tiene una casita y allí va los fines de semana. Su mejor amigo el Chocho se la bautizó “Estancia La Amistad” y allí se armó una barra de siete amigos que se juntan a churrasquear. “Pero desde que se despoblaron las islas, ya la poca gente no se visita tanto -se lamenta-. Para ir a Villa Paranacito a ver un poco de gente gasto mil mangos de combustible, vaya con la chata o en lancha. La otra es ir a Zárate, que está más lejos, a 80 kilómetros de acá”. Porque se puede andar en camioneta entre las islas y se cruza en balsas. Extraña la Fiesta de la Madera -que desde el año 2001 no se hace más- y la cultura del encuentro en los almacenes de campo y en los clubes.

Ahora le está haciendo un quincho a Martín. Y su sueño es alguna vez viajar y dar la vuelta por todo Entre Ríos. Y si le diera el cuero, también por toda la Argentina. Me dijo que cuando yo quiera ir a visitarlo solo le avise como para ir poniendo la pava al fuego.

Nos quiso regalar La Marcha del inmigrante, por el grupo Los Waigandt, que le tira en su sangre alemana.

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El nido vacío: Tres emprendedores cuentan cómo sobrevivieron esta cuarentena sin el turismo rural http://wi631525.ferozo.com/el-nido-vacio-tres-emprendedores-cuentan-como-sobrevivieron-esta-cuarentena-sin-el-turismo-rural/ http://wi631525.ferozo.com/el-nido-vacio-tres-emprendedores-cuentan-como-sobrevivieron-esta-cuarentena-sin-el-turismo-rural/#comments Mon, 14 Dec 2020 13:54:55 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=53441 Pedro, Ana y Javier tienen en común que viven en la provincia de Buenos Aires, que gran parte de su vida se la dedican al turismo rural y que les tocó afrontar todos estos meses sin poder abrir sus tranqueras. Aquí cuentan su experiencia. Pedro Cataldo Stancanelli es guía de turismo y tiene su restó […]

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Pedro, Ana y Javier tienen en común que viven en la provincia de Buenos Aires, que gran parte de su vida se la dedican al turismo rural y que les tocó afrontar todos estos meses sin poder abrir sus tranqueras. Aquí cuentan su experiencia.

Pedro Cataldo Stancanelli es guía de turismo y tiene su restó de campo “Lo de Pedro” en Colonia Nievas (localidad de 25 habitantes permanentes), que es una de las tres Colonias de Alemanes del Volga que posee el partido de Olavarría (las otras son Colonia Hinojo y Colonia San Miguel).

“Esto de la pandemia me afectó mucho”, es lo primero que dice. “Desde el inicio de la cuarentena me vi obligado a tener que cerrar sin poder brindar ningún tipo de servicio, ni gastronómico ni de alojamiento así que para mí fue un gran golpe porque realmente no sabía qué hacer ni qué iba a pasar. Son esos momentos de zozobra donde todo está por verse. Afortunadamente pude volver a ofrecer el servicio gastronómico cuando se permitió en la zona la presencia de comensales, a fines de julio, mientras que las cabañas están en alquiler nuevamente a partir del primero de diciembre”.

Lo de Pedro abre por lo general sábados, domingos y feriados desde el mediodía a la tardecita y la propuesta gastronómica varía según época, productos estacionales y demanda. Algunos de los platos que se ofrecen son carnes al asador, cordero al horno, pollo relleno, bondiolas, verduras asadas, ensaladas, picadas de chacinados y escabeches. Y por supuesto los infaltables chucrut y leberwust. Entre lo dulce se destaca la tarta con guayabas, pastafrola con dulce de guayabas, cabsha de limón o dulce de batata y el strudel, claro.

“Abrí por primera vez mis puertas en Semana Santa de hace unos 12 años para brindarle un servicio de té a un contingente de visitantes de CABA, y desde entonces hasta hoy en forma ininterrumpida salvo durante el periodo de cuarentena de este fatídico año”, recalca Pedro. “La gente disfruta no solo de la propuesta de gastronomía y alojamiento (donde no hay wifi ni tv, sí libros), sino que también disfruta del amplio jardín, del silencio, de la naturaleza, de la paz, cualidades que se continúan vivenciando al caminar por todo el entorno rural de la Colonia”.

Por otro lado, agrega Pedro, en estos tiempos de pandemia la gente valora, la seguridad que les genera poder estar al aire libre en un amplio espacio, con gran distanciamiento, casi como estando en “el medio del campo”. Habrá que ver cómo se desarrollar las cosas”, concluye.

“Lo del Covid fue una situación nueva e inesperada para todos, y en La Querencia cerramos desde el primer momento hasta ahora, diciembre, que pudimos volver a abrir. Postergamos proyectos, viajes y reuniones pero lo aprovechamos para mantenimiento y algunas cuestiones postergadas en el jardín”, cuenta Ana Fernández Chaves de Pigüé que, además de tener el complejo de cabañas La Querencia junto a su esposo, es ceramista desde hace muchos años y sus productos y talleres forman parte de la propuesta del grupo INTA Turismo Rural Sierras y Pampa.

“El hecho de estar aislados, de no recibir huéspedes y los días fríos del invierno me brindaron buenas oportunidades y tiempo para trabajar en la cerámica, así que pude disfrutar de los pocos beneficios de la cuarentena, haciendo talleres y seminarios on line, donde participamos artesanos de Argentina y de distintos países compartiendo y afianzando conocimientos”.

Cabe destaca que Ana no hace una “cerámica cualquiera” sino que rescata las técnicas y diseños de los pueblos originarios de la zona. “Cuando comencé con el turismo me di cuenta de que había muy poco información sobre los pueblos originarios de aquí y que había mucho para contar, como por ejemplo que la cerámica es más simple con apenas unas grafías hechas con un palito o un hueso y de pocos colores si se la compara con la del Norte, debido al tipo de arcilla que hay”, cuenta. “Me interesa rescatar las técnicas de los pueblos que habitaban esta zona, por eso no se trata sólo de hacer ´piezas bonitas´ sino de poner en valor lo auténtico, como los cuencos bajos y anchos de arcillas rojas utilizados para la vida diaria ”.

Las técnicas a rescatar consisten en buscar arcilla en las barrancas de arroyos, prepararla, modelarla y hacer el bruñido que es sacar brillo y tapar poros con una piedra pulida. Luego viene la etapa de decorar con grafías, incisiones o pintar con engobes (arcilla líquida coloreada con pigmento mineral) o hacer la cocción en horno con leña para un posterior curado de las piezas con cera de abeja para impermeabilizar y desinfectar. Todo esto lleva mucho tiempo y este forzoso aislamiento, enfatiza Ana que siempre busca lo mejor de todo, le permitió dedicarse a este tipo de tareas y elaborar piezas que ya están a la venta (muchas de ellas) en el taller ubicado en el complejo de cabañas.

“Hoy tenemos posibilidades de volver a recibir huéspedes, con protocolos, declaración jurada y muchos cuidados”, describe Ana. “Vemos que la gente tiene ansias de salir, ver familiares y amigos pero por ahora averigua y proyecta con mucha prudencia, prefiere estar en lugares tranquilos y no muy concurridos, por eso es una buena oportunidad para el turismo rural, con trato personalizado, revalorizando y disfrutando de la naturaleza, de los sabores y las costumbres simples de lo rural o de poblaciones pequeñas”.

“Después de esa primera semana cuando empezó la cuarentena me senté a tomar cerveza en la galería y me puse a pensar qué hacer porque yo veía que todo lo relacionado a hotelería y a gastronomía se iba a cerrar”, grafica Javier Graff, cocinero profesional y responsable de haber puesto en valor la comida de su familia perteneciente a los Alemanes del Volga en su restaurante ubicado en la colonia Santa María, de Coronel Suárez.

Javier pertenece desde el inicio al Grupo INTA de Turismo Rural Cortaderas II donde comenzó recuperando los platos típicos de los alemanes del Volga, luego montó un pequeño hotel y finalmente, para despuntar el vicio de hacer cosas, empezó a hacer chocolates. Y fueron estos chocolates (que eran un homenaje a su mamá, quien trabajó en una chocolatería), quienes prendieron la mecha de la nueva ida.

“Esa tarde, cerveza en mano, decidí arrancar con todo con los alfajores. En seguida llegó Semana Santa e hice la prueba con la promoción de huevos de pascua… y en 4 días vendí una tonelada de huevos, no vendí más porque no tenía”, recuerda. “Tuvimos tan buena aceptación que al poco tiempo decidí poner la chocolatería en Suárez con los ahorros que tenía y realmente tuvimos una excelente respuesta de la gente, en invierno vendimos muy bien, quizás porque el chocolate es tan rico que siempre da una gratificación en momentos difíciles”.

Javier dice que por ahora, aunque esté habilitado, no va a abrir ni su restaurante ni su hotel porque siente que hay mucha paranoia y que al fin y al cabo le puede traer más problemas que ganancias o satisfacciones.

“Mi reinvención para cuando la actividad turística vuelva con total normalidad es tener una buena pileta en el hotel, así que la propuesta será que la gente venga a instalarse y pasar varios días y disfrutar del pueblo, del lugar y de nuestra comida. Estoy convencido de que esta es la gran oportunidad para el turismo rural porque tiene todas las condiciones necearías para respetar el distanciamiento y todo lo que se requiere”.

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