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]]>De la mano del entonces asesor CREA Lucas Andreoni, quien actualmente se desempeña como asesor de la empresa –además de ser el responsable del programa “Integración con la Comunidad” del Ministerio de Agricultura y Ganadería de la provincia de Córdoba–, se embarcaron en un proceso de aprendizaje que culminó actualmente con el 86% del campo “verde” durante el período invernal. Es decir: los barbechos químicos quedaron reducidos a una mínima expresión.
El dato es que más de la mitad del área invernal está ocupada por diferentes cultivos de servicio, tales como centeno, vicia, achicoria, rabanito, avena strigosa y trigo sarracero. Y este año además están probando Brassica carinata y colza como cultivos de cobertura.
“Creemos que el modelo agrícola simplificado ya caducó. No sabemos si lo que estamos construyendo nosotros va a ser el nuevo paradigma agrícola, porque estamos en pleno proceso de aprendizaje, pero sí estamos seguros que el sistema convencional ya dio todo lo que tenía para dar e insistir con el mismo implica desagregar valor, porque no es sensato solucionar problemas con las mismas herramientas que los crearon”, explica Ricardo Bombal, gerente general de Don Lero S.A. e integrante, junto a sus hermanos Ana, Paz y Pedro, de la empresa familiar.
En los primeros años, los costos de los cultivos de servicio no se incorporaban al cálculo del margen bruto de los cultivos porque se consideraba que, tal como sucede con una fertilización fosforada de reposición, se trataba de una inversión sistémica con efecto de largo plazo. Pero en los últimos tiempos eso cambió y pasaron a formar parte de los costos anuales porque los cultivos de servicio permiten generar ahorros considerables de insumos de síntesis química.
Ricardo, en función de su propia experiencia, remarca que el proceso de intensificación agrícola no debe hacerse de manera abrupta porque requiere un cambio cultural y organizacional que lleva tiempo. “Es importante comprender que se trata de un proceso continuo al que todos los integrantes de una empresa debemos adaptarnos; el hecho de que la empresa siempre esté en movimiento, cosechando y sembrando inmediatamente atrás, solamente puede hacerse si se cuenta con un equipo de trabajo capacitado y motivado”, apunta el empresario en un artículo publicado por la Revista CREA.
El proceso de aprendizaje continuo les permitió lograr hitos que hasta hace algunos años atrás parecían imposibles, como la siembra directa de maní sobre cobertura de centeno, que en el ciclo 2020/21 logró rendimientos tan elevados que este año volverán a repetir esa rotación.
Un aspecto central del cambio de paradigma es brindarse y brindar a los integrantes de la organización el “permiso” para equivocarse y aprender de los errores, porque de otra manera sería imposible generar innovaciones. Así fue como en la última campaña Mauro Liendo, responsable del área de Producción de la empresa, descubrió una técnica muy prometedora mientras estaba poniendo a punto una sembradora articulada de origen brasileño.
El suceso ocurrió cuando el técnico brasileño, al configurar la sembradora, observó un lote con una vicia que tenía más de un metro de altura y desafío a Mauro al asegurarle que la máquina podía atravesar el cultivo de servicio sin mayores inconvenientes. Mauro pensó inicialmente que eso no era posible, pero, ante la insistencia del técnico, decidió dedicar un par de hectáreas al experimento.
“La vicia se secó a las 24 horas de haber sido suprimida por la sembradora que implantó una soja de primera y, al no observar nacimientos de malezas, decidimos no aplicar herbicidas preemergentes. A pesar de tratarse de un año bastante seco, ese lote terminó generando un rinde del orden de 4300 kg/ha, que superó a otros lotes lindantes de soja que habían recibido preemergentes”, comenta Mauro.
Este año repetirán la experiencia de la “siembra en verde” sin aplicación de preemergentes, pero ya en una superficie mucho mayor y con otros cultivos; adicionalmente, un sector de esas parcelas recibirá solamente bioinsumos de origen orgánico para seguir testeando diferentes alternativas productivas.
“La cobertura generada por la vicia nosotros la llamamos la alfombra mágica”, bromea Mauro. “La intensificación agrícola tiene como correlato la intensificación de todas las tareas que realiza la empresa; aquí todo el año se están llevando a cabo diferentes procesos”, añade.
Marco conceptual
Los cultivos de servicio, tal como indica su nombre, pueden ofrecer diferentes servicios ambientales, pero para que eso suceda es necesario diseñarlos e incorporarlos de manera adecuada. Supresión de malezas, aporte y reciclaje de nutrientes, mejora de la estructura física del suelo, gestión del agua presente en napas freáticas, incremento de la microbiología del suelo y atracción de polinizadores son algunas de las funciones posibles.
“Cuando dejamos de mirar solamente la producción y la protección de cultivos para visualizar de manera sistémica el paisaje en su conjunto, entonces podemos pasar del discurso al hecho y crear empresas que sean sostenibles en el eje social, ambiental y económico”, explica Lucas Andreoni.
– En una primera etapa empezamos a observar cambios en la composición física y química del suelo y comprendimos que estábamos trabajando sin considerar lo que sucedía en el recurso más importante que tenemos, que es el suelo. En las restantes ramas de la ingeniería siempre se ocupan de asegurar que los instrumentos necesarios para realizar su labor se encuentren en condiciones óptimas, pero nosotros, en el sistema simplificado, nos focalizamos durante muchos años en el resultado sin analizar los procesos que ocurrían en el suelo. Nuestra “máquina de trabajo” no estaba recibiendo la atención que se merecía y eso no fue gratis, porque nos pasó la “factura”. El siguiente paso fue entender las diferencias entre ambientes y cómo la tecnología debía adaptarse en función de las características de cada uno. Para todos los involucrados en el proceso representó un redescubrimiento de la agronomía. La intensificación agrícola por medio de la incorporación de cultivos de servicio permitió incrementar la micro y macrobiología presente en el suelo al ofrecer, con presencia permanente de raíces vivas, alimento a los seres vivos que –aunque muchas veces no lo veamos– forman parte de todo ciclo productivo.
¿Cuál es el aspecto más difícil del cambio?
– El aspecto central, obviamente, es que el empresario esté convencido de que es necesario realizar el cambio, pero no podría decir que esa es la cuestión crítica. El factor clave es tener equipos de trabajo preparados para poder entender el impacto de las acciones emprendidas, realizar los diferentes procesos con eficacia, estar despiertos para evaluar tanto éxitos como errores y poder aprender de estos últimos. Los esquemas regenerativos, además de ser ambiental y económicamente viables, también lo son en el aspecto social, porque requieren una mayor cantidad y diversidad de trabajadores y proveedores. La súper simplificación de tareas agrícolas generó un proceso similar en los equipos de trabajo y eso, que en algún momento pudo haber representado una fortaleza, actualmente es una limitación porque no es posible encarar un esquema regenerativo sin un equipo de trabajo consolidado. Entonces, si la pregunta es qué es lo más difícil del cambio, la respuesta es contar con equipos de trabajo capacitados y motivados para poder encarar el desafío. Por supuesto, si el proceso es encarado en el marco de una red de intercambio de conocimiento, como es el caso de CREA, las posibilidades de éxito se incrementan.
O sea que el factor crítico es el equipo de trabajo.
– Sí, pero no sólo considerando a los empleados y colaboradores de la empresa, sino también a los proveedores de bienes y servicios, dado que todos tienen que estar bien coordinados para que la intensificación agrícola pueda concretarse con buenos resultados. La intensificación prácticamente no deja tiempo libre y, por lo tanto, requiere una adecuada planificación tanto operativa como financiera. Hay más trabajo, mayor diversidad de insumos y crecen también las responsabilidades. La comunicación es aspecto central para lograr un buen trabajo de equipo, motivo por el cual, al menos una vez por año, reunimos a todos los integrantes de la organización para explicar porqué hacemos lo que hacemos, de manera tal que todos puedan sentirse parte de la construcción colectiva que están emprendiendo. Entender el sentido de los diferentes procesos y los motivos que dan origen a las búsquedas y pruebas, es vital para que todos puedan dar lo mejor de sí mismos.
¿Crees que es importante el efecto paisajístico generado por contar con una mayor cantidad y diversidad de especies en el campo?
– Es una dimensión relacionada con el placer humano, algo que, si bien es subjetivo, no deja de ser relevante. Cuando preguntamos a los empresarios que están transitando el camino hacia sistemas regenerativos qué ven de favorable en el proceso, una de las respuestas es que la mayor presencia de colores y vida atrae a las nuevas generaciones al campo porque se sienten a gusto. No se trata de algo menor volver a enamorarse de un ambiente, porque eso hace al arraigo y al sentido de pertenencia. En ese sentido, también es importante dejar sectores del campo sin intervención humana para que la biodiversidad presente pueda expresarse en su pleno potencial. Por ese motivo, el establecimiento cuenta con “corredores biológicos” diseñados con diferentes especies nativas, además de forestación con algarrobos. Es parte de los servicios ecosistémicos que prestan las empresas agropecuarias y es un aspecto fundamental para cuidar a los insectos polinizadores.
¿Eso es importante para la actividad apícola?
– Por supuesto, pero no solamente para esa actividad, sino para muchos procesos más. Estamos trabajando con un equipo de investigadores del Conicet, coordinado por Lucas Garibaldi, para evaluar el impacto de la presencia de polinizadores en los rendimientos del cultivo de soja y los resultados preliminares observados son auspiciosos al respecto, con ganancias de rendimiento muy interesantes. Por otra parte, el apicultor está más que contento en traer colmenas al campo porque, al tener disponibilidad de flores durante todo el año, puede producir una gran cantidad de miel de excelente calidad.
¿Cuáles son los indicadores clave para hacer un seguimiento de los sistemas intensificados?
– Además de los indicadores físicos y químicos tradicionales, junto con los ambientales, como es el caso del EIQ, y los económicos, como la gestión CREA, hemos diseñado indicadores biológicos para hacer un seguimiento sistemático de la macrofauna y microorganismos presentes en el suelo; en ese sentido, necesitamos la mirada de un biólogo para poder aprender al respecto. Para la macrofauna, implementamos un protocolo para realizar muestreos de insectos visibles al ojo humano, mientras que en lo que respecta a microbiología, empleamos “trampas de arroz” para recolectar bacterias, cianobacterias, hongos y protozoarios, entre otros microorganismos; es muy impresionante ver en las “trampas” una completa gama de colores en suelos sanos y lo contrario en aquellos con escasa presencia de vida.
¿Cuál estimás que es la principal barrera para la difusión de los procesos orientados a lograr la intensificación agrícola?
– Quedó un estigma en el cual lo sostenible se asocia a una menor productividad y rentabilidad, pero los sistemas intensificados estabilizados son rentables y lo podemos demostrar con números concretos, además de todos los beneficios asociados en términos ambientales y sociales. Por otra parte, las empresas intensificadas son más creativas y, por lo tanto, más atractivas para atraer talento. Existe muchísima información y conocimiento científico validado sobre el tema que, por supuesto, debe adaptarse a las condiciones ambientales de cada región. Por eso creo que no puede haber excusas para pasar del discurso al hecho.
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En el ámbito local no fueron pocos los que se preguntaron si algo similar podría ocurrir en la Argentina. La respuesta “corta” es que es posible. Pero la respuesta “larga” es que, para que eso pueda ser factible, se requiere un marco regulatorio y científico adecuado, paciencia y comprender que no todos los sistemas productivos serán adaptables para producir bonos de carbono con valor comercial.
La Contribución Nacionalmente Determinada (NDC por su sigla en inglés) por el Estado argentino en 2016 planteaba para el año 2030 no exceder la emisión neta de 483 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente (MtCO2eq) a través de la implementación de una serie de medidas en todos los sectores de la economía, aunque con foco en energía, agro, bosques, transporte, industria y residuos.
En el marco de la Cumbre de Ambición Climática y a cinco años del “Acuerdo de París”, el pasado 12 de diciembre de 2020 el presidente Alberto Fernández anunció que esa meta para 2030 sería ahora es de 360 millones de toneladas para alcanzar la situación de carbono neutral en 2050, lo que implicó asumir metas mucho más exigentes en ese sentido.
Una de las fuentes relevantes de gases de efecto invernadero en la Argentina son las emisiones de metano generadas por la fermentación entérica de rumiantes, aunque no es la única fuente ni tampoco la más importante.
La metodología de referencia del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC por sus siglas en inglés) establece tres niveles de exhaustividad con la cuál efectuar las estimaciones de gases de efecto invernadero. El primero es el denominado nivel 1, que implica poco detalle y factores de emisión de referencia, mientras que el nivel 2 comprende detalle medio con inclusión de factores de emisión propios y el nivel 3 es muy exhaustivo con aplicación de modelos dinámicos de estimaciones.
En cuestiones de estimaciones de gases de efecto invernadero de los suelos y pastizales, Argentina informa sus inventarios en el nivel 1. “La información disponible actualmente en la Argentina sobre el potencial de secuestro de carbono de los pastizales es incompleta o no satisface los requisitos para ser utilizada en los inventarios de gases de efecto de invernado, según los criterios establecidos por el IPCC”, explica Pablo Cañada del área de Ambiente de CREA.
Por ejemplo: una investigación realizada por Roberto Álvarez, Gonzalo Berhongaray y Analía Giménez, publicada en 2020 en Science of the Total Environment (“Are grassland soils of the pampas sequestering carbon?”), no detectó evidencia de secuestro de carbono en 22 sitios con pastizales naturales de la zona pampeana argentina relevados entre 2007 y 2019. La hipótesis principal detrás de ese fenómeno es que el pasto remanente de aquel consumido por el ganado no alcanza a tener un nivel suficiente para reponer carbono en el sistema. Los autores estiman que el mismo fenómeno también se observaría en la mayor parte de las pasturas implantadas en la zona pampeana.
“Si bien en muchas situaciones no será factible contar con sistemas productivos ganaderos que permitan secuestrar carbono –porque el foco del recurso está orientado en la maximización de la productividad agropecuaria–, en ciertas condiciones, con los manejos adecuados, eso podría ser posible, aunque debería estar validada científicamente la capacidad de secuestro de carbono en el suelo”, apunta Cañada en un artículo publicado en la Revista CREA.
Un aspecto clave para poder consolidar un mercado de bonos de carbono es contar con una metodología reconocida por medio de la cual sea factible medir la evolución del carbono orgánico presente en el suelo junto con las emisiones producidas, de manera tal de obtener la emisión neta de carbono.
De hecho, cuando se analiza el caso australiano de Wilmot Cattle Company, la empresa que le vendió bonos de carbono a Microsoft, puede verse que el proyecto fue validado por una agencia gubernamental (Emissiones Reduction Fund). Esa validación, lejos de tratarse de una cuestión declarativa, se realizó en base a criterios científicos reconocidos por la comunidad internacional.
“Es necesario tener en cuenta que, además de un marco regulatorio adecuado, se trata de procesos largos. El caso de Wilmot, por ejemplo, se registró en junio de 2017 para ser evaluado durante tres años y medio, dado que recién recibió los créditos (Australian Carbon Credits Units) en diciembre de 2020”, remarca el técnico CREA.
“Una cuestión importante, que será tratada en noviembre de este año en la 26 Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático de 2021 (COP26) por realizarse en Glasgow (Escocia), es que debe definirse qué sucede con los créditos de carbono que, como en el caso de Wilmot, van de una nación a otra. ¿Esos créditos deben restarse del inventario nacional de emisiones del país vendedor? Veremos. Pero, en cualquier caso, la cuestión representa la importancia del involucramiento de los Estados nacionales en el marco regulatorio de este nuevo mercado”, añade.
En el transcurso del presente año Pablo, junto a otros técnicos del área de Ambiente de CREA, estará trabajando en experiencias piloto dedicadas a medir emisiones netas de carbono con el propósito de diseñar metodologías al respecto.
“Son muchas las prácticas sostenibles, tanto consolidadas como en proceso de incorporación, que permitirían generar un mercado maduro de bonos de carbono de origen agropecuario en la Argentina. Pero para eso se requiere un marco específico que a la fecha no está vigente; tenemos mucho trabajo por delante”, concluye.
Respuesta a Bill Gates: La carne sintética no secuestra carbono
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