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caballos – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Fri, 26 Nov 2021 13:15:49 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png caballos – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Don Pedro Lucio Sarciat lleva ocho décadas en busca del mejor caballo indomable: Incansable impulsor de las jineteadas, llegó a desfilar hasta en la cancha de River http://wi631525.ferozo.com/don-pedro-lucio-sarciat-lleva-ocho-decadas-en-busca-del-mejor-caballo-indomable-incansable-impulsor-de-las-jineteadas-llego-a-desfilar-hasta-en-la-cancha-de-river/ http://wi631525.ferozo.com/don-pedro-lucio-sarciat-lleva-ocho-decadas-en-busca-del-mejor-caballo-indomable-incansable-impulsor-de-las-jineteadas-llego-a-desfilar-hasta-en-la-cancha-de-river/#comments Tue, 23 Nov 2021 11:58:22 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=86249 Don Pedro Lucio Sarciat (82) es el fundador y primer presidente de la “Asociación Argentina de Caballos de Destrezas Gauchas”. Pero detrás de los títulos, Sarciat es sinónimo de la cultura de la doma del caballo, de su adiestramiento y de su preparación para las diversas actividades o destrezas gauchas, ya sean jineteadas o pruebas […]

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Don Pedro Lucio Sarciat (82) es el fundador y primer presidente de la “Asociación Argentina de Caballos de Destrezas Gauchas”. Pero detrás de los títulos, Sarciat es sinónimo de la cultura de la doma del caballo, de su adiestramiento y de su preparación para las diversas actividades o destrezas gauchas, ya sean jineteadas o pruebas de rienda. También para el trabajo en las estancias.

Cerca de Rauch, donde vive, Sarciat tiene un campo familiar donde cría caballos de tropilla para jineteadas. En la ciudad, su antigua casa data de 123 años y bien podría convertirse en museo de la cultura gaucha y equina.

La asociación trata de una de las actividades más antiguas de la cultura equina en nuestro país, pero es de las más jóvenes y fue fundada recién en 2018.

Mirá la entrevista a Pedro Lucio Sarciat:

-¿De dónde le viene esta pasión por los caballos?

-Mi familia materna, Ballester, se remonta al 1600, y en aquellos tiempos fueron criadores de caballos a la fuerza, porque en esa época el caballo era fundamental para la vida y el trabajo rural. Allá por 1920 se comenzaron a traer manadas y empezaron a hacerse selecciones de la raza criolla en la Argentina, de razas para el trabajo agrario y luego para las carreras, etcétera. Mi abuelo Lucio Ballester ayudó a Emilio Solanet. Ambos veterinarios, comenzaron a buscar una tropilla que respondiera a las características originales de la raza criolla. Eso se hizo en la Patagonia porque allí aún no se habían cruzado las razas.

Nacimos con el caballo. Con mis hermanos nos criamos en el campo e hicimos toda la escuela primaria yendo de a caballo. Muy pocas veces en un Ford A, que teníamos, con puertas de lona. Y algunos de mis familiares fueron los primeros jugadores de Pato en la Argentina.

-¿Cuál fue su mejor caballo o el que más recuerda?

-Tuve muchos caballos. Pero tuve un bayo rosillo, cruza de criollo con un puro de carrera, al que domé y era muy mansito, tanto que mis hijos lo andaban en el campo. Trabajó de apadrinador -que son los que ayudan a los jinetes a dejar su propio caballo en las jineteadas- y me acompañó en las fiestas, lo llevé a Palermo muchos años. Entraba a la pista de una fiesta y apenas escuchaba la música ya se ponía en acción y esperaba a que lo mandaran a hacer lo que él debía. Era un maestro, ese caballo.

 

-¿Es cierto que llegó a jinetear en la cancha de River? 

-Sí, fue en 1960 cuando se hizo el sesquicentenario de la Revolución de Mayo y el Ministro del Interior del gobierno de Frondizi, Alfredo Vítolo, armó una semana de destrezas criollas en la que todas las provincias estaban representadas. Hubo salteños, cordobeses, mendocinos, bonaerenses. Y a los que no participábamos en las noches de modo oficial -porque éramos jóvenes estudiantes- nos dieron la oportunidad de jinetear todas las mañanas.

-¿La jineteada es la más representativa de las actividades de competencia del caballo?

-En todo el mundo, el hombre domesticó al caballo y le costó. Y al que no lo pudo dominar para poder andarlo, terminó destinándolo a las jineteadas, es decir, los indomables. Es el desafío entre el hombre y el caballo, de ver si lo voltea o no. Hay jineteadas en todo el mundo, en Macedonia, Australia, Nueva Zelandia, donde el rugby es el principal deporte y las jineteadas están en segundo o tercer lugar.

De ahí partió la Asociación de Destrezas Gauchas, porque hay gente que ha hecho una selección de ese tipo de caballos indomables y crían caballos en cantidad y no les fallan, unos más, otro menos, pero todos les salen indomables, con esos genes ocultos que están en todos los caballos y se despierta sólo en algunos. No hay una raza específica, de cualquiera salen caballos indomables. Yo tuve un caballo de pura raza criolla y toda su familia en su pedegree, fueron mansos, pero éste salió indomable.

Fundamos la asociación con carácter nacional, y celebramos un convenio con la Sociedad Rural Argentina por el cual ella aprueba como “nueva raza”, con estatutos, estándares (tipo de uniformidad y características generales) y lleva los registros de los pedigree. La cría utilizando la genética, transmisora de caracteres, hace la diferencia para trabajo o pruebas de rienda o la cría ya consolidada de caballos para jineteadas, que son los bravos, indomables. También hace la diferencia para las paleteadas o coleadas, pero éstas dos no entran en la categoría de “destrezas gauchas” de nuestra asociación.

-¿Usted ha vivido de las jineteadas toda su vida?

-Desde siempre nos hemos criado a la par de grandes jinetes y ellos nos han encaminado en esta pasión. Uno pasa por distintas etapas, de aficionado a ser un deportista medianamente bueno, hasta que empieza a decaer y termina organizando, ayudando y enseñando. No se si fui jinete, pero subí a varios reservados y he sacado algunos premios. Pasé a criar caballos de jineteadas, comprando, a tener cantidad y a armar fiestas tradicionalistas, siempre a beneficio de escuelas y otras instituciones. Nunca lo hice con fines de lucro ni viví de esto, pero siempre traté de hacerlo bien.

-Me imagino que además de River, la cima es llegar a La Rural de Palermo.

-Yo participé en las primeras jineteadas que se hicieron en Palermo, desde 1962 a 1964, pero luego me alejé porque me vine a Rauch a trabajar al campo. Luego volví a hacer jineteadas desde 1996 hasta 2006, en las exposiciones de julio, que son las más importantes. También participé en las primeras “paleteadas” y “coleadas” de Palermo, con los caballos criollos. Después me vinieron a ver unos chilenos para preguntarme si me animaba a hacer un espectáculo en la fiesta de la Media Luna, en Rancagua, donde se hacen las finales anuales de los rodeos. Acepté y armé una especie de cirquito, porque llevaba mis caballos reservados, mis jinetes y hasta cantores. Me llevaban ellos y me traían. Lo hicimos a partir de 1999, durante cinco años, porque fue un éxito, algo muy lindo, la pasamos muy bien y guardo buenos recuerdos. Y al final terminaron comprándome los caballos que había llevado.

-¿Cuál fue la jineteada que más recuerda?

-Hay muchas, sobre todo recuerdo las de pleno invierno, cuando terminábamos todos emponchados, del frío, en una escuela, o cuando se largaba a llover y se suspendía la jineteada y había que sacar a todos los autos encajados en el barro.

-¿Cómo explica esta pasión o atractivo en la gente de campo, de todo tipo y clase social?

-Es el atractivo natural del gaucho. El que anda a caballo se divierte el día domingo, en el campo, arreglando un caballo, tusándolo -que es cortarle la cerda-, acomodándolo, ensillándolo, domando algún animal nuevo. Y se entretiene adiestrando o jineteando.

-Existe toda una corriente de gente más bien urbana que no está de acuerdo con que esta actividad se practique como un deporte. ¿Le ve futuro a la actividad de las destrezas gauchas?

-Yo creo que tiene futuro, pero hay que luchar mucho. Yo he tenido diálogo con muchos representantes de estas posturas. Nosotros nos oponemos a una humanización del animal. Pero nosotros lo entendemos y lo queremos al caballo. Tenemos reglamentos para evitar que el caballo se lastime. Los tiempos de las jineteadas van de 8 a 14 segundos. No es una actividad tan exigente y cruel, porque se han aceptado todas las reglas, en todo el mundo. Ya sea en Estados Unidos o en Australia. Hay muchachos argentinos que están participando de los rodeos australianos y se han adaptado en sus espuelas, recados, monturas, a la perfección para que el animal no sufra.

-¿Y ve que es algo que guste a las nuevas generaciones?

-Sí, pero es distinto a los jinetes de antes, porque se ha vuelto muy profesional y los jinetes de ahora son mucho más atletas que nosotros. Tengo un yerno, de 25 de Mayo, que fue campeón en Diamante y siendo de campo se preparaba como un boxeador, saltando la cuerda, y ahora tienen hasta la cama elástica. En Estados Unidos se ha vuelto totalmente profesional. Allá hay toros y caballos mecánicos para enseñarles a manejar el cuerpo, como se hace en las escuelas de jockey acá en la Argentina.

En medio de la entrevista, Sarciat relata que lo han llamado de Uruguay para recorrer ellos el mismo camino y crear su propia asociación, porque hasta ahora se manejaban de modo informal. “Esto nos abre un camino nuevo que trasciende las fronteras y no tiene fin”, define.

-¿Y sigue asistiendo el público?

-Si, sigue habiendo un público entusiasta, algunos a favor del caballo y otros a favor del jinete, como en las corridas de toros, donde algunos están deseando que el toro le pegue una cornada al torero.

-Ustedes es amante de los caballos indomables… ¿Quién prefiere que gane?

-El hombre, porque duelen los golpes. Uno puede desear que el caballo haga todas sus demostraciones, que sea bueno, para que se destaque lo que uno cría, pero el jinete sufre más.

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Escondido entre las sierras de Tandil, el soguero Pablo Lozano convirtió ese viejo oficio rural en un arte que trasciende las fronteras http://wi631525.ferozo.com/escondido-entre-las-sierras-de-tandil-el-soguero-pablo-lozano-convirtio-ese-viejo-oficio-rural-en-un-arte-que-trasciende-las-fronteras/ http://wi631525.ferozo.com/escondido-entre-las-sierras-de-tandil-el-soguero-pablo-lozano-convirtio-ese-viejo-oficio-rural-en-un-arte-que-trasciende-las-fronteras/#comments Thu, 11 Nov 2021 12:29:56 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=85296 Es difícil llegar hasta el taller y la morada de Pablo Lozano, soguero y a la vez artista renombrado. Uno debe desviarse varios kilómetros de la ruta asfaltada que conduce a la ciudad de Tandil y meterse entre las serranías que la rodean. Cuando finalmente se logra dar con el lugar, la paz es tanta […]

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Es difícil llegar hasta el taller y la morada de Pablo Lozano, soguero y a la vez artista renombrado. Uno debe desviarse varios kilómetros de la ruta asfaltada que conduce a la ciudad de Tandil y meterse entre las serranías que la rodean. Cuando finalmente se logra dar con el lugar, la paz es tanta que uno entiende de inmediato de dónde saca este hombre la paciencia necesaria para encarar una obra que quizás pueda llevarle varios meses y que podría venderse en cualquier país del mundo.

-¿Vos que sos soguero, Pablo Lozano, nos podés explicar cómo es este arte y oficio?

-Primero tenemos que aclarar que en el campo, llamamos soga, no a la clásica cuerda, sino a una tira de cuero. Por eso también se llama `guasca` o `wasca`, que viene del quichua de los Incas y significa `tira`. Por eso al soguero también se lo llamaba guasquero. Las sogas de trabajo serían los cueros de trabajo: las riendas, el maneador, un cabresto. Acá en América no había ni caballos ni vacas. Llegaron los españoles, trajeron a estos animales y recurrieron a lo que tenían a mano. Al principio de modo rústico, es decir, no trabajaron el cuero curtido, al que llamamos `suela` o `vaqueta`, que es el cuero curtido o adobado, como ya se hacía en Europa. El gaucho de la colonia no salaba el cuero ni lo ablandaba con química alguna. Utilizaba el cuero crudo y cortaba los tientos con su cuchillo. Y esa es la diferencia entre el soguero y el talabartero.

-¿Soguero no es lo mismo que talabartero?

-El talabartero compra el cuero curtido. El soguero o guasquero trabaja con el cuero crudo, de modo que saca el cuero del animal recién carneado. En el caso del cuero caballar, a mí me lo provee un amigo veterinario, de caballos que se mueren o tienen que sacrificar. En el caso del cuero vacuno, cuando se carnea un animal en el campo.

Mirá la entrevista completa con Pablo Lozano:

 

-¿Y hay diversidad de cueros?

-No es lo mismo un cuero de un animal flaco, que gordo; joven, que viejo, ni el pelo de uno u otro, influye la raza y hasta la sanidad del animal. Para mí el cuero se comporta como la carne de ese mismo animal: si es novillo gordo, su carne será más rica, más sabrosa y más blanda, por su grasitud. Pues su cuero también tendrá más grasa y permitirá que se sobe más y que quede más blando. En cambio, si el soguero necesita de un cuero más duro o resistente, o rígido como en el caso de un lazo, pues buscará el cuero de un animal más flaco, por ejemplo, de una vaca que en el campo llaman ´de epidemia´, que se ha muerto de vieja, estresada y sin grasa.

-¿Vos tenés alguna preferencia?

-A mí me gusta mucho el cuero de la raza Shorthorn, porque me gustan los cueros blancos, que cuando los lonjeás te aparecen unas pecas marrones. Y cuando los preparás, es decir, lo carneás, lo estaqueás y lo sobás, es cuando te canta realmente para qué te va servir. Ahora tengo un cuero blanco de Shorthorn para hacer una cincha, que tiene muy lindas manchas tirando a ´coloradas´ y lo fui cortando de tal forma que esas manchas quedaran como un mapa. Uno empieza creando desde ahí como lo hace un carpintero o un ebanista, que elige las maderas”

-¿Y qué saca un soguero de los cueros?

-En cuanto a sogas de campo, todas, desde un maneador para amansar a un animal, un cabresto, maneas, bozal, riendas, cinchas, estriberas, lazos, que es donde comienza este arte. Luego, se fue refinando cuando el hombre quiso diferenciarse, distinguirse, para pasear un domingo o en un desfile, y aparecieron técnicas nuevas con creatividad. Porque como herramienta de trabajo la pieza debe tener todo lo necesario para su función, pero después uno le agrega una costura en forma de flor, por ejemplo. Lo primero es cuidar la función porque una manea no se debe cortar por débil, porque si se soltaran las patas de un caballo podrían provocar un accidente. Uno debe asegurar su fortaleza y después recubrirla con bellos adornos. Las técnicas son infinitas. A veces quiero sacar una técnica, pero me sale otra. Si me sale una nueva, la divulgo.

-¿Cómo te iniciaste?

-Yo vivía en Buenos Aires pero mi familia materna tiene campo acá en Tandil. Entonces veníamos los veranos y fines de semana, donde yo veía a los paisanos con admiración y quería parecerme a ellos y así me fue naciendo el gusto por las cosas de la tradición. Los veía haciendo sogas muy rudimentarias y a mí me atraían las manualidades. Un día, estando en el colegio, en Buenos Aires, le ví a un amigo una pulsera de cuero trenzado y le pregunté dónde la consiguió. Me dijo que se la había enseñado a hacer un tal Luis Flores, que vivía en el pasaje Anasagasti, en Palermo, cerca de donde yo vivía. Lo fui a ver y luego de unas bromas me empezó a enseñar.

-¿Luis Flores fue tu referente?

-Él fue mi maestro, buen soguero, gran investigador y difusor. Pasé a ser parte de su familia y me llevaba de vacaciones a Los Cocos, Córdoba, donde él tenía una casa. Y de ahí me llevaba a Catamarca, a Santiago del Estero, a La Rioja, a visitar a tejedoras, cesteras y artesanos del cuero. Lo hacía con la pretensión de recopilar las distintas técnicas, tomaba notas, luego las escribía y publicaba. Luis fue el que además abrió el juego de compartir esos conocimientos y luego empezó a hacer concursos en La Rural de Palermo, con 30 artesanos, donde todos aprendimos mucho. Ese es el lugar por donde todos pasamos y nos sirve para intercambiar saberes y para vender.

-¿Cada región se caracteriza por algún rasgo, en la soguería?

-Sí, por ejemplo, en el sur de Santiago del Estero, por Sumampa y Ojo de Agua, los artesanos del cuero se destacan por los lazos, que son fantásticos. En la zona pampeana es donde más se desarrolla el arte fino de los guasqueros, seguramente porque hay mayor poder adquisitivo. En Corrientes se usan mucho las trenzas gruesas, por la humedad del clima, para que les duren. Y en la provincia de Buenos Aires se usa más el cuero sobado. Es como el caso de los aperos, que varían según la topografía.

-¿Trabajás solo por encargo?

-Sí, pero las cosas que mejor me salen son las que no hago por pedido. Porque no tengo la presión de tardar un tiempo estipulado. Uno la puede dibujar, pero cuando empiezo a trabajar el cuero, puedo ver que algo no me gusta y lo deshago, de modo que no sé cuánto tiempo me va a llevar. Y por todo eso no puedo presupuestar la pieza. Y además me pasa que cuando termino la pieza, la miro y le encuentro muchos errores. Pero pasa más tiempo y ya no le miro los defectos y me gusta. La pieza que más tiempo me llevó confeccionarla, fue en 5 meses. El mejor maestro en este arte es el cuchillo, porque es a fuerza de oficio, por más que otro te enseñe.

-¿Y vos tenés alumnos?

-He tenido muchos alumnos y unos diez han salido muy buenos. Hace muchos años daba cursos de soguería en la municipalidad de Tandil a principiantes y avanzados. Hoy puede ser que vengan sogueros a mi taller, a perfeccionarse, o que yo vaya a dar algunas técnicas a otro lugar. Martin Theill vino a aprender a casa cuando tenía 15 años y es el mejor alumno que he tenido. De modo que pasó a ser mi ayudante durante 20 años y hoy ya arrancó solo, pero cada tanto viene a ayudarme, como hoy. Nació y vive en Tandil, es muy conocedor de las costumbres camperas y muy destacado en sus obras.

 

-¿Pensás que con el avance de la tecnología y del desplazamiento del caballo de los campos este arte corre riesgo de perderse?

-Hay gente que compra y no sabe lo que es un caballo y sólo quiere la pieza para colgarla de adorno. Cuando yo era chico no había tantos sogueros ni tanta diversidad de piezas y sólo unas pocas talabarterías. Sin embargo, hoy hay muchas y creo que en la medida de que la soguería crezca como arte, vivirá siempre y ganará nuevos adeptos. Y siempre harán falta maestros como lo fue Luis Flores, para que este arte y oficio no se pierda y se siga perfeccionando. Porque él decía: ´Si todo estuviese en los libros, los maestros estarían de más´.

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La emotiva historia del pequeño Milo, quien sana cantando folklore en vivo y cabalgó 56 días junto a los gauchos de Güemes http://wi631525.ferozo.com/la-emotiva-historia-del-pequeno-milo-quien-sana-cantando-folklore-en-vivo-y-cabalgo-56-dias-junto-a-los-gauchos-de-guemes/ Sat, 30 Oct 2021 12:58:33 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=84164 Lorena Bianchi y Edgardo Marotti el 4 de febrero de 2011 tuvieron un hijo al que le pusieron por nombre, Milo, quien empezó a tocar el ukele con dos años de edad. Hoy ya tiene 10 años y vive con su familia en Manzanares, departamento de Pilar, provincia de Buenos Aires. Llama la atención ver […]

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Lorena Bianchi y Edgardo Marotti el 4 de febrero de 2011 tuvieron un hijo al que le pusieron por nombre, Milo, quien empezó a tocar el ukele con dos años de edad. Hoy ya tiene 10 años y vive con su familia en Manzanares, departamento de Pilar, provincia de Buenos Aires.

Llama la atención ver con cuánta pasión sus padres llevan a Milo a presentarse a cantar y tocar en vivo por todos los lugares del país que les puedan surgir. Su madre nos cuenta por qué lo hacen en este emotivo texto que ella misma decidió escribir. Es que la historia de Milo resultó ser emocionante y ejemplar:

“Cuando Milo cumplió 2 años de edad recibimos un diagnóstico médico sobre él que manifestaba un retraso madurativo del lenguaje y trastorno de atención conjunta. Fue muy duro. Pero con el tiempo fuimos descubriendo que su principal y sanadora conexión sería la música, puntualmente la música en vivo. Porque a pesar de su temprana edad, empezamos a ver que se desesperaba por subir a los escenarios en cualquier evento, ya fueran peñas, recitales o fiestas familiares. Y su apego o juguete de transición pasó a ser un ukelele, al que llevaba a su salita en el jardín y dormía con el mismo en sus brazos.

Tenía 3 años y medio y nuestro hijo balbuceaba todas las canciones del grupo Los Carabajal. Podía seguir perfectamente el ritmo de sus canciones con algunos rasgueos en su guitarra. Un día compramos entradas para ir a verlos a un teatro. El consagrado grupo lo vio desde el escenario y lo invitó a subir y a compartir varias canciones. Un hito inolvidable que marcó un antes y un después, en la vida de Milo, porque a partir de ese momento comenzó a pasarse horas en casa mirando videos de artistas, escuchando canciones y observando cómo sus referentes ingresaban al escenario o cómo saludaban al público.

Cerca de cumplir los 4 años, Milo pudo decir por primera vez `mamá`. Y luego de algún tiempo, su segunda palabra fue `Colín`, queriendo decir Violín.

Lo llevábamos a gabinetes de neurolingüística, fonoaudiología y musicoterapia. Y si bien no avanzaba mucho en la atención ni en la conexión, sí mejoraba en ambas áreas cuando se vinculaba con la música. Decidimos incentivarlo llevándolo a talleres de música y de canto. A fin de año participó de la muestra de los alumnos y pudimos comprobar que cuando subía a un escenario, Milo se comportaba como un niño totalmente normal.

A los cinco años de edad, Milo logró pronunciar frases completas, pero seguía con su tratamiento. Quienes lo conocieron en ese tiempo, nos sugirieron que lo lleváramos a un ciclo de `niños talentos` en Canal 9, llamado Argentiniños. Así lo hicimos y fue finalista, en un casting de más de 500 niños.

Cantó por primera vez en la televisión, el tema `Dejame que me vaya`. Si bien su actuación musical fue muy buena, le costó responder a las preguntas que le hacían los conductores, ya que aún le costaba la compresión del lenguaje. A los pocos meses fue invitado a participar en Showmatch y, lenta, pero firmemente, fue avanzando en las distintas rondas de elegidos, hasta que llegó a la final del programa.

Hoy, con 10 años de edad, Milo se mantiene firme en su vocación musical y el escenario se volvió su lugar en el mundo, donde se siente más cómodo. Es bastante habitual y natural que algún artista lo invite a compartir con él, alguna actuación, al punto de que se halla grabando un disco con canciones históricas de folklore, en el que canta cada canción junto sus autores. Por ejemplo: Litín Ovejero, Kali Carabajal, Walter Carabajal y Raúl Palma.

Hace un año que estudia guitarra por internet con una profesora a la que vio sólo una vez por causa de la cuarentena. Asiste a un colegio con fuerte orientación al arte en general.

Milo además se crio con un amor especial a los caballos, transmitido por su padre, Edgardo Marotti. En el presente año, nuestro hijo compartió, junto a nosotros, varios kilómetros montando a caballo, en la Marcha del Bicentenario de Güemes. Un grupo de gauchos salteños partieron a caballo, desde Luján, rumbo a Salta capital, durante 56 días, replicando la gesta `güemesiana`. Llevaron imágenes peregrinas de la Virgen del Milagro y de la Virgen de Luján, durmiendo en catreras y en ocasiones, a la intemperie. En cada ciudad, pueblo o paraje donde fueron recibidos, se armaron rondas de comida y de folklore, que Milo no se perdía.

En el último tramo de aquel viaje, ya en tierra salteña, los homenajes fueron más formales y Milo fue invitado a cantar en la mayoría de ellos. Algunos fueron muy emocionantes, como cuando cantó `La Poncho Colorado`, en el Río Juramento donde Belgrano hizo jurar la Asamblea del Año XIII e izó por primera vez un pabellón celeste y blanco.

Todos momentos que quedarán grabados para siempre en la memoria de Milo y que lo alientan a seguir en su lucha por la vida, como todos nosotros, y por ser feliz. Su gran sueño es conseguir que se escuche más folklore y en especial, que este género musical les guste a los niños de su edad. Sin duda está aportando todo de sí, para lograrlo”.

Milo nos quiso obsequiar la chacarera “Lágrimas de amor”, de Walter y Kali Carabajal, interpretada por él mismo.

 

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Manuel Samartino explica cuál es el secreto de su trabajo con los caballos en Rauch: “Si te entregaran a un Messi, la habilidad de un domador consiste en no desaprovechar esas capacidades” http://wi631525.ferozo.com/manuel-samartino-explica-cual-es-el-secreto-de-su-trabajo-con-los-caballos-en-rauch-si-te-entregaran-a-un-messi-la-habilidad-de-un-domador-consiste-en-no-desaprovechar-esas-capacidades/ Wed, 27 Oct 2021 11:09:16 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=83900 “Prefiero que no me digan domador porque perdería el horizonte o la expectativa de seguir creciendo”, sentencia Manuel Samartino quien ejerce el oficio de los domadores y en el 2020, en plena pandemia, abrió su centro de doma “La Gallareta”. Lo armó dentro de su campo familiar, de 128 hectáreas, donde vive con su familia […]

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“Prefiero que no me digan domador porque perdería el horizonte o la expectativa de seguir creciendo”, sentencia Manuel Samartino quien ejerce el oficio de los domadores y en el 2020, en plena pandemia, abrió su centro de doma “La Gallareta”. Lo armó dentro de su campo familiar, de 128 hectáreas, donde vive con su familia desde hace veinte años. Ubicado sobre la ruta 60, camino a Udaquiola, a 18 kilómetros de Rauch, destina 80 hectáreas a agricultura y además tiene una pequeña cabaña de toros.  

Manuel estuvo siempre ligado al campo y con cierto “atrevimiento” y gusto por los caballos, tanto que jugó varios años al pato y participó de jineteadas. Durante la pandemia le sobraba tiempo y notó que podría ocuparlo en crear un centro de doma, como actividad complementaria a la de los toros. Pero para dar ese paso necesitaba ayuda y convocó a un amigo, con gran experiencia en doma, Manuel Vázquez (26). Luego sumó a Braian Maquirriain (18) y también lo ayuda su hijo Manuel (15), quien alterna con el colegio secundario. Así fue que se lanzó a crear este centro, en el que vio la alternativa de montar algo más profesionalizado. Su amigo Adrián Brescia, criador de criollos, lo ayudó mucho en los comienzos y ahora le confía sus caballos. 

Este avezado jinete nos explica: “En un centro de doma se reciben los caballos ‘potros’ -que son los chúcaros, aquellos que han tenido muy poco contacto con personas- para amansarlos, hacerlos andar y sacar `buenos` caballos”.

Mirá la entrevista con Manuel Samartino (en el video lamentáblemente el apellido quedó mal escrito)

“Todo caballo es bueno en cuanto a poseer una función para interactuar con el ser humano. El centro de doma debe tener la capacidad de sacar el 100% de esa potencialidad que cada caballo tiene para interactuar con las personas. Habrá caballos que resultarán muy mansos para un chico que recién empieza y otros que terminarán corriendo un `Freno de oro`. Ésta última sería la parte más técnica, de excelencia, dedicada a caballos criollos, en cuanto a pruebas funcionales”, agrega. El Freno de Oro es la principal competencia que tienen los criadores de caballos criollos en la Argentina.

Manuel señala que hay diferentes sistemas de doma. Del conocido, que vemos por televisión donde se forcejea con el animal, se utilizan algunas técnicas. Pero hoy básicamente se trata de no forcejear con el caballo, sino de interactuar con él, tratando de comprenderlo y de enseñarle, con los tiempos que el animal precisa. 

“Comúnmente se puede tardar de 6 meses a un año, pero hay caballos que a los 4 meses ya están listos, todo depende para qué y de las dotes del caballo”, explica Manuel y continúa: “Hoy se trata al caballo con la misma experiencia que tenemos en la educación humana, donde todo lo que se nos enseñe de mala manera nos producirá cierto rechazo. Lo que se le enseña al caballo de buena manera, lo asimilará bien”.

“Se trata de demostrar al animal que uno no es su enemigo, sino lo contrario. Todos los caballos son diferentes y cada uno sirve para algo diferente.  Y la habilidad del domador consiste en tener la capacidad de, por ejemplo, si te entregaran a un `Messi`, no desaprovechar la oportunidad de esas capacidades”, amplió el hombre que prefiere que no lo llamen domador. 

Pero no fue siempre así. “Antes, el manejo de los caballos criollos estaba en manos de las estancias, con tropillas de 300 caballos, pero ahora está creciendo mucho la cantidad de criadores, de centros de doma y cada vez más profesionalizado. Nosotros tratamos de ofrecer al cliente lo mejor de nosotros”, asegura Manuel.

Orgulloso cuenta: “Este año participamos de dos competencias donde se evalúa el caballo y lo que los domadores han hecho de él. A mí, en la primera que participamos, me tocó ganar, donde te asignan un caballo `potro` y en 30 días tenés que presentar todo el progreso que lograste en él. La segunda competencia fue en un centro de servicio que se llama Rincón, una de las más grandes que se hacen en Argentina, y Manuel Vázquez participó por nuestro centro, sacando el puesto 12, de entre 95 participantes. Todo eso nos sirvió como publicidad para que el ambiente empezara a preguntarse `¿quiénes son estos locos?`”. 

Manuel concluyó diciendo: “El nuestro es un trabajo muy exigente, porque requiere atención todos los días del año, y a veces un domingo de invierno, con lluvia, cuando no dan ganas de salir. Si el caballo está en el box, depende totalmente de uno y hay que alimentarlo, por ejemplo. Este oficio requiere un 30% de esfuerzo y un 70% de pasión. Para poder hacer todo esto, hay que tener pasión por los caballos. Si no, les aseguro que no lo podríamos hacer”. 

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Emprendedores: Los hermanos Esponda abrieron en Tandil un centro de doma un mes antes de la pandemia y jamás les faltó trabajo http://wi631525.ferozo.com/emprendedores-los-hermanos-esponda-abieron-en-tandil-un-centro-de-doma-un-mes-antes-de-la-pandemia-y-jamas-le-falto-trabajo/ Fri, 22 Oct 2021 19:05:55 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=83611 El tandilense Martín Esponda prepara caballos desde los 14 años. Lo que era solo una curiosidad se convirtió en su pasión de tiempo completo y hoy con 30 años de edad lleva adelante junto a su hermano el centro de doma “La Tapera”. Si bien no le gusta referirse a sí mismo como domador, la […]

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El tandilense Martín Esponda prepara caballos desde los 14 años. Lo que era solo una curiosidad se convirtió en su pasión de tiempo completo y hoy con 30 años de edad lleva adelante junto a su hermano el centro de doma “La Tapera”. Si bien no le gusta referirse a sí mismo como domador, la mayor parte de su trabajo consiste en domar y amaestrar los caballos que le entregan sus clientes.

“Es una palabra compleja y domar caballos implica muchas cosas. Un caballo bien domando lleva mucho tiempo y una persona puede decir que está bien domado y otra que no”, dijo tímidamente Esponda a Bichos de Campo. Es por esa diferencia de criterios que prefiere no etiquetarte como domador.  

Aunque comenzó a trabajar con sus propios caballos de chico, su primer empleo formal llegó cuando terminó el secundario, en la cabaña de unos vecinos. Eso lo puso en contacto con otras personas que transitaban el mismo ámbito que él y obtuvo oportunidades que lo llevaron incluso a preparar animales en Brasil. Y en febrero de 2020, un mes antes del inicio de la pandemia, los hermanos Esponda abrieron “La Tapera”.

“Para nosotros fue una gran incertidumbre, pero gracias a Dios durante toda la pandemia tuvimos y seguimos teniendo mucho trabajo. Las pruebas se pararon, pero la gente siguió domando igual a sus caballos. Creo que es como abrir cualquier otra empresa”, aseguró el adiestrador.

Mirá la entrevista completa acá:

Los caballos que se reciben en La Tapera pueden tener distintos destinos. Algunos contratan servicios de doma, mientras que otros buscan la preparación de su caballo para el trabajo a campo. También comenzó a haber recientemente clientes que apuntan al mejoramiento morfológico del animal para participar en exhibiciones y competencias.

Para Esponda en la actividad el factor clave es la rutina. La doma, por ejemplo, implica muchos meses de trabajo continuo y muchas horas de contacto con el animal. Si lo que se busca es mejorar la morfología integral, se deben atender distintas cuestiones, como la musculatura, el engorde y la preparación del pelo, entre otras.

“Lleva mucho trabajo y tiempo. Para en una prueba como la del Freno de Oro, un potro tiene que llegar más o menos a los tres años de edad: tiene que pasar primero entre ocho meses y un año de doma, paar luego ir a una soba, es decir, trabajar en el campo, y después volver a entrenar entre ocho meses y un año más”, indicó el joven.

La prueba del Freno de Oro es de las favoritas del tandilense y consiste en una evaluación general del caballo, que no solo comprende la morfología, sino su versatilidad, docilidad, velocidad y trabajo con o sin presencia de ganado.

“Es la prueba más linda, la que a mí me parece la más exigente: son tres días de prueba. Es donde vos tenés que demostrar tu trabajo, tu conocimiento y la habilidad del caballo. Es un binomio”, aseguró Esponda.

Otra particularidad de La Tapera es la pasión que sus dueños tienen por los caballos criollos. Si bien trabajan con todo tipo de razas, incluso con aquellos que están avocados al polo, los hermanos Esponda tienen un particular interés por los criollos.

“La doma es la doma, para un criollo, un colero, lo que fuere. Yo soy partidario del pensamiento de que doma hay una sola. Pero a mí hermano y a mí nos gusta mucho el ambiente y la raza criolla, tenemos muchos colegas con quienes compartimos distintas exposiciones por el país”, afirmó el tandilense.

-¿Necesitás capacitarte mucho para esto o es un oficio que se va transmitiendo?- le preguntamos a Esponda.

-Todos necesitamos capacitarnos constantemente para poder brindar un mejor servicio y poder lograr un mejor resultado.

-¿Te imaginás haciendo otra cosa?

-Yo creo que si algún día me toca alejarme de los caballos será algo durísimo para mí. Uno al final no lo termina tomando como un trabajo, es una pasión que uno lleva adentro. Trabajar de lo que te gusta no tiene precio. No sé si me vería trabajando de otra cosa la verdad.

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Como reivindicación de un viejo oficio, se realiza la primera Semana del Herrador Argentino http://wi631525.ferozo.com/como-reivindicacion-de-un-viejo-oficio-se-realiza-la-primera-semana-del-herrador-argentino/ Tue, 27 Jul 2021 20:28:29 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=74545 La Cámara de la Industria Nacional Equina (CAMINE) se propuso organizar la primera Semana del Herrador Argentino, que comenzó el lunes y continuará hasta el próximo viernes 30 de julio, con el objetivo de recorrer los aspectos principales del oficio tradicional del herrero. Para eso se realizará un ciclo de charlas virtuales de las que […]

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La Cámara de la Industria Nacional Equina (CAMINE) se propuso organizar la primera Semana del Herrador Argentino, que comenzó el lunes y continuará hasta el próximo viernes 30 de julio, con el objetivo de recorrer los aspectos principales del oficio tradicional del herrero. Para eso se realizará un ciclo de charlas virtuales de las que participarán los principales herreros de Sudamérica.

“Un herrador es fundamental. Cuando alguien da en el clavo con un herrador luego no lo querés largar”, dijo Dimas Patrón Costas, gerente de CAMINE, a Bichos de Campo.

Entre los múltiples oficios vinculados con la cría y el cuidado de caballos, uno de los que requieren mayor conocimiento específico es el herrado. Esta actividad no se limita a la aplicación de herraduras sino a un mantenimiento integral de los vasos del caballo, que son claves en su desarrollo y bienestar.

La aplicación de herraduras no se relaciona únicamente con cuestiones deportivas como el polo, las carreras de caballos o la equitación, sino que también juegan un rol importante en los casos en que se deban realizar correcciones en los miembros del animal.

Pato Guzman, un reconocido herrador uruguayo que participará de este ciclo, afirmó previo al comienzo del evento que “el correcto mantenimiento de los cascos comienza con la limpieza diaria de ellos y en algunos casos la colocación de ungüentos protectores como grasas o aceites, pero también va de la mano de herrados adecuados y periódicos ya que por más cuidado que se les dé, si no se mantienen los herrados correctos nada funciona”.

Los distintos disertantes recorrerán temas vinculados a la anatomía del animal, a la historia del herrado, a las nuevas técnicas que se pueden aplicar, e incluso a los distintos tipos de herrados que se pueden encontrar en Sudamérica.

“Naturalmente el vaso del caballo no está hecho para determinados desgastes. Hay actividades que hacen que se precisen herramientas como las herraduras. Las herraduras ayudan a cuidar al caballo según la disciplina”, aseguró Patrón Costas.

 

“La mano de obra es muchísimo más importante. Vos podes tener muy buenas herraduras pero la clave es que el que la coloque sepa lo que está haciendo. Los errores pueden ser realmente muy groseros y se puede llegar a perder un caballo”, concluyó el gerente.

Las charlas se realizarán de forma virtual todos los días a las 19 por su canal de YouToube, y cuando la situación epidemiológica lo permita se organizarán algunos encuentros presenciales.

Fotos: CAMINE

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Cristina Espíndola es trans y su mejor educación fue la del campo: “Elegí domar caballos en lugar de trabajar en una esquina de Buenos Aires” http://wi631525.ferozo.com/cristina-espindola-es-trans-y-su-mejor-educacion-fue-la-del-campo-elegi-domar-caballos-en-lugar-de-trabajar-en-una-esquina-de-buenos-aires/ Tue, 27 Jul 2021 18:25:12 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=74439 Cristina Espíndola es, a primera vista, una persona que va de frente con lo que dice y siente. Nació en Belén de Escobar y viene de familia arraigada al campo, en donde aprendió a manejar el ganado y a domar caballos. “Yo empecé a domar a los 7 u 8 años unos petisos que me […]

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Cristina Espíndola es, a primera vista, una persona que va de frente con lo que dice y siente. Nació en Belén de Escobar y viene de familia arraigada al campo, en donde aprendió a manejar el ganado y a domar caballos. “Yo empecé a domar a los 7 u 8 años unos petisos que me regaló mi abuelo en su campo en Matheu, a 10 kilómetros de Escobar. Él se dedicaba a la ganadería y aparte tenía caballos criollos porque le gustaba participar de jineteadas. Ahí aprendí el oficio”, contó Cristina a Bichos de Campo.

“Hasta el invierno del año pasado me dedicaba a alambrar y domar potros, y encerraba a las vacas. Sé hacer de todo en el campo. El dueño de ese campo de 300 hectáreas en las afueras de Escobar me quiere y hasta me dejaba tener mis caballos allí, pero hace un mes vendí mi último animal porque quise venirme a la ciudad”, relató.

Claramente las cosas no fueron fáciles para Cristina cuando a sus 21 años decidió que quería ser Cristina. “Yo siempre me sentí una mujer y siempre actué como tal. Un día me puse un vestido con unos zapatos en casa de una amiga y me sentí yo misma. Pero eso me valió la indiferencia de mis viejos, sobre todo mi papá, una persona muy machista. Ambos me dieron poco afecto, pero también entiendo que es porque tuvieron una vida difícil”, declaró.

Cristina confesó que ama los ritmos del campo pero al mismo tiempo algo la repele. “Quizás sea más difícil para mi, pero sigo percibiendo mucho machismo, y cualquiera que vaya al campo lo puede notar. En muchos casos se trata con gente quedada en el tiempo. Yo amo la vida del campo y me crié allí. Elegí domar caballos en lugar de trabajar en una esquina de Buenos Aires”, afirmó.

-¿Qué recordás de tu familia y de tu infancia en el campo?

-Nací arraigada al campo y estuve viviendo allí hasta los 14 años. Vengo de padres y abuelos gauchos. Mi abuelo alquilaba un campo pero el cuatrerismo lo agotó. También hacía producción porcina. Mis padres están separados hace 14 años. Con mi mamá me hablo, pero con mi papá no. Mi papá además es plomero, un tipo super machista, y tengo una hermana menor que yo con la que dentro de todo me llevo bien. Al principio le costó entender mis decisiones. Y tengo una sobrina de 4 años que amo con locura. Pero a la persona que más quise fue a mi abuela materna, Ramona. Ella era un amor, y de hecho viví con ella mientras trabajé en el campo, pero falleció de covid hace dos meses.

-¿Eso te llevó a la ciudad?

-En parte sí, pero también porque quería buscar algo que me diera más ingresos que el trabajo en el campo. Hasta hace un tiempo trabajé en un bar en Capital Federal, pero ahora me siento de vuelta rara. Siento la discriminación en la ciudad y en el campo y al mismo tiempo percibo las diferencia entre campo y ciudad. La gente del campo suele criticar a la gente de ciudad en la forma de vida que llevan y por no saber cómo se trabaja y produce en el campo. Pero ya sea en el campo o en la ciudad, yo quisiera que me valoraran por mis aptitudes, sin tanto prejuicio.

-¿Y qué te gusta del campo?

-Me encanta ir a desfiles patrios, y antes participaba de jineteadas pero hoy no las apoyo tan abiertamente. Amo los caballos y el aire que se respira en el campo, pero la caga el entorno que lleva a la discriminación. Ojo, tengo muchos gauchos amigos, por eso no meto a todos en la misma bolsa.

-¿Qué sentís cuando domás un caballo?

-He domado de todo, criollos, para polo y salto también. Me apasiona esta actividad porque te das cuenta cómo el animal va aprendiendo y eso te da satisfacción al tiempo que creas un vínculo único con el animal. Yo elijo hacerlo siempre desde el amor y sin violencia, y te puedo asegurar que el animal evoluciona porque vos le enseñaste bien. ¿Quién aprende con golpes físicos?

-¿Cómo era un día de tu vida en el campo?

-Laburé en varios campos de la zona. Por lo general me levantaba a las 5 y las 6 ya estaba en el campo. Me tomaba unos mates y recorría el campo a caballo. Hacía un conteo de las vacas, chequeaba aguadas y comida, luego me ponía a alambrar, ya que estábamos haciendo el alambrado a nuevo, y más tarde encerraba potros para hacer la doma. La tarea de la doma lleva mínimo una hora por día y luego es mejor largarlo al animal, sino se cansa. Todo eso lo aprendí de mi abuelo materno, Facundo.

-¿Estudiaste algo Cristina?

-Terminé la secundaria, pero luego no encontré una carrera que sintiera que quería seguir. Pero no creo que haya sido eso un impedimento para trabajar, sino que al principio te subestiman, pero yo he elegido hasta trabajar un día gratis para probar mi valor y capacidad. Y así conseguía oportunidades.

-¿Cuál es el caballo que mas amaste?

-Llegué a tener 4 criollos, y los vendí a todos. El que más amaba se llamaba Tito y era un cuarto de milla. Lo tuve desde chica y lo amaba, hasta que se lo robaron del campo de mi abuelo. Ese fue el caballo que más ame.

-¿Qué pensás de la política agropecuaria?

-No me gusta hablar de la política, pero pienso que se están haciendo las cosas mal. Milité un tiempo para La Cámpora en 2010 y vi cosas que no me gustaron. Mejor dicho, ahí entendí cómo era la política, donde se compra a la gente por interés.

-Necesito preguntarte esto, porque de algún modo llegaste a la fama por irrumpir en un desfile conocido. ¿Cómo fue la historia?

-El desfile era de la marca Ginebra, de Micaela Tinelli, en 2019. Mi otra faceta es que amo el mundo de la moda y siento que más de una vez me cerraron las puertas. Tengo amigos productores de moda que ese año me consiguieron un permiso VIP para sentarme en primera fila. Cuando arrancó el desfile dejé pasar 10 modelos y entonces me subí a la pasarela y mostré un cartel que llevaba escondido y que decía: “Yo también soy modelo”. Cuando quise volver a mi asiento me sacaron los de seguridad y ahí al toque se me vinieron encima los periodistas.

-¿Y cuál era tu objetivo?

-Uno solo y bien claro: llamar a la reflexión acerca de la poca inclusión que ofrece el mundo de la moda. Yo no quería escrachar a nadie, sólo quería ser visibilizada. Luego vinieron las notas y un par de apariciones en programas, pero lo importante era decirles que por lo general buscan una mujer real en una chica trans, y eso no existe. Por eso es que vivimos así. Se nos impone que para ser mujeres debemos parecernos a una mujer biológica pero no es así. Yo pienso que debemos cuidar y amar nuestro cuerpo tal cual somos. Debemos aceptarnos y querernos mucho, y que se nos respete por lo que elijamos ser.

-¿Cómo es Cristina?

-Cristina es el nombre que elegí porque al nacer mi mamá me puso Cristian. Seguro le causó algo ese nombre y no quise cambiar eso. Gisele es mi segundo nombre por la modelo Gisele Bündchen, a quien aprecio mucho. De ella aprendí a modelar y es el perfil de mujer que me gusta. En 2012 hice el trámite para obtener mi DNI femenino y de hecho fui la primera en la ciudad de Escobar en lograrlo.

-¿Y cómo te ves dentro de unos años?

-Me veo envejeciendo en el campo pero me gustaría sentir una mayor aceptación de la que tengo. Si diéramos más oportunidades en la vida y juzgáramos menos seríamos una mejor sociedad tanto en la ciudad como en el campo.

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Oscar Scarpati tiene “alma de caballo” y ha sido el gran difusor de la doma india: “Si usted no le muestra su alma él no le mostrará la suya”, aprendió de su abuelo ranquel http://wi631525.ferozo.com/oscar-scarpati-tiene-alma-de-caballo-y-ha-sido-el-gran-difusor-de-la-doma-india-si-usted-no-le-muestra-su-alma-el-no-le-mostrara-la-suya-aprendio-de-su-abuelo-ranquel/ Tue, 27 Apr 2021 11:11:44 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=65307   Oscar Scarpati Schmid es el fundador de la doma india, basada en la cultura ranquel. Tiene ahora 72 años de edad y 57 como domador. Oscar nació en la capital de San Luis, su bisabuela era ranquel y desde chico sus padres lo llevaban al campo de su tío, a 70 kilómetros de la […]

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Oscar Scarpati Schmid es el fundador de la doma india, basada en la cultura ranquel. Tiene ahora 72 años de edad y 57 como domador.

Oscar nació en la capital de San Luis, su bisabuela era ranquel y desde chico sus padres lo llevaban al campo de su tío, a 70 kilómetros de la ciudad, donde conoció a Don Cristóbal Cuyén -significa “luna” en lengua mapudungún-, quien era hijo del cacique ranquel Painé. Había nacido en Bagual, plena nación ranquel, en 1866 y vivió 102 años.

 

Siendo muy chico, Oscar conoció a Cristóbal cuando éste tenía más de 70 de edad, y lo adoptó como su abuelo. Fue su gran maestro de la vida durante 25 años y quien le regaló sus primeros caballos, dos alazanes. Con él aprendió a alambrar, a bolear un chulengo, a carnear un cordero, a hacer charqui y hervir la jarilla, echándole sal al agua para usarla como anti-inflamatorio para los caballos.

Hasta los 12 años Oscar padecía de autismo, no hablaba, se orinaba y sus compañeritos se reían de él. Sólo se relacionaba con su madre, que le inculcaba tener la autoestima bien alta, y con Don Cristóbal. Su mamá notó que cuando Oscar se acercaba a un caballo, dejaba de llorar. Con solo 8 años se iba al rancho de Don Cristóbal para escuchar su sabiduría, junto a un fogón, hasta quedarse dormido. Don Luna lo tapaba con su poncho.

Cristóbal le enseñó toda la cultura de los ranqueles: que para ellos los caballos son semidioses y cualquier forma de violencia contra estos animales está prohibida; que aprendieron a imitar su comportamiento y esto les facilitó su comunicación con ellos, a entender sus temores y a ganarse su confianza. No imaginaba Oscar que este legado luego sería su medio de vida y que recorrería el mundo, transmitiéndolo.

Amansar los caballos sin violencia ni coerción, sino con respeto, paciencia y una profunda comprensión de su temperamento. Su “abuelo” le decía: “No lo brutie al caballo”, y “si usted no le muestra su alma, él no le mostrará la suya”.

Hoy Oscar es un experto en psicología hípica. Para domar al equino se convierte en uno de ellos, moviéndose y jugando como ellos, incluyendo las mordidas. Llega a abrazarlos cuando el caballo descubre que su domador no lo lastimará, porque no es un predador como un puma, por ejemplo.

Su amado alazán “El Capricho” le abrió las puertas al mundo. Con y por él, recorrió media Argentina y llegó a cruzar la cordillera por la ruta sanmatiniana. Lo acompañó durante 25 años.

Oscar pudo contagiar su pasión equina a su familia. Tres de sus cinco hijos siguieron sus pasos. Virginia es su compañera y madre de los dos últimos, “es maestra y la columna vertebral de la familia”, dice. Viven con su hijo menor en el campo Los alazanes de Cortaderas, en la costa de las sierras Comechingones. “Luciana, la mayor, sólo es domadora de su marido y vive en la ciudad”, dice Oscar, risueño. “Cristóbal es el ´alma pater´ de la familia”, agrega, aludiendo al liderazgo familiar de su hijo.

En el campo familiar , en la costa de la sierra central, tienen entre 40 y 60 caballos libres, y realizan los cursos de doma. Es un campo de 205 hectáreas en un paisaje serrano, con pumas y cóndores, a 16 kilómetros de Merlo.

Federico, domaba como los dioses, pero le tiró más la ciudad y dejó la vida campera. Painé es un destacado jinete, que ahora está domando caballos de polo en Trenque Lauquen. Últimamente fue a competir a La Segunda Prueba de Doma de Bien Montados y salió campeón. Pincén León, que vive con ellos, de 16, “muy habilidoso con los caballos (le gustan más que la escuela) tiene la astucia de un zorro y Painé lo quiere llevar para “piloto” de caballos, que es quien termina de formar al caballo de polo, para lo cual hace falta tener gran empatía con el animal, suavidad en las manos y mucha técnica”, cuenta Oscar, con orgullo.

Cristóbal hijo estudió 6 años de Derecho en Buenos Aires pero no terminó la carrera. Sin embargo, reconoce que gracias a sus estudios, pudo contribuir mucho en consolidar la empresa y la marca que resultó ser Doma india Scarpati.

Florencia Mores, siendo experta en equitación y jinete profesional de salto, hizo el curso de doma india y decidió quedarse un año trabajando con Cristóbal. Se enamoraron, se casaron y tienen 4 hijos. Hoy, es una avezada amansadora y aporta muchísimo en los cursos.

Realizan un curso por mes para unas 18 personas. Dura unos 4 días, con estadía incluida y pensión completa. En verano suelen hacer uno de hasta 7 días. En los cursos utilizan tres potros chúcaros que les prestan de campos vecinos y tres mansos, con los que practican quienes hacen los cursos.

El 10 de diciembre de 2020 Oscar presentó su libro autobiográfico, “Mi alma de caballo”, escrito durante 18 años. Fue confeccionado de modo artesanal y casero por toda la familia. En el prólogo incluyó un poema en verso que escribió durante tres años, en el que un potrillo –que sería Oscar mismo- le canta a un domador.

“En el libro es mi animal interior el que habla. No pretendí hablar de mí, sino proponer a cualquiera, que persevere en su vocación. Yo no soy literato, pero me tomé la libertad de escribir este libro”, aclara Oscar.

Su hijo Cristóbal cuenta que cada vez hacen más cursos para gente no especializada, que no monta, y en muchos casos no pretende montar, porque el caballo produce en el público un efecto balsámico y sanador. Ellos se consideran mediadores entre el caballo y la gente. “Los griegos propugnaban el ´conócete a ti mismo´, y eso es lo que intentamos en nuestros cursos. Cada vez hacemos más cursos para amansar el alma de las personas, donde el caballo te doma a vos”, concluye.

“Me siento un padre feliz, realizado. Los caballos me han dado todo lo que soy y lo que tengo. Llevo 50 años leyendo sobre antropología, sociología, psicología y neurociencias porque me interesa conocer la naturaleza humana. Hoy dedico algunas horas al trabajo artesanal: reparo las sillas de un club o con las ramas de un algarrobo me hago algo para colgar un apero, me fabrico una matera, horquetas para acopiar leña, reciclo un freno viejo, encabo hachas de adelante para atrás, para que no se aflojen nunca, porque me crié trabajando con el yunque y la fragua, machacando rejas de arado. Mientras tanto, mi cabeza vuela y estoy escribiendo mi segundo libro”, concluye este sabio y curtido encantador de caballos.

Esta caballeresca familia nos quiso dedicar El alazán, de Atahualpa Yupanqui y “Pablo del Cerro”, seudónimo de su pareja Nenette.

 

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La Peña del Colorado: Entre personajes mágicos y leyendas rurales aparecen los “componedores de caballos” http://wi631525.ferozo.com/la-pena-del-colorado-entre-personajes-magicos-y-leyendas-rurales-aparecen-los-componedores-de-caballos/ http://wi631525.ferozo.com/la-pena-del-colorado-entre-personajes-magicos-y-leyendas-rurales-aparecen-los-componedores-de-caballos/#comments Tue, 20 Apr 2021 21:00:00 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=64659   Cuando los fogones tajean con su filosa luz las noches más cerradas en el campo y los ojos de los paisanos se tornan luciérnagas asombradas, las palabras caen a plomo en el silencio: “¡Le juro que yo lo ví!” “Usted no me lo va a creer”; “Yo no creo en las brujas, perooo…” “¡Ni […]

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Cuando los fogones tajean con su filosa luz las noches más cerradas en el campo y los ojos de los paisanos se tornan luciérnagas asombradas, las palabras caen a plomo en el silencio: “¡Le juro que yo lo ví!” “Usted no me lo va a creer”; “Yo no creo en las brujas, perooo…” “¡Ni se le ocurra entrar al monte!”; “¡Pero es un duende bueno, cuida a los animales!”; “Creer o reventar”, “¡Cosa ´e mandinga!”; “¡Ahijuna!”.

Dice el escritor Alejandro Dolina, en su libro “Crónicas del ángel gris”, que con el progreso aparecieron los ´refutadores de las leyendas´, quienes no se limitan a demostrar que el mundo es razonable y científico, sino que también lo desean, y ese es su mayor pecado”. Por eso se escuchan explicaciones del tipo de “la luz mala sale del fósforo de las osamentas”; o “la leyenda del perro negro en los ingenios tucumanos, tiene origen en la leyenda inglesa del lobizón”; o “la del Cacuy, en Santiago del Estero, es la versión criolla del mito de Caín que mató a Abel, su hermano, en la Biblia”.

¡Pero qué lindo es soñar despiertos! ¡Y soñar con las leyendas!

A continuación, adaptamos una entrevista de Ernesto Cepeda, en la Revista Producción Agroindustrial del NOA, al maestro y escritor tucumano Octavio Cejas, autor del libro “El Tukma mágico”, que fruto de haber salido por los campos y los cerros a grabar a quienes hubieran experimentado ese tipo de situaciones.

De allí extrajimos este testimonio que rescata a los “componedores de caballos”:

Cuenta don Octavio: “… Yo era mozo todavía y estaba con mi padre en Las Estancias, cuando un peón llegó a avisarnos que una mula le había quitado el potrillo a nuestra yegua. Ensillamos y fuimos a ver. Efectivamente, la mula es un animal muy cariñoso, pero infértil, y al nacer un potrillo, suele quitarle el hijo a la madre y apropiárselo. Pero es extremadamente torpe en su cariño, lo golpea, muerde y patea, y eso es lo que había acontecido aquella vez.

Nos dimos con un potrillito muy golpeado, caído, agonizante. Lo rodeaban nada menos que cuatro mulas, en tanto la yegua madre, aporreada por el cuarteto, miraba desde lejos. A puro azote llegamos hasta el pequeñín, que era defendido por las enfurecidas mulas como si hubiese sido su hijo. Logramos levantarlo y, atravesado en la montura, lo llevamos hasta los galpones. Ahí nos dimos cuenta de que el animal se nos iba y que, para colmo de males, no podía orinar.

En esos momentos atinó a pasar el ´Gringo´ Francisco Hernández, un joven que vivía en El Molino, 10 kilómetros hacia el Oeste de Concepción, en la provincia de Tucumán. Fue apenas mirar el caballo y decir ´el chiquito tiene que orinar, dejenmeló´.

Se acercó al potrillo, no se cómo se las arregló para hacerlo parar y le pasó la mano en cruz por el bajo vientre, tres veces, mientras decía algo que no alcanzábamos a discernir, como si le hablara al animal. Antes de pasar diez minutos, el potrillito se cuadró y orinó abundantemente, con sangre, quedando muy aliviado. Nos pusimos muy contentos con mi padre, pero el Gringo afirmó, al tiempo que se iba, ´sí, ha meado, pero se va a morir nomás, hemos llegado tarde´. Pocas horas después el potrillito, en efecto, murió.

También entre los curadores de caballos tenemos a don Lima, que…, pero mejor es que lo vea usted mismo, acompáñeme –me dijo Don Octavio. Salimos y, después de recorrer brevemente la sabatina feria tucumana concepcionense, donde Don Cejas es detenido a cada instante por sus vecinos que lo saludan con deferencia, atravesamos la ciudad hacia el poniente, hasta llegar a un enorme potrero donde se encuentra vareando a un caballo, un criollo bien plantado, de rostro curtido por mil vientos, que acude a nuestro encuentro, mientras saluda respetuosamente.

“Me llamo Ricardo José Lima, ´nacío´ en Villa Padre Monti, departamento Burruyacu. Soy uno de los 15 hermanos -9 varones y 6 mujeres- y tengo, creo, 67 años de edad. Eso de lo que habla don Otavio lo ´i aprendido solo. No se afane, que no le vua decir. Son palabras secretas. Usté me da el pelaje, la color esata ´e un caballo lastimao o embichao, sin decirme dónde, y yo se lo curo, sin verlo”. Puede durar 4 días, 5, a veces 6 y ya tá curao, se le va a bajá todo el bicherío.
¿Qué si conozco la cura pa’ muchos male? Varios y diverso, a vece cuando tá atajao ´e las aguas, o de las dos cosas, cuando lo veo al caballo así, ya meto mano. Y depué que yo lo trabaje, el caballo va a vení, se va a parar ahí, y usté lo va a ver que tira las dos cosas (orina y bosta).

Tamién don Otavio le habrá contao que la luna tiene mucho que vé. ¿Acaso usté se corta el pelo cualquier momento? No ¿verdá? Bueno, esto e’ lo mismo. Pa capar un bagual me llevo de la luna, cuando la luna nueva viene de allá (señala hacia el Oeste) y se va pa allá (indica el Este), hay que sabé. Tamien con los cultivo, si usté siembra en luna nueva, el maicito se le va muy arriba, entonces la mejor época es en luna vieja o cuarto menguante, ahí sí puede ser.

Tamién curo caballos despechaos, tiene una calza en el pecho, eso escapa, algunos dicen que lo curan pero no, calza en la orillita nomá, y en cuanto camina, vuelve a escaparse. Cuando yo lo trato, queda la mano seca, dura, yo lo trabajo bien. Al animal hay que pararlo en esta forma (levanta los dos brazos y se inclina hacia adelante) y levantalo de frente, bajalo y volvelo a levantar tres veces, a las tre, calza justo, de ahí en más puede fallar en cualquier lado, pero no en el pecho. Todo caballo tiene diferente relinchido y diferente rastro, de solo velo de lejos me doy cuenta que el caballo viene deorientao, malo, no es de aquí”.

Los invitamos a escuchar la canción “Veterinario de campo”, por Enrique Barrionuevo, el Resero de Mataderos, cuya letra también se puede leer en esta página.

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La apasionante vida del sanjuanino Martín Ramírez, gendarme, domador y baqueano de los Andes http://wi631525.ferozo.com/la-apasionante-vida-del-sanjuanino-martin-ramirez-gendarme-domador-y-baqueano-de-los-andes/ http://wi631525.ferozo.com/la-apasionante-vida-del-sanjuanino-martin-ramirez-gendarme-domador-y-baqueano-de-los-andes/#comments Mon, 08 Mar 2021 12:44:58 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=60559 Llegué a San Juan durante la primera semana de febrero y me recibió mi querido amigo Marcelo Mut. Lo primero que me dijo fue: “No te podés ir de San Juan sin conocer al suboficial principal, retirado de la Gendarmería Nacional, Martín Bartolomé Ramírez, porque es un grande que tiene mucho por contar. Tiene 82 […]

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Llegué a San Juan durante la primera semana de febrero y me recibió mi querido amigo Marcelo Mut. Lo primero que me dijo fue: “No te podés ir de San Juan sin conocer al suboficial principal, retirado de la Gendarmería Nacional, Martín Bartolomé Ramírez, porque es un grande que tiene mucho por contar. Tiene 82 años de edad y ha sido domador, enfermero y baqueano de la Cordillera de los Andes”. Entonces nos fuimos a verlo, en el barrio Gendarmería, de la capital sanjuanina.

Don Martín nos recibió cordialmente en el living de su casa, cuyas paredes estaban totalmente adornadas de cuadros con fotos de sus escaladas a los Andes y diplomas de honor. Su esposa, formoseña, Haydeé Acosta, nos convidó con un rico café.

Don Martín comenzó a contar su vida: nació en el Departamento Rivadavia. Su padre fue tonelero en la bodega El Globo y luego fue tambero. Martín, con siete años de edad, ya cosechaba papa y le pagaban un peso por día. Luego, recuerda que se levantaba a las 6 para repartir leche -de a caballo- en cajones de madera, en los que también se repartía vino. Por eso llegaba tarde a la escuela, que logró terminar a sus 14 o 15 años de edad.

En el año 1959 se incorporó a la Gendarmería y enseguida fue destinado a trabajar en la Sección Álvarez Condarco, a unos 70 kilómetros al sur de Barreal, en San Juan, al pie de la Cordillera. Allí fue formado como enfermero por el Doctor Falcón y ejerció como tal durante muchos años de su vida. En aquel lugar aprendió a cocinar “charquicán de guanaco”, porque “en la Gendarmería todos deben saber cocinar”, aclara.

Desde esa época empezó además a escalar las montañas y a trabajar en la Cordillera. Se recuerda jineteando mulas en las fiestas patrias de Barreal, allá por el año ´67 y siguió jineteando hasta sus 40 años de edad. Pero luego no abandonó a los caballos. Había hecho cursos de equitación en Buenos Aires, continuando, como profesor, durante cuatro años en el Club Hípico de San Juan, y luego como particular. Y hasta hace dos años seguía montando, con 80 de edad.

Con los años, Martín, se volvió “baqueano” de la Cordillera. Tanto que para toda expedición arqueológica o militar se lo empezó a convocar como guía.

Luego fue destinado a la sección Villanueva, al norte de Calingasta. Allí conoció a su actual esposa, hija de un alférez -jefe de la sección-, pero curiosamente oriunda del pueblo llamado San Juan, ubicado en el Departamento Pilcomayo, allá en Formosa, cerca de Clorinda, donde luego fueron a vivir ambos -porque Martín fue destinado a allí, desde 1976 hasta 1981-. Tuvieron cuatro hijas, tres sanjuaninas y una formoseña.

Martín se emocionó hasta las lágrimas cuando nos tuvo que contar que a sus 48 años de edad, con grado de Principal, tuvo que retirarse a trabajar en la vida civil para que su hija menor pudiera estudiar. “Cuando entré a Gendarmería yo era muy bruto y hacía la o con un caño -ironizó- porque en esa época se podía ingresar con apenas un sexto grado de primaria, apenas aprendido”.

Entonces ingresó a trabajar a una vinería donde repartía y además manejaba la administración. Ganaba la misma suma que cobraba en Gendarmería. El dueño tenía una finca en 25 de Mayo, y Martín le atendía los caballos de salto. Andaba por caminos de cornisa, bordeando el río San Juan, llevando cargas hasta Barreal durante la noche, y regresaba a la madrugada para abrir la vinería a las 8 de la mañana. Luego pasó a atender una finca en 9 de Julio, casi en el centro del valle del Tulum, de 40 hectáreas, unas 20 “incultas”, es decir, “peladas” –me dijo- y 20 con algarrobos, zampas, pájaros bobos, espina blanca, y un tambo. Salía a regalar la leche. Le llevaba al cura de la iglesia y a otra gente. Todas las mañanas llevaba a su hija desde la chacra hasta la ruta, desde donde un colectivo la llevaba a la escuela.

La hija menor de Martín creció y decidió estudiar Economía en una universidad privada, y su padre tuvo que seguir trabajando. El dueño del tambo trabajaba en la bodega Peñaflor. Pero ésta se vendió a una multinacional, despidiendo a muchos empleados y eso provocó que Martín se quedara sin trabajo.

Consiguió trabajar en un bar. Lo hizo durante tres años hasta que fue a atender la finca de un médico, donde hacía cortes de fardos de alfalfa. Anduvo luego trabajando en una mina de bentolita, de enfermero, de cocinero y de chofer, con sus 68 años de edad. La mina quebró, pero ya su hija había logrado recibirse de Contadora.

Don Martín realizó unas 12 expediciones al cerro Mercedario, para lo cual entrenaba haciendo ejercicios físicos durante tres meses. En dos ocasiones no pudo llegar a causa de tremendos temporales. Alcanzó su primera cumbre en 1972, pero recién en 1986 llegó a la del Mercedario. En 1982 había logrado llegar a la cumbre del Aconcagua. El andinista Gino Job lo apodó “El sargento inmortal”, por una caída que Martín sufrió en este coloso andino, de la que salió ileso.

Don Martín llegó a conocer tanto el paisaje andino que hasta hoy sostiene que el General San Martín en persona, para librar la batalla de Maipú, no pasó por Valle Hermoso, sino que seleccionó a un grupo de soldados y atacó a los españoles por retaguardia, yendo por Las Yaretas (la yareta es un yuyo andino). Y se enoja cuando algunos historiadores dicen que llevaban bultos a la rastra, porque es imposible –dice- ya que hay senderos de apenas medio metro de ancho. “Debían llevar todo a lomo de mula. No hay como la mula para cruzar los Andes”, sentenció.

Don Ramírez participó de expediciones en las que se hallaron momias y objetos incaicos. En el museo Mariano Gambier, en Rawson, San Juan, se conservan mucho de esos hallazgos.

A este hombre, orgulloso de ser sanjuanino y de haber servido a su patria, con botas de gendarme o con alpargatas, siempre le gustó cocinar matambre a la pizza, pero no con carbón sino a fuego de leña. Dicen que los sarmientos de la vid le dan un gusto insuperable al asado, y suelen agregarle jarilla, que le da un sabor ahumado muy singular, diríamos que el típico sabor sanjuanino. Eso sí, los sanjuaninos no hacen asado con carbón, sino con leña, que comúnmente es de algarrobo blanco o de quebracho.

Cuando se puso de pie para despedirnos, Martín fue recitándonos, de memoria, todos los versos del gran poeta sanjuanino, Buenaventura Luna. Pero nunca lo puede hacer de corrido porque se emociona hasta las lágrimas. Y cuando ya habíamos partido nos lanzó esta frase, como al viento zonda: “Me gusta la poesía donde están presentes: la amistad, el vino y nuestro majestuoso paisaje sanjuanino”.

Don Martín Ramírez quiso dedicarnos la canción “Ya viene soplando el zonda”, de la poeta calingastina Ofelia Zúccoli de Fidanza, musicalizada por Hermes Vieyra, interpretada por el Dúo de Oscar Varas y el “Nene” Vallecillo.

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