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La entrada Aromas y secretos de madrugada en una panadería de horno a leña del partido de Pellegrini se publicó primero en Bichos de Campo.
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En este momento son las 6 menos cuarto de la mañana y me encuentro con Betina, la nieta de Ángel, que sigue con el oficio de la panadería (aunque en otro lugar físico) y cada día llega junto a su marido Santiago a las 4 de la mañana para preparar todo y hornear en su horno alimentado a leña, que es lo que distingue sus panes, alfajores y facturas de otros de la zona.
“Me crie en la cuadra, mirando todo, tomando nota de recetas y cocinando con mi abuela, nunca fui a estudiar panadería formalmente”, dice Betina mientras acomoda los lienzos que tienen los panes en crudo para no pegarse. Durante la semana usan 80 kilos de harina por día más 200 gramos de levadura y 200 kilos de leña para producir unos 80 kilos de pan y unas 40 docenas de facturas diariamente.
Observándolos trabajar tengo la impresión de que la panadería es un perfecto sistema de relojería donde todos los procesos están unidos y que por eso mismo deben ejecutarse con precisión, ya que el resultado depende de la exactitud de cada paso. Por ejemplo, la levadura trabajará según el clima y hay que estar atento a eso; a la vez, el amasado debe hacerse a determinada hora del día previo para que, a la madrugada cuando ellos llegan a la cuadra, estén en el momento exacto para acomodarse y entrar en el horno donde caben 40 kilos de pan.
“Es un horno chico”, dice Betina y pienso que todo es cuestión de ópticas ya que a mí me resulta enorme, entre bello y amenazante, una boca voraz que nos observa. O quizás es que he dormido muy poco y todo tiene un tinte onírico. “Lo construyó un hornero de Rosario que conozco de toda la vida y viene una vez por año a limpiarlo. En un momento pensé en comprar un horno a gas donde todo es más simple, pero perderíamos nuestra esencia”, reflexiona.
Santiago escucha callado y apenas asiente porque está hiperconcentrado en su tarea que consiste en acomodar las masas en la pala, introducirlas en el horno en forma de abanico (y no de otra forma para que se cocinen bien) y estar atento para sacar el pan en el momento justo, mientras acomoda las tablas donde se han leudado las masas.
“Yo no sabía nada de panadería, empecé a trabajar acá en 2013 y fui aprendiendo”, cuenta Santiago sin sacar la vista del horno. “Toda la vida trabajé en el campo, con animales y venía a la panadería de visita hasta que ciertas circunstancias económicas hicieron que dejara eso para trabajar aquí; empecé estibando el pan, después alcanzándole el pan a Betina que era quien manejaba la pala y poco a poco me fui animando”.
“Sin duda es mi mejor panadero”, asegura Betina con una sonrisa, “aprendió rápido y es muy prolijo. Hoy estamos solos en esto, trabajamos unas 12 horas por día y sólo cerramos el domingo”. Además de las masas para el té, otro de los fuertes de la panadería es la galleta, que para mi sorpresa resultó ser la misma masa del pan con la única diferencia del sobado: lleva el doble.

“Al principio mis amigos venían a ver qué hacía yo en la panadería y se reían porque pensaba que iba a hacer cualquier cosa y hoy ya saben que soy todo un panadero”, cuenta Santiago riéndose mientras saca la pala con el pan caliente cuyo consumo, en la pandemia bajó un 40%.
“Creemos que fue porque la gente se quedó en su casa y amasó más”, supone Betina, “pero la venta de facturas y palmeritas se mantuvo como siempre. Acá el consumo es muy tradicional, hay que ser cuidadoso con la innovación: en un momento se me dio por hacer panificados con harinas ´raras´ y no funcionó, así que seguimos con lo de toda la vida”.
Ahora tenemos un momento de descanso. Ya han horneado todo el pan que desprende su aroma desde los canastos y mientras se termina de hacer el café Betina me propone que elija “todo lo que quiera comer”.
¡Qué momento!
Aparecen frente a mí bandejas de medialunas, facturas con crema y membrillos, galletitas, alfajorcitos de maizena, la galleta que late desde un costado y el seductor pan tostado por otro. Es como ser Alicia en el país de las Maravillas fusionada con un pantagruélico banquete romano y de tanto que hay, no sé por dónde arrancar. Me quedo en silencio contemplando la abundancia y la belleza. Finalmente me gana la simpleza del pan con ese crujido maravilloso y ancestral que me transporta a las meriendas de café con leche, azúcar, pan y manteca.
Afuera ya es de día.
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]]>La entrada Con Tiks Toks, creatividad y huerta agroecológica, a Flor y a Atilio les va cada vez mejor en “Lo de Miche” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>El primero es que en ese lugar durante mucho tiempo hubo un stud, ya que a Miche y a Atilio (su hijo y el esposo de Flor) les gustaban las carreras de caballos, tanto las cuadreras como las del hipódromo. Segundo, porque en lo de Miche siempre se armaban peñas familiares y guitarreadas. En tercer lugar porque Miche es Miche y todo el mundo lo conoce.
Cómo será la cosa que este lugar hasta tiene una canción que le rinde homenaje y se llama “El patio de los milagros”, del cantautor Bocha Nieva.
“Hace dos años arrancamos con la verdulería en un local del centro pero no funcionó y entonces nos pusimos a vender en lo de Miche, la casa de mis suegros; se empezó a correr la bola de que estábamos vendiendo verdura de buena calidad acá, en el stud, y la gente empezó a venir y venir porque todos saben que si ocurre en lo de Miche es algo confiable”, describe Flor. “Y así fue que al principio armamos una especie de ´pulpería´ con las lonas del camión mientras agrandábamos la huerta así podíamos ofrecer productos frescos y sin químicos que nos diferenciaba”.

“A nosotros nos sirvió para aguantar la pandemia”, dice Miche en referencia a él mismo y a Hilda, su esposa (en la foto). “Nosotros siempre estamos acá en la galería y todo el que venía, barbijo de por medio y con distancia, se paraba a charlar con nosotros y así fue todo más llevadero. Mi nuera dice que la gente viene a comprar una lechuga y se queda hablando media hora con nosotros”, remata entre risas.
Todo se dio de forma muy acelerada porque cuando vieron que venía cada vez más gente se dieron cuenta de que tenían, sí o sí, que construir un local de venta al público. El tema es que plata había poca y así fue que tooooda la familia (tienen 6 hijos), más vecinos y amigos, y hasta el propio Bocha que les hizo la canción, vinieron a colaborar para armar el local que abrió el 23 de diciembre de 2020 y donde cada vez se vende más.
“A la gente le encanta venir y, además, ya piden específicamente las verduras de nuestra huerta, especialmente la lechuga, crocante y fresca”, detalla Flor.
“Trabajamos mucho la tierra, trajimos los plantines de La Plata, tenemos riego por goteo y estos cds que cuelgan son para espantar a los pájaros. No tomamos cursos pero sí tomamos los consejos de quienes saben cómo cultivar la tierra”.
Otra cosa que gusta mucho es que los clientes, si quieren, pueden pasar a la huerta a mirar y a cortarse su propia verdura para que sea “más fresca imposible”.
Ahora el proyecto es juntar dinero para comprar un camión para hacer repartos porque Atilio y Flor notan que cada vez hay más interés y demanda por productos sin agroquímicos, al punto tal que el año pasado tuvieron excedente de lechuga y la vendieron en Catriló y el Mercado Central de Buenos Aires.
En cuanto a promoción, Flor manda audios a la radio local pero no son los típicos anuncios descriptivos de mercadería, sino que tienen todo un storytelling totalmente natural atrás: Flor se pone en el lugar de su cliente y no sólo le vende el producto sino que le da ideas de qué cocinar.
Por ejemplo, un “aviso” de Flor puede decir: “Señor, señora, hoy la papa a 35 pesos y el maple a 200, perfecto para hacerse una buena tortilla con ensalada”. Y funciona. También hace Tiks Toks con anécdotas del día a día en lo de Miche.

“Nos gusta crear un vínculo con el cliente, que sepan que pueden confiar en nuestros productos y eso es lo que está ocurriendo”, reflexiona Flor. “Lo de Miche es un lugar de toda la vida, donde ha venido todo el pueblo. Me acuerdo cuando recién arrancamos acá, estábamos vendiendo verdura y de pronto se soltaron las caballos y los propios clientes ayudarlos arrearlos y llevarlos al corral. Así son las cosas en Lo de Miche”, resume Flor con una sonrisa mientras levanta una sandía de la huerta, justo a tiempo para que no se pase, y se saca el delantal de trabajo para irse a estudiar porque está terminando el profesorado de Geografía.
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