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La entrada La Peña del Colorado: Facundo Picone comparte el folklore surero tanto en París como en una casita de barro y caña que construyó en su querida Chascomús se publicó primero en Bichos de Campo.
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Sus antecedentes familiares han ido forjando en este artista la pasión por el folklore, la tradición, el gauchaje y el criollismo. Su padre, Guillermo (73), es también cantautor, compositor, guitarrista y fue muy amigo de Omar Moreno Palacios. En estos menesteres Facundo es un privilegiado, porque cuenta que don Omar, siendo también de Chascomús, se mudó de joven a la ciudad de Temperley, pero cuando regresaba a su pago natal, no dejaba de pasar por la casa de su amigo Picone.
Antes de eso, su bisabuelo llegó a la ciudad de Gándara, cercana a Chascomús, y puso un almacén de ramos generales, donde sabemos que nacieron las pulperías y las primeras peñas folklóricas. Eran lugares de encuentro en los cuales se comenzó a intercambiar la palabra, el canto y hasta la danza. Sus abuelos continuaron con el almacén y luego se mudaron a Chascomús, pero la música y el canto ya afloraron en el corazón y en las manos de su padre.
Cuenta Facundo que cuando apenas tenía ocho años ya tocaba la guitarra y luego su padre, Guillermo, lo mandó a tomar clases con el maestro Jorge Canosa, quien además le enseñó a leer música. Al año siguiente hizo su primera actuación artística en su escuela, para el día de la madre. Y desde entonces siguió presentándose en distintos escenarios y programas radiales. Formó un conjunto pero más tarde se lanzó como solista. Hoy sigue viviendo en Chascomús, está casado y tiene dos hijos.
En 2007 se ganó la admiración de Omar Moreno Palacios, quien decidió apadrinarlo. Fue ese año que editó su primer disco titulado “Cuadro Surero”, presentándolo en la Casa de la Provincia de Buenos Aires y luego en Chascomús. Ese mismo año el presidente de la Academia Nacional de Folklore, Antonio Rodríguez Villar, realizó una “Antología de la canción criolla” en la cual incluyó la milonga de Facundo, “El viento y la flor”.
En el año 2008 fue ternado para los premios “Santos Vega” en el rubro solista surero. Recibió también de las autoridades municipales de Chascomús un testimonio de honor por su aporte a la preservación y transmisión de nuestras tradiciones. Ha llevado su música a todo el país y al resto del mundo. En el año 2009 editó su segundo disco, “Huella de barra”, en el cual escribió unas palabras Marcelo Simón. Ese mismo año fue ternado para los Premios Atahualpa en el rubro solista vocal masculino de la “nueva hornada”.

En marzo de 2010 participó en la grabación del Martín Fierro, como el hijo segundo, trabajo que sería distribuido a todas partes del mundo con motivo del Bicentenario de la Nación. Fue seleccionado para representar a la Argentina en el Bicentenario, junto a grandes artistas, el día de la música, un 21 de Junio, en París, Francia. En el mismo año regresó a Francia a representar nuestra música folklórica en el festival “D´ile de France”.
Homenajeó a Alberto Merlo en el auditorio de Radio Nacional junto a los más importantes referentes de la música surera. Fue jurado en el certamen por canción inédita “Abel Fleury” y en el año 2017 recibió el premio “Cóndor de Fuego” en reconocimiento a su labor y su trayectoria.
Facundo es autor y compositor de “La pulpería” y de “Como en antes”; de la milonga “Arriando bichos”, es compositor y la letra es de su padre, Guillermo Picone, como también, de Cuadro surero.
En el terreno de su casa, Facundo se ha hecho con sus propias manos un ranchito de caña y barro con el fin de tener un espacio acorde para juntarse con sus amigos. Este artista cabal y de gran prestancia nos ha querido dedicar la milonga “Cuadro surero”, a través de la cual pinta su pago como si su guitarra y su voz fueran pinceles que colorean el aire de la pampa.
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]]>La entrada Victoria Beláustegui redescubrió el poder de los caballos, que sanan y nos enseñan a perder el miedo se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Victoria Beláustegui redescubrió el poder de los caballos hace unos años. Ahora brinda talleres terapéuticos y capacitaciones.

“Dedicarme a los caballos era un sueño desde chica, pero lo había dejado para otra vida. En esta debía estudiar, ser profesional, vivir en la ciudad, donde todo pasa”, dice Victoria, una chica nacida y criada entre caballos. Era tal su vínculo con ellos que jugaba a la casita con Don Manuel. Sus patas eran la cocina y en el lomo estaba su cuarto, al que accedía apoyando una escalera. Durante la entrevista su voz suave y calma refleja su personalidad.
“Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires”, le dijeron siempre. De tanto escucharlo se convenció y la vida la llevó a vivir en la ciudad.
Recibida en Ciencias Económicas, se abrió paso en su camino profesional trabajando en la agencia de las Naciones Unidas, dónde se ocupaba de los temas de medio ambiente.
Formó una familia con Quico y si bien sus días transcurrían lejos del campo, siempre una parte de ella seguía buscando un palenque firme donde acurrucarse, buscando refugio.
En Chascomús tenían una casa de fin de semana donde los recuerdos de Don Manuel y sus interminables juegos la conectaban con su esencia y le permitían por un ratito sentirse completamente a salvo. No porque creyera que en la ciudad no lo estaba, sino porque había una fortaleza tal en su relación con los caballos que hasta parecía que algo querían decirle.
Pasaron los años, las experiencias y los momentos. Hubo de los lindos y de los otros. “Algunas situaciones de la vida te hacen cambiar las prioridades”, cuenta Vicky. La primera situación que la hizo replantearse las suyas fue cuando se enfermaron su mamá y su suegro. “Perder a dos personas tan importantes nos hizo hacer click sobre si realmente estábamos disfrutando de lo que hacíamos y de donde estábamos”.
Con nervios e incertidumbre, pero con la tranquilidad de estar haciendo lo que sentían, decidieron mudarse al campo. Al poco tiempo quedó embarazada de su tercer hijo y como hacia tanto que lo deseaban, lo tomó como una señal de que iban por buen camino.
En 2013 le detectaron cáncer: otra vez a replantear las prioridades, los deseos, los vínculos y los miedos. “Fue un tsunami que me revolcó y me dejo en otro lugar. La enfermedad me dio permisos, me animé a elegir otra vez. Dejé de lado patrones, mandatos, creencias y me permití ser ‘mamá full time’, algo impensado para mis prejuicios”.
La enfermedad duró mucho y cada una de las etapas le enseño algo distinto: comenzó a practicar biodanza y escribió un poemario al que llamo Serendipia, el cual la ayudó a canalizar y expresar todo lo que estaba en su interior.
Enfrentarse a la muerte la asustó tanto que le hizo perder el miedo.
Primero permaneció en silencio, escuchándose a ella misma. Tratando de entender que pasaba, qué hacía falta, qué necesitaba. De algo estaba segura, quería aferrarse a la vida como sea.
“A los 40 abracé otra vez mi amor por los caballos, lo dejé fluir. Hice cursos de doma, técnicas de manejo natural y empecé a descubrir un mundo terapéutico en ellos. Estaba en la cúspide”, me dice Victoria. Mientras hablábamos, la imaginaba sentada en un tronco sobre la gramilla, con la vista en los caballos.
Otra vez ahí los recuerdos de la infancia y la nostalgia de sus tardes con Don Manuel. Más de 30 años después, encontró en la naturaleza un mundo de herramientas y sabias respuestas capaces de sanarla.

“Creo que las personas que tienen la suerte de crecer y vivir en el campo tiene una posibilidad diferente a las demás. Al estar en contacto con la naturaleza, creo que el aprendizaje se adquiere diferente, como por ósmosis. Los ciclos de la naturaleza, los momentos de caos, de serenidad, el nacimiento de una planta, las noches oscuras o brillosas. Si las observas detenidamente y con paciencia son como un espejo de la vida. Hay una enseñanza disponible para el que la pueda ver. Solo hace falta prestar atención”, describe.
Así fue como Victoria encontró un mundo de terapias y sanación en los caballos. Ahora pasa sus días dando talleres de aprendizaje continuo, individuales o grupales, para entrenar habilidades aprendiendo de la interacción con ellos.
Ella cuenta que cuando te pones a la par del caballo, el hace lo que le pedís pero te pone bajo una lupa. Para relacionarte con ellos tenés que ser autentico. “Si no sos transparente, se manifiestan con sus respuestas. Si podés comprender su lenguaje, aprendes a relacionarte. Y eso te sirve para llevarlo a otros aspectos de tu vida, otras relaciones que tenemos: trabajo, familia, amigos, nosotros mismos”.
“Aprendés a cambiar de actitud. Los caballos perciben muchísimo la comunicación, los sonidos, vibraciones del aire, olor, los sentidos, te sacan la ficha al instante. Si te querés imponer el caballo se dispara, te convertís en peligroso y eso pasa con las demás personas, cuando impones, obligas o no escuchas”, detalla con pasión.
Todos estos aspectos también se usan para trabajar en formación de equipos, ya que con distintas dinámicas podés entender y lograr objetivos en común. El caballo te guía y te hace saber si vas bien por ese camino.
Los talleres de Caballo Alado pueden ser de aprendizaje o terapéuticos. El primero es sobre comunicación, actitud del cuerpo, lo que comunica la postura y el vinculo que se construye con el caballo mediante la actitud que se toma ante él.
El segundo es un proceso más profundo y de transformación. Victoria explica que se trata de abrir tus necesidades ante ellos para que te sanen es un momento imperceptible. Sucede “cuando hacés click y te dejas llevar, el caballo te guía. Son procesos personales muy fuertes que te llevan a transformaciones de vida cotidiana. El hombre de campo que está en contacto con los caballos seguramente lo entienda”, cierra Victoria y se despide cordial.
La tarde está cayendo y mañana la espera otro largo día de campo.
Nota de la redacción: Estas son las redes sociales de Victoria en Instagram y en Facebook.
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]]>La entrada La fábrica de hongos: Desde un laboratorio de Chascomús se duplicó la oferta de inóculos para los productores se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>“Hemos entregado 2 toneladas de inóculo a productores particulares de varias provincias, lo que significa la posibilidad de generar 12 toneladas de hongos”, comentó a la agencia Télam Edgardo Albertó, investigador del Conicet y director del grupo, al tiempo que subrayó la relevancia en términos económicos que eso representa para el sector.
Ver Gírgolas patagónicas: Una cooperativa las produce sobre tocones de álamos en el Alto Valle
La generación de inóculo es una de las líneas con las que el laboratorio se contacta con el sector productivo mediante lo que se conoce como Servicios Tecnológicos de Alto Nivel (STAN), herramientas con las que el Conicet hace su aporte a la comunidad desde la vinculación y transferencia del conocimiento que desarrollan sus investigadores.
Según la definición del diccionario, los inóculos son “microorganismos o sus partes (esporas, fragmentos miceliales, etc.) capaces de provocar infección o simbiosis cuando se transfieren a un huésped. El término también se usa para referirse a los organismos simbióticos o patógenos transferidos por cultivo”.

Además, los expertos se dedican a la identificación de distintas especies de hongos, el estudio de las que son silvestres y pueden ser domesticadas para su producción intensiva.
“La producción de hongos comestibles es una actividad incipiente pero en franco crecimiento que permite por un lado generar alimento nutritivo a partir de desechos de la agricultura y, por otro, un ingreso extra para las familias que se dedican a esto. La calidad proteica de los hongos es alta, la mayoría de las especies posee todos los aminoácidos esenciales lo que los configura como posibles sustitutos de la carne, algo ideal para aquellas personas que son vegetarianas o veganas”, resaltó el investigador.
El inóculo producido tiene como destino abastecer la sostenida demanda de productores de Buenos Aires, Chaco, Chubut, Córdoba, Corrientes, Entre Ríos, La Pampa, Mendoza, Misiones, Río Negro, Salta, San Luis, Tierra del Fuego y Tucumán.
Ver Producirán hongos comestibles a partir de desechos domiciliarios y con chips de la poda de árboles
Si bien el consumo de hongos no está tan incorporado a la dieta de los argentinos, algunas especies de a poco van ganando adeptos.
De acuerdo a los especialistas, el más conocido es el champiñón, pero los denominados gírgola y shiitake son muy elegidos para la elaboración de platos gourmet y poseen, incluso, ciertas propiedades medicinales.
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