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La entrada José Zarco construyó su propio paraíso arriba de los cerros: Un agrónomo que se especializó en mejorar el paisaje con materiales del mismo paisaje se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Pero además sorprende en esa mirada que la mano del hombre haya levantado casas y una ramada, mimetizadas con el paisaje. Y un viñedo experimental de altura, para lo cual hubo que perforar el suelo de piedra. Inmediatamente, semejante obra tan bella, remonta al espectador a preguntarse por su autor, que necesariamente debe ser alguien muy especial.

Aparece entonces un ingeniero agrónomo llamado José Zarco. De aspecto gringo, ojos azules y gran porte, conversador y bien criollo, el hombre. Personaje que a cualquiera que llega, lo trata como si lo conociera de toda la vida. La ramada -explica él mismo, señalándola- es el espacio del rancho donde el fuego está siempre encendido, con la intención de mantener la pava lista para unos buenos mates o disponer un guiso bien `pulsudo`, y con rescoldo necesario para cocinar un poco de masa con chicharrones, y por qué no, una buena guitarreada.
Una parrilla grande, hornos de barro, una pequeña bodega. Todo ha sido dispuesto por José, para el encuentro de las personas en la forma ritual de una peña, donde no falte el vino, el asado, un locro, empanadas y alguien que se llegue a cantar. José será el contador de historias del lugar y de su vida andariega.
Todo ha sido dispuesto como un santuario para rendir culto a la amistad. Es que José logró su sueño de construir su propio paraíso, sin pensar en hacer negocio sino en compartir con quien quiera pasar. Prueba de ello es que si uno quisiera quedarse a dormir una noche, él no ha pensado en hacer cabañas para huéspedes, por ahora. Pero le puede recomendar lindas casas de amigos vecinos, que se alquilan. Él mismo vive en Achiras abajo, muy cerca.
Mirá la entrevista completa con José Zarco:
El ingeniero agrónomo José Zarco nació en La Carlota, Córdoba, pero se crió en el campo, sencillo y de alpargatas. De joven anduvo de yerra en yerra y luego de recibido trabajó durante muchos años para grandes empresas agropecuarias, hasta que un día decidió hacer un cambio de vida.
Conoció Traslasierra y lo cautivó la belleza del paisaje, que además era muy virgen, donde habría mucho por hacer. Es que él aún conservaba mucha energía, seguía siendo un soñador y los aires de ese gran valle invadieron sus ojos con miles de oportunidades y promesas. En 2008 se compró una casa en Achiras abajo. Y como le gustaba lo rústico, todo lo viejo que manifiesta otro tiempo, otro modo de hacer y de vivir, más artesanal y hecho para que durara para siempre, se montó un aserradero. Y comenzó a comprar todo lo que estaba abandonado en los campos, rezagos ferroviarios, durmientes de quebracho, y comenzó a reciclar y recrear mesadas, barras, pisos, cielorrasos, puertas, mobiliario, que exhalan historia. Hasta hoy les prepara y vende a arquitectos para decorar, con estilo, casas y hoteles.
En su paraíso de Achiras arriba, José también se puso a levantar paredes con piedra, adobe y horcones, sin plomada ni nivel, tratando de conservar y eternizar el modo sencillo de construcción de los antiguos pobladores. “Es que cuando llegué pude conocer otro tiempo, otro modo de vida, cuando los lugareños bajaban del cerro a caballo, los fines de semana con una guitarra, al rancho de los Escudero, que era como la peña Balderrama, de Salta, en sus orígenes, vea”.
“Conocí allí a la abuela Clelia que tenía una banda de hijos, nietos y sobrinos. Ella les transmitió la pasión por la música en la enrramada que aún se conserva, con una mandolina. Y le salieron todos guitarreros, poetas y cantores. Esta gente fue la que abrió los primeros caminos por los montes bien cerrados. Por eso Mario y Eduardo, el chulco, compusieron `Callejones oscuros`, `Cocina de la abuela Clelia`, `Bello Amanecer`, `Lustrando las alpargatas`.
Semejante anfitrión, en el año 2017, se cruzó en la vida con una mujer de su misma talla, la servicial enóloga, Elina Gaido, que había ido a trabajar en la zona. Se amañaron, como dicen en el norte, y comenzaron a entreverar sus sueños. Fue así que ella lo embarcó en el titánico montaje de un viñedo de diferentes cepas y de la pequeña bodega, en esa chacra de Achiras arriba.

“Es un loco, apenas sale el sol, él ya está haciendo algo manual, o plantando vides o creando una puerta con maderas antiguas, o levantando paredes de adobe, o soldando, o yéndose a los remates a comprar algún arado viejo”, dice, con una mano en la frente. José contrata a unos trabajadores criollos, que los admira, no sólo porque son fuertes como el quebracho, sino por su cultura. Y graba sus conversaciones, sus tonadas. “Es que ellos siempre están gozando de la vida –asegura- con frío o calor, en las buenas y en las malas”. Por eso le encanta agasajarlos con un buen asado y compartir con ellos el pan y la sobremesa.
Como el viñedo iba a necesitar agua todo el año y no tenían luz eléctrica, prefirieron apostar a lo autosustentable. “Hicimos una perforación de 120 metros en la roca maciza. Hallamos agua a los 63 metros. Fuimos hasta los 90, con encamisado, y bajamos la bomba solar -de 3 HP, trifásica, que tira 6000 litros por hora- hasta los 87 metros. Luego pusimos paneles solares, todo con la precaución de no quedarnos cortos, sino al contrario, pusimos de más, a tal punto que hasta podemos soldar y usar martillo demoledor”, explica José.
Elina lo embarcó en rescatar antiguos viñedos que dejaron abandonados los pobladores que habitaron cerro arriba. Los trasplantaron y han destinado una parte del viñedo a estas antiguas cepas criollas. Como Elina asesora a muchos viñedos nuevos de la región, puede invitar a degustar vinos muy diversos y sobre todo, a quienes pretendieran concretar el sueño del viñedo propio, darles clases prácticas en ese lugar, haciéndoles probar posibles cepas de malbec, pinot noir con personalidad tras-serrana o chuncana.

José ya había encendido un fuego abrazador y comenzó a contar: “Conocí a un personaje que había sido gaucho desde sus diez años y bueno como pocos. De nómade, se apareció en las estancias de La Carlota, allá por los años `70. Y en los asados, el vino lo embriagaba en relatos increíbles. El petiso Isidro Fernández era de los pagos de Monte Grande, criado entro los perros, un clon del `Sargento García`. Un rayo le mató a su madre cuando ella estaba ordeñando a una vaca, a unos metros de él. Y ese petiso nos contaba…”
Y mientras José nos hacía viajar en el tiempo, a infinito paisajes, Elina nos servía una copa con un vino lleno de futuro.
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]]>La entrada Las mil caras del bambú: Sirve para comer, construir, vestir, generar energía y hasta recuperar el suelo se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En Argentina la utilización de bambú es muy incipiente. Pero hay algunos casos que se pudieron conocer en una reciente jornada organizada por la Secretaría de Ciencia y Tecnología, y el Ministerio de Agricultura. Allí se habló sobre las posibilidades de desarrollo del bambú en el país. Bichos de Campo presenta algunos de ellos en esta serie de notas.
La subfamilia Bambusoideae se ubica dentro de la familia de los pastos (gramíneas) y dos de sus tres tribus desarrollan las clásicas cañas leñosas. Este grupo posee ciclos de vida muy prolongados: pueden tardar hasta 120 años en florecer. Cuando lo hacen, presentan ritmos de crecimiento muy veloces: algunas llegan a crecer hasta un metro por día y pueden alcanzar en su madurez los 30 metros de altura.
El material usualmente es flexible y duradero. Diferentes especies de bambú están arraigadas en una gran cantidad de culturas gracias a las numerosas propiedades que poseen. También funcionan como fijadores del suelo ya que presentan tallos subterráneos muy desarrollados, en algunos casos con un diámetro superior a los 10 centímetros.
Natalia Raffaeli, por ejemplo, se dedica a investigar las propiedades del bambú como regenerador de los suelos. Esta ingeniera forestal de la Universidad Nacional de La Plata está llevando una experiencia concreta de investigación sobre un sector del cinturón ecológico del Ceamse, en Villa Domínico. Y nos contó de qué trata esa experiencia. No solo investiga el rol del bambú para devolver materia orgánica al suelo sino que ahora analiza qué hacer con toda la biomasa que se generó a partir de la plantación, ya que podrían ser aptas para la producción de fibra papelera, como material combustible con fines energéticos o como carbón activado.
Juan José Zambón, por su lado, decidió trabajar con el bambú con un propósito totalmente diferente: fabricar bicicletas artesanales de alta calidad. Es uno de los socios de MALÓN Bambu Bikes, una pyme argentina que diseña y construye a mano bicicletas mediante un sistema de producción de bajo impacto ambiental y alta calidad.
Mirá lo que contaba Juan José:
Agostina Trovato, por su parte, comenzó a interiorizarse sobre todas las posibilidades que ofrecía el bambú como fibra textil a partir de una situación personal: su madre enfermó y requería de una ropa especial para tratamiento. Como buena socióloga que es, Agostina se puso a investigar y terminó creando Get Wild, una empresa de indumentaria basada por completo en el bambú. “Estamos convencidas de que con cada aporte y el trabajo en equipo podemos hacer el bien para el planeta y quienes lo habitamos”, se presentan Agostina y su socia Gabi.
Mirá la entrevista con Agostina Trovato:
Mauricio Cárdenas ya juega en la primera división del bambú. Es un arquitecto colombiano que en 2004 instaló sus estudios en Milán, en Italia, y comenzó a diseñar construcciones que tenían en el bambú uno de sus principales materiales. “Comencé experimentando con pequeños proyectos, por recuerdo a mi país de origen, Colombia, donde hay una región donde es habitual la construcción con bambú y fue allí hice la tesis de grado”, relató. Con los años se transformó en un experto: acaba de finalizar en el norte de China la construcción de un pabellón con arcos de 32 metros de luz, que es el mayor edificio de este tipo que se haya levantado hasta el momento.
Mirá la entrevista con el arquitecto colombiano:
Mauricio Mora es de México, un país que en cierto momento impulsó mucho la siembra del bambú como opción para los pequeños productores que producían café. En su caso, se ha transformado en un experto sobre los usos alimentarios que tiene este cultivo. Llegó al punto de fundar una fábrica de una cerveza llamada Bambusa Cholula donde el bambú es protagonista, ya que sirve como saborizante. Es el principio de una historia que él se imagina mucho más larga, ya que Mauricio fue a estudiar en China sobre la posibilidad de desarrollar el consumo del brote de bambú como alimento. “Es importante cosechar solo el 50% de estos brotes para asegurar la sostenibilidad del cultivo”, advierte el especialista, que nos contó además que en Brasil ya hay desarrollo de pastas y galletas hechas con harina de bambú.
Escuchá toda la entrevista con Mauricio Mora.
Por ahora, la mayoría de los desarrollos con bambú que se conocen en el mercado internacional provienen de China, donde también en este aspecto nos han sacado a los occidentales varios siglos de ventaja. Por eso hacia China fueron estos dos chicos, Marcos Aliaga y Francisco Mirabella, a buscar productos de bambú para comercializarlos en el país. Su empresa se llama Meraki Bambú y busca reemplazar con productos sustentables muchos artículos de uso cotidiano que se fabrican con plástico. Su producto estrella: el cepillo de dientes.
Mirá la conversación con Marcos y Francisco:
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