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]]>Arantza Laskurain, integrante de ese grupo, contó que en el País Vasco “el movimiento cooperativo es muy fuerte. Es un modelo que abarca desde las guarderías, pasando por las escuelas y las universidades. No les metemos (a los niños) el chip desde chiquitos, sino que vivimos en cooperación. Así tenemos cooperativas de consumo, industriales, agrarias, de servicios sociales y hasta sanitarias”, enumeró.
De este modo, según Laskurain, una persona en el ámbito de Mondragón, “puede ejercitar todas sus necesidades a través del cooperativismo”.
Aquí la entrevista completa a Arantza Laskurain:
Según Laskurian, el de Mondragón “es un modelo de organización único en el mundo. El origen es siempre una necesidad; luego de la guerra había que unirse, y un grupo de pioneros muy apoyados en Don José María, que era el cura de Mondragón, crearon un modelo de empresa en el que la persona era el centro, desde una visión siempre pragmática. Se necesitaban empresas rentables y sostenibles para crecer. Nuestra finalidad es la de crear empleos de calidad”, indicó.

¿Puede replicarse el modelo Mondragón? De acuerdo a Laskurain, “las circunstancias culturales, sociales y económicas de hoy son muy distintas a las de aquel momento en que se creó. Hoy no podríamos hacer nacer un modelo como el que nació en los años ´60. El mundo ha cambiado. De lo que sí estamos contentos, es de haber podido adaptar el modelo Mondragón a las nuevas circunstancias del mercado”.
-¿Por qué es importante preservar las estructuras cooperativas? – preguntó Bichos de Campo.
-Vivir en cooperación implica reconocer que cada persona es única y un fin en si misma, respetándonos, en un ambiente democrático y de participación.
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]]>Iba andando por otros motivos por los caminos rurales aledaños a la ciudad de Avellaneda, en el norte de Santa Fe, vecina a Reconquista, cuando Elbio Bianchi comenzó a darme una de las mejores clases de cooperativismo rural que haya tenido en mis veintipico de años como periodista agropecuario. En el Paraje La Vertiente, seis pequeños productores se habían asociado en un modelo de administración colectiva de parte de sus campos. Una nueva empresa asociativa que a la vez les permitía el acceso a maquinaria de forma compartida, incluyendo un moderno equipo de riego.
La experiencia se produce bajo el paraguas de la poderosa Unión Agrícola Avellaneda, y con activa participación del ingeniero Hugo Bernardis, el secretario de Producción y Desarrollo de Avellaneda. Bianchi y sus cinco vecinos son todos dueños de pequeñas fracciones de campos producto de la colonización iniciada en 1879 con la llegada de un primer grupo de inmigrantes de las regiones italianas del Friuli-Venezia-Giulia y del Trento. En aquel momento el reparto se hizo sobre tierras donadas por el Gobierno Nacional bajo la Ley 817 de Inmigración y Colonización dictada por el presidente Nicolás Avellaneda. Los lotes eran todos iguales y en aquel momento parecían enormes, aunque ahora serían demasiado pequeños para mantener una familia viviendo en el campo.
“Cuando los abuelos vinieron en 1879, ellos habían empezado a hacer algo de riego en aquella zona de Italia, con canales hechos a pala”, rememora Elbio. Él y sus vecinos quisieron replicar parte de aquella experiencia y consiguieron financiamiento para montar un enorme equipo de riesgo al que alimentan desde una represa común, en la que ahora además están pensando hacer cría de peces. La cañería presurizada llega hasta los seis establecimientos.
Pero no solo comparten el equipo sino que comparten todo. Cada uno de ellos puso a disposición del proyecto cooperativo una fracción pequeña de su campo hasta completar una nuevo unidad productiva de 143 hectáreas bajo riego. Una vez año, los 6 vecinos se reúnen para diseñar un planteo de rotaciones y definir dónde irá el maíz, dónde la soja, dónde el algodón y dónde el trigo. De los resultados cada uno de ellos participará con la misma proporción del terreno que cedió al proyecto colaborativo.
“Son 143 hectáreas las que están bajo riego. Uno participa con 34 hectáreas, hay otros con 25 hectáreas o con menos. Luego se respeta esa misma proporción”, explica Bianchi.
En el resto de los predios individuales que no se cedieron a la administración común, cada uno de los seis productores de la Vertiente intenta producir con mayor valor agregado: hay uno que cría pollos, otros que produce miel, otro que planta maní, otros insisten con más agricultura.
El grupo de vecinos comparte varias máquinas agrícolas en común y ahora está tratando de emular otro proyecto que aplican los pequeños productores del noroeste de Italia. Se llama Km 0 (Kilómetro cero) y consiste en abrir sus establecimientos para que la gente de las ciudades más cercanas puedan comprar productos agropecuarios durante un pequeño paseo de fin de semana por el entorno rural más inmediato.
Conozca la experiencia “Prodotti a Km 0”
Elbio nos cuenta que “este proyecto también es un desafío para la ciudad de Avellaneda, pero creemos que ayuda al sostenimiento de la gente en el campo. A veces con la producción agrícola y ganadera no alcanza y esta sería es una manera de producir desarrollo”.
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