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La entrada Escondido entre las sierras de Tandil, el soguero Pablo Lozano convirtió ese viejo oficio rural en un arte que trasciende las fronteras se publicó primero en Bichos de Campo.
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-¿Vos que sos soguero, Pablo Lozano, nos podés explicar cómo es este arte y oficio?
-Primero tenemos que aclarar que en el campo, llamamos soga, no a la clásica cuerda, sino a una tira de cuero. Por eso también se llama `guasca` o `wasca`, que viene del quichua de los Incas y significa `tira`. Por eso al soguero también se lo llamaba guasquero. Las sogas de trabajo serían los cueros de trabajo: las riendas, el maneador, un cabresto. Acá en América no había ni caballos ni vacas. Llegaron los españoles, trajeron a estos animales y recurrieron a lo que tenían a mano. Al principio de modo rústico, es decir, no trabajaron el cuero curtido, al que llamamos `suela` o `vaqueta`, que es el cuero curtido o adobado, como ya se hacía en Europa. El gaucho de la colonia no salaba el cuero ni lo ablandaba con química alguna. Utilizaba el cuero crudo y cortaba los tientos con su cuchillo. Y esa es la diferencia entre el soguero y el talabartero.
-¿Soguero no es lo mismo que talabartero?
-El talabartero compra el cuero curtido. El soguero o guasquero trabaja con el cuero crudo, de modo que saca el cuero del animal recién carneado. En el caso del cuero caballar, a mí me lo provee un amigo veterinario, de caballos que se mueren o tienen que sacrificar. En el caso del cuero vacuno, cuando se carnea un animal en el campo.
Mirá la entrevista completa con Pablo Lozano:
-¿Y hay diversidad de cueros?
-No es lo mismo un cuero de un animal flaco, que gordo; joven, que viejo, ni el pelo de uno u otro, influye la raza y hasta la sanidad del animal. Para mí el cuero se comporta como la carne de ese mismo animal: si es novillo gordo, su carne será más rica, más sabrosa y más blanda, por su grasitud. Pues su cuero también tendrá más grasa y permitirá que se sobe más y que quede más blando. En cambio, si el soguero necesita de un cuero más duro o resistente, o rígido como en el caso de un lazo, pues buscará el cuero de un animal más flaco, por ejemplo, de una vaca que en el campo llaman ´de epidemia´, que se ha muerto de vieja, estresada y sin grasa.
-¿Vos tenés alguna preferencia?
-A mí me gusta mucho el cuero de la raza Shorthorn, porque me gustan los cueros blancos, que cuando los lonjeás te aparecen unas pecas marrones. Y cuando los preparás, es decir, lo carneás, lo estaqueás y lo sobás, es cuando te canta realmente para qué te va servir. Ahora tengo un cuero blanco de Shorthorn para hacer una cincha, que tiene muy lindas manchas tirando a ´coloradas´ y lo fui cortando de tal forma que esas manchas quedaran como un mapa. Uno empieza creando desde ahí como lo hace un carpintero o un ebanista, que elige las maderas”

-¿Y qué saca un soguero de los cueros?
-En cuanto a sogas de campo, todas, desde un maneador para amansar a un animal, un cabresto, maneas, bozal, riendas, cinchas, estriberas, lazos, que es donde comienza este arte. Luego, se fue refinando cuando el hombre quiso diferenciarse, distinguirse, para pasear un domingo o en un desfile, y aparecieron técnicas nuevas con creatividad. Porque como herramienta de trabajo la pieza debe tener todo lo necesario para su función, pero después uno le agrega una costura en forma de flor, por ejemplo. Lo primero es cuidar la función porque una manea no se debe cortar por débil, porque si se soltaran las patas de un caballo podrían provocar un accidente. Uno debe asegurar su fortaleza y después recubrirla con bellos adornos. Las técnicas son infinitas. A veces quiero sacar una técnica, pero me sale otra. Si me sale una nueva, la divulgo.

-¿Cómo te iniciaste?
-Yo vivía en Buenos Aires pero mi familia materna tiene campo acá en Tandil. Entonces veníamos los veranos y fines de semana, donde yo veía a los paisanos con admiración y quería parecerme a ellos y así me fue naciendo el gusto por las cosas de la tradición. Los veía haciendo sogas muy rudimentarias y a mí me atraían las manualidades. Un día, estando en el colegio, en Buenos Aires, le ví a un amigo una pulsera de cuero trenzado y le pregunté dónde la consiguió. Me dijo que se la había enseñado a hacer un tal Luis Flores, que vivía en el pasaje Anasagasti, en Palermo, cerca de donde yo vivía. Lo fui a ver y luego de unas bromas me empezó a enseñar.
-¿Luis Flores fue tu referente?
-Él fue mi maestro, buen soguero, gran investigador y difusor. Pasé a ser parte de su familia y me llevaba de vacaciones a Los Cocos, Córdoba, donde él tenía una casa. Y de ahí me llevaba a Catamarca, a Santiago del Estero, a La Rioja, a visitar a tejedoras, cesteras y artesanos del cuero. Lo hacía con la pretensión de recopilar las distintas técnicas, tomaba notas, luego las escribía y publicaba. Luis fue el que además abrió el juego de compartir esos conocimientos y luego empezó a hacer concursos en La Rural de Palermo, con 30 artesanos, donde todos aprendimos mucho. Ese es el lugar por donde todos pasamos y nos sirve para intercambiar saberes y para vender.
-¿Cada región se caracteriza por algún rasgo, en la soguería?
-Sí, por ejemplo, en el sur de Santiago del Estero, por Sumampa y Ojo de Agua, los artesanos del cuero se destacan por los lazos, que son fantásticos. En la zona pampeana es donde más se desarrolla el arte fino de los guasqueros, seguramente porque hay mayor poder adquisitivo. En Corrientes se usan mucho las trenzas gruesas, por la humedad del clima, para que les duren. Y en la provincia de Buenos Aires se usa más el cuero sobado. Es como el caso de los aperos, que varían según la topografía.
-¿Trabajás solo por encargo?
-Sí, pero las cosas que mejor me salen son las que no hago por pedido. Porque no tengo la presión de tardar un tiempo estipulado. Uno la puede dibujar, pero cuando empiezo a trabajar el cuero, puedo ver que algo no me gusta y lo deshago, de modo que no sé cuánto tiempo me va a llevar. Y por todo eso no puedo presupuestar la pieza. Y además me pasa que cuando termino la pieza, la miro y le encuentro muchos errores. Pero pasa más tiempo y ya no le miro los defectos y me gusta. La pieza que más tiempo me llevó confeccionarla, fue en 5 meses. El mejor maestro en este arte es el cuchillo, porque es a fuerza de oficio, por más que otro te enseñe.
-¿Y vos tenés alumnos?
-He tenido muchos alumnos y unos diez han salido muy buenos. Hace muchos años daba cursos de soguería en la municipalidad de Tandil a principiantes y avanzados. Hoy puede ser que vengan sogueros a mi taller, a perfeccionarse, o que yo vaya a dar algunas técnicas a otro lugar. Martin Theill vino a aprender a casa cuando tenía 15 años y es el mejor alumno que he tenido. De modo que pasó a ser mi ayudante durante 20 años y hoy ya arrancó solo, pero cada tanto viene a ayudarme, como hoy. Nació y vive en Tandil, es muy conocedor de las costumbres camperas y muy destacado en sus obras.
-¿Pensás que con el avance de la tecnología y del desplazamiento del caballo de los campos este arte corre riesgo de perderse?
-Hay gente que compra y no sabe lo que es un caballo y sólo quiere la pieza para colgarla de adorno. Cuando yo era chico no había tantos sogueros ni tanta diversidad de piezas y sólo unas pocas talabarterías. Sin embargo, hoy hay muchas y creo que en la medida de que la soguería crezca como arte, vivirá siempre y ganará nuevos adeptos. Y siempre harán falta maestros como lo fue Luis Flores, para que este arte y oficio no se pierda y se siga perfeccionando. Porque él decía: ´Si todo estuviese en los libros, los maestros estarían de más´.

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]]>La entrada Las crónicas del Silvestre del Campo: “El otro secreto” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>El núcleo del relato que sigue originalmente era parte de “En Secreto”, mi texto de agosto de 2020, publicado en Bichos de Campo la última semana del mes, aunque que por ser largo y muy específico, tornaba algo deshilachado el conjunto. Este Secreto –el otro– describe un matiz sesgado, estrafalario y escabroso, pero igual de pintoresco del manosanta Don Atanasio Doctor Almirón. Por eso creo apropiado leer antes “En Secreto”, del que en realidad es una parte.
En general, la gente con voz grave habla pausadamente y sin gritar, no era el caso con Don Atanasio Almirón.
Él tenía un registro de bajo profundo, como Leonard Cohen o el Sarastro de La Flauta Mágica, pero además hablaba con un volumen apabullante, de megáfono. Supuse que era medio sordo.
Ya anticipé que su vozarrón especial, que se escuchaba de lejos, podía ser uno de los motivos que tenían los perros para detestarlo.
Una de las últimas veces que vino al campo para “curarle el mío mío” a una tropa, hizo lo de siempre y se quedó algunos días más, pero ese jueves tenía que volver a Mercedes.
Se me fue haciendo tarde, ya estaba anocheciendo, hacía mucho frío, cada tanto lloviznaba, yo estaba cansadísimo y me pesaba la perspectiva de manejar casi 4 horas con pésima visibilidad, que es lo que insume ir del campo a Mercedes y volver. Por eso estuve encantado cuando Almirón avisó que me despreocupara, que ya había conseguido “proporción” (*) porque don Juan Arrechea se había ofrecido a llevarlo.
Mi amigo Juan había llegado el día anterior para pasar una temporadita en el campo. Me sorprendió que adelantara su vuelta solo para llevar al Doctor.
Después supe que fue al revés, porque fue Almirón quien pidió a Juan que lo llevara y él aceptó de gaucho, pues sabía que yo estaba muy cansado. Pero siendo un hombre con muchas vivencias en el campo, también en la zona pampeana, pensó que por sus peculiaridades podía ser interesante conversar con el personaje durante el trayecto, casi un programa. Obviamente no tuvo en cuenta el daño auditivo, porque hacerlo en la cabina simple de una camioneta japonesa era una auténtica tortura.

Arrechea me refirió lo que sigue:
Ni bien salieron para Mercedes, Almirón pidió parar en el boliche de “Pueblito Paraguayo”.
Juan aprovechó a comprar cigarrillos y se asombró cuando el Doctor compró colonia.
Llegando al cruce de la estación Holgadino Poblari, había como siempre 2 o 3 travestis, ofreciéndose y mostrándose semidesnudos a pesar de la hora y el clima.
– Pare Don Juan, pare.
– Guarda Almirón, no se vaya a confundir, mire que estos son travestis, varones disfrazados de mujer.
Juan largó la acotación haciéndose el zonzo abriendo la puerta para que al hombre reculara, evitándole una situación desagradable e imposible de administrar.
¿Cómo hacerle el aguante al “Doctor” mientras este cumplía con lo suyo?
Vaya a saber si ante la falta de lugar más apropiado y estando en el medio de la ruta, no pretendería que Juan se baje un ratito de la camioneta. ¿O le estaba planteando un menage a trois en algún espantoso alojamiento de Poblari?
Almirón respondió a la advertencia:
– ¡Pero mire usté don Arrechea!
Es probable que también el paisano se estuviera haciendo el zonzo, aparentando sorpresa, porque es absolutamente improbable que Almirón ignorara de qué se trataba. Sí o sí tiene que haber pasado muchas veces por ese cruce de Poblari, parada conocida de los travestis y a escasos 30 kilómetros de su pueblo.
El hombre quedó en silencio unos instantes, aceptando que su compañero de viaje no era pierna para esa parada.
Sabía que había sido una mala apuesta, que Juan lo había pillado y terminó cerrando el asunto con su vozarrón estentóreo, sincerando que sabía de que se trataba y manifestando su resignación ante el programa frustrado.
– Pero ….. ¡También son “lindo”……. chamigooo!
Con Juan damos por hecho que el hombre planeó el asunto, contando con el dinero de los honorarios que traía en el cinto y por eso mismo prefirió que fuera él y no yo quien lo llevara de vuelta.
Es que el Doctor tenía conmigo una relación respetuosa y más bien distante, no se hubiera atrevido a pedirme que le hiciera el aguante y utilizó la picardía, primero para cambiar de chofer pidiéndole a Juan que lo lleve y luego para salir con honor del asunto y hacerse el boludo cuando se dio cuenta que Juan “no le pelaba” (**)
Dentro de todo y a pesar de lo procaz y grotesco del incidente, en Don Atanasio Doctor Almirón se pueden rescatar dos virtudes que se están perdiendo, incluso en el campo.
Respeto y pudor.
Respeto, por lo menos hacia mí, por haber planeado que fuera otro quien lo acompañe.
Pudor, por que intentó usar el pretexto que Juan le puso a disposición, haciéndose el que no sabía que los travestis eran varones.
(*) Modismo de Corrientes. Una proporción es algo o alguien que puede llevarte a algún lado. “Salgo a la ruta para ver si consigo alguna proporción que me lleve a Curuzú”
(**) Ídem en el litoral. No aceptarle algo a alguien. “Le ofreció poca plata por el caballo, pero él no le peló”.
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]]>La entrada Las crónicas de Silvestre del Campo: “El último cigarro” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La viejita del puesto desconfiaba de mí y no me invitaba a apearme.
Desde siempre vivía con su marido en un lugar muy aislado; nunca había tenido mucho trato con gente y se notaba.
Además recelaba de un asunto que yo venía a plantearles, aunque era para el bien de ellos y también para el mío.
Yo estaba haciéndome cargo de un campo que compré, la mitad de una fracción mayor, pero el hermano del vendedor y dueño de la otra parte, le venía mintiendo al matrimonio de ancianos, asegurándoles que el puesto que ocupaban estaba en la parte que no se había vendido.
La pareja me daba lástima y además me faltaba plata para poblar el campo con ganado. Por eso no tenía problema en que siguieran viviendo allí mientras quisieran o pudieran por su edad; pero el asunto tenía que quedar claro.
Es que yo no podía arriesgarme a un eventual problema de intrusos; el día de mañana alguien de su relación podría instalarse y complicar la entrega del potrerito que ocupaban.
Había llegado a caballo hacía diez minutos o más, el marido no estaba y no había caso, ella era irreductible y yo no sabía cómo hacer para entrarle.
Una y otra vez me salía con lo mismo, reiterando que el propietario les había asegurado que ese puesto estaba en la fracción no vendida.
La cosa venía empantanada, yo trataba de demorarme con alguna esperanza en que quizás el esposo entendería mi planteo. Pero el hombre tardaba y ella quería que me fuera.
Instintivamente, como para estirar la cosa, me dispuse a encender uno de los dos cigarros buenísimos, que traía en el bolsillo. Eran los últimos de un macito que me había regalado mi padre cuando tuvo que dejar de fumar.
Venían en tubos de vidrio, como los tubos de ensayo, pero lacrados.
Una y otra vez los ponía en el bolsillo de mi campera, buscando la ocasión para fumarlos, una y otra vez volvía con los cigarros intactos.
En el fondo estaba dilatando el momento, esperando una oportunidad especial.

Fumo solamente cigarros, solo en el campo y casi siempre a caballo, única forma de recorrer gran parte de los campos de Corrientes, sobre todo cuando se quiere mirar y ver.
Dar vuelta por un pedazo de campo propio, el primero, merecía un cigarro especial, otros festejarían abriendo un buen champagne.
Recorrer y mirar es parte del trabajo, pero una vuelta larga y acompañar parte de la misma con un habano, es una de las cosas que más disfruto. Ya estoy grande, quién sabe cuánto tiempo podré seguir haciéndolo.
Hasta que tuvo que dejar a la fuerza, papá había sido muy fumador, demasiado; cigarros, cigarrillos, pipa, sabía bien que hacía mal, pero entendía que yo fumaba poco y por placer, que no soy adictivo, por eso me dio sus cigarros, también por compartir conmigo ese tipo de cosas.
Una vez, conversando en el campo, en la provincia de Buenos Aires, no mucho antes de su muerte, me pidió el cigarro que yo fumaba, le dio una pitada, lo saboreó y me dijo que ya casi no extrañaba fumar, excepto un buen puro y en el campo.
La cuestión es yo venía postergando el encendido los últimos puros recibidos de papá, solo me quedaban esos dos. Él había muerto hacía algunos unos años, hacerlo tenía algo como de definitivo y trascendente.
Papá era un tipo sobrio, fumaba buenos pero no carísimos. A estos del tubo de vidrio, los había vistos guardados en su escritorio y que a su vez fueron el regalo de un tío que lo había querido mucho. Quizás él mismo había ido postergando la ceremonia de encenderlos y finalmente no lo hizo nunca.
El destino quiso que yo tuviera que invertir a una de esas joyas en una ocasión y por un motivo que no eran los que venía planeando. Se trataba de estirar la conversa para tratar de entrarle a la doña.
Ella tendría más de 80, arrugadita, obcecada y terca conmigo, pero me agradaba.
Ni bien sintió el humito, le salió de adentro ponderar el aroma “riquito su tabaco Don”, casi lo único que dijo hasta ese momento aparte de una serie de “si pué” y “no pué”. Le salió de adentro… Entendí bien, estaba queriendo que le convide.
No quedaba otra, metí la mano en el bolsillo, agarré el último, lo saqué del envase y se lo di.
La maniobra sirvió, la tensión empezó a aflojar, lo olió, se lo llevo a la boca, pero no lo encendió.
La doña tenía pocos dientes y sujetándolo con el hueco sus encías y lo partió por la mitad y empezó a masticar una.
Ella lo quería para mascar y me dijo que iba a guardar la mitad para su marido.
Ahí nomás me dijo “apese” (apéese).
Me “enchamigué” con los viejitos y fue muy fácil solucionar el lío que teníamos.
Un par de años más habrán vivido en el piquete del “Uno Chico”. Durante ese tiempo cada vez que podía los visitaba y les llevaba cigarros, a veces tabaco brasilero trenzado para mascar, todavía se vende en la zona de La Cruz, costa del Uruguay. Es bravísimo, si no estás acostumbrado, de fuerte que es te emborracha.
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