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La entrada Se recuperan las fábricas aceiteras y se molió más soja en el primer semestre del año se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La molienda en el período enero-junio de 2021 se ubicó casi 3 millones de toneladas por encima de lo registrado en los primeros seis meses de 2020, la marca más alta desde 2016. En el medio sucedió algo: el gobierno nacional reimplantó el histórico diferencia de retenciones entre el poroto y sus principales derivados, el aceite y los pellets o harina. Mientras el producto sin procesar tributa 33%, la tasa máxima de derechos de exportación, los subproductos pagan 31%.

En este escenario, según el informe de la BCR, se procesaron 5 millones de toneladas más que en el último semestre del año pasado, lo que significó una marcada recuperación respecto de los volúmenes industrializados. Hay que remarcar que una serio de conflictos salariales, especialmente en diciembre de 2020, habían afectado el desenvolvimiento normal de las fábricas aceiteras ubicadas en torno a Rosario.
Según explicó la BCR, además, 2021 comenzó con un stock comercial de poroto de soja muy por encima de lo habitual con 8,4 millones de toneladas en enero, es decir, un 65% más alto que el mismo mes del año anterior y un 120% superior al promedio de los últimos cinco años.
“Bajo este escenario de altos stocks y compromiso externos por cumplimentar por parte de las industrias, se comenzó a procesar un alto volumen de soja en grano en el conjunto de terminales portuarias del Gran Rosario fundamentalmente”, concluyó la entidad bursátil.
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Fueron 34 años de una transferencia silente de recursos de parte del productor a la industria aceitera. Por un lado, 60 mil productores aproximadamente, y por el otro unas 8-10 empresas importantes de crushing.
El “diferencial” aceitero, pasaba de alguna manera desapercibido a los ojos de muchos productores. Y ese fue (en parte) el secreto para que haya durado tanto una prebenda de una magnitud que rondaba entre 300 y 500 millones de dólares por año. Prebenda que tuvo su fin en agosto 2018.
En la práctica, jamás un chacarero tuvo que firmar un cheque a nombre de una empresa aceitera equivalente al 3% del precio FOB de la soja que vendía. Nunca llegó a sincerarse con una factura con logo de la empresa, y en la cual rezara como concepto a pagar: “Por diferencial del 3 % correspondiente a su venta de Soja”. Las sumas hubiesen oscilado entre 8 y 15 dólares por tonelada, y habrían generado seguramente reacciones inmediatas. Esa imaginaria factura nunca llegó, pero en su lugar, el cargo se descontaba sistemáticamente de la liquidación de venta como menor precio al productor. Sutilezas.
Las pocas veces que este tema salía tímidamente a la superficie para discutirlo, al no haber muchos argumentos, solo se alegaba a la pasada que esa es la manera de “agregar valor” a los productos “primarios”. Luego se hacía un solemne silencio, y se cambiaba de tema. Lo mejor era no hacer muchas olas, ya que el 85% del valor agregado y el 71% del empleo de la cadena de la soja lo aporta el “sector primario”.
Para justificar la medida también, se suele aseverar que “sin diferencial, no da el margen del crushing”. Apelan así, a una supuesta desigualdad de oportunidades, en la cual el estado debería mediar a favor del más débil: la industria. Una suerte de “Soja solidaria” que justificaría la transferencia de recursos del campo a las aceiteras. Un razonamiento comprensible y de espíritu socialista. Reconozco que el capitalismo es bastante duro, tiene sus reglas, y la eficiencia se construye con meritocracia y efectividad en los procesos. Y estos suelen ser caminos más tortuosos que el de la búsqueda de soluciones rápidas en los despachos oficiales.
Las transferencias de recursos por alguna regulación palaciega hecha a medida de un beneficiario, y a costillas de otro, no agregan valor alguno. El “diferencial” en definitiva, era transferir dinero del bolsillo del chacarero de Junín o Wheelright y llevarlo al bolsillo de unas pocas aceiteras. Tan sencillo como eso.
El hecho más llamativo fue el de la exportación de biodiesel argentino más barato que el aceite desde 2014 a 2018. El producto elaborado (biodiesel) se vendía a menor precio que su materia prima. La explicación: un brutal diferencial de impuestos entre exportar un producto versus el otro. ¿Y el valor agregado? Eso era simple destrucción de valor, en la cual el chacareo argentino subsidiaba al consumidor europeo que llenaba alegremente y a menor precio su tanque de gasoil en Bruselas o Berlín. No solo el chacarero perdía, Argentina también perdía.
Toda esta obsesión e insistencia de la industria por este tema, no permite ver el elefante que está presente dentro de la sala: La soja argentina está estancada desde 2010. Brasil desde esa fecha aumentó su producción 80%, Paraguay 53%, Bolivia 44% y Argentina la redujo en 8%. Demás está decir que ninguno de estos países tiene ni tuvo una política de “diferenciales”.
El problema radica en otro lado. No en si estamos moliendo más o menos soja. El problema real, es que estamos perdiendo la carrera de la soja frente a nuestros vecinos, y la discusión se dispersa. No enfocamos la raíz del problema. Producir 10 millones de toneladas más de soja en NEA, NOA o soja de segunda en zonas de menor aptitud, es posible y sería la manera de impactar de lleno en la creación de valor.
Muchas veces dudo si no estamos frente a un “Problema de agencia”, donde el interés de los gerentes y cámaras no está alineado con el interés general de las empresas exportadoras. Ya que la fijación por poner en la palestra de manera recurrente el tema del “diferencial” es totalmente inconducente a la hora de aumentar exportaciones. Y es un tema demasiado de cabotaje como para que resista una discusión a nivel comercio internacional. Por ese motivo, en el acuerdo UE-Mercosur quedo taxativamente aclarado que Argentina no va a utilizar estos mecanismos que enturbian el mercado.
Lo que necesitamos es poner foco en lo que si cambiaría la situación actual para que se siembre más y con más tecnología. Y para eso, las medidas concretas son tender a bajar presión impositiva, atender los temas ambientales, unificar el tipo de cambio, alentar ley de semillas, y explicar de manera sencilla que “atajolandia” no existe.
Es hora de archivar este tema y terminar con cabriolas argumentativas para defender un punto que no incide en los grandes números a la hora de producir, exportar, agregar valor y generar divisas.
Momento de dar vuelta la hoja, y enfocarse en lo conducente, si es que de verdad estamos preocupados por la producción y las exportaciones de Argentina.
Santiago del Solar
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]]>El ingeniero Enrique Lasgoity fue parte de ese grupo de visionarios. Junto a un grupo de profesionales del aceite decidieron empezar a ‘moler’ soja en 1968, cuando todavía no se sembraba el poroto en el país o se hacía marginalmente en algunas zonas alejadas. Lasgoity trabajaba en la empresa INDO, que por aquella época se dedicaba a hacer aceite de lino y maní, y que más adelante se transformaría en La Plata Cereal. “Tuvimos que importar soja para hacer las pruebas”, recordó.

Esas pruebas no tuvieron al principio demasiado éxito, básicamente por falta de compradores. “Tuvimos que hacerle análisis de todo tipo para poder venderla”, explicó el ingeniero a Bichos de Campo.
“La soja ya se estaba desarrollando en Estados Unidos y Brasil. En Argentina llegó entrada la década del ’70. Nos ayudó mucho el ingeniero agrónomo
Alberto Piquín de INTA Cerrillos para introducir la soja en los campos. Había que pegarle al productor para que la siembre en aquella época”, contó Lasgoity. “Pero después terminó entrando bien como doble cultivo atrás del trigo”, rememoró.
Aquí la entrevista completa con en ingeniero Enrique Lasgoity:
“Después vino toda la discusión de la construcción en los puertos, en la que estuve muy metido. Y más tarde viene la etapa del biodiesel. Allí la segunda planta autorizada del país la hice partiendo de una planta que hacía cuestiones químicas en San Luis”, recordó el pionero de la industrialización de la soja, que desde hace tiempos e dedica a la consultoría privada..
Lasgoity reconoció que el desarrollo de la soja en el país y el mundo no fue producto del talento sino más bien obra de la necesidad. El factor decisivo para el boom sojero fue el cambio climático, ya que la incipiente aparición de los fenómenos El Niño y La Niña, hicieron correr mar adentro a la anchoveta que se pescaba en el norte del Perú y abastecía las fábricas de harina proteica de pescado que se utilizaba para el alimento balanceado de otras producciones ganaderas en todo el mundo. Como se tornó cada vez más complicado capturar la anchoveta, comenzaron a buscarse sustitutos. Y allí apareció la soja, que tenía un porcentaje de proteína muy similar.
Bichos de Campo le preguntó al veterano ingeniero cómo seguía esta película. “Veo futuro en todos los derivados, como bioplásticos. Pero con especial énfasis en el extrusado, un método sin químicos ni solventes, un producto regional que evita que los camiones vayan y vuelvan del puerto, con lo que eso significa para la huella de Carbono. Hay defender a este sector, escucharlo por lo menos. Porque el expeller se puede vender en la región (Chile, Perú, Uruguay), en aquellos países que no tienen soja”, dijo Lasgoity.
“Además estamos trabajando con el aceite, reemplazando el gasoil y el GLP (gas licuado). Podríamos hacer que el productor tenga su propio combustible con el aceite, no con biodiesel. Rudolf Diesel hizo andar los primeros motores en Sudáfrica con aceite de maní (una oleaginosa como la soja), porque no tenía carbón para el vapor”, ejemplificó .
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