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]]>Las grasas trans de origen industrial, provenientes de aceites hidrogenados, tienen efectos adversos para la salud humana, ya que la evidencia científica vincula su consumo con alteraciones del metabolismo de lípidos en la sangre, inflamación vascular y desarrollo de enfermedades cardio, reno y cerebrovasculares. También promueve un aumento del colesterol LDL (“colesterol malo”) y una disminución del colesterol HDL (“bueno”).
Sin embargo,-la Argentina no aplicó restricción alguna en ese sentido a las margarinas utilizadas como materia prima, las cuales, si bien no pueden ser empleadas por industrias, sí son empleadas de manera masiva por negocios artesanales, fundamentalmente panaderías.
Por ese motivo, la Secretaría de Calidad en Salud y la Secretaría de Alimentos, Bioeconomía y Desarrollo Territorial de la Nación, por medio de la resolución conjunta 3/2021, determinaron hoy que a partir de enero de 2022 los productos “que son utilizados como ingredientes y materias primas” también deberán tener no más de un 5% de grasas trans dentro del total del tenor graso.

En los fundamentos de la medida se indica que “extendiendo la restricción de manera explícita a aquellas grasas en aceites vegetales y margarinas utilizadas como materias primas se garantizaría la efectiva protección de la salud de la población, al disminuir el aporte de grasas trans a partir de productos artesanales, que son de alto consumo en nuestro país”.
Y recuerda además que en la Argentina las enfermedades del sistema circulatorio representan la principal causa de muerte, además del hecho de que “diversos estudios han demostrado que la ingesta diaria de cinco gramos de grasas trans es suficiente para aumentar en un 25% el riesgo de enfermedades cardiovasculares”.
La medida implica que, en el término de un año, para elaborar margaritas y aceites de cualquier tipo ya no podrán emplearse aceites vegetales hidrogenados, los cuales deberán reemplazarse por fuentes más saludables, como el aceite de girasol alto oleico.
La normativa argentina vigente define al girasol oleico como aquel cuyo aceite tenga un contenido de ácido oleico mayor al 80% con expresión suficientemente estable, mientras que el suboleico es el que tiene un contenido de ácido oleico en promedio superior al 39,4% e inferior al 80,0%. Por su parte, el girasol linoleico no debe exceder una proporción de 39,4% de oleico.
En esa misma línea, el Protocolo de Calidad para Productos de Papa Prefritos y Congelados –publicado por la Argentina a mediados de 2018– recomienda especialmente el uso de aceite de girasol alto oleico en el procesamiento del producto.
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]]>Para Tiscornia, una parte de responsabilidad de que nuestros corazones anden mal viene de las grandes industrias alimenticias. “Muchas veces los intereses de la industria son contrarios a la salud pública”, remarcó la profesional, que afirmó: “Queremos que la implementación de políticas sea transparente y que sea el Estado el que se asegure de que no haya interferencia, ya que el interés primordial es cuidar la salud”.
Dicho todo esto, Tiscornia contó que “desde FIC hicimos un estudio en donde evaluamos la coherencia política que hay entre las políticas de salud de los ministerios, con las políticas concretas de promoción del consumo de frutas y verduras; y vemos que hay mucha desarticulación entre los diferentes ministerios. Así será muy difícil llegar a las 5 porciones diarias recomendadas para el consumo de productos frescos”.
Las cifras marcan que hoy sólo el 6% de la población cumple con la recomendación de comer esas 5 porciones de frutas y verduras recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS). El promedio nacional de consumo por persona es de 2 porciones por día. “Estamos lejos de los ideales”, se lamentó la experta.
Mirá la entrevista completa a Victoria Tiscornia:
Según la magister en Nutrición Humana, “es el entorno obesogénico que nos rodea, el que nos condiciona a no tener un mejor tipo de alimentación, porque estamos bombardeados de manera constante por el marketing de productos ultra procesados, donde la industria nos los vende como más prácticos y fáciles de cocinar”.
Ese tipo de alimentos, según Tiscornia, “están al alcance de todos, son muy baratos, y además, están disponibles en todos los entornos escolares. Hablo de galletitas, alfajores y snacks. Son una competencia muy grande frente a las frutas y verduras”.
La especialista se mostró preocupada por los índices de exceso de peso de la población en Argentina, y lo relacionó de modo directo con el cambio de patrones de consumo en la población, a nivel global.

“Hoy la tendencia en el consumo de productos ultra procesados es muy alta; son alimentos altos en nutrientes críticos, que son los que causan estas enfermedades cardiovasculares; son sodio, azúcar y grasas, además de aditivos. Y estos aumentan en detrimento del consumo de alimentos naturales sin procesar, como son las frutas y verduras”, explicó.
En Argentina, la tendencia de exceso de peso es clara en todos los grupos etarios, según Tiscornia, y “es una causa primordial en enfermedades crónicas no transmisibles y cardiovasculares: 7 de cada 10 adultos tienen exceso de peso, según muestra la última encuesta de factores de riesgo, y el consumo de sodio y azúcar duplica el consumo máximo recomendado. Por ejemplo, el consumo de bebidas azucaradas es de los más altos del mundo. Esto preocupa sobre todo en los grupos socialmente desfavorables”.
Y entonces, ¿Cómo lograr un mayor consumo de frescos en la población?
Tiscornia resaltó que tanto la OMS como la Organización Panamericana de la Salud, recomiendan un paquete de políticas para transformar el entorno obesogénico en el que estamos, en un entorno más saludable.
Ver Informe de la FIC que analiza la cadena de suministro de frutas y verduras en la Argentina
“Estas políticas se centran en promover un etiquetado frontal que desmotive el consumo de productos ultra procesados, promover entornos educativos saludables, restringir el marketing de alimentos ultra procesados en medios de comunicación, y promover políticas fiscales, como se hizo en México, donde ya se demostró una disminución en el consumo de bebidas azucaradas, y poner políticas de subsidios para consumo de frutas y verduras”, enfatizó.
Acerca de qué tipo de receptividad muestra el Estado argentino para discutir este tema, Tiscornia reconoció que “es una ardua tarea y un desafío, porque el lobby de la industria es muy fuerte. Algunas de las políticas que quisiéramos son las de promover entornos escolares saludables, regular el marketing de alimentos ultra procesados y ponerles un etiquetado claro que identifique a estos productos”.
En referencia a la política de etiquetado correcto de los alimentos ultraprocesados, la investigadora explicó que “los mismos constan de octógonos negros que van al frente del envase, y que indican claramente cuándo un producto tiene exceso de sodio, azúcar o grasas. De este modo, te informa que ese producto no es saludable, y así la persona puede elegir libremente si desea consumirlo o no”.
Ver: La nutricionista Carolina Ramos advierte que “la equidad nutricional en el país es bajísima”
En Brasil, por ejemplo, Tiscornia comentó que “se implementó que el 30% de los fondos de compras de alimentos sea destinado a productores locales y a la agricultura familiar”, aludiendo a que se puedan comprar frutas y verduras en la zona, de modo más directo, sin mecanismos de licitación de empresas. “Eso sería lo ideal, pero una vez más, se requieren de políticas más articuladas del Estado”, indicó.
“Lo que pasa es que hoy la información es confusa, y además, no es obligatorio para la industria declarar el contenido de azúcar; entonces la población consume este tipo de alimentos pensando que es saludable, porque lo que en realidad predomina en el envase es el marketing del alimento; este tipo de mensajes del tipo ´fuente de vitaminas y minerales´o ´bajo en azúcar´y no hay ninguna advertencia que marque que es un producto nocivo para la salud”, concluyó.
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