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La entrada 109° Aniversario de FAA: Desde afuera, Fecofe advierte que “detentar una memoria histórica vaciada de contenido es propio de la politiquería y sus sellos de goma” se publicó primero en Bichos de Campo.
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Identidad, del latín “ídem”: lo mismo, que se repite. Aquello que nos explica quiénes somos y brinda pertenencia a un grupo social. Ser alguien dentro de un colectivo tranquiliza, otorga seguridad, produce reconocimiento.
Una visión materialista nos dice que estamos hechos de órganos compuestos por células y éstas por átomos. No obstante sabemos que las células en el organismo van cambiando permanentemente. Entonces ¿qué es lo que hace que seamos quienes somos a pesar del paso del tiempo? La respuesta puede estar en aquella frase de Eduardo Galeano: “No es cierto que las personas estemos hechas de átomos, estamos hechas de historias”. Cuando pasamos del yo al nosotros aparece una identidad colectiva, que no tiene un cuerpo, tiene imágenes y narraciones.
Las identidades colectivas cambian al igual que la de las personas. El tiempo atenta contra la identidad como imagen y allí aparece el relato. Las estructuras cambian, las creencias, los valores y las costumbres, también. Lo único que asemeja a un federado de 1912 con otro de 2021 es el relato, la historia que nos contamos y nos cuentan. No es objetiva ni científica. Pero nos sirve, por eso apelamos a ella, aunque suela resultar anacrónica, perimida. Encapsularse en una identidad puede alambrar nuestro porvenir. Mejor que nos alumbre, sin encandilarnos.
La unidad identitaria está en la memoria y la memoria también es un relato. En ese terreno se juega la política. Sin embargo nunca somos idénticos a nosotros mismos. Es un artilugio que necesitamos para atemperar vacíos existenciales, para encontrar sentido. La identidad está más del lado de la emoción que de la verdad.
Ser federados, hoy, es encontrar sentido histórico a la vez de comprender lo nuevo. Una búsqueda que incluye al otro reconocido como par. Con objetivos comunes a pesar que los intereses parezcan diferir. Aquí, la introspección ética sigue siendo una condición necesaria y vigente. No confundir con la amistad de los poderosos, porque nos subsume y consume, nos amarra y desgarra. Allí la correlación se traduce en dominio.
Sentimos y actuamos en función de pertenecer, trazamos una frontera que determina a quiénes abarca y a quienes no. Es una imagen de nuestra propia persona y del “nosotros” al que pertenecemos. Podemos presumir cuánto vale un cuerpo propio o extraño. Peligroso desvío que propicia al racismo, al clasismo, al sectarismo, al machismo. Antítesis de los valores cooperativos.
El cooperativismo se basa en armonizar el yo en el nosotros. Y si hay un nosotros hay un ellos. La clave es: a quiénes caracterizar como ellos y a quiénes como nosotros. Ellos oprimen, dominan, primarizan, concentran, contaminan, expulsan. Nosotros somos la idea de un mundo mejor, equitativo, inclusivo, democrático, solidario, humano.
Elegimos esa pertenencia a un nosotros amplio, contenedor, generoso, que nos enseñe a vivir sin falsas dicotomías, sin el agrietamiento del ser. Siendo permanentes constructores de identidad. Escribiendo nuestra propia historia, resignificando las mejores tradiciones, recreando los valores fundacionales, siempre amalgamados en el sujeto social protagonista del presente.
La Federación Agraria Argentina nació a la luz del “Grito de Alcorta”, en tanto rápidamente surgieron derivaciones del mismo hito agrario. Es decir, otras “identidades” aparentemente distintas si bien generadas en su misma naturaleza y por el mismo sujeto agrario. Cierto esencialismo, nos define intrínsecamente como “federados” pero se contradice con la evidencia de encontrarnos desencontrados a pesar de esa esencia compartida. Allí nos gana la impostura, en vez de experimentar un agrarismo despojado del prejuicio identitario.
Identidades genuinas requieren de entidades legítimas. Detentar una memoria histórica vaciada de contenido (y de base societaria) es propio de la politiquería y sus sellos de goma. El negocio de la política que permea en la nostalgia agrarista. Resume el tango: “la nostalgia de haber sido y el dolor de ya no ser”.
Acaso no advierten que los productores de la Unión de Trabajadores de la Tierra se parecen mucho más a los chacareros de Alcorta que a los que militan brazos agropecuarios de partidos políticos. Que a las fuerzas de choque de los que se convocan a sí mismos, mientras se miran el ombligo. Y el bolsillo vanidoso y egocéntrico. Incapaces de dar sentido a lo común, de construir comunidad.
Es preciso concebir la identidad como el producto de un sistema de diferencias. Donde el sujeto es múltiple y en proceso. Existe una subjetividad relacional atravesada por la diferencia, por eso hay que unirse con el distinto, que en su singularidad ama y sueña justicia, trabajo, tierra, inclusión, agregado de valor, industrialización, arraigo. No se trata de bajar banderas, tampoco de levantar barricadas. Sino de construir un nuevo sujeto colectivo poniendo en juego el deseo y la imaginación.
Un deseo auténtico. Aquel que no se guía por el deseo forzadamente adscripto a una identidad, sino el que rompe con el lenguaje del ser y adquiere el lenguaje del devenir. Se trata de construir narrativas que den lugar a todos los actores que estamos llamados a interpretar, sabiendo que cada uno forma parte de nosotros.
El siglo XX estuvo signado por fuertes identidades, en un contexto de extendida participación de masas, fragmentadas por agrupamientos determinados por intereses específicos. En el siglo actual esas identidades entraron en crisis, los sujetos sociales “representados” mutaron sus comportamientos en función de subjetividades instituidas desde identidades globales, desentendidas de su peculiaridad y paradójicamente individualizadas.
La concentración de la economía, las finanzas, la producción, los recursos y el ingreso, colisiona e interpela a las estructuras identitarias obsoletas en cuanto a su rol democratizador y distribucionista, cuyos horizontes fundacionales quedaron reducidos al imaginario construido en su historicidad y que a su vez no encuentra completud de sentido en la práctica social actual. Negar la inevitabilidad del cambio es una negación de la realidad. En un sentido dialéctico, para unirse primero hay que separarse.
Tempranamente emergieron dos tradiciones centenarias, la de los “federados” referenciada en la Federación Agraria Argentina, por un lado, y la de la Asociación de Cooperativas Argentinas -luego nucleada en CONINAGRO- por otro. Cada grupo fundó cooperativas, mutuales y otras sociedades, en diversos rubros: agropecuarias, salud, ahorro y crédito, seguros, turismo, etc.
Esa lógica, donde predominan las diferencias, está agotada. Ya no hay razones objetivas para que un productor decida elegir una u otra por sustanciales diferenciaciones productivas, de escala, beneficios adicionales o porque sus principios y valores sean inobjetablemente diferentes. Por ende carece de sensatez prolongar el desencuentro. Tal vez sí, encontremos subjetividades desencontradas.
En ese caos identitario cualquier cambio o transformación, es visto como un riesgo para la identidad y para la entidad, para la integridad de nuestro propio ser. Por lo tanto debe aniquilarse o asimilarse a lo uno, a lo igual. El otro es una anomalía, una discontinuidad, una amenaza. Lo diferente es patológico, inmoral, anormal o criminal. La identidad así interpretada es la base de lo absoluto, del absolutismo. La negación institucional de lo que no es yo (o nosotros).
La unidad no implica ser idéntico sino aceptar la diferencia que supone estar con distintos en diferentes contextos. Para ello tenemos que aceptar la discontinuidad. Pensar y hacer en términos de identidad, de continuidad, es inducir al error y al delirio de que nada cambia.
Ese texto que somos se escribe todo el tiempo. Para no cristalizarse en dogmatismos necesita del encuentro con el otro. La nueva identidad narrativa crece en la medida en que los lenguajes se fusionan. Es fundamental esa mixtura. Para que la libertad no se vuelva autoritaria, violenta, negadora (y odiadora) de la diferencia.
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]]>La entrada 109° Aniversario de FAA: Desde adentro, Achetoni dice que “siempre, y pese a los altibajos, logramos seguir adelante enarbolando nuestras banderas” se publicó primero en Bichos de Campo.
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Este 15 de agosto, nuestra querida entidad cumple 109 años de vida. Más de un siglo de lucha, protagonizada por hombres y mujeres que, desde sus campos, en el interior productivo de nuestro país, han defendido sus ideales y han peleado para subsistir. Y ello pese a enormes y diversos embates, en algunos momentos realizados por privados, y otros por funcionarios nacionales o provinciales que, contrariamente a lo que debieran haber hecho, que es defenderlos para garantizar su prosperidad, los atacaron.
Como entidad, se trata de una historia que nos enorgullece. Porque siempre, y pese a los altibajos que hemos tenido, logramos seguir adelante, enarbolando nuestras banderas y sin resignar nuestros principios. Hemos sido capaces de sobrellevar crisis económicas como productores, sequías, inundaciones y todo tipo de inclemencia climáticas, pero también como organización, pudimos continuar y renacer, en base al esfuerzo y al compromiso militante, que nos embandera a lo largo y ancho del país, convencidos de que nuestro camino es el correcto.
Hoy, como en 1912, seguimos peleando sin darnos por vencidos ante las adversidades. Tratando de que los poderosos nos escuchen y respeten nuestros derechos. Proponiendo políticas que nos comprendan, que nos atiendan y que nos abran posibilidades para seguir desarrollándonos en los pueblos. Porque tanto quienes trabajan y viven en la Pampa gringa, como quienes venimos de las economías regionales, somos productores familiares que buscamos poder prosperar en base a nuestro trabajo, sin que nos pisen ni nos cercenen, y sin que nos regalen nada. Sólo queremos poder hacer lo que sabemos, que es trabajar la tierra, criar nuestros animales, producir alimentos, prosperar en los pueblos a los que muchas veces llegaron nuestros abuelos, donde vivieron nuestros padres y donde anhelamos que puedan continuar nuestros hijos.
Para ello, necesitamos políticas que contengan. Que interpreten las diferencias que tenemos. Que puedan valorar el potencial que tenemos, no sólo en cuanto a la producción de alimentos, la generación de divisas, el agregado de valor o la generación de empleo, sino también al cuidado del ambiente, al respeto y al amor por la tierra, y el compromiso socio culturar con nuestros lugares de origen. Porque cada vez que cae un federado, que es un pequeño o mediano productor, se pierde eso. La representación de todo un modo de vida que, estamos convencidos, debe preservarse, sostenerse y multiplicarse, para lograr el desarrollo integral y sostenible de nuestro país.
Por el contrario, en los últimos años nos han castigado, nos desoyen, nos destratan y eligen beneficiar a otros actores, que suelen ser quienes nos desplazan de nuestros campos y nos apartan de ese futuro con el que soñamos.
Desde que asumí mi rol como presidente de Federación Agraria Argentina, que para mí es un enorme orgullo, he tratado de gestionar, pedir y dialogar con todos los funcionarios, legisladores, integrantes de partidos políticos y otras organizaciones de la sociedad civil, a nivel nacional e internacional, de presentar nuestras propuestas, para hacer estos sueños realidad.
Llevo las iniciativas, así como también las necesidades y los logros, de todos los federados, a todos los ámbitos posibles, no sólo porque es el rol que debo cumplir, sino porque estoy fervientemente convencido de que lo que decimos es real. Que podemos desarrollarnos mucho más, con que nos den algunas oportunidades; con que nos quiten el pie de encima, todos los federados queremos seguir generando arraigo, produciendo en nuestros campos y sembrando futuro. Como hicieron los pioneros de Alcorta, que pudieron organizarse luego de la huelga, comprendiendo que más allá de la lucha y del acto de alzarse contra las condiciones opresivas en las que estaban, necesitaban estar juntos para desarrollarse y hacer realidad la Argentina con la que soñaban.
Hoy, FAA sigue siendo testimonio de aquel legado, y estando presentes en todo el país, sin bajar los brazos, juntos y coordinados, debemos seguir trabajando y luchando, por los sueños inconclusos, por el futuro que queremos y por la Argentina que todos anhelamos para nuestros nietos. Los invito a que continuemos dando esta batalla, firmes en nuestros reclamos y gritando fuerte nuestras propuestas, para hacer realidad ese sueño con el que nuestros pioneros fundaron a nuestra Federación Agraria Argentina, que es el mismo que nos sigue movilizando para participar, pertenecer y ser parte de esta querida entidad. ¡Un abrazo federado y muchas felicidades¡
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]]>La entrada A 106 años del Grito de Alcorta, un chacarero dice que sus reclamos son los mismos de aquel entonces se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>El 25 de junio de 1912, hace 106 años, se produjo el Grito de Alcorta, como se conoce a la primera gran protesta agraria de los colonos del sur de la provincia de Santa Fe y el norte bonaerense, la que marcó la irrupción de las figura de los chacareros (que se quejaban entonces de las condiciones de usura en las que debían producir en fracciones de campos que alquilaban a grandes estancieros) en la política del Siglo XX. Esa movilización fue la que luego dio origen a la Federación Agraria Argentina (FAA).
Sebastián Campo es el actual presidente de la filiar de esa entidad en Pergamino, una zona agrícola del norte bonaerense que tiene fama de albergar grandes riquezas (sus tierras son de las más productivas del país) pero que en realidad posee una gran cantidad de campos pequeños (chacras, les dicen) que, tras aquellas luchas y luego de muchas peleas pasaron a manos de pequeños y medianos productores. De hecho fue otro pergaminense, Antonio Noguera, quien a principios del siglo pasado se convirtió en el primer presidente que tuvo la entidad.
La conversación con Sebastián no tiene desperdicio. Mirala acá:
Campo tiene 37 años y no solo el apellido lo incrimina: su facha de gringo laburante también delata sus orígenes. Sus bisabuelos vivieron de España y se instalaron como colonos en Pergamino, trabajando siempre sobre tierras alquiladas. Recién en 1974 su abuelo y el hermano lograron comprar las primeras 50 hectáreas. “Yo no soy de una familia que viene arrastrando tierras desde 1800 sino todo lo contrario. Esa fue la primer chacra que compra mi abuelo y a partir de ahí, en un proceso de mucho trabajo, mi padre fue comprando 15 hectáreas más acá, 20 más allá, y así se armó un paquetito de 70/80 hectáreas”, relata.
-¿Y a vos te alcanza esa superficie para vivir o te vez obligado a trabajar tierras que pertenecen a otros?
-Yo mantengo la tradición. Al igual que a principios de 1900 trabajo la chacra propia, pero además alquilamos campos y prestamos servicios a terceros, de cosecha y de siembra.
-¿Qué pasó con los que alquilaban campos después de la última sequía?
-La campaña 17/18 fue de terror, la tormenta perfecta. Después de tres o cuatro meses de sequía, entramos a cosechar y solo se sacaban entre 20 a 25 quintales de soja por hectárea. Luego vino el temporal de 25 días, los porotos se pudrieron, y los quintales bajaron a 17/18. Menos un porcentaje de descuento porque la cosecha era de muy mala calidad, tenemos zonas donde los promedios oscilaron entre 10 y 15 quintales.
-Pero eso es lo mismo que sale pagar el alquiler del campo…
-Exacto, con la poquita soja que se sacó a veces no alcanzó ni para pagar el alquiler. Y entonces tenés que sacar de tu propio campo, como es nuestro caso. Y además de perdés la que producís, si todavía te queda ánimo para seguir tenes que volver a financiarte para la campaña venidera.
-¿Y qué herramientas financieras existen si te va mal?
-En el partido de Pergamino hasta ahora absolutamente ninguna. Los productores de Pergamino estamos pagando la Tasa Vial a término (al Municipio), porque hasta ahora no ha habido postergación. Estamos pagando el Impuesto Inmobiliario (a la Provincia), que vale recordar tuvo un 50% de aumento para 2018, y lineas de financiación por emergencia todavía no hay ninguna. De hecho, nuestra gobernadora (María Eugenia Vidal) no firmó para Pergamino todavía la Emergencia Agropecuaria. Y en el Banco Nación, que debería ser nuestro palenque para volver a producir, las tasas están en 30% y son imposibles de pagar.
En medio de la entrevista, Sebastián creyó que se había equivocado al recordarnos que 80% de los productores manejan solo el 20% de la soja que se cosecha en la Argentina. Pide detener el reportaje. Pero el dato es bien cierto. Y entonces le mentimos con que vamos a editar esa parte (no lo hicimos porque nos pareció prueba suficiente de lo genuino de este chacarero). Para distraerlo le preguntamos cómo hará él para seguir:
-En julio estamos en pleno proceso de renegociación de alquileres (antes de la siembra de la nueva campaña 2018/19). La verdad es que cuando uno lee aquellos puntos que reclamaban los colonos de Alcorta, que se pararon para decir ‘acá no se siembra más’, son los mismos puntos que hoy deberíamos levantar para salir a pelear…
-¿Decís que hay que rediscutir el sistema de arrendamientos en la Argentina?
-Teenemos que rediscutir eso y muchas cosas más, porque la concentración es brutal y nos viene comiendo a los más pequeños. Yo no sé si la campaña 2018/19 la voy a poder enfrentar. De hecho estoy en ese proceso, sin saber qué voy a hacer. Y si yo no puedo, va a venir un productor más grande que yo a ocupar este lugar, y se va a perder un poblador que vive en este pueblo y intenta que su economía se mueva y su pueblo siga vigoroso.
-¿El que te alquila a vos quien es?
-Hay varios casos. Hay gente que esta jubilada, no tiene hijos y alquila el campo. Hay gente que tiene otra profesión. Pero el problema acá es que la tierra que sale a la venta no es comprada por los colonos. Aquel fenómeno que hacía que mi abuelo y mi papá pudieran comprar fracciones de los vecinos hoy no se puede hacer más. Porque aquella persona que tiene acceso a pagar 14 a 15 mil dólares por una hectárea de campo es gente que está fuera de este negocio. El pequeño productor, y sobre todo el joven productor, no tiene acceso a la tierra. El Banco Nación debería estar presente acá. Nos dicen que la herramienta está, pero si al lado de la chacra de mi familia se venden 20 hectáreas es imposible que yo las pueda comprar. Sí va a aparecer el empresario, el estudio o el escribano, y se va a apropiar de estas 20 hectáreas.
-¿Y qué chances ves de que pueda replicarse una movida de arrendatarios como fue aquel Grito de Alcorta? ¿Se pueden poner de acuerdo entre ustedes o se pelearían por ver quién le alquila el campo al escribano que lo compró?
-Lamentablemente es la lectura que hago para dentro del sector, la de una falta total de compromiso, que es la misma actitud que veo en el jardín de infantes de mi hija o en el club del pueblo. Hoy veo un sector agropecuario que esta trabajando a los codazos, y no codo a codo. Habría que visibilizar bien cuáles son nuestros adversarios y dejarnos de mirar de reojo entre nosotros.
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