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gustavo aparicio – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Mon, 25 Oct 2021 13:45:30 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png gustavo aparicio – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Del Perito Moreno a Douglas Tompkins: En la Argentina las áreas protegidas creadas por privados tienen una larga historia, pero se necesita mucho más http://wi631525.ferozo.com/del-perito-moreno-a-douglas-tompkins-en-la-argentina-las-areas-protegidas-creadas-por-privados-tienen-una-larga-historia-pero-se-necesita-mucho-mas/ Mon, 25 Oct 2021 11:17:07 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=83730 Alrededor del 80% del suelo argentino está en manos privadas y hay ecosistemas enteros, como el pedemonte de las yungas o el pastizal pampeano, que prácticamente no tienen áreas estatales. A la vez la población mundial aumenta, lo cual implicará cada vez mayor presión sobre los ecosistemas. Por eso el gran desafío es buscar las […]

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Alrededor del 80% del suelo argentino está en manos privadas y hay ecosistemas enteros, como el pedemonte de las yungas o el pastizal pampeano, que prácticamente no tienen áreas estatales. A la vez la población mundial aumenta, lo cual implicará cada vez mayor presión sobre los ecosistemas. Por eso el gran desafío es buscar las herramientas para que la naturaleza silvestre conviva con la producción de alimentos.

En este contexto la conservación privada, que es la voluntad de un propietario de destinar una porción de su territorio a la conservación de la biodiversidad, es clave.

“Lo ideal para que estos paisajes sean realmente sustentables es que la proporción de producción y de naturaleza sea 50-50”, expresa Gustavo Aparicio, naturalista y director de conservación de la Fundación  Hábitat & Desarrollo. “En nuestro país podríamos empezar por establecer que al menos el 20 o 30% de cada unidad productiva permanezca silvestre; ese es el enfoque necesario para fortalecer la conservación voluntaria como una de las mejores estrategias de conservación basada en áreas”.

La conservación privada tiene larga data en nuestro país: en 1904 Francisco “perito” Moreno donó 7.500 hectáreas para la creación del actual Parque Nacional Nahuel Huapi; en 1937 Martín Tornquist cedió a la provincia de Buenos Aires 3.228 hectáreas en las Sierras de la Ventana, para preservar la belleza paisajística de esa zona; en 1950 la provincia de Entre Ríos aceptó la donación de Enrique Berduc de 600 hectáreas próximas a la ciudad de Paraná para fundar una escuela conservando el monte nativo.

Ya más cerca de la actualidad, en 1998, la pareja danesa de botánicos Troels Pedersen y Nina Sinding, donaron sus dos estancias (1.700 hectáreas) para la creación del PN Mburucuyá. Y en 2018 otra pareja de conservacionistas extranjeros, Douglas Tompkins y Kristine McDivitt, donaron 158.000 hectáreas para la creación del Parque Nacional Iberá.

“En 1993 la Fundación Hábitat y Desarrollo creó la Red Hábitat de Reservas, vinculándose primero a productores agropecuarios del norte santafesino, a la Universidad Nacional del Litoral y a empresas forestales de la cuenca del río Uruguay”, detalla Aparicio. “Actualmente poseemos una reserva propia en Misiones (Tenondé) y se encuentra en tratativas para adquirir una propiedad en la meseta de Somuncurá (Río Negro); además administramos las Reservas Asociadas Cañadón del Duraznillo y Monte Loayza, en la provincia de Santa Cruz, propiedad de estancia La Madrugada”.

A la vez, otras organizaciones ambientales también poseen programas de reservas privada, como la Fundación Félix de Azara y la Fundación Pro Yungas. Desde 1995 la Asociación Aves Argentinas administra la reserva privada El Bagual, en Formosa, propiedad de la empresa Alparamis.

“La conservación voluntaria en la Argentina ha sido principalmente un compromiso personal y familiar de muchos propietarios rurales motivados por el genuino interés de preservar espacios silvestres en sus predios, a los que no llaman reservas pero que son espacios silvestres protegidos de hecho”, reflexiona Aparicio.

“Afortunadamente en la última década se consolidó la Red Argentina de Reservas Naturales que le dio envergadura a este movimiento sobre el cual diez años atrás había todavía mucha desconfianza; además la Red ayudó a visibilizar que la mitad de las provincias no contemplaban a las reservas privadas en sus legislaciones, por lo cual no podían recibir ningún reconocimiento ni auxilio estatal. Actualmente la cantidad de provincias que incluye la figura de reserva privada se incrementó, aunque todavía falta mucho por hacer”.

Con respecto a esto de la desconfianza, el naturalista menciona que durante mucho tiempo se escuchaban frases como “lo hacen para lavar dinero” o se asociaba a la idea de que las reservas privadas sólo podían servir como apoyo a las reservas estatales, funcionando como áreas de amortiguación pero que no eran herramientas serias de conservación. “Al interior del movimiento de conservación voluntaria todavía existe cierta desconfianza entre los propietarios familiares y las empresas, por lo cual generalmente no integran espacios comunes”.

“En Latinoamérica existen redes nacionales de reservas privadas desde hace dos o tres décadas. La Argentina vino a sumarse a un movimiento ya existente que tiene mucho impulso en países como Colombia, Nicaragua, Chile o Costa Rica”, destaca.

“Algo notable al observar las áreas protegidas de otros países, es que incluyen reservas comunitarias protegidas por pueblos indígenas o comunidades locales. Esto es común en lugares como la Orinoquia, el Amazonas, el Chaco o las selvas centroamericanas y es un fenómeno que aquí no ocurre todavía”.

Según el especialista, entre las medidas más valoradas por los propietarios se destaca el apoyo técnico para la elaboración de planes de manejo y la presencia de guardaparques provinciales que recorran las áreas para controlar la caza furtiva. A la vez, como en la mayoría de las reservas privadas hay gente viviendo, cuentan con límites definidos y caminos, están en mejor situación que las reservas provinciales en cuanto a `control y vigilancia`, que suele ser el rol principal para el cual se contrata a un guardaparque.

“En las reservas privadas se emplean agentes de conservación para realizar tareas de mantenimiento de senderos y de infraestructura de uso público, apertura y mantenimiento de cortafuegos, combate de incendios, control de especies exóticas, acompañamiento de investigadores, atención a visitantes o tareas de educación ambiental”, explica Aparicio.  “Para cumplir con estas tareas cada vez es más necesaria la creación de brigadas ambientales que puedan contratarse por 2 o 3 meses para realizar algunas acciones, tal como lo hacen los prestadores de servicios agropecuarios o forestales con personal especializado”.

¿Qué ambientes naturales queremos conservar? Según el naturalista Gustavo Aparicio, no existen lugares “prístinos” y muchos ya fueron modificados por la presencia del hombre

¿Cuál es el principal problema de la conservación privada en la Argentina?

-Que no es para siempre.

-¿Por qué no?

-Porque depende del pasar económico del propietario y, en caso de fallecimiento, de la voluntad de sus hijos o herederos.

-¿Cómo se puede solucionar esto?

-Podría adoptarse el modelo de Brasil que en 1990 creo las Reservas Particulares de Patrimonio Natural (RPPN) bajo la órbita del Instituto Chico Mendes de Conservación de la Biodiversidad (ICMBio). La constitución brasileña de 1988 otorga una función social a la propiedad y en ese contexto se crearon estas reservas privadas, voluntarias, gravadas a perpetuidad. Se declara ante el registro de inmuebles el nuevo estado de la propiedad convertida en Reserva, reciben ayuda impositiva y esa situación no puede ser revertida. Son más de 500 en todo Brasil.

-¿Solo los ricos hacen estas cosas?

-Ya no. Hoy mucha gente vende su departamento y compra un par de hectáreas en lugares con alta biodiversidad para hacer reservas. Son personas que quieren restaurar su relación con la naturaleza y es un movimiento que está creciendo en toda América Latina.

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¿Qué ambientes naturales queremos conservar? Según el naturalista Gustavo Aparicio, no existen lugares “prístinos” y muchos ya fueron modificados por la presencia del hombre http://wi631525.ferozo.com/que-ambientes-naturales-queremos-conservar-segun-el-naturalista-gustavo-aparicio-no-existen-lugares-pristinos-y-muchos-ya-fueron-modificados-por-la-presencia-del-hombre/ http://wi631525.ferozo.com/que-ambientes-naturales-queremos-conservar-segun-el-naturalista-gustavo-aparicio-no-existen-lugares-pristinos-y-muchos-ya-fueron-modificados-por-la-presencia-del-hombre/#comments Wed, 26 May 2021 11:52:55 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=68092 Gustavo Aparicio, director de Conservación de la Fundación Hábitat y Desarrollo, dice que la evidencia muestra algo que nos hace repensar el concepto de “prístino”: no sólo hay rastros de presencia humana en muchos ambientes naturales que se quieren conservar sino que, justamente, la acción humana ayudó a su desarrollo y conformación. En esta nota, […]

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Gustavo Aparicio, director de Conservación de la Fundación Hábitat y Desarrollo, dice que la evidencia muestra algo que nos hace repensar el concepto de “prístino”: no sólo hay rastros de presencia humana en muchos ambientes naturales que se quieren conservar sino que, justamente, la acción humana ayudó a su desarrollo y conformación. En esta nota, ejemplos para debatir y reflexionar.

Fue en la década del ochenta cuando en el Amazonas se descubrieron los terra preta (tierra negra en portugués): suelos creados por las personas que habitaban la región hace miles de años y que poseen 3 veces más materia orgánica, nitrógeno y fósforo que los suelos adyacentes y hasta 70 veces más carbón vegetal. Su formación se debe a la ocupación humana intensiva que aportó grandes cantidades de residuos carbonizados (restos de fogatas), excrementos humanos, huesos de peces, de mamíferos y caparazones de tortugas.

“Son estables y fértiles, incluso en la actualidad, lo cual resulta muy curioso ya que los suelos de la selva amazónica son pobres desde el punto de vista productivo, debido a su escasez de materia orgánica”, explica Aparicio. “Esta característica, común en las selvas tropicales, es la que evitó hasta el momento su conversión a la agricultura en gran escala”.

Los terra preta están esparcidos por toda la cuenca ocupando sectores que promedian las 20 hectáreas. Para detectarlos, los investigadores buscan sitios donde exista alta concentración de plantas domesticadas o semidomesticadas. Esto se debe a que en el Amazonas la domesticación de plantas comenzó hace unos 8.000 años y, cinco siglos después del colapso de aquellas culturas que se dedicaron a domesticarlas, las plantas persisten en los bosques y están tan asociadas a los suelos antropogénicos que su presencia sirve para hallar su ubicación.

“Otro efecto de la presencia humana que modificó la composición vegetal fue la caza, que provocó la disminución de fauna grande o mediana capaz de dispersar determinados frutos. Un estudio de investigadores brasileños encabezado por Mauro Galleti afirma que en los últimos 100 años se produjo una merma significativa de aves dispersoras de semillas de gran tamaño en el Bosque Atlántico, y que ello está asociado con la reducción en el tamaño de las semillas de palmito (Euterpes edulis)”, cuenta Aparicio.

Otro estudio reciente indicó que de las 1.600 especies de árboles y arbustos que crecen en el Amazonas, 227 son dominantes. De estas, 85 fueron domesticadas -o están en vías de domesticación- y 20 de ellas son hiperdominantes y se distribuyen en todos los ambientes. Su abundancia es un indicador de la cercanía a sitios arqueológicos y de suelos donde hubo presencia humana, generalmente próximos a los ríos navegables mientras que las especies leñosas no domesticadas son más abundantes lejos de los sitios arqueológicos, donde no había caza o se realizaba de forma esporádica.

“Por estas circunstancias puede afirmarse que el Amazonas no es ‘prístino’ en tanto ajeno a la mano humana, sino que fue moldeado por la domesticación del suelo y de las plantas”, enfatiza, al tiempo que menciona algo similar en relación al Chaco Húmedo.

“El antropólogo Gastón Gordillo estudió la región del río Pilcomayo, donde a principios del siglo XX la expansión ganadera causó la desaparición de amplios pastizales y la expansión de bosques y cuenta que aún hoy los tobas y wichís recuerdan que sus abuelos en la década de 1910 habitaban extensos pastizales que ingresaban más de 15 kilómetros tierra adentro”.

Es que los pastizales eran el resultado de incendios provocados por tobas, wichís y nivaclés para cazar, combatir y enviar mensajes: eso, sumado a ocasionales desbordes del Pilcomayo, limitaba la proliferación de leñosas y facilitaba el crecimiento de pastos. Pero los indígenas dejaron de provocar fuegos por la presión de los colonos y los embates del Ejército y luego, el ganado pobló las praderas y las fue agotando.

Ante la falta de alimento, las vacas se dirigieron al bosque y consumieron frutos de algarrobo, mistol y otras especies, que luego sembraron en el pastizal fertilizándolo con bosta. Así, el paisaje se fue trasformando hasta los bosques que hoy se desean conservar, sin saber en realidad qué paisaje era el original, lo cual es clave, por ejemplo, al pensar trabajos de restauración (¿Qué hay que restaurar sobre la base de qué?, podría ser una de las preguntas).

“Otro ejemplo es el de las dos especies de araucarias sudamericanas: el pehuén que crece en la provincia del Neuquén y en el centro y sur de Chile, y el pino Paraná presente en Misiones y en el sur de Brasil”, detalla el especialista. “Las pruebas indican que 3.000 años atrás el pehuén había ampliado su área de distribución pero que disminuyó a la mitad desde la llegada de los europeos. Por su lado, la población de pino Paraná tuvo una expansión hace entre 800 y 1.500 años, pero en la actualidad ocupa menos del 10% de su distribución original. La presencia de esta araucaria se corresponde con el hallazgo de artefactos en viviendas subterráneas o ‘casas de foso’ de grupos indígenas precolombinos. La misma evidencia, basada en el estudio de polen fósil, indica que en la época de expansión eran frecuentes los incendios y que había pastizales en la zona”.

Las gruesas cortezas de las araucarias resisten el fuego y se expanden en lugares abiertos (como la estepa) aunque sus renovales pueden crecer en lugares sombríos, como debajo de árboles más grandes. Las semillas, pesadas y de poca dispersión, facilitan la recolección de gran cantidad de recursos con poco esfuerzo, pero a su vez limitan la expansión de las araucarias. Varios investigadores creen que la cosecha, traslado y acopio de los piñones por parte de grupos humanos favoreció la dispersión de ambas especies. Cómo evidencia de ello, proponen la falta de aislamiento por distancia que se observa en los estudios genéticos.

“Algo similar ocurre con algunas palmeras: por ejemplo las yatay que crecen en la localidad santafesina de Berna, habrían llegado desde el sur de Goya (Corrientes) llevadas por los aborígenes que incursionaron en esa zona en canoa llevando frutos como alimento. De hecho, actualmente, la mayor concentración de esta especie se encuentra en las lomadas que acompañan al arroyo Malabrigo. Mucho tiempo después, también en el Litoral pero ya en el siglo XX, las personas que viajaban en ferrocarril llevaban cocos de la palmera mboyacá como alimento y los dispersaron a lo largo del trayecto férreo”.

“Un caso curioso es el de la ecorregión Campos y Malezales que ostenta el menor nivel de protección efectiva, medido en superficie de áreas protegidas. El doctor José Luis Fontana, reconocido botánico de la Universidad del Nordeste, opina que, en otros tiempos, en esa extensión que ocupa el noreste de Corrientes y sur de Misiones, pudo haber habido un bosque casi continuo”.

La hipótesis se sostiene a partir de la presencia de relictos de bosque en suelos con diferente composición y relieve. Lo que se planteó Fontana fue que si pudieron prosperar en condiciones tan disímiles, ¿por qué no existen ahora? Cree que es una cuestión de manejo y por eso cuando se deja de pastorear y no se realizan quemas ni se cortan los arbustos, el bosque regresa.

Luego de la expulsión de los jesuitas de América, quedaron miles de cabezas de ganado en los pastizales y después llegó la ola de inmigración europea, que también demandó madera y hubo que abrir caminos para transportarla. De este modo, en distintos momentos históricos, pobladores indígenas precolombinos, colonizadores españoles, jesuitas y guaraníes, criollos e inmigrantes europeos fueron transformando el paisaje hasta la actualidad.

“La mención de estos ejemplos no pretende desmerecer la conservación de ambientes naturales ni la función de las áreas protegidas -la mejor herramienta de conservación que existe-. Sí, en cambio, discutir el concepto de ‘prístino’ y considerar el impacto de las poblaciones humanas que vivieron aquí miles de años antes de la llegada de los europeos”, reflexiona Aparicio.

“Si la selva amazónica no es virgen, los bosques de araucarias (y algunos palmares) fueron favorecidos y hasta dispersados por las personas que consumían sus frutos y semillas, y la ecorregión donde decimos que urge crear reservas fue moldeada por humanos al eliminar los bosques y favorecer la presencia de ganado… ¿qué estamos conservando?”, concluye, abriendo el debate.

Su correo electrónico es gustavo@habitatydesarrollo.org.ar

 

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Gustavo Aparicio apoya la captura del jabalí: “El chancho salvaje es un grave problema tanto para el productor como para la vida silvestre” http://wi631525.ferozo.com/gustavo-aparicio-apoya-la-captura-del-jabali-el-chancho-salvaje-es-un-grave-problema-tanto-para-el-productor-como-para-la-vida-silvestre/ http://wi631525.ferozo.com/gustavo-aparicio-apoya-la-captura-del-jabali-el-chancho-salvaje-es-un-grave-problema-tanto-para-el-productor-como-para-la-vida-silvestre/#comments Sun, 31 May 2020 21:24:48 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=40789 Gustavo Aparicio es director de Conservación de la Fundación Hábitat y Desarrollo.  Su trabajo es ayudar a proteger 24 reservas naturales privadas distribuidas en cinco provincias y una de las amenazas son los chanchos salvajes. -¿Hay mucho chancho salvaje en Argentina? ¿O son jabalís? -¡Sí, hay muchísimos! Sobre todo en el centro este y en […]

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Gustavo Aparicio es director de Conservación de la Fundación Hábitat y Desarrollo.  Su trabajo es ayudar a proteger 24 reservas naturales privadas distribuidas en cinco provincias y una de las amenazas son los chanchos salvajes.

-¿Hay mucho chancho salvaje en Argentina? ¿O son jabalís?

-¡Sí, hay muchísimos! Sobre todo en el centro este y en la región andino-patagónica. Son la misma especie: el cerdo es el jabalí domesticado. Es notable ver como las poblaciones de cerdos que se asilvestran, pronto comienzan a adquirir rasgos “jabaliescos”.

-¿Cómo aparecieron?

-Los cerdos llegaron a América junto a otros animales de granja en los barcos españoles, luego algunos escaparon o fueron liberados. Los jabalíes fueron traídos en el siglo XX a diferentes establecimientos rurales para crear planteles que sirvieran para atraer cazadores. Al no prosperar el negocio muchos fueron liberados.

-¿Qué problemas le traen al productor agropecuario?

-De todo tipo: desde romper el silobolsa para comer hasta transmitir enfermedades al ganado y dañar infraestructura, como remover el suelo de las pistas de aterrizajes necesarias para el combate de incendios. También conozco productores en Corrientes que encierran a las vacas preñadas para evitar que los cerdos cimarrones ataquen a terneritos recién nacidos.

-¿Cómo se los combate?

-Algunos productores que se ven muy afectados, como los criadores de ovejas, a veces recurren a colocar cebos envenenados para matarlos, pero son animales muy inteligentes que difícilmente caigan dos veces en la misma trampa. Además de ser ilegal, el uso de cebos suele ser terrible para el resto de los carroñeros como jotes, caranchos, chimangos, zorros, zorrinos y armadillos que mueren de a cientos. Lo mismo ocurre con las trampas-jaula. Son poco efectivas porque los chanchos son desconfiados y aprenden rápidamente. Sí son útiles para capturar lechones, que además son animales que los cazadores en general se niegan a matar. En nuestro país es común el uso de perros entrenados para perseguir y capturar jabalíes. El dogo argentino es muy utilizado ya que es una raza creada en nuestro país para caza mayor.

-¿Qué programa tiene Fundación Hábitat y Desarrollo para este tema?

-Tenemos un programa de combate de especies exóticas en las reservas privadas que ayudamos a administrar. Principalmente se combaten arboles exóticos invasores en la cuenca del río Uruguay (mora, ligustro, ligustrina, paraíso y acacia negra), cerdos cimarrones en Corrientes, y jabalís y ciervos axis en Entre Ríos.

-¿En qué zona?

-El proyecto de control de cerdos cimarrones se desarrolla en el establecimiento Loma Alta (en la foto, el grupo de cazadores), propiedad de la empresa Forestal Argentina SA, ubicado en la localidad correntina de La Cruz. El control de jabalís y ciervos axis se realiza en las estancias La Constancia, Los Monigotes y La Negra, que integran el Área de Amortiguación del Parque Nacional El Palmar, en la localidad de Ubajay (Entre Ríos).

-¿En qué consisten los programas?

-En Loma Alta se dispusieron cinco mangrullos en sectores del predio distantes entre sí y se ceban los alrededores con maíz podrido. En cada apostadero se disponen 2 cazadores habilitados por la Fundación y por el propietario; los cazadores además adquieren los permisos que otorga la provincia. Al apuntar desde un sitio elevado, los disparos se producen en diagonal hacia abajo. Este método de atraer a los cerdos hacia el área de disparos es menos eficiente que el de recorrer el predio con una arma al hombro, pero es más seguro, ya que no hay balas viajando kilómetros sin que nadie sepa donde terminan. Luego de la jornada de caza (2 a 3 horas) se traslada los animales hasta un galpón donde se los faena, se toman muestras de tejido para detectar triquinosis y se seleccionan los cuartos traseros que se llevarán los cazadores o serán donados a un colegio rural. Luego se envía a analizar las muestras y una vez recibidos los resultados se avisa a los cazadores y al director del colegio para que puedan consumir la carne.

En el caso de las estancias vecinas al Parque Nacional El Palmar, las medidas que se toman se realizan en consonancia con el Parque e incluyen -además del control de ciervos y jabalíes- el combate de incendios, controles de flora exótica invasora, combate de caza furtiva y facilitación de ganado vacuno para evitar la “arbustización” en sectores de pastizal del área protegida.

-Sigue teniendo “mala prensa” matar animales, aún de este tipo. ¿A qué cree que se debe?

-No es lindo matar animales… los chanchos no tienen la culpa del impacto que producen, por eso es necesario dar la mayor utilidad posible a su sacrificio. Pero hay que controlar su población para que no dañen seriamente a la vida silvestre ni a la producción agropecuaria. De todas formas creo que la mala prensa por eliminar fauna exótica, ocurre más entre los habitantes de las ciudades que en las comunidades rurales, donde es habitual sacrificar animales para el uso humano.

-¿Qué críticas reciben quienes hacen control de exóticas?

-Varias. Las “de conciencia” y de bienestar animal son las más atendibles: es importante ser respetuoso con los animales y no causarles estrés ni sufrimiento. Pero hay una crítica que se basa en creer que si el animal se encuentra viviendo en la Naturaleza ya forma parte de ella, que no hay que entrometerse porque la Naturaleza sola encontrará equilibrio. Esta creencia omite que el tiempo para que ese “equilibrio” se produzca puede requerir miles de años. También ignora el daño irreparable que mientras tanto, puede causarse a las especies autóctonas y a los procesos ecológicos.

-¿Siempre se le da un fin útil a estos animales cazados?

-Eso es fundamental y tiene que ver también con el respeto hacia los animales del que hablábamos. Hay que definir medidas para que la mejor carne llegue a los comedores populares, escuelas, cárceles y hospitales y que previo a su entrega, se realicen los controles los bromatológicos necesarios. El cuero de cerdo por su parte es utilizado para forrar calzado y hacer billeteras y al igual que la industria de embutidos, se abastece de pieles de cerdos de criadero. Habría que investigar la factibilidad de utilizar animales silvestres para abastecer a una parte de esas industrias. Seguramente será necesario adaptar procesos, pero para ello contamos con el INTI y con escuelas agrotécnicas en todo el país.

-¿Tienen relación con SENASA?

-Recientemente SENASA realizó una encuesta a productores rurales sobre su percepción acerca de los impactos del jabalí o cerdo silvestre en la producción agropecuaria. Fue grato saber que la mayoría de los encuestados manifestó preocupación por ellos. Un resultado llamativo fue la visión de los productores de La Pampa, que consideraron al jabalí como beneficioso porque atrae cazadores que generan recursos económicos. Quizá esta sea una buena forma de solventar el control de la especie, si es que no terminamos protegiéndola para continuar con el negocio. De todas formas es casi imposible erradicar una especie como esta: si se tomarán las medidas necesarias solamente podrían mantenerse controlada la población y a nivel local.

-Por último, usted es ambientalista. ¿Qué le toca a la fauna y flora silvestre de todo esto?

-Un amigo que estaba a cargo de un campo vio como un chancho salvaje atacaba a un ciervo de los pantanos recién nacido y hace poco se publicó una foto de cámara-trampa en Iberá de un jabalí llevando a un carpinchito en la boca. Los chanchos cimarrones hacen estragos en toda la fauna que vive o anida en el suelo como aves de pastizal, tortugas, yacarés, anfibios y pequeños mamíferos. También afectan el suelo y la vegetación, ya que escarban con el hocico y las patas buscando semillas, raíces e insectos. Pueden comer de todo y son muy voraces, convirtiéndose en el máximo predador de los sitios que colonizan. Impresiona la velocidad con que ocupan un territorio. En 5 o 6 años puede pasar de no haber chanchos hasta estar plagado de ellos, como está ocurriendo en varios departamentos de Corrientes y de la provincia de Buenos Aires.

Nota de la redacción: Hay gente muy valiosa trabajando en control de jabalís, en los impactos que causan a la vida silvestre y en el control epidemiológico de las poblaciones silvestre. Ellos deberían ser consultados al momento de planificar cómo combatir este problema que avanza rápidamente. Son la veterinaria Andrea Marcos, coordinadora de epidemiología de SENASA; el guardaparque Aldo Delaloye, del Parque Nacional El Palmar; el doctor Bruno Carpinetti, del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Arturo Jauretche; y el doctor Ricardo Gürtler, de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA. Por su parte, el correo de Gustavo Aparicio es gustavo@habitatydesarrollo.org.ar

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