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La entrada En Misiones rescatan especies nativas como la exótica Jaboticaba, un singular árbol cuyos frutos crecen pegados al tronco se publicó primero en Bichos de Campo.
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Este fruto, es una baya altamente perecedera, de cáscara delgada y lisa, mientras que su pulpa es blanca, jugosa y de sabor agridulce. Se consume directamente como fruta fresca, pero también se pueden preparar refrescos, mermeladas, licores y vinagres caseros.
Entre sus múltiples propiedades, esta fruta tropical es antioxidante, calmante y puede ayudar a pelear contra el envejecimiento, la diabetes y el cáncer. Su consumo contribuye a mejorar la circulación sanguínea, proteger la visión, estabilizar los niveles de azúcar en sangre y regular la actividad intestinal.
A primera vista, el árbol tiene un aspecto tortuoso, con muy pocas ramas, de corteza gruesa y un poco espinosa. Crece generalmente bajo la sombra de árboles más grandes y sus frutos se concentran en el tronco principal y en las ramas gruesas. Son morados al principio y negros al madurar.
Jose Radins, agrónomo, biólogo y especialista en frutos del monte, comentó en diálogo con Bichos de Campo que “su crecimiento en relativamente lento comparado con otros árboles de la selva. Demora en fructificar por primera vez entre 8 a10 años, en plantas cultivadas a partir de semillas, pero el proceso puede acortarse cuando se realiza la reproducción por acodos. Las flores aparecen en septiembre y los frutos a fines de septiembre y octubre”.
Radins dijo también que “cuando crece en la selva puede alcanzar de 6 a 15 metros de altura, formando un tronco de 20 a 40 centímetros de diámetro. El tronco se ramifica a veces desde el suelo y otras a mayor altura (dependiendo el lugar donde crece, más expuesta o menos expuesta al sol). La corteza es fina y su fruto es esférico y mide de 1,8 a 2,5 centímetros de diámetro. Antes de madurar por completo tiene un color violáceo, con piel negra brillante cuando está completamente maduro. La corteza es fina, con taninos, lo que se percibe como de sabor amargo al masticar”.
Otra de las particularidades que compartió el biólogo es que “los frutos se consumen frescos y son muy sabrosos a pesar de tener una piel gruesa y semillas grandes, pero también pueden despulparse y aprovecharlos para hacer jugos, jaleas, mermeladas, licores, helados, vinos. Por su gran contenido en antocianinas, es un producto excelente para combatir los radicales libres”.
Incluso Radins agregó que “al ser tan ornamental el árbol por su tronco blanquecino, de bajo porte (en cultivo) se recomienda su uso en proyectos de paisajismo y en plantaciones para restauración y conservación de ecosistemas. Sus frutos alimentan a la avifauna en general y las flores producen néctar y polen para las abejas”.
El Guapurú o Jaboticaba ha sido inspiración para comunicadores como Carlos Vedoya Recio, cuya productora se llama precisamente “Guapurú” en honor a este arbolito. “Me gusta como filosofía: somos frutos del mismo árbol. Donde te toque, entre raíces y ramas, por igual”, expresó a Bichos de Campo el periodista agropecuario misionera, quien gusta más que lo llamen “comunicador de la selva”.
Desde los múltiples olores, texturas y colores que emergen de esa selva misionera Vedoya Recio rescató al singular fruto al punto tal que en su bar “Zoco” de Posadas ofrece una tarta con relleno de Guapurú. “Se llama tarta ‘Inmaculada’ y expresa nuestra mayor aspiración en la primavera que recién empieza. Un delicado manto sagrado de mousse de chai con corazón de guapurú en crema. No es sólo una tarta más: es una advocación”, aseguró Vedoya Recio, quien desde hace 18 años escribe en su sitio web NEA Rural y comunica las bondades de su tierra desde su programa radial Frontera Jesuita, que se emite los sábados de 8 a 10 por Radio República.
“Es un arbolito de monte, difícil como todo nativo, por ende todavía no fue domesticado. Puede crecer en patios y zonas urbanas pero ni por densidad ni por producción. Fruta cuando quiere y puede demorar hasta 15 años en hacerlo. Yo siempre tengo fruta procesada o congelada en el bar y hacemos nuestras propias mermeladas, destilados y demás”, declaró el periodista y sommelier de te.
Con el objetivo de continuar su descubrimiento y rescate, un par de mujeres de esa provincia usan sus frutos para elaborar mermeladas y licores. Es el caso de Rosa Szulepa de la Asociación Mujeres Soñadoras, provenientes de los municipios de Salto Encantado y Aristóbulo del Valle, quienes han recuperado las recetas de sus abuelas, encontrando en la cocina una forma innovadora de aprovechar los frutos nativos de la selva misionera, y al mismo tiempo un modo de subsistir económicamente.
“Es un árbol que tarda mucho en crecer y sus frutos pueden comerse en fresco o bien consumirse en jugo, el cual es muy diurético. También hacemos licor y vinagre. Es un producto muy bueno y dependiendo del clima puede dar frutos hasta tres veces al año”, indicó Szulepa.
La venta de sus productos es local, en restaurantes, hoteles, y en ferias como la Forestal de Posadas, pero también venden en otros puntos de Misiones que ya consiguieron el registro provincial. El próximo paso, según Szulepa es poder conseguir el llamado Tránsito Federal otorgado por el Instituto Nacional de Alimentos (INAL) para llegar a otros rincones del país y también poder exportar dando a conocer el fruto de la Jaboticaba.
La asociación Mujeres Soñadoras nació en el seno de las casas de estas mujeres, donde se reunían para cocinar, hasta que hace pocos días consiguieron, junto a ambos municipios, un terreno donado en Comodato lo que les permitirá tener un lugar fijo donde trabajar, y fueron reconocidas por constituir un ejemplo de cooperación, calidad, diversidad y compromiso.
“El destino que le damos al dinero recolectado es al bienestar de nuestras familias y nuestra meta es darle valor al monte y que se cuide a nuestras plantas nativas. De ahí sacamos un gran beneficio: comer sano y saludable”, dijo.
A futuro Szulepa confesó que les gustaría consolidar la asociación que integra. “Tengo una experiencia que no olvidaré nunca. Cuando empezamos a hacer mermeladas de frutas nativas parecía que sería extremadamente difícil. Me dije ´eso no va a funcionar ¿Cómo vamos a poder vender más?´ pero lo logramos con mucho esfuerzo y paciencia”, reveló.
“Veo que entre la gente se tomó conciencia e interés acerca del valor de plantas nativas como la Jaboticaba, a punto tal que se están preparando plantines nuevos, pero debemos entender que lleva muchos años hasta que comienzan a producir frutos”, expresó Szulepa.
Otro de los proyectos que tienen en mente es hacer una fábrica de bioinsumos para elaborar abonos orgánicos. “Las mujeres que integran esta asociación son humildes, sinceras, dinámicas y muy guapas. Hay de todas las edades, pero van desde los 30 a los 80 años. Ahora se integraron muchos jóvenes y eso nos da un alivio por el interés que muestran, y nos ayudamos mutuamente. Tenemos 50 socios, una comisión directiva y somos 4 las mujeres que elaboramos los envasados”, relató.
Pero nada sería de las Mujeres Soñadoras sin la colaboración de Marina Parra, referente del proyecto USUBI (Uso Sustentable de la Biodiversidad) en Misiones, el cual se realiza en coordinación con el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, el INTA y el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social. Desde ese lugar Parra colaboró bastante para que estas mujeres pudieran conseguir el financiamiento y así producir, elaborar y confeccionar el packaging de sus productos.

“Tenemos jóvenes incluso que se encuentran participando de esta experiencia que apunta al uso sustentable de la biodiversidad como estrategia, no sólo de conservación sino también de fortalecimiento de las condiciones de generación del empleo verde y el arraigo territorial de hijos e hijas de familias rurales”, declaró a Bichos de Campo.
Con USUBI buscan un enfoque del uso de los bienes naturales de la selva desde la sustentabilidad ambiental y socioeconómica, a partir de la formación teórico-práctica sobre viveros y la producción de frutales nativos. Este tipo de plantines sirven al enriquecimiento de suelos y espacios verdes, así como a la provisión de materia prima de productos gastronómicos.
“Es muy bueno trabajar con plantas nativas, y rescatarlas para que no se pierdan en necesario tanto para nosotros como para el ambiente. Es una oportunidad que nos abre muchas puertas, para el aprendizaje y la experiencia y nos abre un futuro con más oportunidades laborales. A su vez, con esto los jóvenes pueden permanecer en la chacra y no tener la necesidad de buscar algún trabajo en la ciudad”, manifestó Parra.

Con los plantines buscan tener un control de calidad de los frutos, lo que les permitiría mejorar la materia prima para diversas actividades productivas sustentables, como la elaboración de mermeladas, vinagres, licores y aderezos. Estos viveros de frutales nativos garantizan que las plantas sobrevivan teniendo en cuenta sus ciclos fenológicos y rendimientos productivos.
“Como sólo se valora lo que se conoce, nos encanta poder rescatar especies nativas como la Jaboticaba. Es por eso que brindamos capacitación en el ciclo de viverización, identificación y cosecha de árboles semilleros, tipos de semillas y sus tratamientos pre germinativos, los cuidados, laboreos y rustificación de plantas. Esto es contribuir a la biodiversidad y a la mejora en la calidad de vida de las familias rurales”, concluyó.
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]]>La entrada Laura y Matías cumplieron su sueño de irse a vivir a Almeyra: Elaboran mermeladas cargadas de mimos se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Sabemos que es una pregunta que en verdad no espera una respuesta, así que nos quedamos en silencio y atentos aguardando que Laura y Matías sigan con su relato. Estamos en Almeyra, un pueblo de 200 habitantes y a 32 kilómetros de Navarro, ciudad cabecera del partido del mismo nombre ubicada a unos 100 kilómetros del Obelisco.
Laura y Matías se conocieron estudiando música (ella canta y toca el acordeón; él la guitarra) y al poco, muy poco tiempo de verse, él le dijo: “Yo me caso con vos”, a lo que ella respondió con un poco de sorpresa, una sonrisa y, en su fuero interno, un “por supuesto”, que no pronunció pero que estaba decretado.

El caso es que se casaron y comenzaron la vida juntos en Castelar, al oeste del conurbano bonaerense, trabajando de “de todo un poco” para salir adelante. Desde siempre a Laura le gustaba cocinar y hacía dulces, bombones y escabeches y un día se le ocurrió publicar sus mermeladas en MercadoLibre… y la cosa explotó.
“Me llamó una persona y me pidió todo dulce de kinotos; era un pedido muy importante que nos iba a dejar un buen margen, así que yo no cabía en mí de la alegría hasta que me di cuenta de que no tenía tantos kinotos… y entonces salimos a buscar”, recuerda Laura.
La venta fue exitosa y a partir de ahí empezó a recibir pedidos de otros lugares hasta quedar como proveedora fija de una cadena de bares de CABA. Todo funcionaba bien pero Matías y Laura tenían algo que los cosquilleaba y que era la “casualidad” que los había unido de forma definitiva: ambos, antes de conocerse, habían visitado este pueblo de Almeyra y pensaron que algún día querían vivir ahí.
Esa idea que tenían por separado se multiplicó al comenzar la convivencia así que finalmente se vinieron para Almeyra y comenzaron a ir una vez por semana a hacer los pedidos a sus clientes de CABA. Pero claro, las cosas cambiaron y las personas que viven en pleno asfalto a veces hay cosas que no terminan de entender, como que un día llovió tanto que no podían salir del pueblo que tiene su acceso de tierra. Les explicaron eso a sus clientes pero éstos no les creían y debieron pagar un flete para cumplir con el compromiso… y por supuesto salieron perdiendo.
Uf. Las cosas se complicaban.
Pero en ese momento pasaron dos cosas: se abrió la posibilidad de ser proveedor de dulces de una empresa de Las Heras (un pueblo cercano) y de acceder a los salarios de la Utep, Unión de Trabajadores de la Economía Popular, que hoy ronda los 11.000 pesos mensuales, a cambio de armar y coordinar la incipiente huerta social de Almeyra, ubicada en tierras del ferrocarril y cedidas para este proyecto.
“Empezamos a trabajar para una empresa ubicada cerca de acá y lo que ganábamos a través de la UTEP lo fuimos guardando para comprar una paila”, explica Laura para luego agregar que una vez comprada tuvieron que agrandar una puerta porque no pasaba hasta el cuarto donde la instalarían. Pero ya estaba hecho y a partir de ahí pudieron procesar 150 kilos de fruta más 90 de azúcar, así que la producción se facilitó bastante (antes lo hacían con ollas comunes).
“Fueron momentos difíciles pero pudimos salir adelante y el apoyo de la UTEP fue clave”, enfatiza Laura que también se encarga de recibir a los turistas que los fines de semana se acercan a Almeyra y visitan la huerta popular para comprar verdura fresca. “A la gente le interesa mucho saber cómo producimos la verdura y busca que no tengan agroquímicos… también quiere que uno se tome el tiempo para explicarle, que se la atienda… los clientes no sólo quieren comprar, quieren mimos”, resume con una sonrisa.

“Con el tema del salario social hubo que derrumbar el estigma porque los vecinos nos veían con malos ojos, como que éramos vagos que no hacíamos nada”, recuerda Laura. “Lo solucionamos de dos formas: primero invitando a los vecinos a ver cómo trabajábamos y hablando con ellos y después con resultados: cuando vieron cómo crecía la huerta y lo linda que está, fueron ellos los primeros que vinieron a comprar verdura fresca”.
Hoy Laura y Matías viven en el lugar que eligieron y venden sus dulces de durazno, naranjas, kinotos y citrus elaborados con azúcar orgánica a turistas, vecinos y en la ciudad de Navarro, en el almacén que tiene la UTEP en esa ciudad y que recibe productos de distintos emprendedores de la zona.
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