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La entrada La Peña del Colorado: Atahualpa Yupanqui cantó sobre los oficios rurales porque los vivió en cuerpo y alma se publicó primero en Bichos de Campo.
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Cuenta el “Coya” Chavero: “El Tata quedó huérfano de padre a sus 13 años de edad. Antes de esto, para poder recibir clases de guitarra de Bautista Almirón, le cuidaba a éste los rosales de su jardín. Después, como relata él mismo, fue “pinche” de escribanía, corrector del periódico La Verdad de Junín, y hasta peón rural en Entre Ríos. Cuando huyó a Uruguay –a causa del fracaso del alzamiento en contra del general Uriburu- se dedicó, junto al tucumano Germán García Hamilton, a amansar caballos, en la ciudad de Durazno. Al regresar a su país hizo de todo para sobrevivir. Cuando se fue a Tucumán, para conocer su país y a sus paisanos, peló cañas, fue panadero, hachero, cargó bloques de sal, trabajó de picapedrero en una cantera, de arriero en la cordillera, y en Bolivia trabajó en las minas”.
“Obviamente mi Tata no se eternizaba en esas tareas –continuó el Coya-, pero le servían para conocer la vida de quienes vivían de hacer esos trabajos. Y no hay que olvidar que en su infancia campesina tomó contacto con todos los oficios de la llanura pampeana. Además, en su segundo exilio, en Europa, conoció a los campesinos húngaros, que se parecen mucho a los nuestros en sus costumbres. Más tarde en el norte de África, conoció a los ‘hombres azules’, expertos jinetes y guerreros, y compartió con ellos alguna celebración. También recordemos su paso por Santiago del Estero y Salta, donde conoció a los hacheros y musiqueros campesinos, como también a los cañeros de Tucumán, donde vivió”.

“‘Yo me he criao a puro campo’ escribió mi Tata –siguió contándome el Coya, y me describió su propia crianza para mostrarme la vida rural que llevó junto a Don Ata-. Yo viví una maravillosa niñez en Cerro Colorado, junto a mi padre: la chata carguera -vehículo de carga de nuestros mayores-, los montes, el río con sus crecidas y su lecho seco en los años `50, las víboras, los chelcos (lagartijas, en quichua), los pájaros, las historias del almacén de los Argañaraz, o el de don Justo; pumas y chanchos del monte, caballos baguales y hacienda cimarrona, los obrajes en los montes del Chaco santiagueño, las noches de luna llena y las de luna nueva en que casi podíamos acariciar las estrellas. Hoy quiero honrar esa vida, sin agua corriente (buscábamos agua en el río hasta que se cavó el pozo), sin electricidad, sin juguetes, sin radio, ni televisor, ni auto”.
Yupanqui fue un profeta del paisaje, porque anunció al mundo su mensaje, el mansaje de la Tierra para el hombre. Y ese fue el mensaje que nos trajo de la lejana hondura de la Tierra y del universo. Don Ata anima -le pone alma- y humaniza al paisaje. En su obra es el paisaje mismo que le habla al hombre. Atahualpa no sólo le canta al hombre, de hombre a hombre, y no sólo le canta como hombre al paisaje, sino que interpreta lo que el paisaje le dice al hombre, a él mismo y a todos los hombres: “Yo no le canto a la luna… Yo he visto a la luna buena “besando” el cañaveral”. “Tú que puedes, vuélvete! Me dijo el río llorando. Los cerros que tanto quieres – me dijo – allá te están esperando”.

Les compartimos una selección de coplas donde Yupanqui cuenta sus oficios rurales:
Coplas del payador perseguido
Eso lo llevo en la sangre
dende mi tatarabuelo.
Gente de pata en el suelo
fueron mis antepasaos;
criollos de cuatro provincias
y con indios misturaos.
Mi agüelo fue carretero,
mi tata fue domador;
nunca se buscó dotor
pues se curaban con yuyos,
o escuchando los murmullos
de un estilo de mi flor.
Trabajé en una cantera
de piedritas de afilar.
Cuarenta sabían pagar
por cada piedra polida,
y era a seis pesos vendida
en eso del negociar.
Apenas el sol salía
ya estaba a los martillazos,
y entre dos a los abrazos
con los tamaños piegrones,
y por esos moldejones
las manos hechas pedazos.
Otra vez fui panadero
y hachero en un quebrachal;
he cargao bloques de sal
y también he pelao cañas,
y un puñado de otras hazañas
pa’ mi bien o pa’ mi mal.
Cansao de tantas miserias
me largué pal Tucumán.
Lapacho, aliso, arrayán,
y hacha con los algarrobos.
¡Por dos cincuenta! Era robo
pa’ que uno tenga ese afán.
Sin estar fijo en un lao
a toda labor le hacía,
y ansí sucedió que un día
que andaba de benteveo
me topé con un arreo
que dende Salta venía.
Me picó ganas de andar
y apalabré al capataz,
y ansí, de golpe nomás
el hombre me preguntó:
¿Tiene mula? Cómo no
le dije . Y hambre, de más.
A la semana de aquello
repechaba cordilleras,
faldas, cuestas y laderas
siempre pal lao del poniente,
bebiendo agua de virtiente
y aguantando las soleras.
Tal vez otro habrá rodao
tanto como he rodao yo,
y le juro, creameló,
que he visto tanta pobreza,
que yo pensé con tristeza:
Dios por aquí no pasó.
Se nos despeñó una vaca
causa de la cerrazón,
y nos pilló la oración
cueriando y haciendo asao;
dende ese día, cuñao
se me gastó mi facón.
Faltar, no faltaba nada:
vino, café y alpargatas.
Si habré revoliao las patas
en gatos y chacareras.
Recién la cosa era fiera
al dir a cobrar las latas.
¡Qué vida más despareja!
Todo es ruindad y patraña;
Pelar caña es hazaña
del que nació pal rigor.
Allá había un solo dulzor
y estaba adentro e’ la caña.
Riojanos y santiagüeños,
salteños y tucumanos,
con el machete en la mano
volteaban cañas maduras,
pasando sus amarguras
y aguantando como hermanos.
¡Rancho techao con maloja,
vivienda del peleador!
En medio de ese rigor
no faltaba una vihuela,
con que el pobre se consuela
cantando coplas de amor.
Yo soy del norte y del sur,
del llano y del litoral;
y naide lo tome a mal
si hay mil gramos en el kilo.
Ande quiera estoy tranquillo
pero ensillao, soy bagual.
Les dedicamos Milonga del peón de campo, letra de Atahualpa Yupanqui y música de José Razzano.
La entrada La Peña del Colorado: Atahualpa Yupanqui cantó sobre los oficios rurales porque los vivió en cuerpo y alma se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La entrada Carlos Gallego siempre apaga la radio para poder escuchar cualquier ruido extraño en la cosechadora: “El único oficio que disfruto es estar con la maquina” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En tiempos de cosecha, de todos modos, vuelve siempre a subirse a la trilladora como parte del equipo de los Ronzitti, que prestan servicios en la zona de Curarú, en Carlos Tejedor. Ni loco se baja Gallego de esa aventura; y asume la tarea con alegría y orgullo. Tanto es así que pasa largas jornadas dentro de la cabina y decide prescindir por completo de la radio. No escucha música ni noticias porque va pendiente al 100% de cualquier ruido sospechoso que puede surgir de la cosechadora.
“El único oficio que disfruto es estar con la maquina. A mi no me den un tractor con una monotolva porque directamente no salgo”, sentencia en Bichos de Campo.
Con sencillez, Gallego relata los secretos de su trabajo en estos días intensos de cosecha. “La ciencia de la maquina está en atenderla, engrasarla, revisarla. Luego, cualquiera maneja; yo ahora puedo ponerla en marcha y la largo en el lote y usted sale manejándola. Pero el tema es seguir sus movimientos. Es por eso que estoy todo el día con el oído puesto en ella. Entonces, no es manejar solamente. Y por eso no uso radio adentro, porque quiero concentrarme en los ruidos”, comenta Gallego.
Mirá la entrevista completa a Rubén Gallego:
Cada mañana, previo a iniciar la labor de cosecha, su ritual consiste en “sopletear” y limpiar la maquina. Cuando termina por las noches se baña él, cena y se acuesta temprano para volver a ararncar a la mañana siguiente. Mates mediante, atiende nuevamente a la maquina y le echa gasoil según las hectáreas que le toque hacer en el día.
“Mientras la engraso la reviso y chequeo que no haya nada roto. Estas maquinas que me tocan manejar son relativamente nuevas, pero siempre hay que revisarlas porque los fierros se rompen”, aclara.
Gallego recuerda con un brillo en los ojos que en 1999 tuvo equipo propio de cosecha y que lo agauntó por 15 años aproximadamente, pero luego se vio obligado a venderlo. “Yo era dueño de un equipo chico pero me fue mal y tuve que vender todo. Y vamos a decir las cosas como son, el Gobierno mató a todos los chicos, y así como me mató a mi lo hizo con un montón de gente también”, se lamenta.
También se alegra al recordar la primera cosechadora en la que anduvo a los 16 años. “Era una Bernardín M17; luego pasé a manejar una Bernardin M19. La gente que entiende de esto sabrá de lo que hablo”, declara.
Además de acompañar a los Ronzitti en el equipo de cosecha desde hace cinco años, Gallego tiene un equipo pulverizador, con el que se sostiene en otras épocas del calendario agrícola. “Lo hago para tener trabajo todo el año, pero también lo hago porque no puedo parar, porque tengo muchos gastos. Tengo dos hijos estudiando y alquilo una casa. Si te parás un mes, con las cuentas que hay, es como que te venís abajo”, sintetiza.
De todos modos Gallego aclara: “No es que trabajo a morir pero sí quiero trabajar continuo. Por eso vengo a hacer la cosecha. Pero aparte es algo lindo para mi, yo disfruto como loco venirme acá por un mes o por diez días. Y vivo con lo que saco porque no tengo campo ni la posibilidad de vender cereal o animales. El que tiene campo o tiene vaca puede tener otro refugio, pero yo no”.
En un día de trabajo, Gallego calcula que puede hacer entre 50 y 55 hectáreas de soja con una maquina como la que le asignan los Ronzitti, que tienen una plataforma media, pues las hay más grandes. “Ahora la cosecha se termina muchísimo mas rápido que antes. Una sola maquina en el día puede hacer lo que antes hacían 5 o 6 maquinas chicas, porque tienen plataforma mas grande”, describe.
-¿Y sentís que está bien valorado tu oficio?
Ante esa pregunta final Gallego no escatima respuesta ni sinceridad: “Mirá, eso no lo sé. Sólo sé que tengo 53 años y cada año que hablo con la gente, muchos me dicen que esto se va a componer, pero yo pienso que esto no se compone más. ¿Te digo la verdad? Acá estamos manteniendo a mucha gente, sobre todo durante la pandemia. Pero a nosotros, los que trabajamos en el campo, nos matan en todo, nos aumentan la luz, el gas y más cosas.
Pero sonríe antes de volver a trepar a la cosechadora.
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]]>La entrada Álvaro Etcheberry es platero de Pellegrini: “En Argentina sigue habiendo mucha demanda de estos trabajos” se publicó primero en Bichos de Campo.
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Uno espera que de un momento a otro se abra la puerta y aparezca un personaje que se sentará a la luz de esa lámpara y empezará a crear elementos que connotan aventura: un cuchillo, una hebilla pesada, un estilete, una marca personal metálica, una pulsera o hasta un peto. Para profundizar esta idea sandokaniana y nippurlagashiana, una daga a medio terminar descansa a un costado.
“Antes los estribos eran de Plata 800 porque tenían que ser más duros debido a que tenían un uso diario e intenso”, describe Álvaro Etcheberry, platero de Pellegrini (´Pelle´, para los amigos), otra de las ciudades de la provincia de Buenos Aires con presencia de la obra del arquitecto Francisco Salamone. “Hoy trabajamos con Plata 925 que es más blanda porque tiene menos cobre y funciona muy bien”. También le gusta el ébano, madera oscura y dura proveniente de un árbol africano cuyo nombre científico es Diospyros crassifora.
Álvaro hace 20 años que es platero (no orfebre, aclara, porque este oficio implica una técnica más completa) y que trabaja con plata de recuperación, lo que significa que proviene de elementos (joyas, por ejemplo) que se venden y van a fundición, y no con el metal extraído directamente de la minería, que va para otros usos como la electrónica.
“Llegué a la platería porque mi suegro es soguero y un amigo de él me enseñó”, recuerda. “Arranqué como hobby en 1999 y aprendí mientras estudiaba Administración Agraria… finalmente me atrapó el oficio y aquí me quedé. Esa sensación de la pieza terminada es maravillosa”.
Dice que lo que más le piden son rastras, hebillas y cuchillos y, como regalo de casamiento, el clásico juego de cubiertos. A veces también ocurre, aunque mucho más esporádicamente, que le pidan alguna pieza religiosa para una capilla que alguien tiene en el campo. También hace bombillas y, para sacarse el gusto, lapiceras con cuerpo de ébano o de cuero.
“Creo que hay un resurgimiento del oficio y en Argentina sigue habiendo mucha demanda de estos trabajos”, asegura Álvaro, “y yo mismo he enseñado el oficio muchas veces. La clave es tener dedicación y que a uno le guste”.

El 90% de los clientes de Álvaro son argentinos, particulares, y también vende a dos negocios de Buenos Aires. Le gustaría vender afuera y dice que tiene muchas posibilidades, pero que es “muy pero muy complicado” mandar mercadería al exterior y eso lo frena.
Si bien siempre hay clientes y pedidos de los productos tradicionales, Álvaro también considera que es importante abrirse a nuevas posibilidades. Un par de años atrás trabajó junto al diseñador industrial Cristian Mohaded en la creación de una silla que es una pieza artística y que hoy está exhibida en el Museo de Arte de Philadelphia de Estados Unidos.
“Era una colección llamada Entrevero de objetos de diseño relacionados al arte y artesanía argentina compuesta por una silla, una banqueta, un sillón y una mesa. La silla estaba hecha en cuero crudo por un soguero de Tandil y tenía apliques de plata que hice yo, y se presentó en Art Basel que es una exposición de arte contemporáneo que está en distintas ciudades”.
“Fue una experiencia interesante, una puerta que se abre y que a uno le hace ver las cosas de otra manera y que me vino en el momento justo porque yo estaba buscando hacer algo distinto. Fue un proyecto de mucho aprendizaje porque es un mundo totalmente diferente al de uno y se aprende cómo se gestiona y se prepara un proyecto de este tipo. Me abrió la cabeza, entendí que uno puede llegar muy lejos y que un artista tiene la posibilidad de mostrar nuestro trabajo en otros ámbitos. Repetiría la experiencia sin ninguna duda”.
Mientras, Álvaro sigue en su taller creando piezas únicas para todo aquel que quiere tener algo distinto, hacer un regalo personalizado o jugar a ser un personaje de novela de aventuras en cualquier parte del mundo, tanto en los caminos de Sumeria como en los pastizales de la llanura pampeana.
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]]>La entrada La Peña del Colorado: ¿Quién era y qué hacía el “taipero” de los arrozales? se publicó primero en Bichos de Campo.
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Se llamaba “taipero” al trabajador de los arrozales que, con una pala, construía las taipas a pleno sol entre los meses de septiembre y enero. Las taipas son montículos de tierra o bordes de contención del agua, elemento vital para el desarrollo del cultivo arrocero en Argentina, que casi en su totalidad se realiza “por inundación”.
En el Manual del Aguador, del INTA, se las llama “ ´bordos o camellones´, que cumplen la función de dividir los cuadros o lotes en espacios de ´desnivel controlado´”. Es decir, que entre una taipa y la siguiente, debe haber un desnivel. Los canales por donde corre el agua deben mantenerse limpios y sin filtraciones. Los taiperos podían palear kilómetros de taipas de sol a sol.

La tarea del taipero era ardua, solitaria y comenzaba muy temprano, sin días feriados durante el período de inundación del cereal, lo que requería una vigilancia permanente. Tenía su morada temporaria en el mismo campo del arrozal. Era un hombre humilde, siempre con botas de goma, de caña larga, lo que le permitía aislarse de la humedad permanente del arrozal.
Luego con la mecanización, se remplazó la mano de obra del taipero; primero, con arado de reja; luego, con arado de disco. El actual se llama “arado taipero” y se engancha al tractor, con una línea de discos, que levanta la tierra hacia el centro y un rodillo ubicado ahuecado en el medio que va fijando la taipa. Hoy, es el mismo tractorista que construye las taipas, pero que luego hace muchas otras actividades y por eso no se lo llama más “taipero”, sino trabajador de los arrozales.
Muchas veces en los viejos tiempos, en los pequeños arrozales, el oficio del “taipero” coincidía en la misma persona del Aguador o Regador, porque este último, muchas veces debía agarrar la pala y hacer las taipas.
El oficio del Aguador o Regador aún perdura y es el “alma del equipo” de trabajadores de los arrozales, porque es un ingeniero sin título, muy baqueano, que debe decidir por dónde correrá el agua para inundar a los arrozales. De él dependerá el rendimiento del cultivo. Hoy sigue siendo imprescindible, pero lo que antes hacía a ojo, hoy se ayuda de GPS con información satelital, drones y demarcación con luz láser.
En los grandes arrozales puede haber varios Aguadores y se distinguen de los “Laseristas”. En el Manual del Aguador arrocero del INTA, se sugiere que el Aguador -quien decide la altura de las “láminas” de riego y la velocidad del mismo- acompañe en la construcción de las taipas para conocer las irregularidades del lote y poder avisar al Laserista. Además, debe controlar el riego para no dañar las taipas. Como el elemento fundamental es el agua, se necesita de ella con abundante caudal y “un pozo bien calzado para evitar desmoronamientos”.
Los cultivos de los arrozales han sido un escenario maravilloso ante los ojos y el alma del taipero: espejos de agua cristalina donde se puede ver el cielo al revés, “ese otro mar de arriba”, coronados de verdes y brillosas plantas de arroz, “cimbrando” con el viento y frecuentemente visitadas por elegantes aves acuáticas. Millones de granos de arroz siguen llegando a las mesas del mundo, fruto del sacrificio de los trabajadores de los arrozales.
La ciudad de San Salvador, ubicada entre Concordia y Concepción del Uruguay, en la provincia de Entre Ríos, ha sido declarada Capital Nacional del Arroz. Allí Bichos de Campo acaba de realizar uno programa sobre la actualidad de dicha actividad:
Desde el año 1987 se celebra en General Campos la Fiesta Provincial del Taipero entrerriano, que es en reconocimiento al personaje más sacrificado del trabajo en los arrozales, pero que si bien ya no existe específicamente como tal, sigue encarnado en el trabajador rural que realiza las tareas físicamente más arduas. La producción de arroz sigue siendo muy importante en la economía de esa región. La última celebración ha sido en el año 2020 y ojalá se siga haciendo en un futuro próximo.

José María Rondán Martínez, en la letra, y Jesús Perdomo, en la música, crearon la canción El Taipero, que inmortalizó Alfredo Zitarrosa, dedicada a los trabajadores de los arrozales de Cebollatí, al noreste del Uruguay, y que remarcaba la pobreza del Taipero por el bajo salario que recibía, allá por la década de 1960. Pero el poeta itateño Gonzalo Pocho Roch, y el músico y cantautor, Antonio Tarragó Ros, crearon el chamamé “Taipero Poriajú”, con el que todos los trabajadores de los arrozales se han sentido identificados y ha embelesado sus vidas. Les compartimos la letra:
Para agosto caña con ruda / valetón agreste de lunas / tutiá, pichana y barro, / madrugada de lagunas.
Con tu pala, terrón de soles / taipa y siembra de septiembre / arrugado sobre el monte / Caraí Octubre llueve.
Taipero poriajú / domingo largo, / la noche va llegando / de otros pagos.
Se cimbra el arrozal, / lorada y parva, / galleta, chicharrón / mate y cigarro.
Para marzo es tiempo de corte / corazón de viento norte / cosecha, guayaca llena / la bailanta y polvareda.
La luna es un camalote / que florece en cada aguada / tu sombra vuelve silbando / orillando la alambrada.
¿Cuál es el significado de algunas palabras?
Poriajú: pobre, en guaraní.
Caraí: señor.
Caraí Octubre: es un duende que pasa por las casas en el mes de octubre inspeccionándolas, para comprobar si los hombres se han esforzado trabajando y han previsto guardar para las épocas malas. A quienes se han esforzado, los premia, y a quienes no, los condena a sufrir miseria.
Valetón: es una especie de canal o derivación que se abre a la orilla de un río para llevar agua a un arrozal. El agua se conduce a través de canales formados por terraplenes o valetones, y dependiendo de la distancia desde la toma, no es necesario rebombear para distribuir el agua; generalmente, con dos metros y medio de desnivel es suficiente para abastecer una superficie de 1000 a 1500 hectáreas.
Tutiá: es un arbusto espinoso, de fruto rojo.
Pichana o Pichanay: (del quichua = barrer, limpiar, purificar) arbusto de ramas flexibles, también llamado jarilla. Significaría “con lo que se limpia”. Vive en suelos algo salobres desde Jujuy a Santa Cruz, y en Chile y Uruguay. En el noroeste argentino se usa para hacer escobas rústicas o pichanas. También se llama pichana a cualquier escoba hecha de ramas. La terapéutica casera emplea la infusión de raíz de pichana contra el empacho.
Guayaca: alforja.
Cimbrar: vibrar de una vara o junco. En la canción: los tallos de las plantas de arroz, con el viento.
Agradezco la ayuda a Alfredo Marín, Luciana Herber y Violeta Hauck, agentes del INTA.
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]]>La entrada Sergio Alvez escribe con crudeza y belleza sobre viejos oficios rurales de su Misiones, como el urú y el descubiertero se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Sergio Alvez tiene 40 años de edad y nació en Posadas, Misiones, provincia donde las culturas aborígenes se mantienen a flor de piel, porque sobreviven unas 120 comunidades originarias, de la etnia guaraní, y una multitud de colectividades de inmigrantes.

Sergio se reconoce “hijo de las fronteras”, parte de la esencia de su provincia. Se crió en un barrio ribereño viendo pasar a los junqueros y a los oleros, que son los fabricantes artesanales de ladrillos. Es periodista y escritor de cuentos y relatos de ficción que tienen una singular crudeza y belleza a la vez, de modo que podemos decir que une el amor con el espanto. Fue corresponsal de los pueblos del interior de su provincia, viviendo en muchos de ellos. Realizó junto a Joselo Schuap (músico, compositor y actual secretario de Cultura misionero) una gira en un viejo colectivo desde Misiones hasta Ushuaia. Todo eso lo enriquecido, para su profesión.
Hace poco Sergio escribió una semblanza llena de ternura sobre un encuentro de él mismo con su madre y Sergio Denis, cuando se enteró -el mismo día- del accidente del cantante, porque sus padres le pusieron Sergio, por el artista.
Ganó el segundo premio del Concurso de Crónicas “Alberto Morlachetti”. Escribe en las revistas Sudestada y El Furgón. Es responsable de contenidos de la Radio de la Universidad Gastón Dachary e integra el equipo de Comunicaciones del Ministerio de Cultura de su provincia, acompañando a nuestro amigo común Schuap, a quien muchos apodamos “el León Gieco misionero”.

En 2016 publicó el libro “Urú con otros relatos”, que tuvo cuatro ediciones y una versión audiovisual que se convirtió en una serie web de ocho capítulos dirigida por el cineasta misionero Elian Guerín y protagonizada por Nicolás García Hume, y que ganó un premio del Instituto Nacional de Cine.
“Es el derrotero de un escritor en busca de relatos de frontera. Sumergido en diversos escenarios rurales, selváticos y urbanos, el protagonista se cruza con historias de diferentes tipos de amores, de vínculos familiares y de trabajo, de la realidad de un urú en los yerbales, de sentimientos de opresión, libertad y… mucho fuego”, dice la sinopsis que figura en la presentación de la serie audiovisual:
Según cuenta el propio Sergio en esta nota, el urú era el operario que en el secadero de yerba mate estaba encargado de remover constantemente la masa de hojas de yerba que se secaban en el antiguo sistema de barbacuá, del que ya Rodolfo Walsh había escrito en 1965. Y el guaino, es el ayudante del urú. Tarefero, guaino y urú. Para muchos son apenas los “menchos”, los “mensú” de los yerbales y ellos siempre se han sentido los olvidados.



Selva, noche, luna, pena en el yerbal / El silencio vibra en la soledad / Y el latir del monte quiebra la quietud / Con el canto triste del pobre mensú. (El mensú, Ramón Ayala).
Escribió Santiago Morales acerca del libro de Sergio: “Libro valiente, heterogéneo y al final, libro de misterio para quienes esperaban encontrar, en el último relato, que da nombre al libro, al Urú, a un exótico pájaro que transita el verde paisaje. No es tan así. No hay pájaro, no hay bucolismo, no hay final feliz. Esa agradable sorpresa torna irónica la tapa (la de la primera edición, cuyo diseño es un pájaro colorido) para no olvidar que la belleza de la fauna de nuestro entorno esconde la crudeza de un submundo de explotación.”
Alvez, acaba de publicar un nuevo libro de relatos: “Descubiertero”, que presenta como sucesor de “Urú”. Explicó que la mayoría de las tramas están ambientadas en la provincia de Misiones. “Hay algunos personajes que aparecen nuevamente en este libro, pero son historias nuevas…”, indicó.
“El descubiertero, según define Hugo Amable en su imprescindible libro Las Formas del habla misionera, es el que busca determinadas especies de árboles en el monte. Se orienta rápidamente hacia el lugar en donde se encuentra cada ejemplar de la especie buscada, por distante que esté uno de otro, y por más oculto que se halle en la maraña. En mi libro, un descubiertero es, además, protagonista de un cuento”, explicó el periodista.
Cuando escribe notas periodísticas también lo hace con singular belleza y crudeza. Por ejemplo en su nota “Los Niños yunteros de la tierra roja”:
“Estamos en 2016. Recorrer cada pueblo, urbano o rural, de Misiones, permite darse cuenta del fracaso rotundo de aquel anhelo oficial de exterminar la explotación infantil: hay niños laboralmente explotados de punta a punta de la provincia”…
”Mientras tanto, el paisaje provincial, exhibe en todos sus rincones, a niños trabajando en los más diversos rubros: cosecha de yerba, venta de piedras preciosas u orquídeas, estibadores en el Mercado Central, peonaje y largos etcéteras. Como en El Niño Yuntero, de Miguel Hernández, parte de la infancia en Misiones empieza a sentir “la vida como una guerra, y a dar fatigosamente en los huesos de la tierra” y saber “que el sudor es una corona grave de sal para el labrador”.
“El niño yuntero es un niño demacrado por las horas de trabajo en el campo, entre las dos mulas que más bien tiran de él”, ha dicho alguien respecto del poema de Hernández que cita Sergio.

Tuve ganas de que Sergio me contara de los sabores misioneros que le apasionan, del tradicional Mbeyú y el moderno Mbeyú a la pizza, el Chipá caburé, ahuecado, que se hace a las brasas. También del Chipá guasú o torta de choclo, el borí borí, un guisado con bolitas de harina de maíz y carne; y que me recordara el Pacú o Dorado al queso azul que comían en el viejo puerto de Posadas, cuando el Ferry quedó varado y lo convirtieron en restorán. Pero él prefirió hablarme de que le duele que en su bendecida tierra, tan rica y fértil, donde germina con tanta facilidad una semilla, tantos paisanos suyos estén sumergidos en la pobreza.
A Sergio se lo puede ver acompañando una marcha de un pueblo reclamando y denunciando por no desaparecer, y hasta en alguna protesta fue llevado preso. Pero ese compromiso le ha dado la gracia y el honor de ser presidente de la Biblioteca Popular “Puerto Azara”, en un pueblo rural de la frontera sur de Misiones y de la que Schuap es padrino. Esto fue el resultado de una larga lucha de resistencia de ese pueblo para evitar que una gran represa se construyera.
Allí actualmente Alvez se encuentra coordinando un taller literario denominado “Todo escribe alrededor”, mientras que está escribiendo la historia de un desaparecido en democracia en Misiones. En medio de ese espanto, nos quiere hacer gozar de la belleza de su provincia, como es la poesía y la música del gran cantautor Ramón Ayala, creador del género musical “gualambao”, de reminiscencias guaraníticas, y que lo plasma con inigualable dulzura y cadencia en “Canto al río Uruguay”.
La entrada Sergio Alvez escribe con crudeza y belleza sobre viejos oficios rurales de su Misiones, como el urú y el descubiertero se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La entrada ¿Hay trabajo en el campo? Javier Amondarain promueve la pedagogía de alternancia para fortalecer el arraigo se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Esta pedagogía fue importada de Francia, y, según explicó Amondarain a Bichos de Campo, la modalidad “consiste en que los estudiantes alternen entre vivir la mitad del mes en el centro educativo, y la otra mitad volviendo a sus casas. Además, garantiza una formación teórica en las aulas, y práctica en el terreno”.
“Cuando ellos están en sus casas, los docentes también los van a visitar. Y no es sólo una visita pedagógica, sino una visita a la familia; por eso decimos que cuando un chico ingresa al CEPT, la familia también lo hace”, agregó Amondarain.
“Acá hay un doble trabajo. No sólo el pedagógico y escolar, sino que, además promovemos la participación de las familias rurales con proyectos productivos, y promoción de grupos de productores y de cooperativas. El propósito de este sistema es, no sólo que la familia se quede en el campo, sino que el pibe se quede con un proyecto de vida y con condiciones dignas”. remarcó Amondarain.
Mirá la entrevista completa realizada a Javier Amondarain:
La pedagogía de alternancia permite, según Amondarain, “recuperar los saberes y prácticas previas. Tenemos herramientas pedagógicas para que eso suceda, y en función de la currícula de la Dirección General de Escuelas, así vamos produciendo nuevos saberes”.
En cuanto a la organización de estos centros, Amondarain explicó que “hay como una doble institucionalidad. Por un lado están los CEPT, que son los Centros Educativos para la Producción Total, y las ACEPT, que son las Asociaciones de los Centros Educativos para la Producción Total, las cuales están conformadas por todos los miembros de la comunidad de ese radio de influencia, y las cuales, a su vez, están representadas por los consejos de administración. Y estos consejos, en co gestión con la Dirección General de Escuelas de la provincia de Buenos Aires, administran pedagógica y económicamente a los CEPT”.
“Esos CEPT, que son unos 35 en toda la provincia de Buenos Aires, son organizaciones de primer grado que están nucleados en otras de segundo grado que son las FACEPT (Federación de Asociaciones de Centros Educativos para la Producción Total). Así se termina de conformar organizacional e institucionalmente nuestro movimiento”, agregó el directivo.
La entrada ¿Hay trabajo en el campo? Javier Amondarain promueve la pedagogía de alternancia para fortalecer el arraigo se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La entrada Leandro Pontaroli quiere abrir la Chacra Miramar para que la gente pueda capacitarse y conocer la realidad de un típico campo pampeano se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En el campo ubicado en el sudeste bonaerense, a solo 20 kilómetros de Miramar, hacen todo lo relativo a experimentación adaptativa. “Tomamos lo que hacen los investigadores, por lo cual adquirimos mucho vínculo con el INTA de la región del sur de la provincia, y apelamos a la experimentación más que a la ciencia pura, con los pies en el lote y las botas de goma puestas”, explicó Pontaroli.
El ingeniero agrónomo relató que el campo “se vuelve un ámbito propicio para compartir experiencias ligadas a los cultivos, y entender cuál es el devenir de estos, y cuáles son las adversidades, limitantes y desafíos para producir”.
Mirá la entrevista completa realizada a Leandro Pontaroli:
Hoy que está tan cuestionado el medio y modo de producción, Pontaroli cree que “hay cosas que están bien cuestionadas pero en otras creo que hay mucha desinformación. Por eso estamos encarando enfoques sistémicos para poder comparar escenarios. Mirando a largo plazo, hacia dónde debería ir el sector productivo”.
Remarcó además que desde la chacra trabajan con dos escuelas agrícolas que tiene Miramar. “Es normal que vengan los alumnos a compartir experiencias y ver manejos de cultivos y de hacienda también, ya sea lo referido a pariciones y destete. Hay mucho potencial en esto de compartir las experiencias de un campo tipo de la zona con aquel que quiera venir a pasar unos días para compartir la diaria de un campo de aquí”, describió.
El técnico agregó que, paralelo al trabajo en Chacra Miramar, están haciendo una comparativa de sistemas productivos. “No sólo evaluamos la tecnología de insumos o materiales genéticos, sino que apelamos a enfoques sistémicos y a comparativas de situaciones bajo tecnología de procesos con manejo agroecológico. Así podremos comparar entre diferentes escenarios de producción y brindar los resultados a quienes lo requieran. El foco está puesto en el impacto ambiental y económico”, resaltó.
Le preguntamos a Pontaroli si se hace necesario el paso por una escuela agrotécnica para trabajar luego en el medio rural. Respondió con su experiencia personal: “No creo que sea una limitante no haber asistido antes a una escuela agropecuaria, pero sí pienso que requiere quizás, un esfuerzo extra en la capacitación. Yo creo que hay una necesidad creciente de personal calificado para trabajar en el medio rural y por eso escucho que muchas veces la limitante es la formación del capital humano. Desde nuestro lugar como representantes del Estado en un campo experimental, debemos dar el espacio para que se den las capacitaciones”.
-¿Y se puede ser feliz trabajando en la ruralidad?
-Si, se puede. Lleva su tiempo de adaptación pero se puede- concluyó.
Si desean contactarse con Leandro Pontaroli, pueden hacerlo enviando un mail a chemiramar@gmail.com
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]]>La entrada ¿Hay trabajo en el campo? Segundo Acuña es maestro de trabajadores de la carne: “Lo bueno es tener ganas de aprender, de esforzarse” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En la actualidad, el IAdeC, dirigido por Segundo Acuña, realiza diversas actividades ligadas a la capacitación y asistencia técnica para el sector de ganados y carnes. “Damos cursos como el de técnico de la carne, que es un curso anual, además de cursos de tipificación, y también cursos de promoción de recursos humanos, de despostadores para frigoríficos, personal de playa y hasta un curso de internación durante una semana para promover Recursos Humanos, incluso con aportes del IPCVA”, declaró Acuña a Bichos de Campo.
“Lo que tratamos de poner en todos nuestros cursos es que en formación profesional no hay una barrera entre el que sabe todo y los que no tienen la menor idea. Muy por el contrario, hay mucha gente con diversas habilidades, y la idea es hacer intercambios. Por eso más que hablar de profesores, hablamos de facilitadores. La idea es que todos participen y puedan empujar de modo parejo”, agregó Acuña.
Mirá la entrevista completa realizada a Segundo Acuña:
El maestro de obreros de la carne remarcó el concepto de polivalencia. “Significa que los operarios, chicos y chicas, tengan la capacidad de ir probando diferentes puestos. Hoy cualquier operario de faena prueba diferentes secciones. Lo bueno es tener ganas de aprender, de esforzarse, y por eso los de faena piden rotar e ir a despostada por ejemplo”, resaltó.
En cuanto a la oferta académica actual, Acuña dijo que “estábamos previendo un curso de despostadores en La Pampa, pero nos agarró el coronavirus. Y ya estábamos lanzando un curso técnico de carnes, el cual iba a bajar de 8 meses a menos tiempo, como para mantenerlo. Pero con esta situación, ahora hay que esperar”.
Acuña distinguió tres etapas históricas bien marcadas de la capacitación en la actividad frigorífica. “La primera etapa es (con la inmigración) que se sumaba gente con diversos idiomas a la actividad, y los ponían en diferentes secciones, de forma tal que, en cada sala no pudieran hablar entre ellos, porque no tenían el mismo idioma, mientras alguien les mostraba señas y les decía que hicieran lo que hacía el de al lado. Esa fue la primera formación que tuvimos. Esto era para, entre otras cosas, evitar agremiaciones y otros procesos sociales que finalmente arrancaron en frigoríficos muchos años después”, recordó Acuña.
Hubo una segunda etapa que, según el director del IAdeC, “intentó consolidar algo más formal e instituido, ligando aspectos de higiene y seguridad”.
Y una tercera etapa, donde Acuña describió que “se trató de formar no sólo profesionalmente, sino que pudieran asumir lo que es la higiene y seguridad, el contexto laboral, y darles trayectoria humana”.
Acuña explicó que en un proceso de faena, hay diferentes grados de dificultad. “Hace muchos años, el desollado del asado era hecho por el jefe de cuadrilla, y este era el mejor pago. Hoy hay tareas muy específicas. Están los que calan, los que preparan lomos y bifes. Y toda esa gente tiene una alta especialización. Pensemos que en un día, una persona de estas prepara hasta mil bifes”.
Acuña resaltó también “la mezcla de artesanía, vocación y camiseta propia” que hay que tener para trabajar dentro de la actividad frigorífica. Recordó que cierto día a una trabajadora le pidieron hacer una prueba de porciones controladas con el corte de bife de chorizo. Todas las porciones debían ser semejantes.
“En ese momento yo era el director de la junta y fui a controlar cómo se estaba haciendo esa prueba de porciones controladas de 250 gramos en una pieza de un bife. Una señora, que hacía mucho tiempo que no lo hacía, cortó todo el bife, y cuando llevamos eso a la balanza nos daba justo ese peso. Y ella, con una cuchilla grande de 12 pulgadas, lo hizo bien. Esto da muestra de la vocación, el entrenamiento, y las ganas de hacer las cosas bien”, relató.
“Ahí es donde debería estar el futuro de nuestra producción. No mas el bife entero sino por porciones, para que no salga la media res sino el bife ya cortado, lo que implica reconvertir al frigorífico”, manifestó.
-¿Y hay demanda en la industria frigorífica?
-Tenemos excelentes animales y bien procesados, sin ninguna contaminación. Esto da cuenta de que hay una industria organizada. Pero está tan dispersa, que la mano de obra capacitada será requerida sólo cuando tengamos una industria mas profesionalizada- respondió.
“No puede ser que tengamos frigoríficos sub-aprovechados que faenen dos veces por semana, o que por economía de escalas, haya productos que no se aprovechan en un mundo que necesita proteínas. Si enderezáramos esta situación sería todo mejor. Para eso necesitamos una ley nacional e industria formales, bien plantadas”, concluyó Acuña.
Nota de la Redacción: Si desean contactarse con Segundo Acuña, pueden hacerlo enviando un mail a escueladecarnes@gmail.com
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]]>La entrada ¿Hay trabajo en el campo? José “Pepe” Orozco cuenta que en el ISEA “formamos gerentes de empresas agropecuarias” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>“Somos el mismo grupo que creó la facultad de Ciencias Agrarias de la Universidad Católica Argentina (UCA) y de la Universidad de Belgrano. Tenemos larga experiencia en esto”, se presentó Orozco a Bichos de Campo. “Formamos gerentes de empresas agropecuarias. Son carreras muy cortas en las que damos montones de herramientas para que alguien pueda ponerse al frente de un campo y que lo haga de forma sólida”, agregó el rector del ISEA.
El instituto incorporó la educación a distancia hace más de doce años, pero cuando empezó todo el tema del coronavirus, 15 días antes de la cuarentena, Orozco expresó que cambiaron su modalidad de educación: “Establecimos que todo lo que fuera presencial se pudiera hacer a distancia”.
Mirá la entrevista completa realizada a José “Pepe” Orozco:
Acerca de las dos carreras que dictan en el ISEA, Orozco describió que “la carrera de técnico superior en administración rural dura dos años y la de administrador rural dura un año”, y remarcó que “vamos muchísimo al campo, con lo cual contrastamos todo lo que es teórico con lo que es práctico. Para eso elegimos profesionales con una reconocida experiencia en el manejo de su profesión, y no tanto por su experiencia como docentes”.
El 60% de las materias de las carreras que dictan en el ISEA son obligatorias y el 40% restante lo elige el alumno. “Esto le da un plus interesante, y además, se la puede complementar con otros cursos que dictamos”, manifestó el rector del instituto educativo de la Sociedad Rural.
Orozco remarcó que “no sólo hacemos cursos en Buenos Aires. Lo que tiene la educación a distancia es que es un universo increíblemente grande. Nosotros estamos en todas las provincias argentinas”.
En el momento de un nuevo acto de colación, el rector del ISEA comentó que su mensaje es el de incitarlos a seguir capacitándose, debido a que la demanda laboral en el campo va cambiando de acuerdo a la adopción tecnológica y al avance del conocimiento. “Si creen que acá se acaba todo, están equivocados. Este es un camino que acaba de empezar. Deben seguir estudiando, porque sino en cinco años quedan fuera del sistema”.
Acerca de si hay una deficiencia crónica en la educación rural, Orozco manifestó que “es importante que entiendan que el campo no es una posibilidad; es una realidad. Lo que pasa es que no se suele entender la importancia que tiene el campo. Creo que son políticas de Estado en todo caso. La sociedad rural tiene una profunda preocupación y ocupación en todo lo educativo, pero no podemos fijar políticas de Estado”.
“En la sociedad rural tenemos una activa participación educativa y no sólo tenemos el ISEA; también tenemos un colegio agropecuario de nivel medio en el norte de La Pampa, tenemos un centro de información de dirigentes que es el CEIDA y que es más antiguo que el propio ISEA. Y participamos de tres comisiones distintas del ministerio de Educación, y en otra comisión del ministerio de Ciencia y Tecnología”, destacó Orozco.
Nota de redacción: Si desean contactarse con el ISEA y las modalidades de estudio a distancia, pueden enviar un mail a iseadistancia@sra.org.ar
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]]>Kati explicó a Bichos de Campo que “la clave de producir en una zona tan austral es elegir qué se puede producir y no ir en contra del clima, sino más bien estudiarlo junto a sus ciclos y focalizarse en lo que es viable producir. Ahora, lo que es una realidad es que a diferencia de otras zonas que tienen o la siembra de primavera/verano o la de otoño/invierno, acá hay un corte invernal, y tenemos un sólo período de siembra que es durante la primavera/verano”.
Pohjola, que derrocha entusiasmo y contagia a quienes quieren incursionar en hacer sus propias huertas en Ushuaia, Río Grande o Tolhuin, comentó que “la tendencia es la de ir hacia sistemas de producción a cielo abierto” y no depender únicamente de los invernaderos.
“Hubo una moda de que en Ushuaia no se podía producir, o que se podía hacer sólo bajo cubierta, o en micro túnel o bajo invernadero. Pero eso pasa porque no se elije bien qué producir, sino que se elije producir lo que sea”, explicó la especialista.
Mirá la entrevista completa realizada a Kati Pohjola:
“Ajustando las especies que se elijen, son viables ambas experiencias de cultivos, tanto las de cielo abierto como las de invernadero. Entonces, también se podría optar por las especies más rústicas para cielo abierto, que es lo que se hacía en las huertas de las antiguas estancias, que sólo reservaban pequeños invernaderos para hacer plantines”, agregó Pohjola.
El clima cambió a nivel mundial y también lo hizo en Ushuaia. “El clima es mucho más variable y ya no están las estaciones tan marcadas. Eso dificulta la agricultura a diferencia de hace 100 años, pero aún es viable producir ciertas frutas y hortalizas a cielo abierto”.
¿Y cuáles frutas pueden cultivarse a cielo abierto en Ushuaia? “Podríamos plantar todo lo que es fruta fina, ahí tenemos la familia de las berries, entre las que destacan el corinto, el casis o grosella negra, la uva espina o grosella. También se pueden plantar cerezos. Y hasta hay algunos manzanos que acá tienen 40 o 50 años pero, al ser tan dura y ácida su fruta, se las puede usar para elaborar dulces”, describió Pohjola.
Sobre las verduras, Pohjola indicó que se puede plantar a cielo abierto “el ruibarbo, que es procedente de oriente, luego se adaptó en Inglaterra y de ahí vino para el sur de Chile y Argentina. Luego, tenemos todas las verduras de hoja, las familias de las coles, el kale que está tan de moda, repollos de todo tipo, brócoli, coliflor, lechuga, espinaca, acelga y rúcula.

Sin embargo, Pohjola declaró que “la gran vedette de la primavera verano en la zona austral es el ajo violeta santacruceño, y también, aunque de menor tamaño, la papa y papines andinos. Con algunas dificultades, dependiendo del suelo y su preparación, también se puede hacer zanahoria, remolacha, nabo, arvejas y habas”.
Pese al enorme abanico de posibilidades que permitiría una huerta en Ushuaia, Pohjola explicó que “se perdió esa cultura de la huerta porque el estanciero tuvo que elegir qué tarea destinarle a la gente que empleaba, y cuando empezó a llegar a la isla mayor abastecimiento de frutas y hortalizas provenientes del norte, se desvalorizó la labor de huerta, porque las personas que se dedicaban a esa tarea fueron derivadas a la producción lanar”.
“Hasta que, de repente, los nietos de estancieros empezaron a darle nuevamente valor a esa producción hortícola, tanto en el marco de producir para turismo rural, ya sea para enfocarse en la producción agroecológica, o bien para producir hortalizas orgánicas e incluso para producir semilla orgánica que está tan cotizada. De modo que, cada estancia, revalorizó, desde diferentes enfoques, el regreso de la figura de la huerta a las estancias”, reveló la técnica del INTA.
En el marco de esa revalorización huertera en la región más austral del mundo, Pohjola se puso al frente de una capacitación en horticultura que se dicta desde hace un año y medio. “En función de esta demanda es que empezamos a capacitar a la gente y entusiasmarla en la producción de huerta”, comentó Pohjola.
“La denominación de salida laboral es ´Operador Hortícola´. Se trata un trayecto profesionalizante de un año de duración dividido en dos cuatrimestres con 12 horas cátedra semanales, en donde hay una mitad teórica y una práctica. El programa cuenta con validez nacional, lo homologa la provincia de Tierra del Fuego y se dicta sólo en Ushuaia”, dijo.
El curso anual se dicta en el Centro Educativo y de Formación Laboral de Ushuaia (CEFLU), y se realiza en conjunto con el Centro Educativo y de Formación Laboral Ushuaia.
Pohjola aclaró que la capacitación se realiza en modo contra estación: “Empezamos en agosto y terminamos en julio”, manifestó. La técnica reforzó el hecho de que mucha práctica en estancias y chacras, razón por la cual realizan salidas de fines de semana y acampan”.
Otra de las tantas cosas que aprenden en el curso es el manejo de maquinaria pequeña de campo. “Enseñamos a usar tractores, moto cultivadoras, herramientas manuales normales, y también la tarea de limpieza, afilado y mantenimiento de las mismas”, destacó la técnica del INTA Ushuaia.
Incluso, Pohjola agregó que quieren sumar “un módulo que enseñe a confeccionar herramientas de labranza”.
El curso está destinado a mayores de 18 años, sin límite de edad, y el público que asiste cada año “es muy variado”, según la técnica y docente.
“El año pasado se recibieron unas 22 personas y ahora estamos capacitando a 23 más, mayores de 18 años. No se piden muchos requisitos. Solo ganas”, concluyó Pohjola.
Si desean más información acerca del curso de Operador Hortícola, pueden contactarse con la AER Ushuaia al 02901 433 441 o mandar un mail a Kati Pohjola: pohjola.kati@inta.gob.ar
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