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La entrada Un estudio que debería poner en alerta al agro: ¿Qué le exigen las nuevas generaciones a los productores de alimentos? se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Fue la conclusión central de un estudio realizado por el Centro de Agronegocios y Alimentos de la Universidad Austral para relevar la percepción de los jóvenes urbanos sobre el agro en general, y en relación con la problemática de alimentos en particular.
El estudio, que contó con el apoyo de Casafe, la Cámara de Bioetanol de Maíz, CIARA, Nidera, Bioceres, GPS y la Bolsa de Comercio de Rosario, consistió en la realización de grupos focales con jóvenes de entre 18 y 29 años de CABA, Buenos Aires, Córdoba y Santa Fe.
Luego de estudiar la agenda general de los jóvenes, que se distribuye entre inquietudes universitarias, carreras profesionales, la pandemia y la situación económica del país, entre otras cuestiones, los investigadores se concentraron en los intereses generacionales.
“Allí se destacaron tres ejes centrales: el medio ambiente, la nueva consciencia alimentaria y el cuidado animal. ¿Qué está detrás de esto? Un cambio de mirada, que es el pasaje de una postura egocéntrica a una ecocéntrica. Los humanos ya no están en el centro sino que están integrados a todas las formas”, señaló Silvina Di Giano, magíster en Gestión de la Comunicación en Organizaciones, docente y una de las investigadoras de este estudio.

Respecto a la alimentación consciente, el estudio arrojó que los jóvenes consideran que lo que se consume afecta de forma directa en la calidad de vida, no sólo desde lo físico sino también en las dimensiones emocionales y psíquicas.
“Prestan mucha más atención en los componentes de los alimentos, leen las etiquetas, hablan de la disminución del consumo de carne y de un pasaje del vegetarianismo y veganismo. También de una reducción de alimentos ultra procesados, de la valorización de lo ecológico y orgánico, en contra de lo que tiene agroquímicos, y ponen en duda las verdades de la industria alimenticia, como por ejemplo a lácteos vacunos”, indicó Di Giano.
Ahora bien, ¿qué imaginario tienen en relación con el sector agropecuario? El estudio arrojó en primer lugar una diferencia en las connotaciones emergidas a la hora de hablar de “agro” y de “campo”.
Para el primer caso, los encuestados manifestaron que existe una vinculación con la dimensión empresarial y productiva, un foco en la ganancia y en el rendimiento económico, y consideraron al agro como fuente de ingresos del país. Para el segundo caso, en cambio, se refirieron a un estilo de vida con cierto romanticismo y lo vincularon a la idea de granja, animales pecuarios y a un espacio de trabajo sacrificado.
En cuanto a los aportes del sector a la economía del país, hubo una diferenciación entre los jóvenes pertenecientes a las grandes ciudades, y aquellas de ciudades más chicas con una mayor cercanía a la actividad.
Los más urbanizados consideraron que el agro es un gran dador de trabajo, mientras que aquellos de localidades más periféricas reconocieron aportes locales como el movimiento económico que genera en ciudades chicas, la participación del sector en los comercios y servicios, y el humor social atado al desempeño del campo.
A partir de este estudio se identificaron cuatro amenazas y debilidades que el agro debe atender. Una de ellas es la percepción que existe sobre el trabajo.
“Si el agro se configura como gran actor en torno al trabajo, los jóvenes piensan en un trabajo sacrificado, duro, de baja calidad y de cierta precariedad”, comentó Di Giano. Las imágenes evocadas durante la encuesta eran trabajadores en la intemperie, cosechando de forma manual, en cuclillas, sin un suelo acorde, y prefiguraron que la mayor ganancia la obtiene quien está al final de la cadena.
Los jóvenes más cercanos al sector consideraron, por su parte, que el trabajo en el sector se corresponde con un alto grado de profesionalización en la mayoría de los casos.
Podés mirás aquí el informe completo:
Presentación investigación jóvenes y agro
Otra amenaza identificada es la cuestión medioambiental. “Es una materia nodal y conflictiva en la construcción de la imagen del agro, y presenta temas recurrentes como la preocupación por la sobreexplotación del suelo, y el uso de agroquímicos que impacte en el suelo, en las poblaciones cercanas y en los productos que lleguen a la mesa”, afirmó la investigadora.
Aun así, muchos reconocieron haber percibido cambios en función de los nuevos reclamos realizados por los consumidores y de la nueva legislación aprobada, lo que condujo al comienzo de un cambio de paradigma entre los productores agropecuarios.
En cuanto al trato animal, los jóvenes consideraron que la producción está enfocada en la productividad, y que la tensión entre la rentabilidad y la escala hacen que no se dé un correcto cuidado animal.
Finalmente, en cuanto a la tecnología, los encuestados de las grandes urbes relacionaron este punto exclusivamente con la maquinaria, y manifestaron desconocimiento y desconfianza en relación con los transgénicos. Los jóvenes de ciudades más cercanas al sector se mostraron orgullosos de los avances tecnológicos y los consideraron como parte de su identidad generacional.
El estudio culminó con el reconocimiento de dos oportunidades para el sector, vinculadas a la posibilidad de realizar un mayor acercamiento a los jóvenes, y al reconocimiento de los temas que están en la agenda de este público, como el manejo de agroquímicos.
Así, las principales sugerencias de los investigadores para el sector se relacionaron con realizar un cambio en la comunicación endógamica, que pone al campo en defensa únicamente de intereses sectoriales, sin mostrarse en contacto con las demandas del pueblo en general.
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]]>La entrada Con gorra o sin ella, Fabio Quetglas opina: “Maíz sobra, pero faltan ideas nuevas” se publicó primero en Bichos de Campo.
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Cuenta la historia que allá por la década del ’30 del siglo pasado, con posterioridad a la gran crisis, muchos economistas advirtieron que, en términos relativos, la relación entre los precios de los bienes industriales y los bienes agrarios mostraba un deterioro de estos últimos; de allí proviene el tecnicismo “deterioro relativo de los términos de intercambio”, que fue el telón de fondo de todos los intentos de industrialización “sustitutiva” en América Latina.
La respuesta imperfecta a ese desafío en Argentina se tradujo en imponer mayores cargas a la producción agropecuaria -en la idea que aprovechaba de una ventaja natural-, para favorecer, sostener o apalancar procesos industriales.
Eso fue así durante muchos años, en los que el país tuvo más momentos económicos malos que buenos.
No quiero abrir un juicio aquí sobre la industrialización sustitutiva, solo señalar que fue una respuesta en un momento histórico, explicada por las circunstancias de aquel entonces.
En los últimos 30 años, por un conjunto de circunstancias entre las que destacan el “boom urbano-demográfico” y la incorporación de muchos Estados a la producción industrial y al comercio internacional, sobre todo China, lo que viene ocurriendo es justamente lo contrario de lo que pasaba en aquella post-crisis. Ahora, los bienes agrarios tienden a valer cada vez más frente a precios de productos industriales que van por detrás.
Los dos fenómenos tienen perfecta explicación en preferencias, circunstancias y abundancia o escasez relativa de insumos o de capacidad de respuesta económica.
Lo que es verdaderamente inexplicable es que en nuestro debate público esta circunstancia histórica se soslaye.
La decisión política en torno a qué estructura económica queremos alentar es indispensable. Pero aquellos que consideran que la disponibilidad de recursos, capacidades y tradiciones productivas son un lastre, parecen maniatados por la intima convicción de que hay actividades “per se” mas nobles o elegibles que otras.
Argentina es una potencia agraria, es un país industrial, es un país minero; y lamentablemente producto de ideas sin contextos, de moralinas económicas y de la falta de una institucionalidad adecuada, es un país cada día más pobre y subdesarrollado.
La recurrencia de los fracasos populistas y ortodoxos debería llevarnos a pensar que tal vez debemos dejar de lado la repetición de lo que hemos estudiado hace demasiado tiempo y animarnos a explorar, en base a evidencia, nuevos conceptos, nuevas recetas e ideas que enriquezcan nuestros debates.
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]]>La entrada Esteban Motta escribe sobre los chanchos chinos: Ventajas y desventajas, más allá de los fundamentalismos se publicó primero en Bichos de Campo.
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En estos días hemos observado una discusión en torno al proyecto de inversión para el desarrollo de la industria porcina con inversión y destino de exportación exclusivo a la República Popular China. Distintas voces se han expresado al respecto, con miradas que van desde el maltrato animal, hasta la discusión de la escala del proyecto, y sobre todo quienes serían los dueños reales del mismo.
Aclaro que no soy un especialista en porcinos ni en bioenergía. Pero pude recaudar algunos datos del proyecto, para poder expresarlo en términos de análisis de impactos económicos y sociales reales, para después sí participar en el debate estratégico.
Según información brindada por la Cancillería Argentina, el proyecto tiene como objetivo poner en producción un total de 300.000 madres en cuatro años, organizadas en 25 Unidades Productivas de 12 mil madres. Estas Unidades comprenden plantas de alimentos balanceado, biodigestores (energía y biofertilizante), granja ciclo completo, frigorífico exportador y proceso sin laguna de efluentes).
Si bien se sabe poco, entendemos que serían unas especies de enclaves exclusivos para la exportación china, y los capitales que vendrían a invertir serían de ese país. Se expresó desde Cancillería que el proyecto debería tener socios locales, y que las granjas se asentarían en zonas alejadas de los puertos. A continuación, vamos a analizar algunos números globales en relación a lo que significarían las 300.000 madres en producción para el país.
Se estima que 300.000 madres consumirían aproximadamente 3.6 millones de toneladas de maíz por año. Por lo cual, tomando un rinde promedio nacional de 10.000 kilos por hectárea, estimamos unas 360.000 hectáreas de maíz, producidas por productores argentinos, afectadas al proyecto.
Pensando que estos proyectos se asentarían lejos de los puertos, 3.6 millones de toneladas de maíz (casi la mitad de toneladas que exportó Vicentin de todos los productos en la campaña 18/19) equivalen a 120.000 camiones menos de maíz que viajarán cientos de kilómetros para ser comercializados por los puertos. Ello implica ahorro energético y reducción de la huella de carbono y mejoramiento de la rentabilidad de productores de esas zonas donde el flete llega a representar hasta el 30% del valor del cereal transportado.
A modo de ejemplo, 30 toneladas de maíz a 9.500 pesos por tonelada de cotización valen 285.000 pesos, cuando un flete desde Las Lajitas hasta Puerto Rosario cuesta alrededor de 90.000 pesos y recorre casi 1200 kilómetros. Es un punto a favor del proyecto.
Como aclaré más adelante, no soy especialista en energías renovables, pero según el cálculo estimado de algunos especialistas, mediante este proyecto se podrían generar alrededor de 60 Megas de energía eléctrica, lo que podría abastecer a 300.000 hogares, lo cual si el Estado Argentina vía CAMMESSA o ENARSA por ejemplo, se queda con la propiedad de la generación de energía, estamos hablando de un importante beneficio económico y energético, además de la reducción del impacto ambiental de las granjas, ya que no tendrían necesidad de tratamiento de efluentes. Otor punto a favor del proyecto.
Ahora, si el Estado/Gobierno argentino les deja el negocio de la energía a los mismos inversores sería una oportunidad perdida. Me falta un dato, y no quiero improvisar, cuántos miles de toneladas de BioFertilizantes se generarían, pero más allá del número estimamos unos cientos de miles de toneladas, sumando otro dato alentador de este proyecto.
La producción esperada es de 882.000 toneladas anuales, que equivaldría a 2.500 millones de dólares en exportaciones anuales. O sea que lo invertido equivaldría a las exportaciones que se generarían en 1 año y medio solamente. Otro punto a favor del proyecto.
El proyecto, dicen, generaría 9.500 puestos de trabajo. Otro punto a favor.
En líneas generales estaríamos hablando de un proyecto que nos cierra por donde lo miremos. Ahora vamos a poner algunos puntos a tener en cuenta en el análisis. Uno de ellos es la figura de esta especie de enclave productivo chino en tierras argentinas. A muchos no nos termina de convencer. En esos términos el gobierno debería garantizar que esa producción sea exclusivamente para la exportación a China, ya que de solo volcar uno o dos cortes al mercado interno se podría romper el equilibrio doméstico, y afectar a miles de productores que han invertido en los últimos años en el mejoramiento de la producción porcina.
En esta línea, algunas voces se alzaron reclamando que, en lugar de enclaves con capitales foráneos y esquemas productivos de gran escala, sean productores argentinos en una escala menor, los que aprovechen las oportunidades de ese mercado chino. Varios especialistas afirman que la demanda interna de carne porcina en Argentina aún no se satisface con la producción local, lo cual sugiere que existe espacio para crecer en el mercado interno para los productores más pequeños. Siguiendo esta línea, se podría afirmar que hay lugar para todos. Lo que siguen faltando son políticas para los más pequeños simplemente.
De todas formas, en lo personal sigue sin gustarme esto de los enclaves, y me surge una pregunta: ¿El Estado Argentino podría financiar estas inversiones sin depender de fondos externos? Yo creo que sí, solamente comparando con lo recaudado por derechos de exportación de granos. Por ejemplo, si el gobierno destinara solo entre 10% y 13% de lo recaudado por año en retenciones podría financiar la totalidad de un proyecto de este tipo, sin recurrir a capitales externos y favoreciendo a actores locales.
Observemos los siguientes datos:
UNIDAD PRODUCTIVA 12.000 MADRES = INVERSION U$S 150 MILLONES = u$s 12500 POR MADRE.
INVERSION TOTAL APROXIMADA u$s 3.750 MILLONES
Si estimamos que la recaudación por Derechos de Exportación de granos es alrededor de 7.500 millones de dólares anuales aproximadamente, estamos hablando de que, si el gobierno argentino invirtiera entre el 10% y el 13,3% de los derechos de exportación por año durante cuatro años, podría financiar el proyecto con recursos propios.
Antes de empezar a desarrollar mi postura voy a recordar una charla que una vez pude tener con el ex presidente uruguayo “Pepe” Mujica. Cuando le consulté sobre las pasteras, recuerdo muy claro lo que me dijo. Me planteó que el problema de los argentinos es que las pasteras fueron del lado uruguayo y no del argentino, lo cual es razonable si observamos la cantidad de hectáreas forestales plantadas de nuestro lado de la frontera. Después, muy claramente, me dijo que esos proyectos no se analizan desde posturas fundamentalistas, que Uruguay no se podía perder esa oportunidad. Entonces ellos se dedicaron a estudiar las condiciones de impacto ambiental de las pasteras, y les exigieron que apliquen la misma tecnología que en sus países de origen. Además les exigieron inversiones de impacto social como, por ejemplo, costear la construcción de una Universidad en Fray Bentos.
Desde esa mirada del “Pepe”, repito, no es un proyecto para mirar desde ópticas fundamentalistas. Tiene muchas condiciones positivas como las que detallamos más arriba. Obviamente el gobierno argentino debe imponer ciertas condiciones, necesarias para que no se transformen en simples enclaves chinos en suelo argentino.
Lo ideal sería que el gobierno argentino financie con recursos propios este tipo de desarrollos. Ello aportaría real soberanía productiva y comercial, y no serían simples enclaves, considerando que los recursos están disponibles en el sector. A todos nos gustaría que las unidades productivas sean más pequeñas, con integraciones de productores locales. Habría que estudiar desde el aspecto técnico todo lo que tiene que ver con la generación de bioenergía (se podría comprimir el gas en menor escala, “garrafas de metano”, por ejemplo,) y el posicionamiento geográfico de los frigoríficos. Pero creo que sería importante evaluar las dos alternativas, y quizás proponer dos modelos: estas unidades de 12 mil madres, por un lado, y también la posibilidad de organizar granjas más pequeñas.
Tampoco nos podemos olvidar de los cientos de productores porcinos que desde hace años iniciaron un proceso de mejoramiento productivo, con un alto nivel de inversión, que han transformado el sistema de producción en la Argentina. Son eficientes, aplican tecnología y tienen el know how necesario para seguir creciendo. Para ellos sería importante generar líneas de financiamiento de largo plazo, para que puedan ampliar su escala productiva. Eso generaría un impacto rápido, pensando en la exportación y en un mercado interno cuya demanda aún no es satisfecha por la producción local.
Lo que sí está claro, es que tenemos enfrente una gran oportunidad, que hay que abordarlo con seriedad y dejar los fundamentalismos de lado. Se deben construir experiencias y políticas que permitan que esta ventana productiva y comercial beneficie a la mayor cantidad de argentinos posibles. Y como quedó expresado en estas líneas, este proyecto se trata de mucho más que simplemente de chanchos.
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]]>La entrada Esteban Motta: “Necesitamos un programa agropecuario a 20 años” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Son épocas de grietas. La Argentina necesita hoy superar la grieta entre el campo y la ciudad, y por sobre todas las cosas necesita un pacto de La Moncloa para el Desarrollo Agropecuario de nuestro país en los próximos 20 años.
El problema que tenemos los productores, ya seamos pequeños, medianos o grandes, es que la representación gremial de nuestro sector no se encuentra a la altura, y no está en condiciones de firmar ningún pacto.
La Mesa de Enlace de Entidades Agropecuarias no tiene un programa de desarrollo agrario para nuestro país. Hoy no son más que estructuras anacrónicas, vetustas y oxidadas que no representan el sentir -y mucho menos los intereses- de los productores. Necesitamos una nueva generación que encabece este pacto para el desarrollo agropecuario, una nueva generación que deje de ver solo la coyuntura y podamos mirar el futuro.
Tuvimos una dirigencia que desaprovechó la oportunidad histórica de discutir políticas de largo plazo. El individualismo y el ego pudieron más, y lo único que se logró desde el 2008 para acá es un puñado de legisladores que han mejorado su situación patrimonial pero poco han hecho por los productores.
La imprevisibilidad, la falta de claridad y proyección ha sido una constante de todos los gobiernos (incluido el de Mauricio Macri) desde el retorno de la democracia para acá. El único dato constante tiene que ver con el proceso de desaparición de explotaciones agropecuarias entre los distintos Censos Nacionales Agropecuarios (más de 180.000 entre 1988 y 2018).
Hoy, después del resultado de las PASO, he visto más pseudo-dirigentes intentando anunciar un futuro trágico que dirigentes que pongan propuestas sobre la mesa.
El “campo” es mucho más que índices, o números. El “campo” es gente, personas que trabajan y sostienen al sector de producción primaria más eficiente del mundo. Pero necesitamos que ese “campo”, altamente eficiente en materia productiva, alcance la eficiencia ambiental y la eficiencia social, hoy ausentes o relegadas. Y esto solo será posible con un Estado que apoye y reconozca este rol fundamental que tenemos en la economía de nuestro país.
Ese “campo”, como sector más dinámico de nuestra economía y con una altísima capacidad de atraer divisas a nuestro país, también es un “campo” de “mercado Interno”. Necesitamos lograr el equilibrio que permita conquistar la mayor amplitud de mercados internacionales, y a su vez garantizar la soberanía alimentaria. El “mercado Interno” es el lugar de preponderancia para el desarrollo de la “agricultura familiar” y el “cooperativismo”, que debe dejar de ser vista como una agricultura marginal y transformarse en un actor fundamental para el desarrollo nacional.
Esa “agricultura familiar” es fundamental para pensar un país que rompa con el desquicio de la concentración poblacional, y para empezar a revertir la migración hacia las grandes urbes.
Necesitamos pensar un país y un sector agroalimentario con soberanía tecnológica. Hoy los productores somos esclavos de grandes corporaciones multinacionales. Necesitamos alianzas público-privadas que recuperen el rol del INTA y el trabajo conjunto con sectores privados, poniendo la mirada en el presente y en el futuro.
Soy parte de una generación que necesita suturar la grieta surgida en el 2008, y que el “campo”, de una vez por todas, se siente a discutir políticas reales para el desarrollo de nuestro país, que deje el oportunismo de lado, para empezar a construir oportunidades para nuestros productores. Las oportunidades las construiremos en conjunto con el Estado, como políticas de largo plazo. Necesitamos que se deje la demagogia dirigencial de quienes dicen representarnos, para acordar un Pacto que incluya a todos los actores políticos que reconocen nuestro rol fundamental y poner nuestra parte de compromiso para sacar a este país adelante.
El “campo” no tiene bandera política partidaria. Tiene la necesidad de ser el motor fundamental de nuestra economía y nuestro desarrollo. Quien quiera poner en marcha un plan productivo a 20 años que cuente conmigo, y con muchos más que lo que queremos es ser actores fundamentales de una sociedad que necesita salir de la crisis permanente.
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]]>La entrada Jorge Ramayon: “Los desastres del campo” se publicó primero en Bichos de Campo.
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Nota de opinión de Jorge Ramayon, ingeniero agrónomo y socio fundador de Belaustegui y Ramayon. Enero 2019
Quien tenga la intención de leer estas reflexiones debería saber que quién las escribe cree firmemente en la teoría de los costos marginales, piensa en precios constantes tanto en dólares como en pesos (es decir ajustados por sus inflaciones), y asume que hay que asignar los escasos recursos disponibles de la mejor manera para lograr los fines propuestos dentro de riesgos aceptables, que las actividades del sector deben ser ambientalmente sustentables y que los rumiantes son un aparato biológico que alimentándose con porquerías produce proteínas de alto valor.
En caso de no comulgar con estos preceptos, es aceptable que abandone la lectura ahora. Si sigue, verá que vamos a ir identificando algunos de los principales desastres, o sea “cosas de calidad, resultado, organización, aspecto u otras características muy malos” (según la RAE) que nos afligen.
El primero, por lo generalizado y económicamente fatal es el Desastre del Productivismo. Se alimenta del afán productivista que enorgullece a quién lo practica, y que se ve corrientemente en todas las actividades, principalmente granos. Pero tomaré el tambo como emblemático. “Tuve 30 litros por vaca en ordeñe de promedio en el año”, dice contento el entrevistado y cuando preguntan cuánto ganó, dice “ah no, perdimos 1 peso por litro”, cambiando a cara triste.
El nivel óptimo económico de unidades a producir está en función del costo marginal y del precio del producto. Como regla general cuando el precio baja hay que bajar la intensidad (cantidad de capital y trabajo aplicados para la producción de una unidad de algo), reduciendo el esfuerzo productivo. Y revertirlo cuando el precio sube.
En los últimos años hemos pasado momentos en la lechería con precios ruinosos, en los que había que bajar la intensidad y aplicar el famoso dicho “de lo barato poco y de lo caro nada”, tratando de usar lo mejor que se pueda el forraje de praderas y verdeos, con valores de milésimas de dólar por kilo de materia seca, y guardando para cuando suba el precio de la leche los forrajes de mayor valor, como un silo de maíz.
Sigue el Desastre de la Irrelevancia Política. La población rural decrece año a año con la migración de la gente desde el campo a centros urbanos, en donde, si bien siguen vinculados a estas actividades, tienden a adherir al discurso populista de la clase política, un fenómeno al cual hay que agregar la extraña forma en que se eligen nuestros diputados.
En ese contexto, la falta de votos que defienda los intereses económicos del sector permite que la montaña de divisas que ingresamos con nuestro afán productivista sea considerada “cosa de nadie” y materia prima para repartir a su gusto por parte de los distintos gobernantes. O sea, proveemos la sangre que alimenta el tumor.
El tercero es el Desastre de las Rotaciones. Nuestras actividades dependen directamente de los suelos. A estos, lo mejor que les podría suceder sería que nosotros no les pasemos ni cerca, pero como no podemos hacer de ellos un parque nacional, tenemos que usarlos y en lo posible bien.
Por sus características, las distintas actividades inducen, algunas, procesos de degradación y otras, de recuperación, por lo que un uso sustentable debería incluir balanceadamente distintas proporciones de cada tipo para mantener, o si es el caso, mejorar el estado de esos suelos.
Como en realidad en los últimos veinte años ha predominado el “todo soja”, en algunos casos con siembra directa pero mayoritariamente sembrando directamente, el resultado actual es que han predominado las degradaciones, con compactaciones sub-superficiales, erosiones y modificaciones en el contenido de nutrientes, acompañadas por la proliferación de malezas tolerantes o resistentes a herbicidas.
Si continuamos con esta tendencia, no hace falta título de profeta para predecir que las grandes complicaciones tenderán a aumentar hacia el futuro.
A continuación viene el Desastre de las Calidades. Este es sobrino del primer desastre, el productivismo, porque consiste en elegir para tratar de producir mucho algo muy rendidor, aunque su precio y calidad nos desplacen a mercados de bajos precios.
Esto se aprecia en el maíz, en donde duros colorados perdió frente a amarillos dentados. Trigos duros contra forrajeros, soja con contenidos de proteínas cada vez menores, no genéticamente modificados frente a GM.
Como tenemos logística muy cara, y en dólares constantes los granos tienen una tendencia descendente mientras que la de los costos es ascendente (en especial los fletes, principal erogación de una hectárea cosechada), los resultados hacen que los rendimientos de indiferencia sean mayores a los rindes medios, indicando que el conjunto opera a pérdida.
Parece poco indicado tratar de ganar plata de esta manera. En el caso de la carne vacuna, en el pasado reciente pasamos de ser los productores de rumiantes a pasto de la mejor carne del mundo a mayormente productores de carne feedloteros, alimentando los animales con granos y harinas, degradándolos a mono-gástricos a fuerza de antibióticos, esto a favor de restricciones a la exportación de granos que deprimieron su precio.
Los resultados negativos sobre la calidad están a la vista, mientras crecemos como exportadores de cortes de bajo valor.
Por fin, el quinto y último en este comentario, no en la realidad del campo, es el Desastre del Comercio de Granos. Estos tienen una característica muy particular que es la tipificación. Un maíz, o el grano tipificado que usted quiera, grado 2, es perfectamente reemplazable a cualquier efecto por la misma cantidad de maíz de otra procedencia del mismo grado. Esto hace que se pueda independizar los aspectos físicos de los comerciales y financieros. Entregándolos en algún lugar de recepción y almacenaje, podrían convertirse en un papel negociable, warrant, certificado de depósito o similar, que aceptado por las instalaciones terminales pueda ser guardado, vendido o usado en garantía, permitiendo optimizar la logística física y su uso en los otros aspectos como moneda.
Estas posibilidades, que existieron en épocas pasadas, han sido marginadas por las terminales por propia conveniencia y por la AFIP con el CTG como herramienta antievasión, logrando entre ambos que este comercio se haya hecho más primitivo y las complicaciones y costos logísticos superen las dimensiones razonables. Si necesito plata no tengo otro remedio que fletar y entregar una cantidad proporcionada de granos en el momento que sea, haya o no camiones, cupos, lluvias y o cualquier otro condicionante.
En conclusión, pienso que estos y otros desastres no incluidos deben y pueden irse corrigiendo de alguna manera. Pero como su semilla está dentro del sector, habría que empezar por contratar un par de filósofos que estudien, piensen y propongan a nuestros actores cómo vivir la vida rural del mejor modo posible, pensando qué, cuánto y cómo deberíamos producir para convertirnos en una comunidad económicamente prospera y con una lista de desastres en franca disminución.
La entrada Jorge Ramayon: “Los desastres del campo” se publicó primero en Bichos de Campo.
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