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La entrada Las exportaciones de soja, maíz y trigo con certificación orgánica tendrán una rebaja de las retenciones se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Vale la aclaración que la medida no incluye a los productos autodenominados “agroecológicos”, sino a los que se encuentran identificados en su rótulo con el sello “Orgánico Argentina”, lo que implica que fueron validados por una empresa certificadora habilitada por Senasa Además de “Orgánico”, también está permitido el rotulado como “Ecológico”, “Biológico», “Eco” o “Bio”.
La medida rige para todos los productos orgánicos certificados, con excepción del trigo y harina de trigo, maíz, poroto, harina, pellets y aceite de soja y margarinas, los cuales tendrán un rebaja de cinco puntos porcentuales de la alícuota correspondiente a cada posición.
El decreto 852/2021, por medio del cual se instrumentó la decisión, determinó que el beneficio comenzará a regir cuando la Afip y el Ministerio de Agricultura dicten las normas complementarias necesarias para la adecuada implementación de la medida.
En los fundamentos de la medida se indica que “la producción orgánica implica la elaboración de alimentos diferenciados mediante la aplicación de técnicas y prácticas tendientes a la preservación del ambiente y la sustentabilidad de los sistemas productivos”.
Y que dicha producción “genera una mayor utilización de mano de obra respecto de la producción convencional, el restablecimiento de los suelos y una alternativa válida para un país que busca ampliar su oferta exportable de alimentos diferenciados”, motivo por el cual “la demanda de alimentos orgánicos representa un mercado con alto potencial de desarrollo a nivel nacional y se encuentra en crecimiento a nivel internacional”.
Que resulta conveniente, en consecuencia, incentivar la producción y exportación de alimentos diferenciados por su modo de producir, acorde al criterio de fomentar mayor producción de alimentos con valor agregado.
Por ese motivo, se consideró que “resulta procedente reducir al 0% las alícuotas del derecho de exportación para aquellos productos que no afecten a la sostenibilidad fiscal”, mientras que, por otro lado, “para los productos de carácter ecológico, biológico u orgánico sujetos a precios internacionales y con alícuotas más elevadas, corresponde disponer una rebaja en el nivel del tributo aplicable”.
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]]>La entrada La frambuesa del postre: En El Bolsón hay un lugar donde se producen frutas finas, cereales, yogures, quesos, helados y hasta novedosos trigos, todo con certificación orgánica se publicó primero en Bichos de Campo.
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“Siento que aún hoy no hay un reconocimiento a lo orgánico certificado; de hecho en el mercado local no tenemos precio diferenciador, algo que sí se reconoce en el mercado internacional”, explica Wenceslao, hijo de Paul e ingeniero agrónomo. “A pesar de esta diferencia hoy no exportamos porque la demanda local es alta y creciente y, por otra parte, exportar hoy es cada vez más engorroso”.
Humus vende toda su producción de fruta fina en la zona, especialmente en Bariloche, donde el consumo de fruta fresca de estación es muy interesante y el formato de congelados permite la comercialización durante todo todo año.
Aunque producen mora, cassis, corinto, grosella, guinda, sauco y frutilla, la mayor parte de la producción de fruta fina del predio está dedicada a la frambuesa porque se da muy bien en la zona. Debido tanto a las condiciones climáticas como agronómicas, se obtienen rindes de entre 12 y 15 toneladas por hectárea (algo que no ocurre con la cereza, que tiene mejores producciones más al sur).
En este punto, la pregunta que surge es por qué, si la frambuesa cada vez más está posicionada, no llega a Buenos Aires ya que es un producto que no se ve en las verdulerías y rara vez en un supermercado.

“El tema es que el acopiador, que es el mismo que compra sandías y papas, no sabe manejar el producto y a esto se le suma que las verdulerías no quieren arriesgarse a perder nada y como la frambuesa es delicada, prefieren evitarla”, resume Wenceslao.
“El mercado y la demanda están, pero hay que ajustar los procesos para lograr que llegue el producto en buen estado; esto en la gastronomía está resuelto porque se manejan con congelados, pero quien quiere comer frambuesas frescas en Buenos Aires, por ahora no puede”. La comarca andina, compuesta por una buena suma de pequeños productores de menos de media hectárea, y medianos de 2 a 3 hectáreas,, produce 250 toneladas de frambuesas por año.
Pero Humus no se limita a las frutas finas sino que se compone de 5 unidades de negocio. En el mismo predio hay vacas, para la elaboración de yogur, dulce de leche, helados y quesos; hay vivero de plantines de fruta fina; hay cereales; y hay un circuito de agroturismo (con heladería incluida) que culmina en una sala de ventas de sus productos.
En cuanto a los animales, poseen 70 vacas (de las cuales hay 50 en ordeño) en su mayoría de raza Holando, aunque algunas con cruza Jersey para ganar en leche con mayor tenor graso para la producción de lácteos, y un toro (antes hacían inseminación). “Los animales son grandes generadores de abono, algo que nos resulta indispensable para la producción orgánica”, detalla.
“Nos manejamos con parcelas con eléctrico y hacemos nuestro propio forraje ya que las vacas están encerradas 4 meses y medio por el frio y hay que alimentarlas”. (En total, con las tierras arrendadas, el predio suma 110 hectáreas).
Wenceslao enfatiza que en el sistema de rotación de parcelas la clave es hacerla lo más sistemáticamente posible y para eso hay que estar siempre “encima del campo” y pensando la mejor forma de hacer las cosas. “Los cuadros más alejados y que son más incómodos para la cosecha de fruta fina los dejamos directamente para pasturas. Hacemos siembras consociadas con gramíneas y leguminosas (como trébol con raigrás) porque nuestras primaveras son frías y si tenemos que esperar a la alfalfa para hacer un corte perdemos muchos días, mientras que las gramíneas son más rápidas y ya tenemos un primer uso tanto en primavera como en otoño y logramos más oferta de pastoreo”, explica.
“Una vez que la pastura está agotada y la parcela ya no es rendidora nos vamos a una rotación con un cereal, que tiene rápida reacción y así no dejamos el suelo descubierto en invierno a la vez nos ayuda a controlar las malezas, algo que para nosotros, como chacra orgánica, es fundamental”.

“En lo que es berries el ciclo es más largo: hacemos una rotación de unos 10/12 años de ese uso y recién después de ese tiempo ponemos un cereal, que puede ser avena, centeno o cebada, o también algo de trigo espelta; para volver a tener berries en esa parcela van a pasar 10 años más”.
El trigo espelta en los últimos años se ha convertido en un producto gourmet y muy buscado (otro “difícil” en Buenos Aires), así que parte de la producción que tienen la venden localmente a una panadería que elabora todos sus productos con masa madre y, también, el turista que va a visitar la chacra puede comprar la harina de espelta en el salón de ventas. Pero, debido al gran valor nutricional de esta variedad de trigo, la mayor parte se destina a forraje para silo en un proceso donde se corta antes de espigar y los rollos de heno permanecen en nylon para producir una fermentación anaeróbica donde predominan la fermentación lactica.
“Esto hace que el forraje sea más nutritivo y palatable y sobre todo nos da un alimento con buen aporte en la época de frío”, dice Wenceslao. “Es lo más parecido a tener un pastoreo en invierno”. El rinde en granos es de 6 toneladas por hectárea y tienen 10 plantadas.

Tan buenos resultados ha dado el sistema de rotación de parcelas que su vecino, también productor de frutas finas, se sumó a esta idea y desde hace un tiempo Wenceslao lo está asesorando: “Con mi vecino no tenemos ni siquiera cerco divisorio, así que cuando se interesó por el sistema rotativo en seguida empezamos y ya está viendo los resultados de la rotación y de los suelos con descanso… y de paso mis vacas se pasan a su chacra y ahí comen también”, cuenta entre risas.
“Es fundamental trabajar en sintonía, estar al tanto de lo que le pasa al vecino, compartir experiencias y ver cómo entre todos se puede mejorar”, concluye.
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]]>La entrada Néstor Ianni dejó su vida de ciudad para ir a hacer su propio vino: “Entendí que no puedo esperar a que las cosas cambien afuera para sentirme mejor yo” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Seis años más tarde de ese primer envión (desde que se mudaron) tienen 50 vacas y un toro Angus, animales de granja, reciben turistas, tienen vides y hacen vino… ¡en su propia bodega!

“Este predio estuvo sujeto a agricultura con agroquímicos durante mucho tiempo”, explica Néstor Ianni. “Un día compré semillas de lotus, raigras y trébol y lo incorporé al campo al voleo sin usar fertilizantes ni hacer limpieza con fungicidas; esperé unos meses, el pasto empezó a crecer muy bien, saqué 43 terneros y este año ya están naciendo de nuevos. Mis praderas semillan solas y las vacas están todos preñadas. Uso sistema con boyeros; en invierno hice unos rollos y los animales pasaron bien el tiempo de frío”.
Néstor cuenta las cosas como si nada. O mejor dicho con una mezcla de naturalidad y alegría que le brota por todos lados porque le gusta lo que hace y a Vilma también. Y les gusta porque lo eligieron, porque en 2010 se pusieron a armar la chacra y desde 2015 aquí viven. Con Bichos de Campo los visitamos en marzo de 2020 y menos de dos años después y atravesando una pandemia tienen muchas cosas nuevas para contar, como que se pasaron al sistema de energía solar y están llevando todas sus producciones hacia un planteo orgánico.
Los Ianni se animaron a todo: a vivir en el campo y a elaborar vinos (¡en Entre Ríos!)
“Como en la zona el abastecimiento de electricidad es malo, siempre se corta y eso me hacía correr riesgos para activar los tanques en la bodega, decidí empezar con energía solar. Ahora tengo 10 pantallas con dos inversores y baterías de almacenamiento, estoy ahorrando mucha energía y si se corta no me preocupa. Tanto mi casa como las bombas para el agua de la hacienda, todo es solar; sigo conectado a la red y algo consumo pero es mínimo”, detalla.
“También estamos trabajando para ser orgánicos en todo, incluso las vacas: este año me compré una maquinita para cortar el yuyo a mano y así evitar el poco herbicida que uso una vez por año; creo que en breve tendré todo para certificar. Y, mientras, hacemos nuestro propio vino”, recalca Néstor porque especialmente ‘ese’ es el sueño cumplido.
Actualmente tienen plantada una hectárea y media con Viognier, Sauvignon Blanc y Cabernet Franc, variedades que se eligieron considerando la experiencia en “terroirs” similares, por lo cual se tomó en consideración primero la aptitud agronómica y su adaptación a la situación agroecología y, en segundo lugar, el perfil de vinos que se querían obtener. Recientemente han agregado un poco de Tannat para complementar la oferta de vinos tintos y están pensando en nuevas plantaciones así que están evaluando variedades, todo con el asesoramiento del ingeniero agrónomo uruguayo Andrés Passadore, también viticultor y con una tradición familiar en el rubro de más de 100 años.
“El cultivo se realiza en espalderas, con un sistema de poda en cordón de pitones y en relación al manejo del suelo se deja un empastado natural en la entrefila; los viñedos no tienen riego, excepto en la plantación y primer año, y todos se cubren con malla antipájaros”, detalla el especialista. En cuanto a las características del terruño de la zona son suelos con una fertilidad media donde las temperaturas cálidas con noches templadas generan viñedos con un buen desarrollo vegetativo. Actualmente la producción de la bodega es de 12.000 botellas anuales.

Passadore explica que estos son vinos de carácter frutal, no tan alcohólicos, con unos blancos donde se destacan las notas florales y una buena intensidad aromática. “Son vinos diferentes muy amables de tomar, nuevos; en general tienen buena aceptación, sobre todo en aquellas personas dispuestas a descubrir otro tipo de productos, más allá del Malbec”, grafica.
“La tendencia de consumo es hacia vinos no tan concentrados, menos alcohólicos, más fáciles de tomar y creo que esto obedece un poco a temas de salud y a que las personas quieren disfrutar de vinos menos complejos. Hay que seguir fomentando las nuevas experiencias, elaboraciones más familiares (pequeña escala) y sobre todo insertos en ambientes naturales y con una producción respetuosa del ambiente”.
“Como tengo buena tierra hemos incorporado muy pocos fertilizantes. solo algo de potasio y magnesio, y como está bien aireado no tenemos problema de enfermedades; estamos usando tierra de lombrices y abonos de cama de pollos”, cuenta Néstor.
“Creo que el sistema productivo convencional ha devastado los campos, los ha saqueado con un criterio de explotación que no deja nada. Cuando yo era chico sembrabas maíz con las semillas del año anterior y todo funcionaba, los rindes no eran tan bestiales pero se producía y se vivía. Hoy eso no pasa: si no echas de todo no crece nada, nuestras tierras son un desierto”.
“Desde aquí, desde mi pequeño lugar quiero cambiar `algo´ porque entendí que no puedo esperar a que las cosas cambian fuera para sentirme mejor, entonces empecé yo a hacer el cambio. Con mi experiencia voy pensando cosas y poniéndolas en práctica”, reflexiona Néstor. “Quiero vivir en un lugar donde me sienta bien, por eso la idea de ir hacia lo orgánico en todo lo que producimos: pollos, vacas, vinos… y vamos aprendiendo en el camino”.
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]]>La entrada Existe una “agricultura yóguica” y sus impulsores la explican de manera simple: “Los buenos pensamientos generan buenos cultivos” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>En Bichos de Campo nos generó mucho interés saber cómo funciona esta técnica, así que entrevistamos a Juan Vazquez Milling, médico homeópata y naturópata, representante de Brahma Kumaris y miembro del equipo desarrollo sostenible del Banco Nacional de Canadá. También se ha especializado en economía circular y en administraciones “desechos cero”.

-¿La agricultura yóguica (AY) utiliza el poder del pensamiento como un nuevo “fertilizante” de los cultivos?
-Así es. Porque los pensamientos son una fuente de energía que afecta nuestro ser y nuestro entorno. Entonces podemos utilizar los pensamientos como nuevo “fertilizante” para el bienestar de los cultivos, es decir enfocar nuestra energía mental o supra mental por medio de la meditación para impulsar el desarrollo integral de las plantas.
-¿En qué se basa la AY?
-En la meditación Raja Yoga que se practica en Brahma Kumaris, que significa conexión real y que consiste en la práctica de la realización del ser espiritual. Esta realización permite al practicante entrar en contacto con su supra-consciente personal y con la Supra Consciencia Universal -como se le conoce en la psicología transpersonal- y en este estado de conciencia impregnarse de energía espiritual. Esta meditación también es una práctica para el reconocimiento y la transformación del pensamiento para generar pensamientos positivos, puros, elevados y pacíficos. Los pensamientos son una fuente de energía sutil que tienen la capacidad de crear la realidad en la que existimos: el pensamiento se desenvuelve a través de nuestra mente y a la vez nuestra mente emite pensamientos que afectan nuestra consciencia, actitud, visión y acción.
-¿Cómo hacen los agricultores? ¿Meditan cuando siembran?
-La base de la AY, como ya se ha mencionado, es la práctica consciente de la meditación Raja Yoga. Esto se hace en diferentes momentos del proceso de cultivo, empezando por la semilla, siguiendo con la germinación, el desarrollo y finalmente la cosecha de las plantas. Tanto las semillas como el abono son orgánicos, libres de pesticidas y de cualquier modificación genética, y se respetan los ciclos naturales de los ecosistemas donde se encuentran los cultivos.
-¿Cómo es el paso a paso?
-Lo primero es el reconocimiento de la semilla como origen de vida y alimento, dándoles el respeto que se merecen, es decir reconociendo que son sagradas. Las semillas se colocan en los cuartos de meditación donde los yoguis meditan especialmente con la intención de fortalecerlas con energía espiritual y este proceso puede durar varios días, dependiendo de la planta o de la necesidad del tiempo de cultivo. En la segunda etapa el agricultor siembra las semillas en sus correspondientes áreas, tarea que se realiza en silencio y con un cuidado especial; cabe mencionar que muchos de los agricultores también son yoguis, es decir, que practican yoga y meditación. Una vez sembradas las semillas varios yoguis se sientan a meditar alrededor de los cultivos durante aproximadamente una hora para continuar proporcionando energía espiritual para el bienestar de las semillas y las germinaciones.
-¿Cuánto dura el proceso?
-Se continúa meditando durante los siguientes días sobre los cultivos, en la mayoría de los casos diariamente dependiendo de la necesidad, estado de las plantas, ecosistema, clima o cualquier tipo de variante que pueda afectar la plantación. Otro ejercicio muy importante es la visualización del crecimiento de las plantas ya que las visualizaciones tienen un efecto similar al de un campo de fuerza sutil que ayuda también a controlar ciertas pestes o insectos que puedan ser nocivos. En la cosecha se ofrece una meditación especial para agradecer a las plantas por su vida, desarrollo, salud, vitalidad, nutrición y energía.

-En las experiencias realizadas, ¿qué resultados han obtenido?
-La calidad de los cultivos fue superior, particularmente en cuanto a la resistencia a los insectos, el valor nutricional y la energía; además hubo mayor germinación de raíces y actividad microbiana superior en el suelo. No hubo mayor cantidad de plantas sino que las que había eran superiores a las de antes de esta experiencia: el aumento de la calidad, el sabor y la robustez del cultivo fueron notables, así como un aspecto radiante y saludable. Se realizaron estudios donde se comprobó que la mayoría de las legumbres, cereales y vegetales cultivados tenían una mayor densidad de nutrientes, eran mejor aún que la agricultura orgánica común y, sobre todo, mucho mejor que la agricultura química.
-¿A qué se debe que el vigor energético de las vitaminas y minerales sea mayor en estos cultivos?
-A que la agricultura yóguica trabaja con las fuerzas creativas de la naturaleza en lugar de ir en contra.
-¿El Ministerio de Agricultura de la India apoya la iniciativa?
-Sí, nos apoya de varias maneras. Por ejemplo en la educación a la comunidad de agricultores y en la organización de eventos, invitándonos a contar esta experiencia y a capacitar a las comunidades. Académicos e investigadores también nos han ayudado obteniendo subvenciones o incentivos para experimentar con este tipo de agricultura innovadora. El Gobierno ha reconocido el impacto de la agricultura yóguica en diversos eventos públicos y ante varias organizaciones nacionales e internacionales.

-¿Se ha probado en otros países? ¿Hay alguna experiencia en Argentina o Latinoamérica?
-Por ahora las iniciativas de agricultura yóguica en distintas partes del mundo ha sido experimental. Todavía no hay experiencias en la Argentina pero para más información se pueden contactar con moira.lowe@ar.brahmakumaris.org
-¿Qué dice la ciencia sobre esto?
-La comunidad científica ha mostrado un gran interés. Se han realizado muchos estudios sobre las semillas donde han encontrado diferencias considerables que demuestran mejores resultados en términos de calidad y rendimiento. Hay coincidencia en los efectos positivos en el ámbito social, económico y ecológico que está transformando la forma en que los agricultores se relacionan con el medio ambiente y, a la vez, configura un mejor sistema laboral donde los agricultores disfrutan de lo que hacen.

Nota: Brahma Kumaris es un movimiento espiritual mundial dedicado a la transformación personal y renovación del mundo. Su verdadero compromiso consiste en ayudar a los individuos a lograr una perspectiva espiritual desde la perspectiva material del mundo en que vivimos. Apoya el cultivo de una conciencia colectiva profunda de paz y de dignidad. Fue creado en la India en 1937.
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]]>La entrada Pedro Landa fue pionero de los “orgánicos” y ahora insiste: “Hay que producir alimentos que sean parte de nuestra salud y no generadores de nuestras enfermedades” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Lo primero que nos dice es que los productos orgánicos han sido tomados por el consumidor como una necesidad para su salud y que la pandemia fortaleció esta idea. “El consumidor empezó a pensar que tenía que comer sano y cuidar el ambiente e identificó a todos los productos que podían satisfacerlo. Y los productos orgánicos cumplieron con ese requisito, además de brindarle más seguridad al estar certificados”, resume.
-Hay una suerte de reclamo hacia los consumidores para que no se dejen llevar tanto por la vista, es decir, comprender que una fruta orgánica puede no ser “perfecta” pero que igual es buena. ¿Qué opina?
-Ese cambio de paradigma ocurrió en los inicios de lo orgánico pero luego se fue olvidando, porque el mismo mercado pidió mejorar la calidad visual. Hoy está volviendo esa tendencia y el consumidor está ponderando más la condición de producto, es decir el orgánico como sinónimo de sanidad e inocuidad sin uso de productos químicos ni transgénicos, cuidando de los recursos. Es importante considerar que en las cadenas largas de suministro el vínculo productor-consumidor tiene intermediarios y estos son quienes muchas veces interpretan los deseos del consumidor y los convierten en demandas hacia el productor. De todos modos debemos tener en cuenta que el consumidor en las ciudades suele estar lejos de la producción y no conocer del tema. Por eso cree que algo perfecto a la vista es mejor, mientras que quienes más conocimiento tienen saben que lo más valioso generalmente es lo que no se ve.

-Usted sostiene que en el largo plazo es más rentable ser orgánico. ¿Nos puede dar más detalles?
-En el largo plazo la producción orgánica es más estable y presenta menos variaciones que la convencional. Pero claro, no es un negocio instantáneo. Implica una inversión, principalmente para los productores primarios, de acomodar y entender su sistema productivo afianzado con el ambiente que lo rodea y que debe acompañar desde la prevención y no solo desde el control. Por eso se trata de manejo integrado y no de insumos; es lo que se llama la economía del conocimiento, lo cual lleva tiempo.
-¿Por qué cree que aun hoy hay tanta resistencia a dejar de usar agroquímicos por parte de un sector productivo?
-Es un cambio de paradigma mental. Para un productor o un profesional que viene produciendo con agroquímicos desde hace años el cambio es muy fuerte, genera miedos e inseguridades. Sobre todo cuando se sabe que los primeros cambios implican una aprendizaje con riesgo de altos costos y potenciales pérdidas puntuales. Como en todo proceso de aprendizaje se debe empezar de a poco, ya que es aprender a producir de nuevo. Lleva tiempo entender el lugar donde estamos, qué tipo de suelo tenemos, cuáles son sus necesidades y cómo puedo satisfacerlas sin contaminar. Lo orgánico tiene que ver con quien lo maneja y por eso los sistemas productivos bien manejados perduran en el tiempo sin problemas, y cada vez con mejores resultados productivos sin poner en riesgo los recursos naturales, la flora y la fauna.
Al final, la agricultura orgánica y la siembra directa resultaron ser primas hermanas
-¿Está probado que lo orgánico es más sano que lo producido con agroquímicos?
-Sí. Hay muchos trabajos científicos que comprueban la calidad nutritiva, antioxidante, etc. Pero es importante aclarar que un producto orgánico puede tener, también, una mala calidad como cualquier otro. Con respecto al uso de agroquímicos, también se debe entender que su fabricación requiere mucha energía que contribuye más al calentamiento global que lo que se adjudica, por ejemplo, a las producciones ganaderas a pasto.
-¿Además de la certificación, hay alguna otra diferencia entre agroecológico y orgánico?
-La agroecología es una ciencia y es la base de la agricultura orgánica. Ahora bien, la agroecología como movimiento social-productivo puede ser algo muy diferente de la agricultura orgánica, ya que no posee controles en línea con lo requerido por los mercados. Los objetivos de base son los mismos pero a la vez tienen muchas diferencias discursivas y políticas. En este punto es muy importante no confundir al consumidor, ya que la agricultura orgánica da garantías de su calidad por medio de normas y sistemas de control oficiales. En estos, entre muchas otras prácticas de respeto medioambiental y social, no se permite el uso de productos de síntesis química.
-¿Puede darnos una idea de cuánto vale certificar orgánico y cómo es el proceso?
-Un proceso de certificación orgánico como se pensó en Argentina hace ya más de 30 años, es un sistema inclusivo a todos los productores y empresas, principalmente porque acompaña al desarrollo de los productores en los años de conversión hacia lo orgánico. Luego recién cuando empiezan a comercializar, sus aportes se incrementan. Un parámetro es que la certificación orgánica corresponde al 0.2% del costo del producto en los primeros años de conversión y que luego al comercializar puede llegar como máximo al 1,5% del precio del producto que se venda como orgánico.

-La producción orgánica, ¿tiene en cuenta puntos como el precio justo o el bienestar animal?
-Sí, porque implica una filosofía socialmente justa, por ello un producto orgánico siempre vale un poco más que un producto convencional: se considera que el productor y la empresa que han hecho los esfuerzos en obtener esos productos cuidando el planeta, deben recibir una retribución a cambio. Y los consumidores que valoran lo orgánico deciden pagarlo. Por otro lado, las normas orgánicas lo primero que ponderan es el cumplimiento de todas las obligaciones como debería cumplir cualquier productor, pero como los productores orgánicos son controlados, siempre son los más exigidos y los que más cumplen. Dentro de esos cumplimientos están las BPA, las BPM y el bienestar animal.
-En lo personal, ¿cómo fue su entrada al mundo orgánico?
-Como muchos, se lo debo al ingeniero Jorge Molina, quien en la década del 70 en su catedra de Agricultura General en FAUBA enseñaba a producir sin insumos de síntesis química. El origen de todos los productores es la producción orgánica; luego las ´soluciones mágicas` que ofreció la producción convencional ha generado que muchos se involucren sin considerar las reales consecuencias de los sistemas productivos como se manejan hoy. Es más, se dejó de investigar hasta que se hicieron tan evidentes las consecuencias negativas de los modelos productivos actuales que llevó a buscar productos biológicos y producciones sostenibles.
-¿Cómo ve el futuro cercano?
-Se requieren medidas inmediatas para frenar el avance de la degradación ambiental debido al impacto negativo de nuestra manera de gestionar la producción y el ambiente; en ese contexto estamos frente a un cambio del sistema alimentario que se acelera a medida que se descubren las consecuencias negativas para la salud.
-¿Qué se puede hacer?
-La respuesta a esta situación está cada vez más del lado de una gestión productiva diferente y de alimentos que sean parte de nuestra salud y no generadores de nuestras enfermedades.
La entrada Pedro Landa fue pionero de los “orgánicos” y ahora insiste: “Hay que producir alimentos que sean parte de nuestra salud y no generadores de nuestras enfermedades” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La entrada Pablo trabajaba en sistemas, hasta que se puso a elaborar harinas en un molino de piedra: “Si uno no cambia lo que hay en su corazón, nada cambiará en el mundo” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Con un título universitario de licenciado en sistemas y 12 años de carrera, un día –comenta– empezó a darse cuenta de la crisis ambiental que vive el planeta y de esa comprensión surgió la necesidad de hacer algo “con mayor sentido en esta vida y aportar algo a esta humanidad en crisis”.

“El nombre Pachita, vine del diminutivo de Pachamama o “la madre tierra” para las culturas andinas que entendieron el profundo vínculo que tenemos con la tierra y que el hombre moderno perdió por completo”, explica. “Por eso nuestra materia prima la compramos a productores comprometidos con la salud y el ambiente, nos basamos en relaciones de confianza. Molemos trigo, maíz, centeno, avena, cebada y mijo”.
-¿Por qué decidieron moler cereales agroecológicos y a molino de piedra?
-Rudolf Steiner, el creador de la Agricultura Biodinámica, Antroposofía y otras artes dijo: “Hoy las plantas alimenticias carecen totalmente de las fuerzas que debería transmitir al hombre”. Entonces, hacer alimentos de verdad, que ayuden al crecimiento espiritual de la humanidad es una de las motivaciones.
-¿Y cómo se relaciona con el cambio climático que a usted le preocupa?
-La agricultura química tiene un rol muy importante, justamente, en el cambio climático. Moler granos que vengan de una agricultura orgánica, regenerativa o biodinámica no solo aporta alimentos de alta calidad nutricional, sino que también son actividades que capturan carbono en la tierra, reduciendo los efectos de los gases de efecto invernadero.
-¿Por qué no trabaja con harina convencional? ¿Qué experiencia tienen con los agroquímicos?
-Todos los granos provenientes de una agricultura convencional tienen altas cantidades de venenos, que terminan en la tierra, en el agua y en nuestros cuerpos. Es muy importante para mí que la gente tome conocimiento de esto para que se provoquen cambios importantes en el sistema alimentario.

-¿Cómo armaron el molino o a quién se lo compraron? ¿Por qué es bueno que sea “de piedra”?
-El molino está fabricado por un emprendedor de Bariloche, para fortalecer la industria argentina. Y que sea molida a piedra le da otras características a la harina: tiene aromas y sabores que no se encuentran en las harinas convencionales.
-¿Cuánta harina producen al mes?
-Unos 1000 kilos de harina de trigo. También hacemos fideos secos, otras harinas especiales, cerveza artesanal y tenemos una pequeña biofábrica para hacer fertilizantes orgánicos.
–¿Quiénes son sus clientes?
-El panadero de la nueva era! Gente apasionada por los panes que se cocinan en pequeños emprendimientos caseros. Y personas que buscan harinas limpias para cocinar en casa.
-¿Creen que hay cada vez más conciencia sobre el cuidado del ambiente y de uno/a mismo/a (como ser humano)?
-Creo que sí, pero tenemos un nivel de demencia tan grande como humanidad que todavía tenemos que ser más los que entremos en conciencia de lo que está pasando para poder hacer cambios significativos. En mi camino de vida me encontré con una palabra hermosa, la agricultura, y es la cultura de los pueblos la que le da forma. Para mí, hay muchos tipos de agricultura: la industrial: llena de venenos y basada en monocultivos y la biodinámica, la orgánica certificada, la agroecología, la agricultura regenerativa y la sintrópica: todas basadas en el cuidado de la tierra y la biodiversidad. Cedimos el poder a la industria y debemos recuperarlo.

-Ustedes, ¿viven en el campo?
-Vivimos en la Ciudad de Buenos Aires y el molino está en Chivilcoy; poco a poco estamos armando un lugar donde poder ir.
-En su Instagram afirma que si uno no cambia lo que hay en su corazón y lo aplica en su hogar, nada cambiará en el mundo. ¿Cómo se relaciona esto con su emprendimiento?
-La llegada de mis hijos fue uno de los motivos que me animaron al cambio. Ver el desastre que estamos haciendo en el medio ambiente me hizo pensar… ¿qué les voy a decir a mis hijos dentro de unos años cuando la crisis sea más grande? Y luego pensé: “Ya sé qué mundo les toca a mis hijos, ¿pero qué clase de hijos le voy a dejar a este mundo?”. Quise que me vieran trabajando/luchando por una causa justa y al mismo tiempo que se conecten desde un lado más amoroso con la naturaleza y la comida. Por eso aquello de “primero adentro y luego afuera”.
La entrada Pablo trabajaba en sistemas, hasta que se puso a elaborar harinas en un molino de piedra: “Si uno no cambia lo que hay en su corazón, nada cambiará en el mundo” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La entrada Ricardo Parra es apicultor y presidente del Movimiento Orgánico: “Cuando uno compra elige el mundo en el que quiere vivir” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>“Mi interés por la producción orgánica nace hacia el año 2000 por el deseo de `cambiar las cosas desde el alimento”, cuenta Ricardo, que en 2003 creó Las Quinas, una marca de miel, mermeladas y dulces orgánicos ubicada en Las Heras, provincia de Buenos Aires. “Y cuando me decidí a producir siempre fue desde la convicción absoluta de hacerlo cuidando el ambiente, el consumidor y a mi pueblo”.

La historia, resumida, es esta: Ricardo trabajaba en una corporación internacional con muchas responsabilidades y presiones y de pronto sintió que tenía que hacer otra cosa, que necesitaba un cambio. Ahí hizo una tecnicatura en apicultura y le cambió la cabeza: se conectó con la colmena, con la naturaleza, con que era posible bajar el ritmo de vida. Además, por esa época su hermana vivía en Alemania y había una posibilidad de exportar miel a ese país.
Al final eso no sucedió, pero la semilla de la naturaleza, de la producción de alimentos y del trabajar en equipo (como las abejas) ya estaba prosperando. Arrancó, entonces, con una sala de extracción de miel habilitada a la que luego sumó más salas y productos: mermeladas, dulce de leche y, ahora, productos de origen vegetal exclusivamente. Asegura que fueron años duros y que lo siguen siendo, pero está convencido de que las claves son tener claro el objetivo propio y poder disfrutar del proceso.
-¿Qué fue cambiando con los años?
-Sentir cada vez un mayor arraigo y que todas las actividades se hagan con la gente de acá, de Las Heras; creo que eso es un diferencial porque productos ricos y bien hechos hay en todos lados. En cuanto a productos, agregamos lo que nos pedía el consumidor: sanos sin ingredientes artificiales, simples. Luego vimos que se necesitaban sin azúcar y no nos fuimos “a lo light” sino a no agregar azúcar. También fuimos la primera empresa de miel apta para celíacos y tenemos certificación B, que asegura que nuestro trabajo cuida a la gente y al ambiente. Todo eso se ve expresado en paneles solares, eficiencia energética, eficiencia en el uso del agua, tratamiento de residuos. Todo esto nos lleva a ser más conscientes de lo que hacemos.

-¿En qué consiste el dulce vegetal, que no es mermelada?
-Siempre nos decían por qué no hacíamos un producto vegetal rico y que tuviera un diferencial. Ahí empezamos con algo nuevo para nosotros. Contactamos al INTI para que nos ayudara a crear algo que fuera alimento, sin elementos artificiales y donde cada ingrediente tuviera un sentido. El concepto es que cuando vos untas el dulce sobre una galletita, eso es incorporar alimento. Trabajamos con licenciados en nutrición, médicos e ingenieros químicos en un gran circulo virtuoso. Nos llevó dos años por la pandemia y hoy tenemos el orgullo de tener un producto que fue elegido entre los tres desarrollos del INTI 2019/2020. Incluso otros institutos del exterior se mostraron interesados.
-¿Qué es lo más difícil para sobrevivir y seguir produciendo en la Argentina de hoy?
-La coyuntura. Uno como ser humano se equivoca siempre y aprende de los errores, pero creo que lo más difícil es cuando la realidad económica te deja afuera del mercado a pesar de que vos sabés que hacés las cosas bien. Por ejemplo, lo que pasa con la inflación: quedamos cada vez más caros porque nos aumentan los costos y, a la vez, no podemos trasladar esos costos al producto para no perder clientes. Ahí se complica.
En cuanto a por qué las personas le compran a Las Quinas, Ricardo lo atribuye a la transparencia de los procesos de elaboración y a que sus productos son simples y son alimento: “Tienen pocos ingredientes y no hay que ser un genio para leer una etiqueta. Nuestra mermelada tiene fruta y azúcar orgánico y nada más”. Además, la empresa muestras sus procesos en redes y tiene la idea de que la gente los visite.
“Agradecemos a quien nos abre la puerta de su casa comprando nuestros productos. Hay que saber escuchar al consumidor que hoy pide productos naturales y que respeten el ambiente”, remarca.
“Cuando uno compra elige el mundo en el que quiere vivir: es importante entender que cuando se elige un producto ese poder de comprar implica elegir la forma de producir. En nuestro caso, sin usar agroquímicos, ni transgénicos ni ingredientes artificiales”.

La materia prima la compra a productores que salen a buscar y que les recomiendan, por lo general, pequeños productores y de las cercanías. “Nuestro objetivo no es el volumen pero sí vamos incorporando nuevos productores con un concepto de comercio justo y de cercanía y es paradójico porque hablamos de ´comercio justo´ porque no existe. Si no, no hablaríamos de eso”, reflexiona.
“Charlamos con el productor, le pedimos su mejor fruta y llegamos a un acuerdo justo, que nos haga bien a ambas partes… queremos que vendernos a nosotros sea una elección, no que estén atados”.
-¿A qué cree que se debe este interés del consumidor por productos de este tipo?
-Hay mayor preocupación acerca de las producciones que no cuidan el ambiente y, a la vez, mayor interés por lo que comemos, lo que incorporamos a nuestro organismo y un rechazo por ingerir componentes que no nos van a hacer bien. A la vez, creo importante tomar consciencia sobre los alimentos que se desperdician por tonterías, como una manzana más pequeña o una papa con una marca. Tenemos que repensar qué elegimos cuando compramos, repensar si es tan importante que la fruta sea brillosa o perfecta según nuestros parámetros; de esa forma mucha más mercadería ingresaría al circuito de comercialización y hasta los precios serian otros. Pero bueno, los cambios son paso a paso.
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]]>La entrada Leandro Graziano es tercera generación de apicultores y se animó a producir orgánico con 500 colmenas en La Pampa se publicó primero en Bichos de Campo.
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En total, la empresa tiene 5.000 colmenas repartidas en más de 50 campos: la mayoría en Pellegrini, la otra parte en Neuquén y 500 en un campo de 15.000 hectáreas en la cercana provincia de La Pampa. ¿Por qué aquí? Porque son las que están en transición a la producción orgánica y para certificarse como tal deben estar a un radio de al menos 3 kilómetros de campos donde no se utilicen agroquímicos.
Es la primera vez que la familia Graziano incursiona en este tipo de producción certificada, ya que siempre produjo miel de forma convencional. Pero los tiempos y las demandan cambian y por eso decidieron dar este paso.
“El mercado cada vez más quiere productos sanos. El tema es que muchas veces no se pueden trasladar esos costos al precio del producto final”, explica Leandro. “Además, en este caso, no fue fácil encontrar el lugar porque como es algo a largo plazo necesitaba un campo confiable, que no cambiara de manos y así fue que encontré a un vecino de acá que tiene este campo ganadero y llegamos a un acuerdo”.
Parte del manejo es ir a visitar estas colmenas cada 20 días o cada vez que haga falta y, por supuesto, tomar recaudos especiales según lo que pida la empresa certificadora de orgánico, que en este caso es la OIA (Organización Internacional Agropecuaria). “Hay que tener mucho cuidado en la manipulación de la miel para no contaminarla, lo mismo que en la sala de extracción”, describe el apicultor. Ante la clásica pregunta responde: “Y a la varroa la controlamos con manejo”.

Leandro afirma que los rindes son iguales y hasta un poco mejores que en la producción de miel convencional y que el promedio general de todas las colmenas es de 25/30 kilos por temporada. “En la década del ochenta se sacaban hasta 80 kilos de miel por colmena, porque había mucha alfalfa y girasol, mientras que ahora hay soja y la abeja ahí no puede comer”, resume.
En la empresa hacen sus propias reinas y tienen una selección genética que ya lleva 90 años y de forma periódica traen genética italiana, más precisamente del Valle de Liguria, donde hay un criadero de reinas muy antiguo.
En cuanto a las ventas, son a granel y el 100% va a exportación, siendo los principales destinos Estados Unidos y Alemania. Recientemente han comenzado un proyecto de miel fraccionada, que saldrá al mercado con la marca propia. “El consumo de miel está en constante crecimiento, incluso a nivel local, y se siguen prefiriendo las de color claro”, explica Leandro.
“Dentro de este proyecto también pensamos como diferencial que el cliente pueda ver la trazabilidad de nuestro producto. Para eso los envases tendrán un código QR que al escanearse direcciona a la página de la empresa y ahí está toda la información de ese frasco de miel: dónde se produjo, cuándo y cómo se cosechó, todo para que el cliente sepa exactamente qué está consumiendo”.
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]]>La entrada Los hermanos Coluccio cambiaron todo el manejo del tambo familiar y comenzaron a producir leche orgánica para Nestlé se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>La historia de los hermanos Coluccio es de resiliencia y superación. Esa actitud les permitió reformular el esquema productivo del tambo familiar La Escondida, para transformarlo en uno de producción orgánica. Todavía están en la fase de transición, pero en dos meses obtendrán la certificación correspondiente.
El campo está ubicado en Luján, provincia de Buenos Aires. Allí el padre de estos cinco jóvenes hermanos, que tienen entre 35 y 45 años, tenía un tambo convención que cerró en una de las tantas crisis sectoriales y económicas de la Argentina a inicios de los 80. Lo transformó en un establecimiento de cría donde logró una carga de mil animales en 600 hectáreas.
Años más tarde enfermó y como sus hijos eran chicos y no podían hacerse cargo de la producción lo alquiló a un pool de siembra. Eso sucedió entre 2005 y 2011, hasta que los más grandes de la descendencia comenzaron a trabajar en el establecimiento.

La primera que se mudó al campo fue la hermana mayor, Luciana, veterinaria, junto son su esposo que es ingeniero agrónomo. Contaban con la infraestructura del tambo viejo, comenzaron a remodelarlo y a ordeñar las primeras vacas. Luego se sumaron Josefina, que es administradora agraria, y Federico, que es biólogo.
“Arrancamos como un tambo convencional hasta que apareció Nestlé con este proyecto de producir leche orgánica, lo que prácticamente significaba un cambio de actividad, modificar los parámetros de producción. Lo fuimos charlando, nos lanzamos y estamos a dos meses de la certificación”, explicó Josefina Coluccio quien se encarga de las cuestiones económicas del establecimiento.
Escuchá la entrevista completa:
Josefina contó a Bichos de Campo cuál fue el motivo que los llevó a decidirse por la producción orgánica: No hay demasiada filosofía, pues para que el tambo funcionara debían contar con un acceso en buenas condiciones de transitabilidad al mismo.
Si bien los Coluccio tienen en claro la importancia de cuidar el medio ambiente, el problema que tenían era que el tambo está a 8 kilómetros por camino rural de tierra de la primera ruta asfaltada. Cuando llovía durante días, en consecuencia, no podían sacar la leche, así que no les quedaba opción que transformarla en masa.
Pero llegó un momento en el que “producíamos tanto que se volvió imposible seguir haciendo masa. Había veces que por 15 o 20 días no se podía entrar al campo por el mal estado del camino y por lo tanto no se podía retirar la leche. Así estuvo el campo durante una década. Años sin que pasara una máquina”, recordó Josefina. Algo nuevo tenían que hacer.

La propuesta que les hizo la industria láctea al principio no lo convenció, pero luego de varias conversaciones, con idas y vueltas, lograron un acuerdo que convenció a ambas partes y así pusieron manos a la obra.
Coluccio explicó qué cambios tuvieron que hacer en el esquema productivo: “Las principales diferencias son en cuanto al manejo animal. El rodeo debe pastorear buena parte del día en el campo, en una superficie acorde a su tamaño. Se puede suplementar un porcentaje bajo de su dieta diaria; la guachera debe ser colectiva y no por estaca; y los terneros deben alimentarse por 90 días de la leche que se saca del tambo. Los tratamientos tienen que ser curativos y no preventivos; no se puede tratar al rodeo general sino que a cada animal se lo debe tratar de acuerdo a lo que se necesita, se lleva entonces un registro y se justifica siempre el porqué del tratamiento”, enumeró.
Pero además la producción de leche orgánica implica cambios importantes en la producción del forraje que requieren las vacas: “En cuanto a la agricultura, ese es el mayor desafío, no se pueden usar herbicidas, cultivos transgénicos ni fertilizantes químicos. La producción vegetal se basa en el manejo de parcelas, las vacas cambian hasta 4 veces por día de lote. Las malezas se controlan con el pastoreo de la hacienda y la fertilización en con la propia hacienda que necesitamos que bostee en cada lote. El sistema exige estar muy encima a los animales”.

En La Escondida se produce todo el alimento que requieren las vacas en ordeñe aunque no es condición que así sea. “En el caso de no tener superficie o no poder hacerlo se puede comprar a otro campo orgánico o en transición como el nuestro”, explicó Josefina.
Otro cambio importante fue el de la raza con la que producen leche. Siempre tuvieron animales Holando, “pero cuando arrancamos con esto de la producción orgánica nos planteamos cambios porque Nestlé nos paga por solidos y no por litros de leche. Por eso fuimos incorporando animales cruzas y los resultados fueron muy buenos”.
En la Escondida ahora trabajan con vacas de triple cruza Jersey-Sueca Roja y Holando Irlandés. Subieron en sólidos y bajaron 3 litros la cantidad producida en promedio por cada vaca. Las Holando producían 27 litros y ahora están en 24, pero les pagan mejor.

Además con las nuevas vacas es más eficiente el uso del espacio y del forraje: “Al ser de contextura más pequeña, donde entran un holando entran dos cruzas, son más rusticas y no necesitan tanto cuidado”, dijo Coluccio.

Esta productora y sus hermanos está muy conformes con los resultados logrados. Le dieron valor agregado a la producción, modificaron la estructura, lo sanearon financieramente, pueden continuar con un plan de inversiones apostando al crecimiento y mientras tanto cuidan del camino rural que beneficiar a la comunidad agropecuaria de la zona. La mayor rentabilidad que obtienen por vender la leche a Nestlé se los permite.
“El balance es muy positivo. Estamos con muchas ganas de seguir incorporando tecnología. Hay que seguir apostando, no podemos parar estemos mal o bien económicamente, este es un proyecto a largo plazo que nos entusiasma mucho”, finalizó.
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]]>La entrada Julián Gariglio hizo un clic mental y convenció a sus padres de pasar a agroecología parte del campo familiar: “Tanto hablé del tema que por cansancio me dieron un lote” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>“Sí, estoy pasándome a la agroecología hace ya tres años”, cuenta de forma pausada. “Este cambio comenzó con un proceso de toma de conciencia y de forma de ver el mundo, que arrancó cuando conocí el reiki, la meditación y las Flores de Bach, terapias que me ayudaron a hacer el gran cambio que necesitaba hacer”.

Julián dice que “antes” sólo le interesaba lo material y tenía una vida que en el fondo no le gustaba pero que no sabía cómo dejar. Dice que él mismo tenía otras conductas que no era buenas y que todo iba de mal en peor hasta que llegó a tocar fondo.
“Por suerte un día conocí a personas que trabajaban su espiritualidad y sentí que el camino era por ahí, con las técnicas que mencioné antes y así fue”, recuerda. “Pero el gran cambio para mí fue en 2017, cuando dejé de comer carne y rápidamente noté que percibía todo diferente, por ejemplo, tenía una mayor sensibilidad y fui capaz de valorar a todos los seres vivientes, desde microorganismo de la tierra que uno no ve pero que igual está hasta una vaca”.
Por ese entonces Julián escuchó hablar por primera vez de la agroecología, su hermano mayor (ingeniero agrónomo) le habló de la red RENAMA y ahí comenzó a ver videos y a informarse: la semillita de producir de otra manera había prendido en su espíritu.

“En septiembre de ese mismo año dejé la casa que alquilaba para irme al campo a una casa de mis bisabuelos, que estaba abandonada desde hacía 30 años, y lo primero que hice fue pedir a la familia que me cediera un lote de ese campo para dejarlo como reserva natural”, detalla. “En 2018 después mostrar a mis padres muuuchos videos de Eduardo Cerda y de la Renama pude convencerlos de que me dieran la oportunidad de hacer un lote de agroecología”.
“Mi familia creía que lo de la agroecología era algo que solo se hacía en campos ´especiales´ con condiciones climáticas especiales y no quería saber nada, entonces tuve que insistir mucho y convencerlos mostrándoles evidencia de que era algo que sí se podía hacer y que funcionada. Tanto hablé del tema que, por cansancio, me dieron un lote”, cuenta entre risas.
Julián tuvo el asesoramiento Agustín Barbera y Martín Zamora de la Chacra Experimental de Barrow de INTA y cuenta que a varios de los productores convencionales vecinos les llamo la atención pero sólo le dijeron: “Ah estás haciendo agricultura como se hacía antes”, aunque él trata de explicarles que no es exactamente lo mismo que “antes”. Pero hay quien escucha y quién no.
“Cuando uno se pasa a la agroecología prácticamente se cambia por completo la forma de preparar un lote para sembrar; por ejemplo se requirió de un esfuerzo bastante grande a nivel humando de estar muchas horas arriba del tractor pasando una disco… pero con mucha felicidad”, enfatiza .
Al poco tiempo este joven productor de 28 años comenzó a formar parte de un Grupo de Cambio Rural de Agroecología, lo cual considera fundamental porque al ser un equipo van aprendiendo unos de otros.
“Esto tiene mucho de cambio mental”, asevera Julián. “Antes me parecía mucho más práctico y rápido que fumigaran en 40 minutos un lote y ahora me subo 2 días al tractor para hacer un lote con las herramientas que tengo. Primero cambie la forma de ver la vida y valorar la tierra que no es nuestra sino que nosotros somos parte de ella y ella nos da sin reclamar y sin esperar nada a cambio y creo que es nuestra obligación cuidarla y valorarla. Nosotros somos un ser vivo más, no somos los creadores la tierra”.

Julián remarca que desde se filosofía de vida es importante hacer un cambio en la alimentación, porque “cambiando la alimentación cambiamos nosotros”, es por eso que además de dejar de comer carne también cocina saludable, cuando puede, y está atento a lo que ingiere.
“Por las experiencias de otros y por lo que me había contado mi abuelo sabía que no era imposible pero sí que sería todo un desafío porque uno sale de un esquema fácil y predecible a un esquema cambiante donde hay que hacer un seguimiento constante de los lotes, es por eso, me parece, que todavía hay tanta resistencia a hacer el cambio a producir sin agroquímicos”.
Hoy en estas 350 hectáreas se produce trigo, soja no modificada genéticamente y avena con vicia; este año sumó trigo sarraceno por primera vez “y anduvo bastante bien para lo que es la zona y lo que fue el verano”.
Sus padres cambiaron completamente su mirada sobre la agroecología y están muy contentos con los resultados. “Esto es una alegría para todos porque estamos produciendo alimentos sanos y eso te deja la conciencia tranquila”, resume.
“Es que cuando cambié mi vida cambió mi forma de ver mi entorno: Tomé conciencia de la cantidad de millones de litros de agroquímicos que mundialmente se aplican en la tierra, matando el ecosistema natural y afectando todo.

A futuro me gustaría llegar a ser un productor orgánico y “mientras tanto apunto a lograr un ecosistema estable en mis hectáreas, es decir recuperar hongos benéficos, bacterias e insectos que desaparecieron debido a los agroquímicos”.
“Hoy sigo cometiendo muchos errores pero también estoy aprendiendo mucho; esto es el día a día. El anteaño hice un lote de maíz y mi idea era tirarle avena y vicia al voleo, pero no funcionó porque dejé pasar muchos días entre la semilla y el escardillo, y además por la poca cantidad de kilos que usé. En cambio este año sí funcionó, lo hice mejor y me ayudó el clima, así que estoy contento”.
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