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3232Un ganadero todo terreno: Alberto Rodríguez no se encasilla en ningún sistema y ha logrado integrar toda la cadena con creatividad y sacrificio
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]]>Alberto Rodríguez (58) vivía en la zona sur del conurbano de Buenos Aires y como le gustaba el campo decidió estudiar la carrera de técnico agropecuario en la Universidad Católica. Lo ayudaba a su padre en el negocio familiar desde que tenía 12 años de edad, pero éste -al ver su entusiasmo por la vida rural- decidió comprar además un campo en la zona deprimida del río Salado, en Bavio, al sur de La Plata.
El campo contaba con pastizales naturales que sirven para una explotación ganadera limitada, con una carga que en la zona no supera 0,7 vacas por hectárea. Entonces Alberto comenzó a “pivotear” entre el negocio de su padre, el campo y la UCA.
Con el tiempo el campo empezó a demandar más dedicación y en 1995 Alberto sufrió un violento asalto en el conurbano y decidió irse con su familia a vivir a la ciudad de Verónica, cabecera del partido de Punta Indio, cerca de su campo familiar. Apostó a la ganadería con todo. Cuenta que al comienzo hacía 100.000 kilómetros por año comprando hacienda hasta que decidió vender todas sus vacas Angus, compró vacas “conserva” y arrancó de nuevo.
Alberto tuvo que volver a empezar varias veces, porque no tiene reparo en contar que se fundió en la crisis del 2001 y luego también en 2010. “Nos fundimos por las políticas de Estado, pero en cuanto el mismo nos deja de pegar, los productores nos levantamos de nuevo”, asegura.
Mirá la entrevista completa a Alberto Rodríguez:
Con el esfuerzo de años, Alberto hoy pudo constituir una empresa llamada “La Perla Agropecuaria”, que juega en todos los flancos del negocio ganadero. Cuenta con 600 hectáreas propias y otro tanto alquiladas en la zona de Hipólito Vieytes, partido de Magdalena, sobre la Ruta 20. Allí realiza cría, recría y engorde con suplementación.
En el lugar fue agregando silos de autoconsumo con alimento balanceado que él mismo fabrica en su propia planta, ubicada muy cerca, en el parque industrial de la localidad de Verónica. Con el balanceado se abastece para el engorde de todos los terneros de su propia producción y también para engordar animales de compra directa a otros productores.
Su sistema es bastante innovador, pues se trata de un engorde “a consumo voluntario”: los animales pastorean en pequeñas parcelas con uno o dos días de permanencia pero a la vez tienen libre acceso a los comederos para consumir el balanceado. Eligen ellos y Alberto dice que siempre eligen bien. Comienzan con consumos bajos y a medida de que pasa el tiempo, van aumentando el consumo de alimento balanceado con muy buena conversión, ya que la tasa se ubica entre 5 y 6 kilos por kilo de carne ganado, dependiendo de la calidad de los animales.
Este curioso emprendedor tiene cinco hijos y tiene la inmensa fortuna que hay tres de ellos que se integraron al trabajo de la empresa, lo que le permitió agregar más valor a la misma. Así fue como en la planta de Verónica comenzó a producir expeller de soja, aceite y biodiesel, que aprovecha como combustible para los camiones y camionetas de su propia empresa. Y claro, tiene transporte propio.
Como si le faltara algo a este modelo de integración, Alberto faena sus animales y los vende. Una buena parte de su producción la comercializa en dos carnicerías que también pertenecen a la empresa, una en Magdalena y otra en Verónica. Al excedente lo vende “al gancho”, en media res, a otros dirstribuidores.
Tiene además un campo alquilado, de 320 hectáreas, habilitado para Hilton, en el que hace engorde de vacas y novillos, pero exclusivamente a pasto. También comparte con un productor de Punta Indio, un campo de médano y monte, en el que hacen recría precoz y semi-precoz, a porcentajes. “Es un campo que funciona muy bien con esas categorías, nos ayuda a destetar anticipado y nos permite poder comprar vacas viejas con cría. Y hacer por un lado, la recría de terneros, y por el otro, la vaca pasa a engordar para exportación”, señala Alberto.
Inquieto como pocos, Alberto llegó a ser presidente de la Sociedad Rural de Punta Indio entre 2014 y 2020. Hoy se sigue denominando como un emprendedor familiar, a pesar de que La Perla Agropecuaria tiene 25 empleados. Uno de sus encargados suele contar que Alberto no sólo le dio trabajo sino que lo ayudó a superar una dura crisis familiar, por lo que dice que nunca lo piensa dejar, sino agradecerle con trabajo, de por vida.
Cuando empezó la pandemia Alberto armó un grupo para ayudar a las personas que se habían quedado sin trabajo. Lo llamaron “Ayudemos a Ayudar” y se dedicaron a juntar alimentos. Durante 4 meses entregaron más de 1000 bolsones. “Y en ese momento junté a todas las instituciones intermedias del partido, desde Sociedad Rural, Cámara de Comercio, Clubes Deportivos, Centros de Jubilados, Centros Tradicionalistas y otros –unas 35 instituciones- y actuó de coordinador entre las mismas y el Municipio.
Rodríguez dice que su esposa siempre lo apuntaló y que si no hubiese sido por ella, no hubiese llegado a constituir la empresa que hoy exhibe con orgullo. Le duele mucho que uno de sus hijos ha emigrado de Argentina, en busca de mejores oportunidades, luego de ver a su padre cómo pasó largas horas de su vida luchando contra las políticas de Estado que casi siempre le han sido adversas.
Pero Alberto no pierde la esperanza y sigue apostando al trabajo, la producción y la capacitación de su gente, que dice ser “es la única vía para dejar de caer, y volver a crecer como país”.
Recomendamos mucho este reportaje. es un placer escuchar a este ganadero todo terreno.
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]]>En idioma vasco casi todos los apellidos tienen significado, y Landa quiere decir campo. Para Enrique ese nombre familiar acompañó muy bien el devenir de todo su árbol genealógico, que desde 1858 vive y respira campo.
La familia Landa siempre estuvo relacionada a la zona ganadera de Punta Indio, en la provincia de Buenos Aires. El primer campo que compraron allí fue en 1950, el cual destinaron por completo a la cría de animales ya que la tierra no tenía la suficiente calidad para hacer una agricultura rentable. Con los años probaron suerte en distintos campos en las localidades de Lincoln, Madariaga y Pipinas, pero nunca se apartaron demasiado de la Bahía de Samborombón.
Enrique hizo la primaria en Pipinas y de manera temprana se volcó al trabajo en el campo, porque todavía no había colegios secundarios en la zona. En los primeros años de la década de 1970 la comunicación, los teléfonos y la luz eran palabras mayores por lo que Landa –en aquel entonces todavía un niño- dedicó a hacer cursos y a estudiar a la distancia para completar su formación.
“Siempre me gustó indagar y conocer. Tendí siempre más a la parte técnica que a los animales. En el campo siempre tenés que ser medio mecánico, medio molinero, saber soldar, saber de todo. Me fui armando. En el último año de primaria, a la mañana iba al colegio y a la tarde en el tractor, sembrando, arando, lo que fuera”, contó el productor a Bichos de Campo.
En esos mismos años en una estancia que estaba al lado del campo familiar, los vecinos comenzaron a aplicar algo así como el pastoreo rotativo, algo muy innovador y poco conocido en la zona. Gracias a su buena relación, Landa los visitó en varias oportunidades para entender de qué se trataba y, sin saberlo, germinó en él el interés de aplicar ese sistema de manejo tan novedoso.
“Esto era comer el pasto cuando está en su máxima calidad y dejarlo descansar hasta que vuelva a ese mismo estadio. Apuntaba más a los descansos que al momento de comida, que era muy cortito. No es el intensivo de horas que hoy vemos, porque está mucho más tecnificado. Era una semana o quince días y se movía la hacienda. Lo que se notaba y destacaba la gente es que el campo nuestro siempre estaba verde, aun en periodos secos. El campo estaba descansando”, recordó Landa.
Mirá la nota completa acá:
Hoy el campo de los Landa, que él administra junto a un hermano, tiene 1.200 hectáreas -entre superficie propia y alquilada- y alberga 1100 madres. Se maneja íntegramente con pastoreo rotativo.
“Lo primero que marca si el sistema funciona o no son los bicharracos del suelo. Si al dar vuelta una bosta está seca, no hay sistema. Si está llena de escarabajos o de lombrices el sistema comenzó a funcionar. Eso lo leí y lo empecé a observar como forma de medir” el impacto de las rotaciones, indicó el ganadero.
“La intensificación en el campo llevo a que uno tenga que maximizar el consumo de pasto, aprovecharlo al mango y la forma de hacer eso es con un rotativo, sino se pierde mucho. El pasto que no se come, no solo es perdida porque no lo comiste sino que se retrasa el próximo pastoreo porque deja de producir y entra en una especie de letargo que el ciclo no continua como tiene que continuar. Conocer eso es básico para implementar un rotativo”, agregó.
A pesar de que las condiciones del suelo no favorecieron a que la empresa familiar realice agricultura, Landa asegura que prefiere realizar actividades ganaderas ya que brindan un margen de tiempo mayor para actuar y corregir parámetros.
-¿En qué momento considerás que estamos de la ganadería?- le preguntamos a Landa.
-La ganadería argentina es siempre una incógnita. Yo siempre escuché que era bueno, que hay mercados. Ahora nos pasó Uruguay exportando carne vecina. En nuestro país hay un componente político que nos hace estar en un bucle permanente. La carne en el mundo es una exquisitez y acá es popular. Tiene que estar barata por definición.
A continuación remarcó: “La ganadería tiene la ventaja, comparado a años anterior, a la información. Al tener acceso a la información, tanto de mercado, de clima, de comportamiento del consumidor que se puede medir. Hoy hay mucha más previsibilidad de la que se tenía hace 30 años atrás. Hay cuestiones que nos permiten medir sobre bases objetivas. El productor se dio cuenta de que no puede producir por producir. Tiene que producir con lógica porque si no atenta contra su propio interés”.
-¿Es fácil conseguir mano de obra para ganadería?
-No es fácil. Es ganadería por ahí lo es más porque todavía se hace mucho a mano, a caballo y no hay tanta tecnología aplicada en maquinaria. Yo tengo un equipo de siembra directa parada hace tres años porque no tengo tractorista. No consigo uno que sea confiable para hacer trabajo a terceros. Quedó para trabajo interno y lo manejo yo o un empleado. Yo siempre defiendo que cada cosa tiene su profesionalidad. Si voy arreglar un molino que lo arregle quien sabe de molinos.
-¿Qué necesitan para seguir siendo más eficientes del gobierno y de la política?
-Estabilidad. En la ganadería es clave porque son ciclos largos. Los cambios en Argentina son típicos. En 1973 explotó el país y el dinero de 150 hectáreas en Lincoln, que teníamos la posibilidad de comprar pegadas a las nuestras, terminó siendo equivalente a comprar un tractor nuevo con arado. Te agarra eso con una vaca con tres meses de preñada, a la que le faltan seis meses para parir y otros ocho para entregar el ternero, la vendes y la quemas antes de tiempo. La estabilidad es clave.
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Fri, 10 Dec 2021 14:38:18 +0000https://bichosdecampo.com/?p=87850¿Dónde queda Álvarez Jonte? Este cronista, despistado, la confundió en un momento con la avenida Álvarez Thomas, pero nada que ver. Álvarez Jonte se llama una extensa calle porteña (a veces avenida) que comunica los barrios de La Paternal, Villa del Parque, Villa Devoto y más allá. De hecho muere a la altura de la […]
Este cronista, despistado, la confundió en un momento con la avenida Álvarez Thomas, pero nada que ver. Álvarez Jonte se llama una extensa calle porteña (a veces avenida) que comunica los barrios de La Paternal, Villa del Parque, Villa Devoto y más allá. De hecho muere a la altura de la cancha de Vélez.
Pero Álvarez Jonte no es eso. Cierre los ojos.
¿Quién fue Álvarez Jonte?
Este cronista, ignorante, no lo recordaba. Tuvo que recurrir a un buscador para volver a aprender que el hombre se llamaba Antonio Álvarez Jonte, que era español de nacimiento, crecido en Córdoba y muerto en Perú, donde había ido a pelear contra los mismísimos españoles. Como parte de la revolución de Mayo, integró el Segundo Triunvirato en 1812.
Pero Álvarez Jonte no es ése. Vuelva a preguntárselo.
¿Dónde queda entonces Álvarez Jonte? ¿Qué es?
Se define en su propia página web: “Álvarez Jonte es un pueblo tan pequeño que apenas cuenta con los servicios básicos, tiene su capilla, su club, su escuela, la estación abandonada y unos pocos lugares donde podes comprar algo. Aun así es un lindo lugar para conocer”.
Álvarez Jonte queda a menos de dos horas de Buenos Aires y mucho menos desde La Plata, yendo por la Ruta 36 hacia la costa. Esta pequeña población del partido de Punta Indio fue fundada el 1 de marzo de 1910 con la instalación de la escuela. Unos años después se estableció el ferrocarril lo que facilito las comunicaciones. Y en 1946 se levantó el club social y deportivo que es el epicentro de esta historia.
Para el ojo desprevenido parece no suceder nada especial en Álvarez Jonte, un pueblo con apenas 60 habitantes en el ejido urbano y unos 400 vecinos más en los entornos rurales que lo rodean. Pero pasan cosas, y muy lindas. Dignas de ser conocidas y compartidas. Por ejemplo, este fin de semana de mediados de diciembre un nutrido grupo de motoqueros llegará hasta el lugar para hacer su última actividad del año. Desconocen todas las ilusiones que se desataron con el anuncio de su visita.
Las que se ilusionan son las mujeres del pueblo, y no justamente porque quieran casarse con un motoquero. Nada que ver. Esposas, madres o hijas de muchos trabajadores rurales de esa zona, estas mujeres se han organizado para ofrecer algo que llaman “Turismo Rural de Base Comunitaria”. Abren el club para los visitantes, lo limpian, cocinan lo mejor que saben y comparten algo de su historia pero también de su cotidianeidad.
Muestran su pueblo y exponen lo que ellas hacen. Y eso les permite generar ingresos que resultan claves para mantener su arraigo en el lugar.
Nos los explicó María Alcat, que es integrante del grupo pero además trabaja como una suerte de coordinadora de este pequeño plan de turismo rural:
“Nosotros somos una localidad rural del partido de Punta Indio que se llama Álvarez Jonte”, nos dice con orgullo María, que además de vecina hace las veces de delegada municipal. En realidad, la suya es la primera estación de tren -cerrada desde 1978- llegando por la Rurta 36 desde La Plata. Luego vienen Las Tahonas, Verónica (que ya es una ciudad), Monte Veloz y Pipinas, ya llegando casi al empalme con la Ruta 11. Todos ellos son poblados por los que, generalmente, los turistas pasan de largo.
Desde Álvarez Jonte sale además otro camino que conduce directamente a la localidad más turística que tiene el partido de Punta Indio. Es el balneario de Punta del Indio, donde además hay una reserva natural protegida muy atractiva para visitar.
Hacia un lado o hacia el otro, las mujeres de Álvarez Jonte sufrían viendo al tránsito pasar de largo, sin detenerse en ellas y su apacible localidad. Por eso, cuando la Municipalidad local lanzó una iniciativa para ofrecer un turismo más horizontal que pudiera atraer a los visitantes también hacia los pasajes rurales, se comenzaron a organizar. “Quisimos ser parte de eso, que se derrame”, sintetizó María.
Con epicentro en el club, la propuesta turística que ofrecen a contingentes o a quien quiera contratar ese paquete es pasar “un día de campo” con todos los condimentos: historias, música, paisajes y sobre todo con mucha comida.
Pero además, los fines de semanas largos o en ciertas ocasiones especiales (como el día de la Primavera) este grupo de mujeres sale a la Ruta 36 y monta una feria en el acceso a su pequeña localidad. La idea allí no es solo la de vender sus productos sino sobre todo la de promocionar entre los automovilistas la propuesta turística de pasar una jornada de campo en Álvarez Jonte.
Estas son las orgullosas mujeres del grupo de turismo rural:
María Alcat es profesora de biología pero da matemática en el CEPT 29. Vive en el campo porque su marido es uno de los encargados del criadero de pollos parrilleros, que queda pegado a Álvarez Jonte.
Claudia Fegan es miembro de la comisión del Club y su marido es alambrador. Es costurera, dicta el taller de costura popular rural, y hace cerámica en frío, artesanías con latas, frascos.
María José Dello Iacono es costurera, artesana en tejidos y su marido es peón de una cabaña. Hace decoupage y además, panificados, repostería. Sus tartas de manzana son un éxito.
Natalia Ghillia. Su marido es alambrador y hace panificados, panes saborizados y repostería, cuyo fuerte es la pasta frola. Además, vende plantines de su huerta.
María Pérez es bajista del grupo familiar chamamecero Los Semilleros. Organizan un reconocido Festival de Chamamé en el Club Social en octubre, pero por la pandemia el proximo se hará en febrero de 2022. Además es auxiliar de educación primaria.
Alejandra Haedo es viuda de un encargado de campo. Artesana en tejidos en crochet, de hilos y lanas, hace tapices coloridos. Además elabora dulce de leche casero y otros, licores de níspero y gancia casero. Bichos de Campo da fe que su lemoncello es muy bueno.
Gabriela Márquez es tambera chica y vende sus quesos artesanales y saborizados en la feria.
Gisela Villarruel trabaja en la Municipalidad de Álvarez Jonte, es presidente del club e integra el grupo de artesanas. Es tambera y con su compañero hacen y venden masa para mozzarella.
Se puede contactar con ellas a partir de esta página.
]]>Enamorado de Punta Indio, Pablo Lapasset tuvo que reconvertirse por la presión de sus vecinos: “No me gustan las exageraciones que se traducen en limitaciones”
http://wi631525.ferozo.com/enamorado-de-punta-indio-pablo-lapasset-tuvo-que-reconvertirse-por-la-presion-de-sus-vecinos-no-me-gustan-las-exageraciones-que-se-traducen-en-limitaciones/
Mon, 06 Dec 2021 16:38:24 +0000https://bichosdecampo.com/?p=87468Aunque es nacido en Lomas de Zamora, Pablo Lapasset se las ingenió para pasar la mayor parte de su juventud en la localidad costera de Punta del Indio, muy cerca de la desembocadura del Río Samborombón. De chico, sus padres tenían allí una pequeña chacra en la que él podía despuntar el vicio de estar […]
]]>Aunque es nacido en Lomas de Zamora, Pablo Lapasset se las ingenió para pasar la mayor parte de su juventud en la localidad costera de Punta del Indio, muy cerca de la desembocadura del Río Samborombón. De chico, sus padres tenían allí una pequeña chacra en la que él podía despuntar el vicio de estar rodeado de animales y en contacto con la naturaleza. Ya de joven “yo era el muchacho que en vez de quedarse los fines de semana para ir a bailar, se tomaba un micro y viajaba cuatro horas los sábados por la mañana”, recuerda entre risas.
Esa pasión se tradujo en una mudanza con estadía a tiempo completo desde el año 1995, ya que luego de recibirse de ingeniero zootecnista optó por radicarse cerca de la casa familiar y dedicarse de lleno a la producción agropecuaria. Además de trabajar varios años como asesor de algunos campos de la zona, Lapasset alquiló varias hectáreas que destinó en un primer momento al engorde e invernada de vacas. Con el tiempo se achicó en extensión de tierra y se enfocó en la recría de terneros.
“Esta zona es netamente de cría. Sobre la cría vos podes trabajar y profundizar pero siempre con esta base. Acá no tenés campos aptos para la producción agrícola redituable, las experiencias agrícolas con fines económicos no funcionan porque son campos muy pobres. Todo se destina a servir a la ganadería”, señaló Pablo Lapasset a Bichos de Campo.
Mirá la nota completa acá:
Su trabajo hoy consiste en el engorde de terneros livianos, de entre 120 y 150 kilos, para llevarlos a los 220 o 230 kilos aproximadamente. El sistema no apunta a la ganancia de peso individual, sino al aumento de peso del promedio total de los animales. Y para lograr ese objetivo la clave está en la constante disponibilidad forrajera, punto con el cual el productor tuvo varias dificultades.
Como parte del problema, además de la limitante de alimentos, surgieron las crecientes presiones de algunos vecinos en esa localidad donde el agro se combina con el turismo.
“Acá estamos dentro del Parque Costero del Sur. Es una reserva internacional de biosfera, amparada por la UNESCO, que abarca una lonja ribereña, cubriendo los talares desde Magdalena hasta Punta Piedras. De un día para el otro me prohibieron fumigar y establecer verdeos tanto de invierno como de verano, por las restricciones del parque”, recordó Lapasset.
Si bien dicha reserva existe desde el año 1986, no fue sino hasta hace tres años que los productores de la zona, que se dedicaban a la producción en sistemas ganaderos tradicionales, se encontraron en la disyuntiva de reconvertirse o tener que ver mermar su producción. La reserva tiene una particularidad: no está ubicada sobre tierras fiscales sino privadas.
Aunque en un primero momento la decisión fue económicamente muy perjudicial para el ingeniero, ya que significó no poder seguir adelante con los sorgos de verano y los raigrases de invierno, no le tomó mucho tiempo encontrar una solución: había que reordenar el sistema para aprovechar al máximo los montes y pastizales naturales de esa zona, que hasta entonces no habían sido su prioridad.
“De a poco nos fuimos readecuando y tres años después estoy con buena disponibilidad forrajera en el campo. El mismo está armado con tres potreros limpios de dos hectáreas y media, en función de las aguadas, en donde hago rotaciones de los animales cada dos o tres días. En este momento estoy en un esquema donde no vuelvo a la parcela original hasta dentro de 70 o 75 días posteriores al pastoreo. Se regeneró el pastizal natural e incluso hay especies que aparecieron nuevamente”, afirmó el productor.
“Se trata de compatibilizar el buen uso del recurso tierra con una producción sustentable, sin deteriorar el ambiente. Lo que a mí no me gusta son las exageraciones que se traducen en limitaciones, que a veces son incorrectas. Todos nos tenemos que ganar nuestro pan. Yo alquilo el campo y a la vez estoy limitado para producir, esa ecuación es difícil. Creo que todos tenemos que buscar la forma de producir conservando”, agregó.
Además de la compra y venta de hacienda para la recría, Lapasset también se vio obligado a diversificar su negocio y comenzó a brindar un servicio de hospedaje a campo para caballos. Dado que es una zona muy turística que está cerca de las grandes ciudades, el emprendimiento dio frutos rápidamente y hoy cuenta con una clientela fija que le confía sus animales.
“El campo es adecuado para el caballo: hay buen agua, sombra en verano y reparo en invierno por los montes. No diría pensión porque no estamos dándoles comida. Yo les cuido el caballo una semana a campo. Entre las comisiones por la venta de hacienda y este servicio voy tirando”, indicó el ingeniero.
El resultado del modelo fue tan positivo que Lapasset recibió la visita de la cartera del Ministerio de Ambiente de la Nación, para analizar como ejemplo su producción al interior de la reserva.
-¿Recibiste la mano de los sectores públicos para hacer esta reconversión?- le preguntamos.
-Parcialmente, porque es muy difícil un apoyo concreto del municipio o de otras entidades públicas. Sí tuve el apoyo de la Sociedad Rural de Punta Indio. El municipio te acompaña pero no toma medidas porque tienen una presión social muy grande de un sector de la población. Yo estoy de acuerdo en que se cuide, pero que se cuide produciendo porque yo tengo que vivir de esto.
]]>La ensachetadora del INTA se puso en acción: Una cooperativa de Punta Indio y Magdalena comenzó a pasteurizar la leche, la vende localmente y le paga el doble a los pequeños productores
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]]>María Eugenia “Mariú” Vela es agrónoma y docente en un Centro para la Educación para la Producción Total (CEPT) ubicado en la localidad de Roberto Payró. Desde hace rato trabaja junto a los pequeños productores lecheros de Magdalena y Punta Indio, que se vienen organizando en una cooperativa llamada AMAO (Amanecer Organizado), una de las trece organizaciones que instaló la nueva ensachetadora y pasteurizadora de leche que diseñaron el INTA y la Facultad de Ingeniería de la UBA, y que podría permitir que la leche elaborada en una determinada zona sea consumida por los habitantes de esa misma zona, provocando beneficios económicos para las dos puntas de la cadena.
Mariú recibió a Bichos de Campo junto a Lisandro Butler, un veterinario que trabaje en el INTA de la Cuenca del Salado, que también colaboró activamente para poner este proyecto en marcha en esta zona rural ubicada más al sur de La Plata, y más precisamente en el pequeño pueblo de Álvarez Jonte. Lisandro, entre otras cosas, diseñó un prototipo de pequeña planta láctea que alberga la maquinita ensachetadora. En pocos metros cuadrados se las ingenio para poner todo lo hace falta para tener una sala habilitada: un baño/vestuario, un área de procesamiento y otra de conservación en frío de los productos. Lo más curioso es que se trata de una instalación de paneles que resulta movible y puede llevarse a otro lado de ser necesario.
Allí adentro, a pocos metros de la vieja estación de ferrocarril y de las vías semi abandonadas por donde alguna vez circulaba un tren que justamente recogía la leche cruda de los tambos de esta zona para trasladarla a las ciudades cercanas, ya se puso a producir esta extraña maquinita que pasteuriza la leche directamente dentro de los sachet. Cosa de mandinga.
Esto que parece tan sencillo no lo es tanto y podría tener consecuencias muy favorables en los modos de comercialización de la leche en este segmento de tamberos. En rigor, los pequeños productores pueden así vender directamente al consumidor, sin intermediarios y prescindiendo de la obligación de tener que entregar su producción diaria a una gran usina que les impone los precios, o de caer en la otra alternativa común de la zona que es la producción de masa para muzzarella.
Mariú nos mostró el proceso, que es sencillo y demanda poco más de una hora. También nos contó la experiencia de la pequeña cooperativa que ya comenzó a elaborar sus propios sachet. Mirá la entrevista:
“En este zona hay mucha producción láctea. Pero se ha ido perdiendo un poco a los pequeños productores. Han quedado pocos”, contó Vela, que coopera desde hace casi una década con un proceso de organización en torno a la cooperativa AMAO, una de las organizaciones sociales que hace un par de meses recibió uno de los primeros prototipos de ensachetadoras-pasteurizadoras.
“Lo innovador de este proceso es que decidimos trabajar de manera colectiva. Por eso se generó este espacio, este módulo, en donde todos los productores de la cooperativa pueden entregar su leche y mejorar el precio que obtienen. La que compra la leche es la cooperativa. Y lo que está pasando es que al no tener intermediarios, reciben un precio justo”, dijo la ingeniera agrónoma. En total son 14 los socios de la pequeña cooperativa lechera: algunos ordeñan 10 vacas y otros 50.
Mariú supone que ellos fueron elegidos para esta etapa por el nivel de organización que habían logrado y porque sientan en la misma mesa a varios organismos vinculados con la producción, como la Secretaría de Agricultura Familiar, el Senasa y la Facultad de Veterinaria, además claro del INTA. De hecho, esa comunión permitió que los pequeños tambos de estos dos partidos fueran declarados libres de brucelosis y tuberculosis hace ya varios años. Fueron los primeros del país en ostentar ese estatus sanitario.
Ahora con la fabriquita y la ensachetadora sueñan con cumplir otros objetivos. La comunión de organismos les permite pagar el salario de dos empleadas que han hecho los cursos de manipulación de alimentos y buenas prácticas para ponerse a trabajar en el proceso de pasteurización de la leche. En los dos primeros meses hicieron 4 jornadas de trabajo como prueba, divididas cada quince días. En cada una de esas jornadas produjeron 120 sachets, porque es lo máximo que da la novedosa maquinita para una jornada de 8 horas (el proceso dura una hora y media por cada tanda de sachet).
“Vamos despacio porque estamos intentando ver cómo es el impacto del producto en el mercado, pero la verdad es que hasta ahora nos ha superado ampliamente la demanda en los pueblos. Ya nos quedamos re cortos. En realidad no llegamos a cubrir la demanda”, relató Vela entusiasmada. La venta se ha hecho por ahora únicamente en una feria de productores que se realiza en la localidad de Verónica. Cada vez que aparecen, en menos de una hora se quedan sin leche.
-¿Y los productores cobraron mejor que antes por esa leche?
-No solo han cobrado mejor, su ingreso se ha duplicado.
Los sachet de leche se han vendido estos primeros meses a un precio final de 80 pesos, y con eso cubren a la perfección los costos de le leche pagada a cada productor y queda un margen para la cooperativa, que se destina al mantenimiento de las pequeñas instalaciones. Como se dijo, la mano de obra por ahora la paga el Estado, lo mismo que le costo de los sachet plásticos, que son genéricos y se distinguen por ahora solo con un sello: cooperativa AMAO. En esa organización, envalentonados, ya sueñan con poder diversificar la producción haciendo manteca, queso o yogur.
Mirá la entrevista con Lisandro Butler:
Lisandro, que pertenece a la agencia de extensión rural del INTA de Chascomús, le pone un ingrediente más para analizar las bondades de este proyecto. Dice que usualmente un litro de leche en sachet que cualquiera de nosotros compra en el supermercado tiene un recorrido de casi 800 kilómetros hasta llegar a ese punto de venta. Aquí las distancias desaparecen. La leche se produce y se vender localmente.
Además apunta que la mayor parte de los socios de la cooperativa lechera colocaba hasta ahora su leche al único mercado que les quedaba, porque difícilmente las grandes industrias lácteas destinen un camión todos los días para ir a retirar su producción. Por eso la mayoría de ellos hacía masa, un producto intermedio entre la leche cruda y la muzzarella que vemos en la pizza. La ventaja para los tambos que producen esa masa es que logran conservar su leche un tiempo más, hasta que pasa el “masero” a buscarla.
La desventaja es que usualmente ese circuito, que nació a fines de los 80 con las grandes inundaciones en los partidos de la Cuenca del Salado (que impidieron sacar la leche de los tambos), es bastante informal, a pesar de que la figura de tambo-fábrica ha sido incorporada a la legislación bonaerense desde 1991.
Como parte del grupo lácteo, Butler trabajó intensamente para preparar el entorno donde se instaló la ensachetadora-pasteurizadora del INTA. Y es que no resultaba sencillo. “Pensá que al ensachetar la leche ya pasamos a ser como una agroindustria, por más que ensachetemos 1 litro o 10 mil litros hay que ajustarse a una serie de requisitos higiénico sanitarios” que son bastante exigentes, relató.
Fue así que en este grupo diseñaron un módulo de paneles que funciona como sala de elaboración y cuenta con todas las instalaciones necesarias en una superficie de apenas 15 metros cuadrados, pues la salita tiene 5 metros de ancho por 3 metros de fondo. Lisandro la bautizó como “módulo trasladable en punto fijo” porque la estructura de placas frigoríficas se puede desarmar para montar en otro lado. Lo único que hay que mantener como instalaciones fijas es una base de cemento, con acceso a los servicios y un tendido para el manejo adecuado de los efluentes.
“Esta innovación la generamos porque en general las familias tamberas de la zona son arrendatarias y no tienen margen para hacer una gran inversión en infraestructura, porque los podían sacar del campo en cualquier momento”, indicó Butler. Con estas instalaciones compartidas, entonces, la idea es que cada familia “pudiera tener sus vacas y su maquinita de ordeñe, sin necesidad de tener su propio campo, contando con una infraestructura movible porque eventualmente poder rearmarse en un nuevo lugar de producción”.