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recetas para el alma – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Thu, 31 Jan 2019 12:12:33 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png recetas para el alma – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Recetas para el alma: Recuerdos de la inundación entre tortitas negras http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-recuerdos-de-la-inundacion-entre-tortitas-negras/ Thu, 31 Jan 2019 11:17:07 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=17944 Cada vez que leo en algún portal sobre las inundaciones en el norte me retrotraigo a las inundaciones en este estero profundo, en este pago hernandiano. Pero no al agua en si, sino al vaivén emocional que  ellas nos dejan en el alma. Las inundaciones también dejan surcos productivos como el sentirnos acobijados en familia en […]

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Cada vez que leo en algún portal sobre las inundaciones en el norte me retrotraigo a las inundaciones en este estero profundo, en este pago hernandiano. Pero no al agua en si, sino al vaivén emocional que  ellas nos dejan en el alma. Las inundaciones también dejan surcos productivos como el sentirnos acobijados en familia en medio de una enormidad empapada, enmudecida.

En esta tierra inundada, Epu Peñi es la familia. Y se me ocurrió rescatar un recuerdo de cuando tenía 11 años y cocinarlo con paciencia, con la misma paciencia que se tiene para atravesar cada inundación. La paciencia tiene en la cocina muchas variantes, pero una muy tibia es amasar con levadura, esperar a que leude la masa, dar forma, volver a esperar, y todo con el arrumaco de la calidez del hogar.

Acá unas tortitas negras que llevan escasos ingredientes resultando exquisitas. Ingredientes:

  • Harina común ½ kilo
  • Azúcar 150 grs
  • Manteca 150 grs
  • Sal, una pizca
  • Leche 200 cc
  • Levadura 50 grs
  • Cobertura
  • Azúcar negra

En la leche tibia y con una cucharada de azúcar disuelvo la levadura fresca y la dejo reposar hasta ver burbujas en la superficie. Tengo tiempo para escribir pensando en  el almanaque de 1986, en el Epu Peñi, Alagón. En este lugar, el agua sobre el agua se desparrama a sus anchas, el parque es una laguna de lana verde que asoma cada tanto. El cielo encapotado, envuelve con sus lágrimas a los eucaliptos, que no dejan de encorvarse pesados, hacia abajo, tirando sus propias lágrimas al suelo, rosando finalmente con sus hojas agotadas la gramilla ahogada.

Botas de gomas, mochila  roja, guardapolvo impecable, campera impermeable, todo casi listo. Mi hermana y yo arriba del sulky rumbo a la escuela 35 de Alagón. Serán unas 5 cuadras, sin embargo no podíamos caminarlas. El agua llegaba a la panza del caballo. Lucero, fiel y renegrido con esa estrella blanca incandescente en su frente nos arrastraba.

En la esquina de los silos de Juan Carlos se nos unirán los hermanos Di Bin. Seguiremos despacio por el medio tratando de imaginarnos las cunetas a ambos lados de nosotros para mantenernos en la huella. Las maestras llegan en camioneta después de dejar su auto antes de la segunda gran laguna en el camino real. Una semana cada familia hace el traslado y las acerca desde la Yayita hasta la escuela.

Todos nos sentimos felices. Nos ponemos contentos cuando hacemos fila para comprar un puñadito de palitos de la selva en aquel quiosquito improvisado. A pesar de estar en el medio del campo, nuestra escuela tiene quiosco como las del pueblo. Recuerdo el alboroto para leer las descripciones que figuraban en los papeles de cada caramelo. Otra vez a clase, aparentemente sin importarnos que por los enormes ventanales el agua, que caía y caía, nos sostenga la mirada.

En esos días grises la escuela era un contacto con la sociedad, un racimo de sonrisas, un momento de recreo imborrable. Un grupo de chicos correteando por las pocas partes secas de patio que sobrevivía aún a tanto agua.

La bandera flameando fue una de las banderas más lindas que recuerdo haber visto, pesada, como de hilo, un pedacito de corazón argentino en medio de tanta sal tratando de treparse por las paredes y de tanto silencio y soledad. Silencio y soledad, dos palabras que pintan la desolación de  una inundación.

Hasta acá casi todo seguía normalmente, nuestras vidas continuaban germinándose con relativa calma. Nadie exageraba su angustia y sobrevivíamos.

Una instantánea tengo de mi padre, viéndolo yo por el ventanal, sentado en el cantero que rodea a las ventanas del frente, masticando una pajita, mirando la enorme cantidad de agua que nos rodeaba. En mi recuerdo permanece en silencio, escoltado por el croar de cientos de ranas que se habían apoderado del sonido de esas noches inundadas de Alagón.

Una tardecita se sintió ruido a burbujas (hago un paréntesis y miro la levadura, que ya está burbujeante de esponjosa. En un bowl pongo harina, la pizca de sal y el azúcar. Agrego el fermento, el resto de la leche. Comienzo a amasar). El ruido provenía del caño de plástico blanco que mi papá había amurado sobre la rejilla del baño –por ese tubo el agua subía y bajaba así no se mojaba el granito negro que mi mamá hacía brillar al igual que al resto de la casa-. Mi mamá metió nuestra ropa en bolsas negras de consorcio; siempre voy a recordar esta imagen  que duró varias horas, embolsaba y escribía etiquetas.  

Filas de hormigas subían hacia el techo por las esquinas de la habitación. Hormigas como estos trozos de manteca que integro a la masa hasta poder hacer de ella un bollo liso, que permanecerá dormido hasta triplicar su volumen, como se triplican las caricias de la familia mientras afuera de la cocina, todo es desolación. Ya hacía varios meses que teníamos los muebles levantados sobre ladrillos, pero hoy la ropa está saliendo de sus cajones y de sus cómodas perchas para quedarse a oscuras en una bolsa de nylon.

Llueve. Como todos los días. Pero hoy diferente, no para.

Horas y horas lloviendo.

Hoy tenemos que irnos del Epu Peñi.

Por pocos días más pasaría la zorra del ferrocarril y en ella habría que irse. Ironía del destino: huir de la inundación por la misma vía que hasta hace años atrás nos había regalado la bocina de la locomotora en un maquinista con uniforme de abuelo Emilio y mi papá le prendía y apagaba la gran linterna con seis pilas rojas Eveready desde esa veredita que ahora es pincelada de  acuarela por el agua. Irse a Pehuajó. Mudarnos a la casa de nuestros abuelos.

Tengo grabada en mi memoria mi última mirada hacia el Epu Peñi; la casa rodeada completamente de agua, la espuma que dejaba la laguna del parque apoyada sobre la pared del cuarto de mis padres, mi papá echando candado en el portón verde de la entrada. La camioneta casi contra la casa, próxima a  la galería y nosotros enfrente, en el andén de la Estación, cargando algunas bolsas, cargándonos a nosotros mismos.

Y esto no es menor, fue lo más difícil, cargarnos a nosotros mismos latiéndonos la patria en el corazón. Esa había sido mi última noche en Alagón de forma casi ininterrumpida desde que había nacido.

Dejo un momento de escribir para acomodar en una asadera cada círculo de masa, uno junto al otro, pegados entre sí y pienso que así nos acomodamos también nosotros a la nueva vida pueblerina, nos acurrucamos el uno con el otro para poder arrancar de cero. Como estas tortitas van a ir leudando a la par, nuestra familia fue haciendo nido en Pehuajó.  

A los espacios que queden libres en la asadera, los relleno con harina para que al derramarse el azúcar caliente no se peguen unas a otras. Para cuando ya estén gorditas, las pintaré con agua o leche para sobre esta humedad acomodar cucharadas de azúcar negra. El horno debe ser fuerte (tan fuerte como nuestra familia). Con unos 15 minutos, a ellas les bastará para derretirse por encima y resultar una masa esponjosa a la vez.

Luego viviríamos en Pehuajó, nos mudaríamos a una casa sin verde, sin horizonte, sin eucaliptos ruidosos, sin ranas trepadas en los vidrios, sin bichitos de luz, sin balidos ni relinchos. A una casa con tapiales en la proximidad de vecinos. Fui feliz también en esos años del secundario, pero siempre  tengo presente ese exilio en mi mente, y siempre late en mi corazón mi Patria, mi Epu Peñi, mi Alagón. Será por eso que cuando escribo algo lo despido con un “abrazo de tierra negra de Alagón”

Mis padres han vuelto, han reconstruido la casa y hemos vuelto a pasar navidades y a descorchar años nuevos. Nuestros hijos, los de mi hermana y los míos, han germinado felices momentos. Y cada escapadita al campo es como un apretado  abrazo de tierra negra al corazón (Jorja).

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Recetas para el alma: El havannet http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-el-havannet/ http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-el-havannet/#comments Wed, 23 Jan 2019 15:23:13 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=17567 La gramilla esta húmeda. Hace una hora ha amanecido. El cielo esta enamoradamente rojizo. Llevo huevos y esencia de vainilla. Deshago la manteca con las yemas de los dedos, agrego azúcar, continúo… La esencia perfuma este granulado y minutos más tarde el chocolate estará fundiéndose lentamente, como esos besos que acarician la espalda después de […]

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La gramilla esta húmeda. Hace una hora ha amanecido. El cielo esta enamoradamente rojizo. Llevo huevos y esencia de vainilla. Deshago la manteca con las yemas de los dedos, agrego azúcar, continúo… La esencia perfuma este granulado y minutos más tarde el chocolate estará fundiéndose lentamente, como esos besos que acarician la espalda después de un largo día intenso, con el apenas roce de los labios. El aroma de la cocina perfuma mi vida y me sonrío. Con un poco de harina y unos golpeteos formo un bollo de masa que estiro sobre una tartera recubierta con un disco de papel manteca, y al horno.

Mi abuela tiene alzheimer. Algún día no podrá pegar la vuelta, pero mientras tanto, que es ahora, el hoy que la sostiene y aun permanece aquí.

El chocolate caliente trae veranos adolescentes a tomar el sol que ya calienta los cristales. Trozo un puñado de nueces, escuchando los sonidos del Epu peñi, escuchándome caminando por el pasto con un cuenco de dulce de leche, trayéndolo entre mis manos. Un cuenco en donde mi abuela se pudiese recostar hasta quedarse finalmente dormida, a pesar de que no tuviera idea de que yo soy una de sus nietas.

Recuerdo nítidamente esta primera noche con mi abuela perdida por primera vez; recuerdo que ella me comentaba acerca de su familia y me dijo que tenía nietas. Aun así, sin saber quién era yo, sin saber quizá quién era ella, finalmente se quedo dormida en su cama con mucha paz. Creo que hay algo en el inconsciente que la puso a salvo de sus temores, trayéndole la tranquilidad para dormirse.

Hay noches que son mas cóncavas que otras, mas mullidas, mas hundidas, más largas, noches en las que el tiempo ha invertido los roles. Esta noche soy yo la que, apoyada en el marco de la puerta de su cuarto, la observo dormida.

Mezclo las nueces con el dulce y estiro hacia los bordes, como uno estiraría todos los momentos alegres que ha compartido con una persona para atesorarlos por el resto de la vida, o como se estiraría mi memoria para rescatarle algún recuerdo no contado antes de que lo olvide todo.

En mi familia las mujeres tenemos carácter fuerte, no somos de permanecer calladas y somos sinceras hasta el hueso en ocasiones. Pero hoy mi abuela esáa como el dulce tibio.

Pico chocolate semiamargo y lo deshago en crema hirviente, con movimientos en ocho. Antes de incorporar el chocolate, la crema debe estar fuera del fuego… El brillo se va apoderando de la mezcla hasta quedar completamente negra brillante; disfruto de este instante relajada, solamente integrando el chocolate con la crema caliente, y me alegro de los obsequios del destino, de las pequeñas florcitas que la huella me ha puesto en el camino. Esta es una de ellas, unos minutos en esta cocina que huele a infancia, a adolescencia tendida al sol, a hijos correteando, a un cariño que por sorpresa regresó…

Derramo la ganache de chocolate tal cual como se derrama la vida cuando te desconectas de este mundo y flotas en el sin tener conciencia de vos ni de los demás.

Qué delicioso el aroma de este havannet cuando el corazón estaba necesitando una receta para el alma. (Jorja).

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Recetas para el alma: Tarta de coco y dulce de leche http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-tarta-de-coco-y-dulce-de-leche/ Wed, 16 Jan 2019 12:04:39 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=17002 La mañana de febrero de 1993, cuando estuve sola por primera vez en Santa Rosa, el aire era irrespiráblemente caliente, el sol atropellaba el gran ventanal de Don Bosco 55 sin posibilidad alguna de rebatir su insistencia ni corriendo las cortinas. Baje las escaleras sin advertir que alguien más venía detrás de mí. Muchos días […]

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La mañana de febrero de 1993, cuando estuve sola por primera vez en Santa Rosa, el aire era irrespiráblemente caliente, el sol atropellaba el gran ventanal de Don Bosco 55 sin posibilidad alguna de rebatir su insistencia ni corriendo las cortinas. Baje las escaleras sin advertir que alguien más venía detrás de mí. Muchos días después supe que ese alguien era Gastón, un compañero mío de la comisión de álgebra, en donde el gran Julio López nos daba cátedra con su mágica sabiduría.

En Febrero de 1993 Santa Rosa era un pueblo grande, tranquilo. En la 9 de Julio estaba el bar ‘Los tres chiflados’ y aún ‘New Start’, que hacía más de una década funcionaba sobre la misma calle pero una cuadra más arriba. Caminaba esas veredas atenta, observadora, todo era nuevo para mí. Y el trayecto se fue poblando de otros pasos y conservando palabras que luego fueron amigos. De esto trata la receta, de amigos.

Ya en el primer piso de la universidad, en la Facultad de Económicas, la conversación era agitada, las ganas se aglutinaban en el también ágil lenguaje juvenil, tan fresco y lleno de energía.

El primer viernes en esta ciudad me encontraría reunida con mi amigo Rober y con la que sería una de mis mejores amigas, Caro, mate de por medio y apuntes de lógica y álgebra sobre la mesa de casamiento de mis abuelos paternos. Esta mesa tiene muchas lindas historias para contar. Una de esas historias es la de la tarta de coco y dulce de leche que sigo obsequiando a mis amigos con mates aun hoy. Estos son los ingredientes para hacer la masa:

  • 250 gramos de harina leudante
  • 75 gramos de azúcar común
  • 100 gramos de manteca fría
  • 1 huevo
  • 1 yema
  • Esencia de vainilla

Deshacer – como deshacemos los malos recuerdos, los tristes momentos, frotándolos contra las alegrías… – la manteca entre la harina hasta que quede un arenado grueso. Agregar el azúcar y el huevo y la yema, para finalmente saborizar con la esencia. Formar una masa suave, que se estira y acomoda sobre un molde de 26 centímetros aproximadamente. 

Extrañe mucho, en 1993, el horizonte infinito, los grillos y las chicharras, aunque a éstas un poco menos. Las estrellas en abundancia lloviéndome del cielo al andar, los balidos y los relinchos, el aroma a los eucaliptos cerca de la ventana. Pero encontré personas maravillosas que me cebaron tiempo de a sorbos, me acunaron los domingos en sus mesas familiares, me abrigaron los crudos julios pampeanos con tanto cariño, que terminé olvidando lo que extrañara con pasión. Fue como saborear una cucharada de dulce de leche casero. De esto se trata el relleno de esta tarta. De dulce de leche se necesitan unos 500 gramos que van untados sobre la masa cruda.

Un pedacito de mi corazón aún late en esta pampa, en esta llanura apuntalada por caldenes, piquillines; tan rebosante de retamas amarillas, olivillos, jarillas; y este puñado de sentimientos me trae una y otra vez de vuelta, una deliciosa sensación como aquel dulce de leche.

La tarde del 12 de Enero de 2019, cuando el granizo se resistía a perderse entre el pasto, el incipiente atardecer tormentoso me iluminó la sonrisa al pisar la terminal. No sería un viaje más; sería uno para atesorar sin lugar a dudas. Flor, la hija de Carola, cumplía 15 años y hasta este arenal cálido y ventoso yo estaba llegando para compartir este festejo celebrando la vida!.

Pasear con mi hijo por las mismas calles por las cuales yo lo acareaba de pequeño, dejar un par de miradas sobre la vidriera de libros Pampa, ver el edificio en el cual viví en el 93 tal cual me miraba entonces. Llegar a casa de Caro era algo trillado, pero irnos juntas al cumple de su hija fue un mimo al alma, fue uno de esos momentos que siempre vale la alegría el vivirlos, el sentirlo en las entrañas. Un instante quizá no es mucho en la vida de alguien, pero la intensidad de ese momento es un tesoro imponderable.

26 años después de aquel tórrido enero, otro mucho menos ardiente me sacudió los recuerdos. Los hizo estrellarse sobre la conversación como los dados de una generala sobre la mesa. Como el devenir claro de un arroyo, las anécdotas salpicaban entre las piedras. La magia hechizó a la noche con recuerdos, con abrazos, con sonrisas, con brindis… 26 años después aquí nos ven, con nuestras vidas a cuestas andando la huella.

Acabando esta receta con el último batido ligero:

  • 250 gramos de coco rallado
  • ¾ taza de azúcar
  • 3 huevos, con el que se cubre al dulce para llevar al horno medio por media hora, cuarenta minutos. La masa debe quedar blanca pero el coco medio tostado.

Rescato siempre lo positivo de cada etapa de mi vida, lo que me hace sonreir finalmente con solo recordarlo, el mismo efecto que también me provoca una cucharada de dulce de leche. Este recuerdo merece una sencilla tarta de coco, otra receta para el alma,

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Recetas para el alma: El chocolate http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-el-chocolate/ Mon, 07 Jan 2019 11:16:25 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=16432 PChocolate. Joanne Harris: “Una dulce novela de sabores y afectos”. Todas deberíamos tener una historia como la que cuenta este libro, una historia que nos recorra la piel con las yemas de los dedos, nos acaricie, que nos envuelva entre el aroma del chocolate tibio y unos besos ardientes, tan ardientes que nos enciendan, nos […]

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PChocolate. Joanne Harris: “Una dulce novela de sabores y afectos”.

Todas deberíamos tener una historia como la que cuenta este libro, una historia que nos recorra la piel con las yemas de los dedos, nos acaricie, que nos envuelva entre el aroma del chocolate tibio y unos besos ardientes, tan ardientes que nos enciendan, nos hagan estremecer.

Los amantes son los afectos que nos sacuden los vestigios de viejas historias, nos hacen temblar aún entre orgasmo y orgasmo, nos florecen las fantasías… Un amante como el que entró a “La Celeste Praline, chocolaterie artisanale”. Uno así, que se deje seducir por el chocolate mientras se funden en un romántico beso que huela a licor de almendras.

Un amante incitante, que sorpresivamente se escabulla entre las sabanas mientras uno está profundamente dormido y nos despierte haciéndonos el amor. Pero también un amante que nos abrace serenamente, y que nos susurre al oído, como le susurraron las campanitas de la puerta a Vianne cuando el entro por primera vez.

Podríamos comenzar por preparar unos alfajores de dulce de leche con una deliciosa cobertura de chocolate  amargo, para hacerles un convite a nuestros amantes, sean parejas, amigos con piel, solamente amantes, en fin. Convidémoslos a erizarnos la piel.

Los secos, 350 gramos de harina común, 150 de Maizena, 15 gramos de polvo para hornear, 2 cucharadas soperas copetonas de cacao amargo, 175 de azúcar

Además 175 gramos de manteca, una cucharada de esencia de vainilla, ralladura de naranja, 1 huevo y 60 cc de agua.

300 gramos de chocolate cobertura, 100 cc de crema de leche.

La vida tiene esos días vibrantes como el chocolate, esos días en que el sol brilla para nosotros únicamente, nos ilumina las pupilas y nos dibuja estrellitas en la mirada. En uno de esos días me deje llevar por un impulso que destello en mí como cascada de agua clara. Baje las escaleras aun en pijama y en patas, como casi todas las mañanas, prepare el mate y comencé a batir la manteca con el azúcar mientras los pájaros se acercaban entre las ramas. El murmullo del río venia zigzagueando a metros, lo hacía aún más encantador. La batidora iba aireando la preparación, tomaba un mate, cuando veo pasar un instante de mi vida que me hizo cabalgar hasta acá. Me sentí realmente feliz de poder incorporar la esencia, el agua y el huevo, pero por sobre todo feliz de haberme reinventado, de sonreírme, de permitirme estos latidos que iluminan el alma.

La batidora ya ha hecho una cremosa preparación así que es el momento justo para incorporar, con espátula, los sólidos previamente tamizados. Yo los paso por un colador verde. Formo un bollo suave que recubro con film y lo dejo descansar en la heladera un ratito. Corto las tapas y las pongo 15 minutos en el freezer mientras enciendo el horno. En mi vida el freezer ha sido siempre preponderante, he congelado personas nocivas, he detenido pensamientos agobiantes, hasta el corazón me he congelado, solo por protección. Llevan 5 minutos de horno fuerte. Parece que están crudos al sacarlos, pero así debe quedar la masa. Los relleno con dulce y estarán aguardando sobre una rejilla ser bañados en chocolate.

En una ollita pongo a calentar la crema hasta que da su primer hervor, apago el fuego y vierto los trocitos de chocolate. A mí me gusta el amargo, pero hay mucha variedad, y los hay hasta saborizados.

Miro el brillo que va tomando el chocolate al irse fundiendo en la crema, la espátula hace ochos pequeños como los recorridos mentales de mi cabeza estando en este lugar tan callado, con ese arroyo que siempre está bajando hasta el pueblo, siempre está llegando el agüita clara, con su pureza, su frescura, como los pensamientos que me seducen en esta mañana en Alpa Corral.

Un beso de buenos días, un mate ensillado, y sus manos que se deslizan por mi entrepierna.  Vianne, la pastelera de Chocolate, prepara bombones para el domingo de pascuas, con virutas del mismo chocolate. El chocolate ya tiene esa espesura de muchas caricias y ya ha entibiado. Las tapitas rellenas están sobre la rejilla y con una cuchara comienzo a empapar los alfajores. El aroma es delicado, como nuestros besos de naranja.

Vianne Rocher, desde su cocina, en Lansquenet-sur-Tannes, con sus aromas y el sabor adormecido del chocolate sobre su cuello, me conto esta historia de dos forasteros que pasaban unos días al lado de un rio, sin conocerse, sin saber sus historias pero que a pesar de ello, se permitieron aquel impulso derramándose de pasión con esta increíble receta para el alma.

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Recetas para el alma: Scones de queso http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-scones-de-queso/ http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-scones-de-queso/#comments Thu, 13 Dec 2018 01:31:43 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=15878 Por Jorgelina Recarte En esos días en que pareciera que el mundo permanece callado, cuando ya no pudiera haber existido más silencio en cada hora, me llegó tu mensaje. Tan simplemente abrazador que no contuve la lágrima. Hay silencio que acompaña, hay silencio que se disfruta, hay silencio que sana, hay silencio que hace cosquillas […]

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Por Jorgelina Recarte

En esos días en que pareciera que el mundo permanece callado, cuando ya no pudiera haber existido más silencio en cada hora, me llegó tu mensaje. Tan simplemente abrazador que no contuve la lágrima. Hay silencio que acompaña, hay silencio que se disfruta, hay silencio que sana, hay silencio que hace cosquillas y están los otros silencios, los que despiden, los que echan candados, los que aturden, los que nos hacen invisibles, los que terminamos silenciosamente callando.

Pero lo maravilloso de tu mensaje fue su mágica manera de convertir en papel picado a este silencio asfixiante. Un puñado de papel picado qué me hizo emocionar para inmediatamente reír. Un puñado de papel picado como este puñado de harina común que reservo en un bowl. Será 1 kilo. Agrego sal, unos 30 gramos, y 150 gramos de queso rallado. Mezclo y esperando tu respuesta preparo el fermento.

No sé si está bien esperar. A veces creo que he esperado mucho de personas que no tuvieron algo para ofrecer. Así es el camino. Se da, no se escatima en arar el corazón. Se recibe, se germina la huella o se queda la semilla expuesta al sol sin más que silencio.

Pero a pesar de no saberlo, espero a que mi fermento comience a hacer como burbujas en este cuenco. Este cuenco que, con su tibieza, casi siempre me termina de emparchar el corazón y de arriar el alma. La vida es un poco como estos 50 gramos de levadura fresca desgranados con alguna desilusión, que mezclo con una cucharadita de azúcar y un poco de agua calentita.

La vida es también espacio para leudar lo que sea que deba ser, más allá de nuestras ganas o a pesar de nuestros latidos.

Parece que tu mensaje me ha cambiado el ánimo. Lo festejo aunque nunca lo vayas a saber. Un simple mensaje acompaña más que una tropilla de promesas.

En el bowl en donde tengo esa lluvia de queso, incorporo 80 gramos de manteca o grasa y la deshago como deshago aquel silencio… Agrego el fermento y uno. Convierto todos estos ingredientes en un bollo tierno. Un bollo que va a leudar con paciencia hasta que la masa intente treparse por los bordes del recipiente. En este momento la saco y la golpeo un poco sobre la mesa. Un poco, no más, cómo me ha golpeado a veces la realidad para mostrarme que el surco no es el que creía.

Estiro la masa de unos 2 centímetros y con una copita de licor corto estos scones de queso que huelen a un día feliz aunque también nunca lo sospeches.

Horno fuerte 15 minutos y a mi me ha parecido una eternidad convertirte en un segundo de silencio. Una receta para el alma callado y un corazón en silencio. Jorja

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Recetas para el alma: Lemon pie http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-lemon-pie/ Thu, 06 Dec 2018 13:54:20 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=15726 Por Jorgelina Recarte Estoy cocinando una crema de limon. Ácida como el día en que Nacho decidió regresar a vivir con su papa. En un bowl deshago 60 gramos de maizena en cuatro yemas y 100 gramos de azúcar. Pareciera que es un pegote, pero insistiendo un poco con la espátula, la textura se vuelve […]

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Por Jorgelina Recarte

Estoy cocinando una crema de limon. Ácida como el día en que Nacho decidió regresar a vivir con su papa.

En un bowl deshago 60 gramos de maizena en cuatro yemas y 100 gramos de azúcar. Pareciera que es un pegote, pero insistiendo un poco con la espátula, la textura se vuelve ligera como esos días livianos, en los cuales la vida me ha hecho alguna caricia entre tantos dolores.

Agrego ralladura de limón, medio gruesa me gusta a mi. Es una garúa amarilla sobre la mezcla naranja, un sol de mis mañanas entrando por la ventana.

En una cacerola está hirviendo la leche, medio litro con otros 100 gramos de azúcar. En el bowl agrego 200 centímetros cúbicos de jugo de limones exprimidos. Exprimir es una palabra que combina con cualquier sentimiento: se exprime un corazón en un abrazo, se exprime el alma en lágrimas, se exprimen las palabras cuando hay tanto que decir y casi nadie que las escuche.

En fin, la mezcla del bowl resulta liviana, es un sentimiento de alivio al aceptar finalmente que he hecho algo muy bien aunque me haya dolido en el alma.

A esta mezcla le agrego lentamente, como se asimilan los días grises aún en primavera, muy lentamente, la leche e integro bien para regresar el contenido a la cacerola a fuego bajo, sin dejar de hacer ochos con una espátula. Juego con la espátula mientras estos ochos me llevan y me traen, me orillan en tranquerones de recuerdos felices, de sonrisas compartidas, de ilusiones que van a estar amaneciéndome al galope otra vez mis días.

En un momento la preparación empieza a espesar, y cuesta un poco que no se pegotee y se desarme. Pero ahora ya es una crema suave y sin grumos que huele al ácido limón y a la dulzura del azúcar que lo espía. Así es la huella, como esta crema de limón, con esos toques ácidos asomados entre la dulzura del azúcar.

En el horno tengo una masa sencilla, una masa que uso para casi todas las bases dulces, cambiándole algún ingrediente para que le pertenezca a cada receta y sea lo que deba ser. Toda una frase esta, sea lo que deba ser. Como el día en que Nacho decidió ir a vivir con su papa, regresar a la ciudad que lo vio aprender a caminar, a dejar el chupete olvidado por las noches, a esa ciudad que me vio caminando con panzas gigantes para mi tamaño y con ojeras negras y sonrisas rojas. Hoy Nacho pego la vuelta a Santa Rosa y yo me quede mirando la luneta del auto de su papa, hecha trizas. A veces uno no imagina lo que es la fortaleza hasta que vuelve a entrar a la cocina y mira a los otros hijos sentados en la mesa jugando al Estanciero, pidiéndonos que les leamos una tarjeta.

Esa fui yo cuando ya la mirada no me alcanzó para ver más al auto. La vida se amasa también, se pone difícil en algunos días, pareciendo que nunca será masa, y en un instante lo es.

Esta masa lleva 300 gramos de harina leudante, 100 gramos de azúcar, 1 huevo y ralladura de limón si la convierto en base para lemon pie, como hoy. Quince minutos de horno fuerte y estará humeante y aromática como para cubrirla con la crema. Antes de poner la crema, si es que no cubro el recipiente en donde aguardaba con film, la mezclo con batidor de alambre ligeramente.

Ahora viene la parte más dulce, la parte en la que ya he aceptado que Nacho necesitaba de su papa más que de mi. Ha sido un terremoto en mi corazón, tras el cual he podido permanecer de pie, he podido seguir con mis otros dos niños colgados de mis días, haciendo con ellos sus tareas, leyéndoles en la cama cada noche aunque estuviera rendida y aún me quedaran tapas de rogel para estirar hasta la madrugada. Siempre recuerdo estas noches largas, cuando los mellis se dormían, y yo ponía a Goyeneche bajito, como susurrándome al oído mientras la puerta del horno se abría y se cerraba sin más.

En un sartén pongo 75 centímetros cúbicos de agua con 220 gramos de azúcar. Mezclo y pongo sobre fuego moderado hasta obtener un almíbar bolita blanda. Mientras tanto, como en esos días en los que me reinventé para sonreír a mis mellis, a pesar de que Nacho estuviese un poco lejos de mi mirada y yo con la lágrima fácil cuando me preguntaban por él.

Bueno, volviendo a la receta de este merengue empalagoso para comer de a cucharadas, mientras tanto en la batidora las 4 claras se marean como la letra de Los Mareados. A mi tampoco me importa que se rían y que me llamen mareada por reír y llorar, o por tomarme unas copas de vino mientras agrego a estas claras espumosas el almíbar en forma de hilo y lo dejo perderse entre la blancura que gira antes mis ojos, hasta que entibia.
Entibia el merengue y ya esta listo para cubrir la crema del lemon pie.

Entibia mi vida ese recuerdo que me ha hecho tan apretado el corazón, que me ha enseñado que los hijos no son míos, que uno no puede hacerles un nido para todas las tormentas, porque también uno debe entibiarse la huella de vez en cuando, con algo dulce o con algo ácido, como por ejemplo, con esta receta para el alma. 

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Recetas para el alma: Galletitas de manteca http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-galletitas-de-manteca/ http://wi631525.ferozo.com/recetas-para-el-alma-galletitas-de-manteca/#comments Thu, 29 Nov 2018 12:17:32 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=15610 Por Jorgelina Recarte La última gota que pendía del extremo del alero se ha perdido entre el escaso pasto empapado. Más bonita no podría ser esta mañana recién parida en el Parque Luro. El cielo rojizo se rasga de a tramos con suspendidos trozos de organzas blancos. Es una acuarela este senderito ríspido y solitario. El […]

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Por Jorgelina Recarte

La última gota que pendía del extremo del alero se ha perdido entre el escaso pasto empapado. Más bonita no podría ser esta mañana recién parida en el Parque Luro. El cielo rojizo se rasga de a tramos con suspendidos trozos de organzas blancos. Es una acuarela este senderito ríspido y solitario.

El áspero suelo que mis alpargatas pisan me llevará hasta una elevación en donde pueda echar al aire mis miradas. Y ya sentada en este suelo de La Pampa, con el mate orillando la profundidad del caldenal, respirando su fría humedad silenciosa, me veo unos años antes sentada en la placita González, con el mismo mate, mirando a mi hijo en la arena jugando con recipientes plásticos vibrantes de colores primarios. Lo veo acarreando a otros niños, que comparten este espacio que se columpia al sol, sus creaciones mágicas. Seguramente esa niña se debe llamar Josefina.

Un rato antes mi cocina olía a galletitas de manteca. Ese movimiento suave con las yemas de los dedos que va desarmando los 125 gramos de manteca pomada con los otros 125 de azúcar común hasta transformarlos en una arena gruesa que irá cambiando su textura a medida que le agrego los 2 huevos y la yema mezclados con la esencia de vainilla. Los 250 gramos de harina se unen fácilmente hasta conseguir un bollo liso y suave que, envuelto en una bolsa de nylon, dormita unos 15 minutos en la heladera.

Con la masa fría estirada sobre la mesa, Nacho cortó las estrellitas, los corazones, las lunas, los soles…

Miro hacia el otro lado, hacia lo que fuera el antiguo casco de esta estancia. Miro hacia el castillo. Si comenzara a caminar hacia la laguna sentiría las ramitas al quebrarse por las corridas de los jabalíes. El silencio mudo de este sendero lo hace un estallido de palabras.

El mate está medio lavado y rico. La caminata me trajo hasta el tanque del millón y me regaló esta vista fabulosa de una reserva tan mágica como misteriosa; quizá sea el Matusalén centinela del sur…  

Vuelvo mi mirada sobre el columpio de la plaza González, hamacando a Nacho con paciencia, poniéndole el gorrito cada vez que se lo quitara, cantando alguna canción o contándole alguna historia.

Las masitas de manteca huelen a la infancia de mis hijos, a las caminatas anochecidas por el Parque Luro, a los fogones crujientes de charlas entrañables, mientras al remover las brazas algún latido se iba encendiendo.  Huelen a ese nido que tanto entibié en La Pampa y que tanta trilla de emociones nos ha obsequiado.

La última gota no fue la última definitivamente. Un inusual  aguacero llueve sobre barrio Fitte y mientras saco las galletas de manteca del horno y Nacho juega cerca de mí, yo escribo estas líneas en imprenta sobre hoja cuadriculada para que algún día él lea lo que se le haya olvidado de su infancia. Y qué mejor, en ese instante, que tener a la mano una tibia receta para el alma.

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