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La ciudad de Santa María se encuentra al sur del corredor de los Valles Calchaquíes, en la provincia de Catamarca, en la triple frontera provincial que la vincula con Tucumán y Salta.

A dos cuadras al sur de la plaza central se halla el antiguo molino de la familia Herrero, de más de cien años, fundado por los bisabuelos de Aldo Hernán Herrero Palacios, su actual gerente, de 34 años, casado y con dos hijos. De origen español, los Herrero habían llegado a la región para montar una usina que diera luz a Santa María, que está asentada en el magnífico valle de Yocavil (lugar de cerros, en lengua cacana). Luego, además, fundaron una panadería, que ya no está, y una bicicletería que aún perdura.

Aldo y su familia continúan ese camino de sabores catamarqueños que la misma antecesora familiar, la renombrada Margarita Palacios, promovió hasta en Buenos Aires. El papá, Roberto Víctor, y el tío de Aldo, ya están jubilados, pero siguen trabajando en el molino familiar.

El establecimiento presta el servicio de molienda para los productores minifundistas de la región. Llegan desde Hualfín, Belén, Amaicha, Los Zazos y Quilmes. Como son productores pequeños, juntan la producción entre varios y muelen entre 500 y 800 kilos, para que se justifique el flete. Las familias del valle de Santa María les llevan a moler 30 a 40 kilos de maíz, que les alcanza para todo el mes, o para el consumo de la fiesta patronal de sus pueblitos.

El Molino Herrero consta de dos secciones bien separadas: la de granos y harina, a cargo del tío. Allí se muele maíz criollo “capia” y muy poco trigo. En la sección de las especies aromáticas, en tanto, se tritura comino, provenzal, orégano, romero, tomillo, estragón, ají “putaparió” -que es muy picante y tapa los sabores- y otra variedad menos picante, pero muy sabroso y que permite apreciar el sabor de las comidas.

También procesan una gran cantidad de pimentón dulce, pero me aclara Aldo que utilizan una variedad de pimiento llamada “Trompa de elefante”, que es más alargado, menos carnoso pero más dulce que el que compramos en las verdulerías de Buenos Aires. Y es que esta variedad se empasta y no sirve para moler.

Al pimentón se lo recibe ya secado al sol,sobre la tierra. Se lo pesa y clasifica en primera, segunda y tercera clase. Se limpia la vaina en una máquina, luego se lo pasa por la trituradora para finalmente poder pasarlo a la molienda, que tiene tres medidas. Pero en vez de ajustar mucho la piedra (una piedra está fija y la otra gira), prefieren pasar dos veces el producto para no correr el riesgo de quemarlo, y así queda de modo impalpable, bien fino, en la segunda pasada.

Luego se lo envasa en bolsas de 25 kilos para sus principales clientes, los frigoríficos de Buenos Aires, y para los turistas o venta minorista, en bolsas de un kilo o de 100 a 200 gramos. Una persona en un jornal maneja la máquina para procesar unos 500 a 600 kilos. Todos los productos son puros y naturales, de primera calidad y rendidores.    

Los Herrero poseen dos molinos verticales y cuatro horizontales, todos a piedras. Los dos más antiguos, de unos cien años, a piedras de 600 milímetros de diámetro y motores trifásicos de 15 caballos de fuerza. Los horizontales tienen unos 80 años. La peladora también tiene esa edad. Posee un eje con varias cuchillas que hacen girar al grano y lo van pelando, por ejemplo, para el caso del maíz para preparar el tradicional postre de la mazamorra. Procesa unos 20 kilos en 20 minutos. Descarga el maíz y el afrecho, todo junto va por un sinfín hasta una tolva, por donde cae a un cilindro que tiene una tela que tamiza y eleva el grano hacia una bolsa. El afrecho queda aparte, porque se destina para el engorde de gallinas y lechones.

Hace unos años, Aldo creó la “Especiera San Rafael”, marca con la cual es representante exclusivo de los productos del molino familiar y los comercializa, proveyendo hasta frigoríficos y ferias de Buenos Aires. Le puso ese nombre por uno de sus hijos, que tiene una discapacidad. El moderno local se halla a una cuadra y media del molino, donde ofrecen además vino patero y vinos finos, nueces, aceitunas, dulces regionales, conservas y condimentos gourmet.

Gabriela Guanco, esposa de Aldo, se ocupa de manejar las redes sociales, responder los mails y manejar la lista de los proveedores. Fabiana Herrero, Ana Palacios y Ale Guanco también trabajan en la especiera. Con esta empresa auspician la peña Loro Huasi del chef nativo, Toray Herrera, a quien debo el contacto para esta ilustrativa nota.

En Buenos Aires no nos damos cuenta del movimiento económico y cultural que generan las fiestas populares de nuestro extenso país. Aldo me explica que la producción del valle que pasa por su molino, va a parar a los platos regionales que se comercializan en la “Fiesta del Poncho”, en Belén, Catamarca; en la “Fiesta de la Empanada”, de Famaillá, Tucumán; y en la “Fiesta de Mailín”, en Santiago del Estero, por nombrar las más conocidas. Ellos proveen, por ejemplo, a Estela Pachao, campeona de las Empanadas de Famaillá.

Y vean todo lo que me enseña Aldo:

El maíz amarillo, si se muele de modo fino, luego se usa para cocinar los tamales. Si ese maíz se muele más grueso, se destina para la polenta, y más grueso, para el tradicional plato, el frangollo.

Además se muele de modo muy fino el maíz capia, como una fécula o almidón, impalpable, y esa harina se usa para preparar las tapitas de las famosas “capias” o alfajorcitos rellenos de dulce de leche. Son el exquisito emblema de Santa María que los turistas no pueden dejar de probar y de llevar de recuerdo.

También se tuesta la harina en el Molino Herrero, a mano, en pailas de cobre. Y antes de que se abra y se vea su parte blanca (como es el caso del maíz pisingallo para las palomitas) se lo muele de tamaño bien fino y se comercializa como la famosa “harina cocida”, que en otros lados, se llama Gofio o Choio. Constituye el energizante natural del Noroeste y lo consumen los escaladores y los peregrinos.

El mote se prepara a base de maíz capia, pelado, previamente hervido en agua con cenizas, luego frotado.

Para el locro se suele usar el maíz partido seco, blanco o amarillo.

El maíz capia fresco se utiliza para preparar la humita en olla o en chala. El maíz capia es mucho más cremoso y sabroso que los híbridos que consumimos más al sur, me dice.

Al choclo seco, blanco o amarillo, los campesinos lo desgranan a mano o lo golpean con un palo en un canasto, o frotan dos maíces entre sí. 

Si usted pasa por Santa María no puede dejar de probar las famosas Quesadillas, que puede conseguir en las panaderías. Constan de dos tapas rectangulares de masa de harina semita de trigo, que contiene germen, huevo, agua y un toque de algún licor, rellenas de arrope de uva, de color oscuro y delicioso.

El apellido materno de Aldo refiere a la familia de Margarita Palacios, la monumental precursora del boom del folklore argentino de la década de 1950. Nacida en Santa María en 1911, en un circo criollo, autora y compositora, humorista y trapecista de circo, precursora del teatro criollo y cultora de la cocina criolla. Escribió “Las comidas de mi pueblo”, y en 1960 instaló un local de música y gastronomía en Buenos Aires, en la calle Camacuá 267, conocido como “La Embajada de Catamarca en Buenos Aires”. En la década de 1970 Margarita se presentaba en radio y televisión, alternando relatos humorísticos, canciones y recetas de comida criolla (fuente Wikipedia).  

En la misma huella de Margarita, la familia Herrero Palacios se siente orgullosa de seguir promoviendo los sabores y saberes de su Santa María natal apoyando a los productores de los valles calchaquíes cuyos frutos llegan a las manos y a la boca de los argentinos que disfrutan de nuestras exquisitas comidas regionales en tantas fiestas y carnavales de memoria ancestral.  

Aldo nos quiso dedicar “Recuerdo de mis valles”, cueca de Margarita Palacios y Ángel “Kelo” Palacios, su hijo. Si quieren viajar más hondo, escuchen la joya “Me voy pa’l Mollar”, interpretada por Margarita Palacios y Mercedes Sosa.

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La viaja casona WeinmannHaus fue construida en 1919, cien años atrás. Había quedado derruida y su destino más probable era la demolición. Por fortuna Javier Graff se cruzó en su camino. O mejor dicho, Javier volvió a buscarla y evitó ese triste destino.

Javier, de 44 años, descendiente de los alemanes del Volga que se instalaron en los alrededores de Coronel Suárez y construyeron este tipo de casonas por toda la región, nació y se crió en Santa María, la tercera de las colonias que rodean esta ciudad del centro sur de Buenos Aires. Por eso conocía la vieja casona de la calle principal. Volvió a Buscarla.

Javier es un chef que estudió en Mar del Plata y luego trabajó en grandes cocinas de Buenos Aires, como la del hotel Sofitel o la del retorán La Cabaña. Podría haber permanecido allá, trabajando tranquilo y haciendo carrera, pero una voz interior le dijo que debía volver y hacer en su propio pueblo lo que más le gusta hacer, lo que mejor le sale: cocinar platos de sus ancestros alemanes, que aprendió de su madre y de su abuela. Fue entonces, hace más de una decada, que se cruzó con la vieja casona WeinmannHaus.

Mirá la entrevista completa con Javier Graff:

En Santa María viven unas 1.900 personas, nada más. La mayoría de actividades rurales, pues en la zona se trabaja en la agricultura y la ganadería. Los vecinso de Javier lo vieron sacarse el delantal blanco para calzarse el mameluco de albañil. Durante varios años, con sus propias manos, Javier trabajó en la restauración de la vieja casona. Primero reconstruyó la cocina, luego el comedor y más adelante algunos cuartos para vivir con su familia. Más adelante en el tiempo, construyó una nueva hilera de coquetas habitaciones para ofrecer servicios hoteleros, sumándolos a la gastronomía.

“Si no hubiese hecho todo esto, seguramente seguiría en Buenos Aires trabajando en relación de dependecia. Esto me dio la posibilidad de venir a apostar a un pueblo donde no había ninguna actividad de este tipo”, relata el emprendedor, que es uno de los integrantes del grupo de Cambio Rural Las Cortaderas, dedicado al turismo rural. Las luces de “la casa de los Weinmann”, así, siguen encendidas cuando a las ocho cierra el último comercio del pueblo, una especie de minimercado ubicado en la esquina.

Javier invita a todos los que quieran a comer en su restorán y a dormir en sus habitaciones. Pero en este tipo de pueblos atraer a los visitantes a veces se hace cuesta arriba. Por eso también trabajó incansablemente para organizar una nueva fiesta popular, la Strudel Fest, que atrajera multitudes hacia Santa María. Van por la cuarta o quinta edición, con buen suceso.

Ver Cuarta parada en Coronel Suárez: Tito tiene unas ovejas Pampinta, un gran amor, cinco hijos y un restorán

Y ahora ha puesto una fábrica de chocolates, que vende en la zona y en ciudades más alejadas. Cuando llegamos a visitarlo, estaba ensayando con una réplica casi exacta de las populares “bananitas dolca” de nuestra infancia. De mi infancia y de la infancia de Javier.

“La fábrica de chocolates tiene que ver con la niñez. Mi madre trabajó en chocolates y helados hace mucho tiempo, y así lo vivimos de chiquitos”, nos cuenta el cocinero.

La viaja casona, con sus historias y todas estas delicias, están a solo 15 o 20 kilómetros de Coronel Suárez. No hay mucho más que buscar. “Nosotros no tenemos ni cataratas ni mar ni nieve. Solo tenemos nuestro patrimonio cultural y nos focalizamos en la cultura gastronómica alemana. Vivimos 100% de esto. En un entorno totalmente virgen en materia de turismo, tenemos mucho para ofrecer, que es lo que mamamos desde chicos. Para otros es una propuesta turística. Para nosotros, nuestra vida misma”.

Está todo dicho.

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