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La entrada La reina de la lavanda: En Sierra de la Ventana, Léony Staudt la produce de modo orgánico, llegó a exportarla y hoy comparte las más bellas postales con los visitantes se publicó primero en Bichos de Campo.
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Para la familia Staudt, la historia de este establecimiento, que debe su nombre a que en uno de sus potreros nace el arroyo El Pantanoso, comienza varios años antes.
Hacia 1930 Ricardo Staudt, tío de Heriberto, el padre de Léony, compra El Pantanoso para producir lanas y cueros para exportación (Staudt&Cia tenía barracas laneras en Buenos Aires y en muchas partes del país) y a eso se dedicó la estancia hasta mediados de los ochenta y con mucho reconocimiento: “Mi padre era lanero y empresario, se había ido a especializar a Holanda y en El Pantanoso llegaron a producir hasta 20 mil kilos de lana vellón por año”, cuenta Léony.
“Luego, debido a que el valor de la lana fue decreciendo hubo que pensar en reconvertirse y se comenzó a producir Angus colorado. Originariamente en el campo teníamos cabaña de la raza Pardo Suizo con la cual hemos ganado premios en Palermo, así que decidimos comprar toros Angus para cruzarlos y gracias a eso -y al trabajo realizado con el genetista Dr. Carlos Sackman de Cabaña Casamú- hemos logrado terneros más rústicos y de gran calidad que vendemos al destete, con unos 190/200 kilos”.
En 1989 Léony siente que es momento de diversificarse, de hacer “algo más y distinto” en el campo. Y ahí es cuando entran en escena las lavandas: “Fuimos con Bertrand a Bariloche al Vivero Andino Patagónico y con el asesoramiento del especialista italiano Bruno Polastri, que había traído de Francia plantines de Lavanda Angustifolia y de Lavandin Grosso. Compramos el primer lote de 4.000 plantas, que llegaron al campo en el camión donde transportábamos hacienda”, recuerda Léony entre risas. “Era muy gracioso ver esa carga insólita y que ocupaba el 10% del camión jaula, pero así lo hicimos”.
Claro que al inicio las cosas no suelen ser tan fáciles y así fue que la primera plantación de lavandas en El Pantanoso no prosperó debido a que estaban demasiado cerca de unos eucaliptus y en un predio donde no recibían suficiente sol (algo fundamental para esta planta). Pero al año siguiente las cambiaron de lugar y allí las cosas mejoraron. Hoy tienen 35 hectáreas con lavandas y lavandines, 25 de las cuales están en producción, y un vivero para replicar sus propias plantas y para vender a otros productores.

En 1992 obtuvieron la certificación orgánica porque querían exportar y, sobre todo, porque querían mantener el ambiente puro, tal como siempre lo fue. La clave para que el cultivo vaya bien, explica Bertrand, es el control de malezas, que en el vivero se realiza a mano, con azada y en el campo, a máquina.
“La lavanda es una planta sana que si recibe el suficiente sol durante el día y frío a la noche, prospera muy bien”, detalla. “Cuando recién se la planta, necesita algo de riego extra, pero luego con el régimen de lluvias que tenemos aquí, que ronda los 900 milímetros, es suficiente”.
La primera exportación de lavandas fue a Holanda en 1996 y luego se sumaron otros países como Francia, Alemania, Estados Unidos, España y hasta Suiza, para lo cual obtuvieron también la certificación orgánica Bio Suisse. Fueron muchos años de producir y vender a distintas partes del mundo, pero desde 2014 no exportan más debido, entre otras cosas, a que dejó de ser rentable por la dualidad cambiaria. Entonces comenzaron a comercializar el producto de forma local.

El Pantanoso es el mayor productor del país de lavanda vera (la de mejor calidad) con un rinde de 250 kilos por hectárea y con plantas de 15 años de edad que continúan con buena producción. La cosecha la realizan con una máquina diseñada por ellos mismos que trabaja por hileras; luego de la cosecha la lavanda queda sobre una media sombra para secarse al sol, para luego pasar por la despalilladora y finalmente por la zaranda. El establecimiento cuenta con el asesoramiento de la ingeniera Susana Rayma, especializada en lavandas y plantas aromáticas, otra unidad de negocio de la empresa que comenzó apenas un año después que las lavandas.
“En 1990 incursionamos en la producción de hierbas aromáticas también certificadas orgánicas con orégano, tomillo, estragón francés, romero, ajedrea, salvia officinalis y melisa; llegamos a tener 120 hectáreas de cultivos en línea, estuvimos presentes durante varios años en las grandes cadenas de supermercados con la marca Lavandas de las Sierras y hasta le vendíamos a la firma de cosmética Avon un té de una hierba llamada hisopo que tiene propiedades diuréticas suaves”, cuenta Léony. “Pero en 2018 un gran incendio quemó gran parte de la producción y actualmente solo tenemos 30 hectáreas de aromáticas que desde hace dos años no cosechamos porque es muy difícil conseguir mano de obra”.

Hoy Léony y Bertrand nuevamente han decidido “diversificar” el campo y es por eso que se han sumado al Club de la Lavanda (una iniciativa nacida en la ciudad de Azul que realiza diversas actividades productivas y recreativas relacionadas a esta planta) y al grupo de turismo rural Torquinst del INTA, con la idea de recibir visitantes y ofrecerles distintas propuestas: trekkings por la sierras con avistaje de flora y fauna; visitas a las plantaciones de lavandas y aromáticas; pasar el día en El Pantanoso comiendo un asado e incluso quedándose a dormir en casas ubicadas cerca del casco que han reciclado con el fin de recibir turistas. El acceso es fácil porque están sobre la ruta provincial 76.
“La idea es que la gente venga, conozca el campo, lo que se produce y todas las bellezas naturales que hay, tanto en las sierras como en el propio parque que tiene árboles muy antiguos, como nuestra planta de magnolias de 120 años”, detallan Léony y Bertrand con entusiasmo. “Nos gusta recibir a la gente, recorrer juntos el campo y contar la historia de este lugar que es parte de nuestra familia y que sigue siendo un establecimiento productivo”.
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Bichos de Campo habló con Luis Franch, un productor de Sierra de los Padres que se inició en el kiwi en 2007, con unas 150 hectáreas. Obtiene una producción anual de 900.000 kilos, tiene planta de empaque, y es el vicepresidente de la Cámara de Productores de Kiwi de Mar del Plata.
“Hoy en cualquier escenario que vos mires encontrarás kiwis. Es una fruta que no puede producirse en cualquier zona, porque necesita inviernos fríos y veranos cálidos, aunque no tanto. El clima óptimo para esta fruta es el marítimo; por eso es común encontrarlo en zonas cercanas a la costa”, dijo Franch.
Para cultivarlo en Argentina, el productor consideró que “es necesaria una inversión importante. Mientras que en países como Italia, es más común ver casos de producciones chicas, con no más de 4 hectáreas destinadas a su producción. En nuestro caso, tenemos una estructura importante montada”.
Escuchá el reportaje completo a Luis Franch:
En Sierra de los Padres, gracias al clima y al suelo, el kiwi alcanzó una calidad incluso superior a la del chileno. Según Franch, sería “comparable a la que se obtiene en Nueva Zelanda, que es el principal productor mundial”. El productor dijo que “se pueden obtener cerca de 25 toneladas por hectárea en aquellas plantas que alcanzan una madurez de 5 a 6 años de vida”.
El kiwi se cosecha una vez al año, hacia fines de abril y principios de mayo, alcanzando el período de floración hacia noviembre. En relación al tamaño de la fruta, se pueden encontrar kiwis de 100 a 140 gramos, pero también los hay más pequeños, en torno a los 60 gramos. No obstante, países como Canadá o Inglaterra, son consumidores de este tipo de tamaño de fruta.
Codiciado en mercados internacionales, Franch dijo que su estrategia comercial apunta “a un mercado gourmet que apuesta más a la calidad que al volúmen”.
En ese sentido, y por si alguno creía que el kiwi era solo de ese color verde que lo caracteriza por dentro, Franch sorprendió diciendo que “tenemos plantadas hectáreas de kiwi amarillo, una especie que se está demandando mucho en el año. Y también trajimos este año las primeras plantas para producir kiwi rojo. Incluso firmamos un convenio con la Universidad de Bologna para producir las dos variedades. Todo esto lo hacemos apuntando a lo que demanda el mercado externo, ya que el mercado interno no logra abastecerse en la época en que producimos”.
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]]>En este momento, pleno invierno, está arrancando la cosecha de trufas en la Argentina, que puede durar hasta tres meses. Recién por el décimo año del establecimiento de la plantación forestal, la recolección puede alcanzar entre 30 a 40 kilos de trufas por hectárea. La cosecha es totalmente variable de acuerdo al día, clima, al humor del perro (ya explicaremos esto), etcétera. “Un día podés encontrar una y otro día diez”, explica Agustín.
Aquí la nota completa con Agustín Lagos, pionero de la truficultura argentina:
Hablamos de forestales porque estos hongos se desarrollan sobre las raíces de robles europeos (Quercus robur) y encinas españolas (Quercus ilex), los cuales se inoculan en la etapa de vivero y luego se plantan en el campo con las raíces llenas de esporas de Tuber malanosporum (trufa negra). Luego, si se realiza un adecuado manejo de la plantación, los hongos irán creciendo en simbiosis con las raíces de los árboles durante muchos años. Ya a partir del quinto año comenzarán a recolectarse las primeras trufas. Hay que esperar el doble para llegar al promedio de 40 kilos mencionados.

Los árboles son podados y se los mantiene siempre con un tamaño moderado. Esto es para que las raíces no crezcan más rápido de lo que el hongo pueda colonizar.
La cosecha es muy particular, ya que se realiza con perros entrenados para detectar el olor que emanan las trufas maduras desde aproximadamente medio metro bajo el suelo. Para los perros es como un juego: cuando detectan una zona con fuerte olor a trufa, la marcan (se quedan ahí quietos) y luego Agustín va con su palita a descubrir el tesoro, previa premiación a su perro labrador.
Se debe tener mucho cuidado para sacar la trufa sin romperla, la cual puede ser muy heterogénea en su tamaño y forma. Antes en Europa la cosecha se realizaba con cerdos, pero eran menos dominables, se cansaban más rápido y podían llegar hasta romper la trufa con su torpeza.

El entrenamiento de los perros es una tarea trabajosa, ya que desde cachorritos se los va acostumbrando a que les guste el olor a trufa. “Preparamos un aceite casero y se lo ponemos en las mamas de las madres. Luego vienen juegos de encontrar señuelos con aroma a trufa y se puede decir que el perro está recibido de trufero cuando logra encontrar el señuelo de noche y enterrado”, cuenta Lagos.
Cuando Bichos de Campo lo consultó por la inversión necesaria para establecer una plantación y la unidad básica recomendada, Lagos dice que la inversión depende si se tiene el campo o no. En el caso de tener tierra disponible se habla de 250 mil pesos por hectárea. Y en cuanto a la superficie, el experto aconseja arrancar con 5 hectáreas para recuperar la inversión lo más pronto posible.
Lagos, pionero de la truficultura en el país, inició en 2007 la búsqueda de las tierras más aptas para desarrollar esta actividad. Según cuenta en su sitio eltrufero.com la mejor zona macro (más de 1.400.000 hectáreas) es la zona del sudoeste de la provincia de Buenos Aires, aunque también existen microzonas donde el cultivo es factible, como las sierras de Córdoba, Neuquén o Esquel.
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