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turismo rural – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Wed, 05 Jan 2022 10:28:11 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png turismo rural – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Pellegrini, que no es Carlos, renueva su oferta de turismo rural buscando la atención de los viajeros que van y vienen del sur http://wi631525.ferozo.com/pellegrini-que-no-es-carlos-renueva-su-oferta-de-turismo-rural-buscando-la-atencion-de-los-viajeros-que-van-y-vienen-del-sur/ Wed, 05 Jan 2022 10:28:11 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=89691 No, no es Carlos. Repetimos: no es Carlos, aunque el piloto automático auditivo siempre lo agregue. Es “Pellegrini”, a secas. Así se llama este lugar ubicado a casi 500 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires (sobre la Ruta Nacional 5) y a solamente 30 de Catriló, en la provincia de La Pampa, que se […]

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No, no es Carlos. Repetimos: no es Carlos, aunque el piloto automático auditivo siempre lo agregue. Es “Pellegrini”, a secas. Así se llama este lugar ubicado a casi 500 kilómetros de la Ciudad de Buenos Aires (sobre la Ruta Nacional 5) y a solamente 30 de Catriló, en la provincia de La Pampa, que se le anima al turismo primero con el impulso de la obra del ingeniero Francisco Salamone que tiene una fuerte presencia y, luego, con todo lo que el distrito tiene para ofrecer.

Uno de los atractivos es el paraje de Bocayuva, ubicado a 10 kilómetros de la ciudad de Pellegrini, donde se ha armado un circuito pensado para que el visitante recorra la estación de tren como museo y los corrales donde años atrás se juntaba el ganado que se cargaba en los vagones para ir a Buenos Aires, con la idea de recuperar la historia y la identidad del lugar.

La visita se complementa yendo a conocer la capilla de Fátima con bellos mosaicos portugueses y una obra realizada en chapa por una artista local que también es bombero que homenajea a Juanita Bordoy, la famosa asistente de cocina de la más famosa todavía Petrona C. de Gandulfo cuyos libros descansan en las bibliotecas y alacenas de muchas familias argentinas.

Mary Perretti arregla maquinaria agrícola, es soldadora, artista y también bombero. ¿Quién da más?

El final ideal del recorrido es comiendo unas empanadas en la casa/bar/almacén que llevan adelante Ignacia y Diana, con impronta correntina, Gauchito Gil incluido.

Otro paraje que recibe visitantes es De Bary, ubicado a 15 “de Pelle” (como se dice por acá), donde Oscar y Meli, en su campo La Hormiga de 76 hectáreas ofrecen comidas (se destaca el pollo al disco), pasar el día en campo y, ya a la tarde noche, peña con guitarreada y baile. “Nos encanta recibir gente”, dicen a coro y se nota que es verdad porque todo el tiempo ofrecen cosas ricas para picar y tienen una anécdota para compartir.

La visita se completa con los bombones y chocos que elabora Sofia (nieta) y que se pueden ver en esta página de IG.

Volviendo a Pelle, lo que se destaca es que cuenta con una de las obras más imponentes y completas de Francisco Salamone: la municipalidad, que se yergue en medio de la plaza central, con su blanquísima y sublime prestancia y majestuosidad. Esta sensación se fortalece con la torre de treinta y cuatro metros que culmina con un reloj en ambas caras y con un interior en perfecto estado de conservación (ver los pisos, barandas y luminarias es un viaje al pasado y a la perfección del diseño).

Pero más allá de este despliegue de arte y urbanidad, lo lindo de Pelle es que a 10 cuadras del centro ya hay vacas. O sea, que ya hay campo y caminos rurales donde se ha armado un circuito de biciturismo para recorrer la zona y divertirse en familia, pasando por la laguna Sanquilcó, que significa “agua que salta o agua que brota” en mapuche.

Además, se ofrecen circuitos relacionados a las distintas producciones de la zona, como ganadería, huevos pastoriles y miel convencional y orgánica, conocer los talleres de distintos artistas, ya sea quienes trabajan con chatarra, madera y alambre como plateros que se especializan en obras más relacionadas a lo gauchesco, como rastras, cuchillos y mates, y la visita a la planta recicladora de residuos para ver cómo se procesan y reutilizan los distintos materiales.

Un punto aparte merece la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, creada en 1906 y que en la actualidad cuenta con un teatro totalmente reciclado y que también brinda comidas y espectáculos. “Nació como un lugar de encuentro entre los inmigrantes y para poder seguir hablando el idioma” explica Elsa Catellani, presidenta de la entidad. “Nuestro objetivo era recuperar este edificio y que esté abierto a la comunidad y a los visitantes y lo hemos logrado. Nuestro lema siempre fue: `Si nuestros mayores pudieron, nosotros debemos`. Y lo hemos logrado”.

“Buscamos el desarrollo de emprendimientos y generar trabajo a través del turismo”, resume Joaquín Gastañaga, ingeniero agrónomo y director de Producción de Pellegrini. “Somos el lugar ideal para que la gente que va al sur haga un alto y tenemos mucho para ofrecer”.

Una de las cosas que se destaca es el Vagón de los Emprendedores, que está sobre la ruta y brinda la posibilidad de comprar productos caseros, lindos y típicos del lugar, ideal para “llevar un recuerdo”. También sirve para par un rato, comer algo y estirar las piernas.

“El Vagón abre de lunes a lunes de 9 a 21 y agrupa a agrupa a 23 emprendedores”, detalla Miriam Bonini, coordinadora del Club de Emprendedores Pellegrinenses, “y hay constante renovación de propuestas porque el vagón muchas veces funciona como disparador para testear y fortalecer los emprendimientos que luego siguen su propio camino y, por ejemplo, instalan un negocio”.

“Pellegrini es un pueblo con muchísimo potencial turístico, en particular iniciando una propuesta de calidad vinculada a su cultura y patrimonio arquitectónico, a las tradiciones, al agroturismo y a la gastronomía rural”, destaca la licenciada Graciela Gallo, experta en desarrollo del turismo rural y presidenta de SIRIRI, Institución que contribuye con el impulso de la actividad en Argentina y Latinoamérica.

“Sus parajes tienen el encanto de las pequeñas poblaciones, sus calles de tierra, las casas típicas rurales con grandes y floridos jardines, y las plazas… entre muchos detalles que se van descubriendo al recorrer. No es raro ver a los pobladores haciendo sus tareas cotidianas o, si andan a la tardecita, compartiendo momentos familiares y con vecinos en la vereda. Es para disfrutar a paso lento y dejándose abrazar por la calidez de su gente”.

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Entre los cerros de Salta, Fernando Escudero continúa cabalgando detrás de sueños de justicia y solidaridad http://wi631525.ferozo.com/entre-los-cerros-de-salta-fernando-escudero-continua-cabalgando-detras-de-suenos-de-justicia-y-hermandad/ Sun, 02 Jan 2022 15:00:00 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=89456 Mi querido amigo Fernando Escudero (51) realiza una enorme tarea en favor de los más necesitados en su Salta natal, mientras esta tremenda inflación que ningún gobierno logra erradicar sigue sumergiendo a millones de personas en la pobreza. Dice Fernando que le acaba de ocurrir un milagro de solidaridad conmovedor y que muestra que un […]

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Mi querido amigo Fernando Escudero (51) realiza una enorme tarea en favor de los más necesitados en su Salta natal, mientras esta tremenda inflación que ningún gobierno logra erradicar sigue sumergiendo a millones de personas en la pobreza.

Dice Fernando que le acaba de ocurrir un milagro de solidaridad conmovedor y que muestra que un mundo mejor es posible. Pero primero permítanme presentar a este personaje: Fernando se fue a estudiar ingeniería a Buenos Aires. Para solventar sus estudios trabajó de cartero de a pie, de barman de un boliche donde a veces también atendía el guardarropas y aprovechaba para estudiar. Cuando cumplió los 24, en plena hiperinflación en el gobierno de Alfonsín, le sobrevino una crisis existencial. Fue cuando decidió comenzar a organizar cabalgatas en su provincia natal para los tiempos de vacaciones, pues esto le permitía ganar algo de dinero sin dejar de estudiar en Buenos Aires.

Con su propuesta apuntó a la juventud universitaria que gustaba del folklore, pero que en general no sabía cabalgar. Comenzó a promover su emprendimiento organizando festivales folklóricos, en los que sorteaba una cabalgata. La misma consistía en cabalgar durante cinco días por los cerros salteños. Los jinetes participaban de fogones nocturnos, con guitarreadas, encuentros con la gente de cada lugar.

Fernando o “Nano” pretendía, entre otras cosas, que tomaran conciencia de muchas cosas. Trataba de armonizar los grupos y que, si por ejemplo hablaban de política, buscaran lo que los uniera. Además, les hablaba del agua y les decía: “Cuando estén de vuelta en sus casas y abran una canilla, tomen conciencia de que eso es casi un milagro”.

Pude ver a “Nano” trabajar en la organización de sus festivales y sus cabalgatas, y noté en él muchas virtudes sobresalientes: lúcido, honesto, profesional, responsable, justo, apasionado de lo que hacía y siempre con una sonrisa luminosa.

En pocos años, ya organizaba cabalgatas en las provincias de Tucumán, Córdoba, Mendoza, Neuquén, y hasta en El Calafate, Santa Cruz. También llegó a ofrecer cabalgatas que organizaban otros amigos en San Juan y en Corrientes.

Fernando tiene contabilizados más de 80 noviazgos y 25 casamientos que se gestaron en alguna de sus cabalgatas. Incluso él conoció a su esposa y madre de sus 3 hijos, Soledad Gaztambide, en una de ellas. Por haber trabajado siempre y mucho, Fernando tardó 12 años en recibirse de ingeniero.

Cuando “Nano” cumplió 38 años decidió no hacer más cabalgatas. El por entonces gobernador de Salta, Juan Manuel Urtubey, había sido su compañero de colegio, era muy amigo y hasta testigo de su casamiento, y por eso lo convocó a trabajar en Turismo de su provincia. Decidió volver a vivir a Salta con sus dos hijos y con su esposa, embarazada del tercero. Ella siguió coordinando las cabalgatas durante tres años más, hasta que comenzaron a vender a jóvenes, caminatas con guías locales donde la gente tuviera experiencias reales de la ruralidad salteña. Porque en ellas podían aprender a hacer empanadas, artesanías, recibir charlas de un enólogo, de cómo se hace el vino, y mucho más.

En su paso por la gestión pública, Fernando se destacó por impulsar un plan público-privado a 10 años, por el que se consiguió una inversión de muchos millones de dólares. Con ese dinero se mejoraron la ruta a Cachi, el museo y el mercado artesanal, rearmaron caminos preincaicos, como el de la Quebrada del Toro, el que llega a San Antonio de los Cobres, el pueblo arqueológico de Santa Rosa de Tastil y el museo de Llullaillaco.

Luego Fernando fue enviado a promocionar su provincia en el extranjero y consiguió que se realizaran en Salta dos de los eventos itinerantes de turismo más importantes del mundo. Luego, fue convocado para integrar el Consejo Asesor de la Asociación Mundial de Turismo Aventura, y lo hizo durante 8 años. Salta llegó a ser seleccionada como uno de los 10 mejores lugares del mundo. Fue en ese momento que Fernando, al reconocer que había superado sus objetivos, renunció y regresó a trabajar al mundo privado.

Junto a su esposa, Fernando creó la agencia de turismo “Auténtica Salta”, desde donde hoy realiza consultoría a varios municipios. También se dedican a vender viajes de 14 días a turismo mayoritariamente extranjero, de entre 60 y 85 años de edad, por toda Salta, la Quebrada de Humahuaca y las Salinas Grandes. Realizan caminatas de 2 a 5 horas con paseos culturales.

Pero Fernando tiene un carácter solidario y de compromiso social que consiste en ayudar a los que menos tienen. Lo desarrolló paralelamente desde que comenzó con sus cabalgatas, hace unos 25 años, aunque hace 5 años decidió formalizarlo, creando la Fundación Unir, de la cual es su presidente. Su lema es “Unir Recursos con Necesidades”, hacer de nexo. Luchan por erradicar dos tristes frases de nuestro país: el “No se puede” y “Hay que irse de Argentina”.  Dicen que para esto sólo nos queda comprometernos, involucrarnos, ocupar espacios.

Su trabajo es sin goce de sueldo y nunca obtuvieron subsidios estatales. Sí reciben donaciones de amigos y muchos donan su tiempo, lo más preciado. Capacitan a gente muy pobre, les consiguen máquinas y los ayudan a producir, los acompañan para que alcancen una vida digna. Seleccionaron a los cinco mejores y les construyeron el 80% de sus viviendas o talleres de herrería, carpintería, tapicería, costurería, etcétera, para que ellos las terminaran con su esfuerzo.

“Es que es gente laburante como nosotros, pero ellos nunca tuvieron las oportunidades que tuvimos nosotros”, dice Fernando, al que esa gente lo llama “Don Nano”.

En Luracatao, al oeste de Seclantás, no había gomería y se la montaron a un muchacho, pero él debe pagar lo recibido, de algún modo, para retroalimentar un fondo rotativo. También montaron una panadería y comenzó a organizar viajes al pueblito de Amblayo y a un paraje llamado Isonza, en la zona de San Carlos, en los valles calchaquíes.

Fue en ese pueblito que sucedió un pequeño milagro: el 17 de junio de 2021 “Nano” recibió una llamada telefónica de Texas, EEUU, diciéndole con tonada cordobesa que esa persona y varios amigos querían ayudar a que -a través de UNIR- una niña de Isonza, Delfina, de 4 años de edad, pudiera llegar a ir a la Universidad.

Habían visto su foto en las redes de UNIR porque en ellas habían comunicado sobre la entrega a su madre de una máquina de hilar. El cordobés y ahora texano, le dijo: “Para llegar a la Universidad, Delfina debe tener una linda casa, una muy buena educación, que se alimente bien y que tenga una muy buena atención médica”.

Pues se pusieron a trabajar juntos y un día antes de Navidad entregaron a la familia de Isonza una casa nueva de 120 metros cuadrados. Pero van por más: armaron un “Plan Integral” para Isonza, siguiendo el objetivo principal de la Fundación que es fomentar la cultura del trabajo, la educación en valores y desarrollo humano, económico y social. Ahora comenzarán un proyecto turístico con toda la comunidad, en los que esperan recibir ayuda de todos nosotros.

Dijo mi amigo “Nano” junto su esposa Soledad (ambos con lágrimas en sus ojos): “Muchas veces nos preguntamos si los Milagros existen. Les puedo asegurar que en este caso estamos viviendo uno”.

Los invito a conocerlos en su página web y a escuchar la canción de Silvio Rodríguez, “Sólo el amor”:

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La reina de la lavanda: En Sierra de la Ventana, Léony Staudt la produce de modo orgánico, llegó a exportarla y hoy comparte las más bellas postales con los visitantes http://wi631525.ferozo.com/la-reina-de-la-lavanda-en-sierra-de-la-ventana-leony-staudt-la-produce-de-modo-organico-llego-a-exportarla-y-hoy-comparte-las-mas-bellas-postales-con-los-visitantes/ Sat, 01 Jan 2022 14:06:24 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=89366 En la década del setenta y a los veintipico cortos Léony Staudt, técnica en Producción Agropecuaria, se hace cargo del campo familiar llamado El Pantanoso, ubicado en Sierra de la Ventana y dedicado a la producción lanar con ovejas Corriedale. Hoy, 2021, en este predio de 5.000 hectáreas Léony junto con su esposo Bertrand Laxague […]

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En la década del setenta y a los veintipico cortos Léony Staudt, técnica en Producción Agropecuaria, se hace cargo del campo familiar llamado El Pantanoso, ubicado en Sierra de la Ventana y dedicado a la producción lanar con ovejas Corriedale. Hoy, 2021, en este predio de 5.000 hectáreas Léony junto con su esposo Bertrand Laxague producen Angus colorado y lavandas. Sí, lavanda vera (Lavandula angustifolia), de alta calidad con certificación orgánica desde 1992.

Para la familia Staudt, la historia de este establecimiento, que debe su nombre a que en uno de sus potreros nace el arroyo El Pantanoso, comienza varios años antes.

Hacia 1930 Ricardo Staudt, tío de Heriberto, el padre de Léony, compra El Pantanoso para producir lanas y cueros para exportación (Staudt&Cia tenía barracas laneras en Buenos Aires y en muchas partes del país) y a eso se dedicó la estancia hasta mediados de los ochenta y con mucho reconocimiento: “Mi padre era lanero y empresario, se había ido a especializar a Holanda y en El Pantanoso llegaron a producir hasta 20 mil kilos de lana vellón por año”, cuenta Léony.

“Luego, debido a que el valor de la lana fue decreciendo hubo que pensar en reconvertirse y se comenzó a producir Angus colorado. Originariamente en el campo teníamos cabaña de la raza Pardo Suizo con la cual hemos ganado premios en Palermo, así que decidimos comprar toros Angus para cruzarlos y gracias a eso -y al trabajo realizado con el genetista Dr. Carlos Sackman de Cabaña Casamú- hemos logrado terneros más rústicos y de gran calidad que vendemos al destete, con unos 190/200 kilos”.

En 1989 Léony siente que es momento de diversificarse, de hacer “algo más y distinto” en el campo. Y ahí es cuando entran en escena las lavandas: “Fuimos con Bertrand a Bariloche al Vivero Andino Patagónico y con el asesoramiento del especialista italiano Bruno Polastri, que había traído de Francia plantines de Lavanda Angustifolia y de Lavandin Grosso. Compramos el primer lote de 4.000 plantas, que llegaron al campo en el camión donde transportábamos hacienda”, recuerda Léony entre risas. “Era muy gracioso ver esa carga insólita y que ocupaba el 10% del camión jaula, pero así lo hicimos”.

Claro que al inicio las cosas no suelen ser tan fáciles y así fue que la primera plantación de lavandas en El Pantanoso no prosperó debido a que estaban demasiado cerca de unos eucaliptus y en un predio donde no recibían suficiente sol (algo fundamental para esta planta). Pero al año siguiente las cambiaron de lugar y allí las cosas mejoraron. Hoy tienen 35 hectáreas con lavandas y lavandines, 25 de las cuales están en producción, y un vivero para replicar sus propias plantas y para vender a otros productores.

En 1992 obtuvieron la certificación orgánica porque querían exportar y, sobre todo, porque querían mantener el ambiente puro, tal como siempre lo fue. La clave para que el cultivo vaya bien, explica Bertrand, es el control de malezas, que en el vivero se realiza a mano, con azada y en el campo, a máquina.

“La lavanda es una planta sana que si recibe el suficiente sol durante el día y frío a la noche, prospera muy bien”, detalla. “Cuando recién se la planta, necesita algo de riego extra, pero luego con el régimen de lluvias que tenemos aquí, que ronda los 900 milímetros, es suficiente”. 

La primera exportación de lavandas fue a Holanda en 1996 y luego se sumaron otros países como Francia, Alemania, Estados Unidos, España y hasta Suiza, para lo cual obtuvieron también la certificación orgánica Bio Suisse. Fueron muchos años de producir y vender a distintas partes del mundo, pero desde 2014 no exportan más debido, entre otras cosas, a que dejó de ser rentable por la dualidad cambiaria. Entonces comenzaron a comercializar el producto de forma local.

El Pantanoso es el mayor productor del país de lavanda vera (la de mejor calidad) con un rinde de 250 kilos por hectárea y con plantas de 15 años de edad que continúan con buena producción. La cosecha la realizan con una máquina diseñada por ellos mismos que trabaja por hileras; luego de la cosecha la lavanda queda sobre una media sombra para secarse al sol, para luego pasar por la despalilladora y finalmente por la zaranda. El establecimiento cuenta con el asesoramiento de la ingeniera Susana Rayma, especializada en lavandas y plantas aromáticas, otra unidad de negocio de la empresa que comenzó apenas un año después que las lavandas.

“En 1990 incursionamos en la producción de hierbas aromáticas también certificadas orgánicas con orégano, tomillo, estragón francés, romero, ajedrea, salvia officinalis y melisa; llegamos a tener 120 hectáreas de cultivos en línea, estuvimos presentes durante varios años en las grandes cadenas de supermercados con la marca Lavandas de las Sierras y hasta le vendíamos a la firma de cosmética Avon un té de una hierba llamada hisopo que tiene propiedades diuréticas suaves”, cuenta Léony. “Pero en 2018 un gran incendio quemó gran parte de la producción y actualmente solo tenemos 30 hectáreas de aromáticas que desde hace dos años no cosechamos porque es muy difícil conseguir mano de obra”.

Hoy Léony y Bertrand nuevamente han decidido “diversificar” el campo y es por eso que se han sumado al Club de la Lavanda (una iniciativa nacida en la ciudad de Azul que realiza diversas actividades productivas y recreativas relacionadas a esta planta) y al grupo de turismo rural Torquinst del INTA, con la idea de recibir visitantes y ofrecerles distintas propuestas: trekkings por la sierras con avistaje de flora y fauna; visitas a las plantaciones de lavandas y aromáticas; pasar el día en El Pantanoso comiendo un asado e incluso quedándose a dormir en casas ubicadas cerca del casco que han reciclado con el fin de recibir turistas. El acceso es fácil porque están sobre la ruta provincial 76.

“La idea es que la gente venga, conozca el campo, lo que se produce y todas las bellezas naturales que hay, tanto en las sierras como en el propio parque que tiene árboles muy antiguos, como nuestra planta de magnolias de 120 años”, detallan Léony y Bertrand con entusiasmo. “Nos gusta recibir a la gente, recorrer juntos el campo y contar la historia de este lugar que es parte de nuestra familia y que sigue siendo un establecimiento productivo”.

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¿Dónde queda Álvarez Jonte? Cierre los ojos, haga una pausa y vuelva a preguntárselo http://wi631525.ferozo.com/donde-queda-alvarez-jonte-cierre-los-ojos-haga-una-pausa-y-vuelva-a-preguntarselo/ Fri, 10 Dec 2021 14:38:18 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=87850 ¿Dónde queda Álvarez Jonte? Este cronista, despistado, la confundió en un momento con la avenida Álvarez Thomas, pero nada que ver. Álvarez Jonte se llama una extensa calle porteña (a veces avenida) que comunica los barrios de La Paternal, Villa del Parque, Villa Devoto y más allá. De hecho muere a la altura de la […]

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¿Dónde queda Álvarez Jonte?

Este cronista, despistado, la confundió en un momento con la avenida Álvarez Thomas, pero nada que ver. Álvarez Jonte se llama una extensa calle porteña (a veces avenida) que comunica los barrios de La Paternal, Villa del Parque, Villa Devoto y más allá. De hecho muere a la altura de la cancha de Vélez.

Pero Álvarez Jonte no es eso. Cierre los ojos.

¿Quién fue Álvarez Jonte?

Este cronista, ignorante, no lo recordaba. Tuvo que recurrir a un buscador para volver a aprender que el hombre se llamaba Antonio Álvarez Jonte, que era español de nacimiento, crecido en Córdoba y muerto en Perú, donde había ido a pelear contra los mismísimos españoles. Como parte de la revolución de Mayo, integró el Segundo Triunvirato en 1812.

Pero Álvarez Jonte no es ése. Vuelva a preguntárselo.

¿Dónde queda entonces Álvarez Jonte? ¿Qué es?

Se define en su propia página web: “Álvarez Jonte es un pueblo tan pequeño que apenas cuenta con los servicios básicos, tiene su capilla, su club, su escuela, la estación abandonada y unos pocos lugares donde podes comprar algo. Aun así es un lindo lugar para conocer”.

Álvarez Jonte queda a menos de dos horas de Buenos Aires y mucho menos desde La Plata, yendo por la Ruta 36 hacia la costa. Esta pequeña población del partido de Punta Indio fue fundada el 1 de marzo de 1910 con la instalación de la escuela. Unos años después se estableció el ferrocarril lo que facilito las comunicaciones. Y en 1946 se levantó el club social y deportivo que es el epicentro de esta historia.

Para el ojo desprevenido parece no suceder nada especial en Álvarez Jonte, un pueblo con apenas 60 habitantes en el ejido urbano y unos 400 vecinos más en los entornos rurales que lo rodean. Pero pasan cosas, y muy lindas. Dignas de ser conocidas y compartidas. Por ejemplo, este fin de semana de mediados de diciembre un nutrido grupo de motoqueros llegará hasta el lugar para hacer su última actividad del año. Desconocen todas las ilusiones que se desataron con el anuncio de su visita.

Las que se ilusionan son las mujeres del pueblo, y no justamente porque quieran casarse con un motoquero. Nada que ver. Esposas, madres o hijas de muchos trabajadores rurales de esa zona, estas mujeres se han organizado para ofrecer algo que llaman “Turismo Rural de Base Comunitaria”. Abren el club para los visitantes, lo limpian, cocinan lo mejor que saben y comparten algo de su historia pero también de su cotidianeidad.

Muestran su pueblo y exponen lo que ellas hacen. Y eso les permite generar ingresos que resultan claves para mantener su arraigo en el lugar.

Nos los explicó María Alcat, que es integrante del grupo pero además trabaja como una suerte de coordinadora de este pequeño plan de turismo rural:

“Nosotros somos una localidad rural del partido de Punta Indio que se llama Álvarez Jonte”, nos dice con orgullo María, que además de vecina hace las veces de delegada municipal. En realidad, la suya es la primera estación de tren -cerrada desde 1978- llegando por la Rurta 36 desde La Plata. Luego vienen Las Tahonas, Verónica (que ya es una ciudad), Monte Veloz y Pipinas, ya llegando casi al empalme con la Ruta 11. Todos ellos son poblados por los que, generalmente, los turistas pasan de largo.

Desde Álvarez Jonte sale además otro camino que conduce directamente a la localidad más turística que tiene el partido de Punta Indio. Es el balneario de Punta del Indio, donde además hay una reserva natural protegida muy atractiva para visitar.

Hacia un lado o hacia el otro, las mujeres de Álvarez Jonte sufrían viendo al tránsito pasar de largo, sin detenerse en ellas y su apacible localidad. Por eso, cuando la Municipalidad local lanzó una iniciativa para ofrecer un turismo más horizontal que pudiera atraer a los visitantes también hacia los pasajes rurales, se comenzaron a organizar. “Quisimos ser parte de eso, que se derrame”, sintetizó María.

Con epicentro en el club, la propuesta turística que ofrecen a contingentes o a quien quiera contratar ese paquete es pasar “un día de campo” con todos los condimentos: historias, música, paisajes y sobre todo con mucha comida.

Pero además, los fines de semanas largos o en ciertas ocasiones especiales (como el día de la Primavera) este grupo de mujeres sale a la Ruta 36 y monta una feria en el acceso a su pequeña localidad. La idea allí no es solo la de vender sus productos sino sobre todo la de promocionar entre los automovilistas la propuesta turística de pasar una jornada de campo en Álvarez Jonte.

Estas son las orgullosas mujeres del grupo de turismo rural:

 

 

 

  • María Alcat es profesora de biología pero da matemática en el CEPT 29. Vive en el campo porque su marido es uno de los encargados del criadero de pollos parrilleros, que queda pegado a Álvarez Jonte.
  • Claudia Fegan es miembro de la comisión del Club y su marido es alambrador. Es costurera, dicta el taller de costura popular rural, y hace cerámica en frío, artesanías con latas, frascos.
  • María José Dello Iacono es costurera, artesana en tejidos y su marido es peón de una cabaña. Hace decoupage y además, panificados, repostería. Sus tartas de manzana son un éxito.
  • Natalia Ghillia. Su marido es alambrador y hace panificados, panes saborizados y repostería, cuyo fuerte es la pasta frola. Además, vende plantines de su huerta.
  • María Pérez es bajista del grupo familiar chamamecero Los Semilleros. Organizan un reconocido Festival de Chamamé en el Club Social en octubre, pero por la pandemia el proximo se hará en febrero de 2022. Además es auxiliar de educación primaria.
  • Alejandra Haedo es viuda de un encargado de campo. Artesana en tejidos en crochet, de hilos y lanas, hace tapices coloridos. Además elabora dulce de leche casero y otros, licores de níspero y gancia casero. Bichos de Campo da fe que su lemoncello es muy bueno.
  • Gabriela Márquez es tambera chica y vende sus quesos artesanales y saborizados en la feria.
  • Gisela Villarruel trabaja en la Municipalidad de Álvarez Jonte, es presidente del club e integra el grupo de artesanas. Es tambera y con su compañero hacen y venden masa para mozzarella.

Se puede contactar con ellas a partir de esta página.

 

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La frambuesa del postre: En El Bolsón hay un lugar donde se producen frutas finas, cereales, yogures, quesos, helados y hasta novedosos trigos, todo con certificación orgánica http://wi631525.ferozo.com/la-frambuesa-del-postre-en-el-bolson-hay-un-lugar-donde-se-producen-frutas-finas-cereales-yogures-quesos-helados-y-hasta-novedosos-trigos-todo-con-certificacion-organica/ Thu, 09 Dec 2021 11:05:35 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=87694 A principios de la década del ochenta Paul Adrion llega a la Argentina desde el sur de Alemania, muy cerca de la famosa “selva negra”, donde producía frambuesa en un predio de media hectárea. Ya en 1984 sienta las bases de Chacra Humus, establecimiento que comenzó con 3 hectáreas y hoy cuenta con 36, de […]

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A principios de la década del ochenta Paul Adrion llega a la Argentina desde el sur de Alemania, muy cerca de la famosa “selva negra”, donde producía frambuesa en un predio de media hectárea. Ya en 1984 sienta las bases de Chacra Humus, establecimiento que comenzó con 3 hectáreas y hoy cuenta con 36, de las cuales 7 están dedicadas a la fruta fina en El Bolsón, provincia de Rio Negro. En 1995 obtuvo la certificación orgánica.

“Siento que aún hoy no hay un reconocimiento a lo orgánico certificado; de hecho en el mercado local no tenemos precio diferenciador, algo que sí se reconoce en el mercado internacional”, explica Wenceslao, hijo de Paul e ingeniero agrónomo. “A pesar de esta diferencia hoy no exportamos porque la demanda local es alta y creciente y, por otra parte, exportar hoy es cada vez más engorroso”.

Humus vende toda su producción de fruta fina en la zona, especialmente en Bariloche, donde el consumo de fruta fresca de estación es muy interesante y el formato de congelados permite la comercialización durante todo todo año.

Aunque producen mora, cassis, corinto, grosella, guinda, sauco y frutilla, la mayor parte de la producción de fruta fina del predio está dedicada a la frambuesa porque se da muy bien en la zona. Debido tanto a las condiciones climáticas como agronómicas, se obtienen rindes de entre 12 y 15 toneladas por hectárea (algo que no ocurre con la cereza, que tiene mejores producciones más al sur).

En este punto, la pregunta que surge es por qué, si la frambuesa cada vez más está posicionada, no llega a Buenos Aires ya que es un producto que no se ve en las verdulerías y rara vez en un supermercado.

“El tema es que el acopiador, que es el mismo que compra sandías y papas, no sabe manejar el producto y a esto se le suma que las verdulerías no quieren arriesgarse a perder nada y como la frambuesa es delicada, prefieren evitarla”, resume Wenceslao.

“El mercado y la demanda están, pero hay que ajustar los procesos para lograr que llegue el producto en buen estado; esto en la gastronomía está resuelto porque se manejan con congelados, pero quien quiere comer frambuesas frescas en Buenos Aires, por ahora no puede”. La comarca andina, compuesta por una buena suma de pequeños productores de menos de media hectárea, y medianos  de 2 a 3 hectáreas,, produce 250 toneladas de frambuesas por año.

Pero Humus no se limita a las frutas finas sino que se compone de 5 unidades de negocio. En el mismo predio hay vacas, para la elaboración de yogur, dulce de leche, helados y quesos; hay vivero de plantines de fruta fina; hay cereales; y hay un circuito de agroturismo (con heladería incluida) que culmina en una sala de ventas de sus productos.

En cuanto a los animales, poseen 70 vacas (de las cuales hay 50 en ordeño) en su mayoría de raza Holando, aunque algunas con cruza Jersey para ganar en leche con mayor tenor graso para la producción de lácteos, y un toro (antes hacían inseminación). “Los animales son grandes generadores de abono, algo que nos resulta indispensable para la producción orgánica”, detalla.

“Nos manejamos con parcelas con eléctrico y hacemos nuestro propio forraje ya que las vacas están encerradas 4 meses y medio por el frio y hay que alimentarlas”. (En total, con las tierras arrendadas, el predio suma 110 hectáreas).

Wenceslao enfatiza que en el sistema de rotación de parcelas la clave es hacerla lo más sistemáticamente posible y para eso hay que estar siempre “encima del campo” y pensando la mejor forma de hacer las cosas. “Los cuadros más alejados y que son más incómodos para la cosecha de fruta fina los dejamos directamente para pasturas. Hacemos siembras consociadas con gramíneas y leguminosas (como trébol con raigrás) porque nuestras primaveras son frías y si tenemos que esperar a la alfalfa para hacer un corte perdemos muchos días, mientras que las gramíneas son más rápidas y ya tenemos un primer uso tanto en primavera como en otoño y logramos más oferta de pastoreo”, explica.

“Una vez que la pastura está agotada y la parcela ya no es rendidora nos vamos a una rotación con un cereal, que tiene rápida reacción y así no dejamos el suelo descubierto en invierno a la vez nos ayuda a controlar las malezas, algo que para nosotros, como chacra orgánica, es fundamental”.

“En lo que es berries el ciclo es más largo: hacemos una rotación de unos 10/12 años de ese uso y recién después de ese tiempo ponemos un cereal, que puede ser avena, centeno o cebada, o también algo de trigo espelta; para volver a tener berries en esa parcela van a pasar 10 años más”.

El trigo espelta en los últimos años se ha convertido en un producto gourmet y muy buscado (otro “difícil” en Buenos Aires), así que parte de la producción que tienen la venden localmente a una panadería que elabora todos sus productos con masa madre y, también, el turista que va a visitar la chacra puede comprar la harina de espelta en el salón de ventas.  Pero, debido al gran valor nutricional de esta variedad de trigo, la mayor parte se destina a forraje para silo en un proceso donde se corta antes de espigar y los rollos de heno permanecen en nylon para producir una fermentación anaeróbica donde predominan la fermentación lactica.

“Esto hace que el forraje sea más nutritivo y palatable y sobre todo nos da un alimento con buen aporte en la época de frío”, dice Wenceslao. “Es lo más parecido a tener un pastoreo en invierno”. El rinde en granos es de 6 toneladas por hectárea y tienen 10 plantadas.

Tan buenos resultados ha dado el sistema de rotación de parcelas que su vecino, también productor de frutas finas, se sumó a esta idea y desde hace un tiempo Wenceslao lo está asesorando: “Con mi vecino no tenemos ni siquiera cerco divisorio, así que cuando se interesó por el sistema rotativo en seguida empezamos y ya está viendo los resultados de la rotación y de los suelos con descanso… y de paso mis vacas se pasan a su chacra y ahí comen también”, cuenta entre risas.

“Es fundamental trabajar en sintonía, estar al tanto de lo que le pasa al vecino, compartir experiencias y ver cómo entre todos se puede mejorar”, concluye.

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Turismo rural: Miriam Gattari se cansó del estrés de Buenos Aires y encontró en un campo con dos viejos vagones una nueva forma de vida http://wi631525.ferozo.com/turismo-rural-miriam-gattari-se-canso-del-estres-de-buenos-aires-y-encontro-en-un-campo-con-dos-viejos-vagones-una-nueva-forma-de-vida/ Wed, 01 Dec 2021 11:53:51 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=87027 Miriam Gattari es porteña, farmacéutica clínica y bioquímica. Tenía un trabajo muy bien remunerado, con cargo de gerente y oficinas en pleno centro, pero llevaba años replanteándose su vocación. Además del estrés natural de su cargo, la ruidosa Buenos Aires le venía agotando la paciencia y se cuestionaba que ese modo de vida fuera el […]

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Miriam Gattari es porteña, farmacéutica clínica y bioquímica. Tenía un trabajo muy bien remunerado, con cargo de gerente y oficinas en pleno centro, pero llevaba años replanteándose su vocación. Además del estrés natural de su cargo, la ruidosa Buenos Aires le venía agotando la paciencia y se cuestionaba que ese modo de vida fuera el único posible.

Buscando opciones, fuera de su horario de trabajo se había puesto a estudiar turismo, algo que había deseado desde chica. Así llegó a los cursos de turismo rural que en la Facultad de Agronomía de la UBA (Fauba) había creado el recordado Ernesto Barrera. Así Miriam comenzó a reconocer que su corazón le tironeaba hacia la vida campera, de la cual no tenía ni idea.

Un día se enteró de que un colega farmacéutico se había jubilado y se estaba dedicando a la producción agropecuaria. Le preguntó si sabía de alguien que vendiera algún campo y éste le dio unas tarjetas para que llamara. Así fue como halló un campito de 21 hectáreas, en la zona rural de Bartolomé Bavio, partido de Magdalena. El mismo está ubicado a 1 kilómetro de la ruta 36, en el paraje El porteño, a sólo 90 kilómetros de Buenos Aires. Lo compró en 2002, porque le gustó la zona. Pero fundamentalmente le atrajo que tuviera dos viejos vagones de tren.

Recuerda que un día lunes del año 2006 llegó a su trabajo y dijo: “renuncio”. Luego se fue a vivir a su campo y se decidió a dedicarlo al turismo rural. Llamó a su emprendimiento Los dos vagones, porque remodeló los mismos y los aprovechó para hospedar adultos, sin chicos, especialmente parejas.

Mirá la entrevista a Miriam Gattari:

-¿Y no hiciste alguna actividad productiva en este campo?

-Hacemos de todo. Hice cursos en la Escuela Agraria de Bavio para criar cerdos, pero luego cambié por ovejas y hoy tengo unas 140. Además ahora tengo una huerta orgánica, pollos, gallinas, vendo huevos, y una gente amiga nos colocó colmenas y les vendo la miel. También hice cursos para elaborar dulces, mermeladas y licores. En mi vida no había cocinado ni una salchicha y ahora hago hasta la repostería para los huéspedes.

Cada vagón consta de dos dormitorios, con un baño y un comedor. Afuera, una mesa, reposeras y una parrilla. Hay una amplia piscina y un intenso bosque. En un galpón muy grande desplegó el “Salón Los Dos Vagones”. Es una sala de estar decorada con antigüedades y viejas herramientas de campo, con sillones, juegos, libros. Allí se desayuna todo casero y hasta se puede comprar miel o licores o mermeladas para llevar a casa. Todo eso en la mitad del galpón, porque en la otra mitad creó una especie de loft para alojar a otros grupos de visitantes. La casona tiene un antiguo alero bajo el cual sentarse a contemplar el campo, las ovejas y algunas vacas.

Miriam luego aprovechó un “minivagón” (en reallidad es una casilla rural) para hacer una cuarta cabaña para huéspedes. Y ahora está pensando en ofrecer alojamiento a parejas que quieran pasar una noche en una casa rodante. Cuenta que ha realizado eventos como casamientos y sobre todo lo ofrece para escapadas románticas, hasta con noches de luna llena. La mayoría de sus huéspedes son urbanos que buscan un cable a tierra con la naturaleza.

“Me vine a vivir sola y me costó mucho adaptarme a este contacto tan directo con la naturaleza porque no conocía ni el lenguaje de campo. Imaginate que si acá te quedás sin papel higiénico, tenés que hacer 22 kilómetros para conseguirlo. Tuve que resolver el problema de los cortes de luz comprando un generador, instalar internet porque había muy poca señal. Tardé dos años en remodelar las instalaciones y me costó aceptar que a sólo 50 kilómetros de La Plata no tuviéramos buenos caminos”, describe.

“Hoy hago gestiones para resolver problemas, no sólo míos, sino de las pocas familias que viven en el paraje y que trabajan en los distintos emprendimientos. Yo tengo a Miguel que me ayuda con los animales y las tareas de mantenimiento, y otras mujeres que me ayudan. Ya casi no voy a la ciudad, porque este lugar es hermoso y me cautivó. Ya me adapté, si bien conservo mucho de porteña aún, y me encanta recibir gente para que disfrute de la naturaleza y todo esto que a mí me hace feliz”.

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“Cinema Paradiso” en el medio del campo: Con menos de 40 habitantes, Colonia Lapin reabrió su cine rural para mantener vivo el legado cultural de los primeros colonos http://wi631525.ferozo.com/cinema-paradiso-en-el-medio-del-campo-con-menos-de-40-habitantes-colonia-lapin-reabrio-su-cine-rural-para-mantener-vivo-el-legado-cultural-de-los-primeros-colonos/ http://wi631525.ferozo.com/cinema-paradiso-en-el-medio-del-campo-con-menos-de-40-habitantes-colonia-lapin-reabrio-su-cine-rural-para-mantener-vivo-el-legado-cultural-de-los-primeros-colonos/#comments Wed, 27 Oct 2021 19:59:35 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=83920 En el partido bonaerense de Adolfo Alsina se encuentra Colonia Lapin, un pequeño pueblo que se creó en 1919 de la mano de inmigrantes de la colectividad judía, quienes accedieron a la tierra gracias a gestiones realizadas por Eugenio Lapin, integrante de la Jewish Colonization Association, una organización que se dedicaba a facilitar la emigración […]

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En el partido bonaerense de Adolfo Alsina se encuentra Colonia Lapin, un pequeño pueblo que se creó en 1919 de la mano de inmigrantes de la colectividad judía, quienes accedieron a la tierra gracias a gestiones realizadas por Eugenio Lapin, integrante de la Jewish Colonization Association, una organización que se dedicaba a facilitar la emigración de familias de ese credo de Rusia y Europa del Este, hacia zonas agropecuarias de EE.UU, Canadá y Argentina, países que, por entonces, se encontraban en un estadio de desarrollo similar.

El próximo mes Colonia Lapin cumplirá 102 años. Y, si bien actualmente el pueblo cuenta con menos de 40 habitantes, recientemente sus integrantes reabrieron su centro cultural con el objetivo de mantener viva la tradición de los colonos.

El Centro Cultural Lapin se inauguró en la década del ’30 del siglo pasado y funcionó hasta los ’80. Contaba con una importante biblioteca, una sala para dar clases de hebreo y un teatro en el que se realizaba obras y se emitían películas. En 2019, con el centenario, un grupo de vecinos decidió desempolvar las instalaciones y devolverle la vida. Y lo consiguieron, hasta que llegó la pandemia en 2020.

“En 2019 empezamos a trabajar con una comisión para reflotar la parte cultural y poner en valor la sala del Centro Cultural. Siempre hay un sentido de arraigo. Esto para mí es ‘Cinema Paradiso’ en el medio del campo, ese es el reflejo que a mí me queda de esta gente”, dijo a Bichos de Campo José Piro, quien está casado con una mujer oriunda de la colonia.

Si bien Piro llegó a esa localidad por trabajo, su historia y la de sus habitantes lo obligaron a quedarse. Tal es así que para los festejos del centenario estrenó una película realizada junto a familiares de los primeros colonos.

Lapin tiene 10.000 hectáreas que fueron divididas entre las primeras familias que habitaron el lugar. La colonia se inició con 50 grupos familiares y llegó a los 85 en su momento de mayor densidad poblacional, aunque con el tiempo la mayor parte se trasladaron hacia centros urbanos.

En Rivera, pueblo ubicado a pocos kilómetros de la colonia, se originó la Cooperativa Granjeros Unidos de Rivera, que tuvo su propia sucursal en Colonia Lapin. Allí también surgió la Cooperativa Tamberos Unidos Barón Hirch, que al día de hoy mantiene una filial en funcionamiento dentro de la colonia con 14 empleados.

Cuando la situación sanitaria mejoró, los vecinos de Lapin retomaron el proyecto iniciado en 2019 y comenzaron a emitir nuevamente películas. El propósito es lograr al menos un encuentro mensual en el cual, luego de ver una película como lo hacían sus antepasados (y no en casa solos empachándose de Netflix), puedan luego compartir una comida en el comedor del Centro Cultural.

“Hubo un primer subsidio de parte del municipio para hacer ciertas refacciones que fueron de mantenimiento, como reparar techos y reacondicionar los baños. Después hubo mucha colaboración de gente que no vivía dentro de la colonia. Se hicieron distintas campañas de recaudación y actividades. Hoy tenemos 80 butacas y, si ponemos sillas, la capacidad asciende a 120 personas”, contó orgulloso Piro.

Actualmente existe una iniciativa de parte de la provincia de Buenos Aires, para incorporar a Colonia Lapin dentro de un circuito turístico. Es por ese motivo que los vecinos se encuentran en el proceso de armar un pequeño museo en las instalaciones de lo que fue la sucursal de la Cooperativa Granjeros Unidos.

“Estamos recibiendo un subsidio para reacondicionar el lugar, para lo cual estamos recolectando distintos artículos de casas abandonas de la zona con el propósito de armar el museo”, señaló el bonaerense.

Algo que podría ayudar a poner a Colonia Lapin de nuevo en el mapa es la concreción de la ruta 67, que está planificada, pero cuya obra se encuentra frenada desde hace más de tres décadas años. Esa vía transitable podría unir Rivera con Puán, pasando por la entrada de la colonia, y convertirse así en una vía más directa hacia el puerto de Bahía Blanca.

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José Zarco construyó su propio paraíso arriba de los cerros: Un agrónomo que se especializó en mejorar el paisaje con materiales del mismo paisaje http://wi631525.ferozo.com/jose-zarco-construyo-su-propio-paraiso-arriba-de-los-cerros-un-agronomo-que-se-especializo-en-mejorar-el-paisaje-con-materiales-del-mismo-paisaje/ http://wi631525.ferozo.com/jose-zarco-construyo-su-propio-paraiso-arriba-de-los-cerros-un-agronomo-que-se-especializo-en-mejorar-el-paisaje-con-materiales-del-mismo-paisaje/#comments Sun, 24 Oct 2021 14:11:38 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=83694 En Traslasierra, subiendo por el camino cordobés del Pedemonte que comunica a San Javier con el Rodeo de Piedra -y que de allí baja a Los Molles-, se llega a la parte alta de Achiras. Desde allí se contempla un paisaje en 360 grados, porque uno gira sobre sí mismo y queda deslumbrado por el […]

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En Traslasierra, subiendo por el camino cordobés del Pedemonte que comunica a San Javier con el Rodeo de Piedra -y que de allí baja a Los Molles-, se llega a la parte alta de Achiras. Desde allí se contempla un paisaje en 360 grados, porque uno gira sobre sí mismo y queda deslumbrado por el cerro Champaquí y hacia el otro extremo, por el gran valle, y al fondo, las sierras de San Luis.

Pero además sorprende en esa mirada que la mano del hombre haya levantado casas y una ramada, mimetizadas con el paisaje. Y un viñedo experimental de altura, para lo cual hubo que perforar el suelo de piedra. Inmediatamente, semejante obra tan bella, remonta al espectador a preguntarse por su autor, que necesariamente debe ser alguien muy especial.

Aparece entonces un ingeniero agrónomo llamado José Zarco. De aspecto gringo, ojos azules y gran porte, conversador y bien criollo, el hombre. Personaje que a cualquiera que llega, lo trata como si lo conociera de toda la vida. La ramada -explica él mismo, señalándola- es el espacio del rancho donde el fuego está siempre encendido, con la intención de mantener la pava lista para unos buenos mates o disponer un guiso bien `pulsudo`, y con rescoldo necesario para cocinar un poco de masa con chicharrones, y por qué no, una buena guitarreada.

Una parrilla grande, hornos de barro, una pequeña bodega. Todo ha sido dispuesto por José, para el encuentro de las personas en la forma ritual de una peña, donde no falte el vino, el asado, un locro, empanadas y alguien que se llegue a cantar. José será el contador de historias del lugar y de su vida andariega.

Todo ha sido dispuesto como un santuario para rendir culto a la amistad. Es que José logró su sueño de construir su propio paraíso, sin pensar en hacer negocio sino en compartir con quien quiera pasar. Prueba de ello es que si uno quisiera quedarse a dormir una noche, él no ha pensado en hacer cabañas para huéspedes, por ahora. Pero le puede recomendar lindas casas de amigos vecinos, que se alquilan. Él mismo vive en Achiras abajo, muy cerca.

Mirá la entrevista completa con José Zarco:

El ingeniero agrónomo José Zarco nació en La Carlota, Córdoba, pero se crió en el campo, sencillo y de alpargatas. De joven anduvo de yerra en yerra y luego de recibido trabajó durante muchos años para grandes empresas agropecuarias, hasta que un día decidió hacer un cambio de vida.

Conoció Traslasierra y lo cautivó la belleza del paisaje, que además era muy virgen, donde habría mucho por hacer. Es que él aún conservaba mucha energía, seguía siendo un soñador y los aires de ese gran valle invadieron sus ojos con miles de oportunidades y promesas. En 2008 se compró una casa en Achiras abajo. Y como le gustaba lo rústico, todo lo viejo que manifiesta otro tiempo, otro modo de hacer y de vivir, más artesanal y hecho para que durara para siempre, se montó un aserradero. Y comenzó a comprar todo lo que estaba abandonado en los campos, rezagos ferroviarios, durmientes de quebracho, y comenzó a reciclar y recrear mesadas, barras, pisos, cielorrasos, puertas, mobiliario, que exhalan historia. Hasta hoy les prepara y vende a arquitectos para decorar, con estilo, casas y hoteles.

En su paraíso de Achiras arriba, José también se puso a levantar paredes con piedra, adobe y horcones, sin plomada ni nivel, tratando de conservar y eternizar el modo sencillo de construcción de los antiguos pobladores. “Es que cuando llegué pude conocer otro tiempo, otro modo de vida, cuando los lugareños bajaban del cerro a caballo, los fines de semana con una guitarra, al rancho de los Escudero, que era como la peña Balderrama, de Salta, en sus orígenes, vea”.

“Conocí allí a la abuela Clelia que tenía una banda de hijos, nietos y sobrinos. Ella les transmitió la pasión por la música en la enrramada que aún se conserva, con una mandolina. Y le salieron todos guitarreros, poetas y cantores. Esta gente fue la que abrió los primeros caminos por los montes bien cerrados. Por eso Mario y Eduardo, el chulco, compusieron `Callejones oscuros`, `Cocina de la abuela Clelia`, `Bello Amanecer`, `Lustrando las alpargatas`.

Semejante anfitrión, en el año 2017, se cruzó en la vida con una mujer de su misma talla, la servicial enóloga, Elina Gaido, que había ido a trabajar en la zona. Se amañaron, como dicen en el norte, y comenzaron a entreverar sus sueños. Fue así que ella lo embarcó en el titánico montaje de un viñedo de diferentes cepas y de la pequeña bodega, en esa chacra de Achiras arriba.

“Es un loco, apenas sale el sol, él ya está haciendo algo manual, o plantando vides o creando una puerta con maderas antiguas, o levantando paredes de adobe, o soldando, o yéndose a los remates a comprar algún arado viejo”, dice, con una mano en la frente. José contrata a unos trabajadores criollos, que los admira, no sólo porque son fuertes como el quebracho, sino por su cultura. Y graba sus conversaciones, sus tonadas. “Es que ellos siempre están gozando de la vida –asegura- con frío o calor, en las buenas y en las malas”. Por eso le encanta agasajarlos con un buen asado y compartir con ellos el pan y la sobremesa.

Como el viñedo iba a necesitar agua todo el año y no tenían luz eléctrica, prefirieron apostar a lo autosustentable. “Hicimos una perforación de 120 metros en la roca maciza. Hallamos agua a los 63 metros. Fuimos hasta los 90, con encamisado, y bajamos la bomba solar -de 3 HP, trifásica, que tira 6000 litros por hora- hasta los 87 metros. Luego pusimos paneles solares, todo con la precaución de no quedarnos cortos, sino al contrario, pusimos de más, a tal punto que hasta podemos soldar y usar martillo demoledor”, explica José.

Elina lo embarcó en rescatar antiguos viñedos que dejaron abandonados los pobladores que habitaron cerro arriba. Los trasplantaron y han destinado una parte del viñedo a estas antiguas cepas criollas. Como Elina asesora a muchos viñedos nuevos de la región, puede invitar a degustar vinos muy diversos y sobre todo, a quienes pretendieran concretar el sueño del viñedo propio, darles clases prácticas en ese lugar, haciéndoles probar posibles cepas de malbec, pinot noir con personalidad tras-serrana o chuncana.

José ya había encendido un fuego abrazador y comenzó a contar: “Conocí a un personaje que había sido gaucho desde sus diez años y bueno como pocos. De nómade, se apareció en las estancias de La Carlota, allá por los años `70. Y en los asados, el vino lo embriagaba en relatos increíbles. El petiso Isidro Fernández era de los pagos de Monte Grande, criado entro los perros, un clon del `Sargento García`. Un rayo le mató a su madre cuando ella estaba ordeñando a una vaca, a unos metros de él. Y ese petiso nos contaba…”

Y mientras José nos hacía viajar en el tiempo, a infinito paisajes, Elina nos servía una copa con un vino lleno de futuro.

Trepando al Champaquí, la enóloga Elina Gaido montó un viñedo experimental donde además rescata las cepas olvidadas de Traslasierra

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Así veían el cielo los chaná: En Gualeguaychú, una propuesta de expedición nocturna por el monte http://wi631525.ferozo.com/asi-veian-el-cielo-los-chana-en-gualeguaychu-una-propuesta-de-expedicion-nocturna-por-el-monte/ Wed, 29 Sep 2021 21:35:19 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=81500 “Por eso no hay que talar”. Es cierto: la temperatura baja tanto que apenas entramos al monte instintivamente nos bajamos las mangas de las camisas y nos cerramos los chalecos; también abrimos más los ojos para tratar de ver en la oscuridad. Sí, una oscuridad densa apenas moteada por las linternas que sirven para no […]

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“Por eso no hay que talar”.

Es cierto: la temperatura baja tanto que apenas entramos al monte instintivamente nos bajamos las mangas de las camisas y nos cerramos los chalecos; también abrimos más los ojos para tratar de ver en la oscuridad. Sí, una oscuridad densa apenas moteada por las linternas que sirven para no tropezar con raíces ni ramas y también para que nuestro cerebro alerta y desconcertado tenga de dónde agarrarse durante esta “Experiencia Nocturna” en un predio de 120 hectáreas, de las cuales 80 son de monte nativo y pertenecientes a una reserva natural

La idea consiste en reconectar con la naturaleza experimentándola mano a mano y con todos los sentidos. “Miren, aquí acaba de pasar algo”, dice Facu Carballo, uno de los guías, mientras con la linterna señala un tronco con un reguero de plumas. “Parece que recién anduvo un gato montés”, concluye. Nos quedamos callados, mirando esas plumitas en silencio y con la sensación de que todas las cosas adquieren otro tono, otra profundidad cuando uno está lejos de la ciudad o el celular no tiene señal.

Un leve sonido de agua nos indica que estamos cerca de un arroyo, con árboles que recuerdan a películas de Tim Burton, con sus ramas enroscadas y raíces que se han levantado del suelo. Sin darnos cuenta llegamos a un claro en el monte donde alguien ha dispuesto alfombritas que nos invitan a sentarnos y naturalmente lo hacemos. “Pónganse cómodos; quien quiera acostarse, mejor todavía”, sugiere Alejandra Rébora, también del equipo de la expedición.

Y lo que ocurre entonces es maravilloso. Apoyamos nuestras espaldas en esas lonitas y el mundo se abre para nosotros: la cercanía con la tierra intensifica los aromas del monte y el cielo se nos muestra como si fuera la primera vez; es que algo de iniciático hay en esta experiencia porque nos proponen mirar las estrellas desde la cosmovisión del pueblo Chaná, habitantes originarios del sur entrerriano que vivieron en estas tierras hace apenas unos 2000 años.

Un ejemplo de observar el cielo desde la mirada chaná es que ya no vemos la Cruz del Sur, sino la hoja romboide del árbol sombra de toro, con propiedades medicinales, o incluso la pisada del ñandú, animal emblemático de la zona.  ¿Y si realmente hubiera miles de mundos que ni sospechamos?

“Rescatamos a los chaná en esta expedición nocturna porque son parte de nosotros, son nuestra historia autóctona, son nuestros abuelos”, dice con énfasis Samuel Moreyra, naturalista, ideólogo de esta experiencia de monte y coordinador de actividades turísticas en Gualeguaychú.

“Los chaná eran extremadamente sabios, respetaban la naturaleza, la valoraban y cuidaban. Además, representaban en el cielo su vida en la tierra y crearon su propio mapa estelar. Observando las estrellas sabían cuándo comenzar la cosecha y cuándo llegaba el frío y, observando, algunas plantas especificas sabían cuando iba a llover. Era un pueblo sorprendente, olvidado en la historia por la gran mayoría de las personas”.

Seguimos en el suelo. Nuestros guías nos ayudan a decodificar el cielo y de pronto las Tres Marías se han convertido en tres viudas (madre y las dos hijas) que perdieron sus hombres en una guerra o también la base de un puñal cuya punta marca el Norte.

“Y aquél es el tapé kué, el camino que dejaron nuestros abuelos para que recorramos al partir de esta tierra y para llegar al cielo”, describe Facu haciendo referencia a lo que siempre hemos llamado “Vía Láctea”.

De pronto, farol en mano Ale nos dice que es momento de continuar con la caminata y que no nos alarmemos si estamos un poco mareados o con sueño. “Es por la ingesta de aire puro”, nos asegura con tono de sonrisa, aunque la sonrisa no la vemos porque si nos alejamos un poco (solo un poco) de la linterna o farol, la negrura es tan densa que no percibimos ni nuestras manos. Por momentos es como flotar.

Nos ponemos de pie y avanzamos por un lugar donde nos inunda un aroma dulce y agreste a la vez: son los espinillos o aromitos, de frutos amarillos y todo un símbolo distintivo de esta zona. Facu nos invita a tocar las cortezas de los árboles y la propia tierra, a reconocer sonidos y a experimentar olores. Y todo casi sin ver nada de lo que hacemos. Tan acostumbrados estamos a usar la vista que no disponer de ella nos obliga, como nunca, a despertar todos los otros sentidos y nos sentimos como más altos o mejor dicho, algo así como más expandidos.

Luego de hora y media la experiencia nocturna se acerca a su fin. Salimos en fila india, en silencio, con la sensación (compartida por todos y mencionada, al día siguiente, a la luz del día y en el desayuno) de que ¿la naturaleza? nos observa, que nos observó todo el rato y que ahora nos deja ir. Con esta idea sobrevolando salimos del monte y vemos un enorme fogón que nos recibe con toda su energía, colores y potencia. Inexplicablemente la vista de ese fuego nos conmueve, ese fuego que reúne a los humanos.

“A mucha gente se le caen las lágrimas en este momento”, nos dicen nuestros guías, “y hay visitantes que ya terminada la expedición, se quedan toda la noche junto al fuego o hasta que se apague”.

Y sí, se nota que hay muchas ganas de salir de casa y ahora que post Covid, se puede, se hace: “En junio de este año Gualeguaychú reabrió al turismo”, explica Samuel. “Primero era necesario tramitar un permiso, pero a partir de agosto ya fue posible vacacionar en la ciudad libremente, con todos los protocolos y cuidados necesarios. El turista ha revalorizado muchísimo los espacios abiertos y la naturaleza, y acá tenemos mucho de eso”.

Nos acomodamos en un círculo alrededor del fogón y Samuel, con una linterna de minero en la cabeza, nos lee un cuento chaná, relacionado a la “felicidad del humano” que nos deja cavilando: es inevitable que un relato junto al fuego nos toque alguna fibra íntima y nos quedamos un rato en silencio, apenas escuchando el crepitar.

Entonces Ale y Facu nos avisan que es el momento de la última actividad: caminamos unos metros y allí nos esperan unas palas y unos arbolitos nativos (quebracho blanco) que esperan ser plantados por nosotros. Lo hacemos, con la dicha de sentir que nuestras manos tocan la tierra y que estamos haciendo algo concreto para la naturaleza. Plantamos lo árboles, les ponemos un nombre y la fecha de hoy.

“Miren”, dice Sam señalando el cielo una vez más. Ha salido la luna, casi redonda y amarillenta. La misma luna de los conquistadores y de los pueblos originarios, la misma luna de los animales y el río. La expedición nocturna ha terminado, la emoción empieza a aflojar y aparece el relax de la mano de sándwiches, empanadas y alguna copa de vino junto a este fuego sagrado. Estamos contentos y conversadores. Y la misma luna nos acompaña.

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Trepando al Champaquí, la enóloga Elina Gaido montó un viñedo experimental donde además rescata las cepas olvidadas de Traslasierra http://wi631525.ferozo.com/trepando-al-champaqui-la-enologa-elina-gaido-monto-un-vinedo-experimental-donde-ademas-rescata-las-cepas-olvidadas-de-traslasierra/ http://wi631525.ferozo.com/trepando-al-champaqui-la-enologa-elina-gaido-monto-un-vinedo-experimental-donde-ademas-rescata-las-cepas-olvidadas-de-traslasierra/#comments Wed, 29 Sep 2021 16:16:41 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=81445 Elina Gaido es oriunda de Guaymallén, Mendoza. En esa provincia se recibió de enóloga y anduvo trabajando por las zonas vitivinícolas hasta que años atrás la contrató una bodega de Las Tapias, en el valle de Traslasierra, Córdoba, donde trabajó un año, pero decidió quedarse en esa zona para asesorar a distintos viñedos nuevos que […]

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Elina Gaido es oriunda de Guaymallén, Mendoza. En esa provincia se recibió de enóloga y anduvo trabajando por las zonas vitivinícolas hasta que años atrás la contrató una bodega de Las Tapias, en el valle de Traslasierra, Córdoba, donde trabajó un año, pero decidió quedarse en esa zona para asesorar a distintos viñedos nuevos que están surgiendo en esa provincia.

En 2017 había conocido al ingeniero agrónomo José Zarco, que vivía en una zona conocida como Achiras Abajo. Y ese mismo año se lanzaron a plantar en su casa un viñedo de uvas malbec que hoy tiene 1200 plantas.

José en 2011 había comprado una chacra en la parte más alta de Achiras, conocida como Achiras Arriba, y empezaron a soñar con repetir la experiencia también en ese lugar. Pudieron comenzar a hacerlo en 2019 y hoy se trata de uno de los viñedos más altos de la provincia (en Calamuchita hay otros viñedos a 1.200 metros de altitud). Se llega por el camino del Pedemonte que comunica las localidades de San Javier con Rodeo de Piedra, el cual baja hacia Los Molles y luego a Las Rosas.

Este lugar está a 1050 metros de altitud y tiene una vista privilegiada hacia el valle y hacia las sierras. Plantaron un viñedo experimental con el objeto de poder investigar, mostrar y aplicar los resultados en los nuevos viñedos que Elina asesoraba. Lo llamaron “La Campiña Viñedo de Altura”, a complementar en el futuro con un proyecto de turismo rural.

Con las plantas todavía creciendo en espalderas, en 2020 construyeron una pequeña pero hermosa bodega para la elaboración artesanal. Hasta ahora van desarrollando una hectárea y media de viñedos, sobre un suelo netamente pedregoso. En medio también construyeron algunos espacios de encuentro donde los amigos y turistas que los visiten puedan degustar los vinos, acompañados de un buen asado y por qué no de una folklórica guitarreada.

Comenta Elina: “Hemos diseñado un viñedo experimental para realizar ensayos sobre el comportamiento de las distintas cepas, probar distintos riegos, distintas tipos de podas y obtener información que sirva para todo emprendimiento nuevo en la provincia. Además, para registrar todas las formas en cómo se comporta cada viñedo. Porque cuando se planta un viñedo donde nunca lo hubo, hay que investigar y ensayar mucho”.

En su caso, dice, “he buscado en las bibliotecas y no he hallado registro del pasado vitivinícola de Traslasierra, como sí lo hay en Calamuchita. El problema de Córdoba es que vivió una época de esplendor vitivinícola y luego se cortó, de modo que hoy no tiene viñedos viejos”.

Explicó la especialista que en esta región de Córdoba llegó a haber unas 500 hectáreas de viñedos. Pero se discontinuaron. No en vano el dique que riega las tierras de este valle se llama Las Viñas.

“Con la reconversión vitivinícola, solo en Colonia Caroya se pudo conservar la tradición de los inmigrantes italianos con la uva frambua, hoy con muy lindos viñedos. Pero la zona de Traslasierra tuvo una tradición vitivinícola y se abandonó. Hoy está resurgiendo, pero de la mano del turismo, con viñedos chicos, y para que puedan ser rentables, necesita ir de la mano del negocio turístico y del inmobiliario, como complemento”, explicó la enóloga.

Elina entró en detalles: “En esta provincia estamos a la búsqueda de una cepa de excelencia. Se suele plantar malbec, porque es la cepa que el turista pide. Pero he comprobado en mis distintos trabajos que el tanat es una variedad que se da de modo excelente en Traslasierra. Y el bonarda, también. Hice una prueba con cabernet franc y comprobé que dio una muy buena respuesta”.

En cambio, afirmó, “las uvas blancas se dan mucho mejor en la región de Calamuchita, al norte de Córdoba, como es el caso también del Pinot. En esta zona, como es muy cálida, de las uvas blancas hay que seleccionar las cepas de uvas de zonas cálidas. Lo más importante es llegar a la varietalidad con su característica de la zona”.

Mirá la entrevista completa:

Elina, de todos modos, sabe que “en esta región, como la mayoría de los viñedos están rodeados de monte, sus árboles y arbustos desprenden sustancias aromáticas que se adhieren a la película cerosa que tiene la baya o grano de uva, dándole características aromáticas particulares a los vinos que se elaboran”.

“Por eso digo que lavar la uva, está prohibido, y además por ahora, reniego del sabor a madera en los vinos jóvenes, porque invade los sabores particulares que le da la región, al menos hasta que tengamos plantas de 25 años, cuando la planta ya alcanzó un equilibrio con algunos componentes concentrados que ya no permiten que la madera los invada”, explicó.

Cuenta Elina, que en su viñedo está destinando en parte también a rescatar el patrimonio del pasado histórico de la vitivinicultura de Traslasierra.

“Hace dos o tres años visitamos con José sierras arriba, subiendo hacia el cerro Champaquí, unos puestos abandonados donde cuentan los lugareños que la gente que los habitó hacía vino y armaban fiestas populares que duraban varios días. Y vimos que han sobrevivido muchas vides de esos viñedos de cepas criollas, abandonados, y que con los años se han ido trepando y enredando en los árboles”.

Relató detalles de esa experiencia: “Esperamos al invierno y bajamos material para reproducirlo en nuestro viñedo, pero no es de primera calidad, de modo que nos costó mucho. Otro trabajo que hice fue rescatar plantas de los parrales de uva criolla, de las casas de familia, de Villa Dolores y de San Pedro, además de una escuela agrotécnica que nos dio algunas estacas de buena calidad”.

En ese papel de coleccionista de viejas plantas, hasta hoy lleva plantadas 250 vides y tiene para llevar a tierra otras 250 plantas más. “Pero los pájaros y el clima no me permiten medir los racimos porque me los destruyen antes de que queden conformados. Y como si fuera poco ya hemos sufrido tres granizadas. Vamos a tener que fertilizarlos, para darles más fuerza y que puedan expresarse mejor”.

La colección de cepas viejas “las plantamos acá en nuestro viñedo, donde tenemos media hectárea de uva criolla más 1 hectárea con tres variedades: malbec, tanat y bonarda. Además hemos plantado una hilera de prueba con la variedad marselán, que es fruto de un cruzamiento francés entre cabernet sauvignon y grenache. Y también tenemos algunas plantas de cabernet franc”.

“Ya hicimos con José, la estructura para plantar más de esta uva el año que viene, pero no conseguimos plantas. Porque este año ha crecido muchísimo la demanda de plantas en toda la Argentina, y eso indica que la vitivinicultura está creciendo”, se esperanzó la enóloga mendocina que se radicó en Córdoba.

Por último, Elina habló de sus apuestas al futuro: “Un gran avance es que hasta el año pasado regábamos con un grupo electrógeno, porque no nos llega luz de red, y ahora hemos invertido en paneles solares con baterías de gel, que son las más amigables con el medio ambiente”.

“Es importantísimo que los consumidores apoyen estos proyectos vitivinícolas de Córdoba, probando estos vinos nuevos, diferentes, pero de muy buena calidad. Estamos organizando una propuesta de asociar a gente amiga que sueña con su propio viñedo y no puede llegar a tenerlo, para que pueda venir a trabajar aquí y tener sus propias plantas. Me imagino el futuro de este lugar: lleno de gente y de vinos. En marzo de 2022 vamos a tener la primera vendimia”.

“Los esperamos”, nos dijo.

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