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La entrada Para sortear una normativa que restringe aplicaciones, la familia Sánchez se animó a producir soja orgánica de exportación se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Daniel, agrónomo, asesor técnico y ex comercial de una compañía de agroinsumos, lejos de abandonar el desafío, decidió darse la oportunidad de encarar una producción viable que no requiriese el uso de productos de síntesis química.

“En los últimos veinte años los productores han tenido que cambiar su filosofía de producción y adaptar sus herramientas. Yo soy un formado en una facultad donde gran parte de mis materias era el control de enfermedades y malezas. Fue un desafío cuestionar todo eso, me resultó difícil”, dijo Sánchez a Bichos de Campo.
Por suerte, su sobrino, Rodrigo Sánchez, decidió acompañarlo en la producción de soja orgánica. La firma santafecina Campus Organics SRL (empresa ya se encontraba realizando experiencias similares en la localidad de Murphy) les bridó ayuda en el proceso de reconversión productiva que, como era de esperarse, los enfrentó con más de un obstáculo.

El primer desafío fue encontrar una semilla que no estuviera genéticamente modificada, porque entonces el cultivo no aplica para ser considerado orgánico, y que se adaptara a las condiciones de esa zona en particular. Pero no tuvieron suerte.
En la zona los grupos de madurez adecuados para soja son V y VI. Si bien un semillero local les ofreció esas variedades, les pedía a cambio toda la producción que obtuvieran. Frente a esa situación, los Sánchez optaron por las semillas “libres” no modificadas que encontraron, las cuales son de grupo IV.
El segundo problema: cerrar un contrato de alquiler sin tener un estimado factible de rendimiento no es fácil y menos hacerlo en una zona con tantas restricciones. Finalmente, el campo apareció, pero en la localidad de Gilbert, a 20 kilómetros de Urdinarrain. El asunto igual trajo suerte, porque el lote que consiguieron llevaba cuatro años sin participar de ninguna actividad agrícola.
“Cuando uno abandona un lote, como paso con éste, hay un proceso de evolución hacia el ecosistema original de la zona. Nuestra ecoregión es el Espinal. Unas fotos del lote más una declaración jurada nos sirvió para que una certificadora nos diga que la zona iba camino a lo orgánico. De no ser así, para salir de una agricultura de químicos y hacer una actividad orgánica tendríamos que haber pasado por un período de transición”, explicó Sánchez a este medio.
Es importante aclarar que no es una exigencia de lo orgánico que el suelo pase por este período de “limpieza”. Pero si se busca obtener una certificación que abra las puertas para exportar, como en este caso, hay que tener en cuenta eso.
“El camino del abandono de esos lotes va hacia malezas anuales y luego a malezas perennes de mucha durabilidad. Hubo que sacar algunos árboles y se hicieron trabajos de movimiento del suelo con herramientas. Reseteamos todo para poder trabajar en un plan de largo plazo”, indicó el agrónomo.
¿Y cómo se protegió a la producción de plagas y malezas? Aquí es donde entraron los bioinsumos: preparados a base de microorganismos que oficiaron de controladores naturales. Para el ataque de orugas y chinches, usaron un producto biológico a base del Bacillus thuringiensis, una bacteria, muy común en el suelo, que funciona como plaguicida. Lo único que no pudieron evadir fue a la sequía, que afectó a toda la zona y produjo chauchas y granos un poco más pequeños de lo esperado.
Los Sánchez lograron lo que muchos tildaron de imposible: una producción orgánica en 38 hectáreas, que produjo un rendimiento de entre 1200 y 1400 kg/ha, y que pronto saldrá rumbo a Estados Unidos.

“Con esta experiencia sabemos qué ajustar y qué cambiar. Los cultivos orgánicos son competitivos en la medida en que los precios sigan comercializándose en el doble (que la soja convencional), y son una alternativa enorme para las situaciones en las que las normativas de los pueblos limiten algunas producciones. No hay que abandonar el campo. Hay que sacarle un poco de jugo al cerebro y hacer otra cosa”, señaló el ingeniero.
Concluyó al decir que “la visión sesgada hacia el número, en la que para obtener 3000 kilos hay que hacer cinco aplicaciones de compuestos diferentes, no te da tiempo a decir si una soja como ésta puede o no andar”.
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]]>La entrada El crecimiento demográfico en imágenes: ¿Cómo era tu ciudad tres décadas atrás? se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Observar tal crecimiento en un período de treinta años por medio de imágenes satelitales permite evidenciar el impacto geográfico de ese fenómeno, el cual derivó, por ejemplo, en diferentes conflictos relacionados con las aplicaciones de fitosanitarios.
Eso ahora es posible gracias Google Earth Timelapse, una iniciativa de Google en base datos aportados por los satélites Landsat (Servicio Geológico de EE.UU. y NASA) y Sentinel (Agencia Espacial Europea).
En el período 1988/2018 la población argentina creció de 31 a 44 millones de habitantes (+42%), al tiempo que la producción agrícola –considerando la soja, maíz, trigo, sorgo y girasol– aumentó de 34,2 a 104,8 millones de toneladas (+206%).
El sector agroindustrial argentino en las últimas tres décadas se transformó así no sólo en la principal fuente de divisas de la economía argentina, sino también en el motor del crecimiento demográfico regional necesario para satisfacer las diferentes demandas requeridas por el agro, aunque, por diversos motivos, en la última década se produjo un distanciamiento cultural entre muchos de los habitantes de las ciudades de base agropecuaria respecto de dicha actividad.
La ausencia de una estrategia de planificación territorial, junto con factores políticos locales, en algunas oportunidades potenciaron los conflictos para generar malestar entre vecinos y la salida de producción de grandes extensiones periurbanas de tierra de uso agropecuario. Pero en otras ocasiones fue posible llegar a consensos en los cuales los intereses de todas las partes fueron considerados para llegar a un acuerdo superador.











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]]>La entrada Jorge Riehme hace vino y nuez pecán en Urdinarrain: “Creo en la agroecología y en hacer primero nosotros lo que le exigimos a otros” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>“Comencé hace dos años plantando viñedos, una hectárea con 3.500 plantas de cepas tintas (Merlot) y blancas (Chardonnay), y apunto a plantar una hectárea más el próximo año. Este año realizamos una vendimia para sacarnos las ganas de hacer vino y seguir aprendiendo, mientras le damos todos los cuidados necesarios al viñedo, que al ser chico nos permite estar encima y dedicarle mucho cuidado”, dice Riehme que pertenece a la AVER (Asociación de Viticultores de Entre Ríos), donde se reúnen productores que hace ya unos años vienen desarrollando con éxito la viticultura en la provincia.

La idea de Riehme era, es, al terminar su mandato, dedicarse a este emprendimiento apuntado al turismo rural. Claro que en el medio apareció el coronavirus, que ha cambiado algunos tiempos y prioridades. Sin embargo, la cosa sigue porque hace rato que tenía esta idea de unir producción y turismo. En su chacra además, tiene plantados olivos y uvas de mesa, y este año se agregará algo de producción ovina.
“Soy un emprendedor empedernido y este emprendimiento apunta a unir al campo con lo turístico. La idea es mostrar cómo se produce, hacer degustaciones, ventas de producto y vincularse con otros productores de la zona. Por ejemplo, al lado de mi chacra hay un productor de quesos y dulce de leche, así que la idea es armar un circuito que beneficie a varios productores locales”.
Con respecto a la nuez pecán, tiene 2 hectáreas con 250 plantas de dos variedades, Pawnee y Shosoni, que son precoces, con la idea de llegar a 12 hectáreas y darle valor agregado para vender: peladas, secadas y preparadas, por ejemplo, al chocolate o saladas como snack. Lo interesantes de esta nuez es que hay todo un nicho de mercado para avanzar ya que hoy, en promedio, se consumen 10 gramos por habitante por año, mientras que en otros países son 250 gramos per cápita.
Según Riehme, esto tiene que ver con que es una producción relativamente nueva y desconocida en Argentina, con sólo 6.000 hectáreas plantadas de las cuales el 70% aún no está en producción (tarda 4 años en comenzar a producir y a los 8 se estabiliza). Entre Ríos es la provincia con mayor superficie del país y donde está el cluster de la nuez pecán.
“Creo que todo lo vinculado al vino tiene un gran potencial y hay interés en la provincia de desarrollar este producto. Las cepas que más se adaptan son Tannat y Marselan, ambas tintas. La Marselan es cultivada en la zona de Burdeos, Francia, donde hay el mismo régimen de lluvia que acá, alrededor de 1.200 mm al año”, explica.
“La uva tiene un tema con las enfermedades vinculadas a la humedad pero estas cepas se desenvuelven muy bien y podría ser que Marselan se convierta en la uva insigne de la provincia. Hay muy poco plantado hoy, pero tiene condiciones para desarrollarse”, añade.
Los asesora un ingeniero agrónomo uruguayo (Andrés Passadore) que hace años trabaja en el desarrollo de la vitivinicultura en el Uruguay y en Entre Ríos. En las ciudades de San José y Victoria se lanzó la Tecnicatura en Enología y Fruticultura, que permitirá tener técnicos locales preparados para asesorar a los productores. Su hijo, Maximiliano, actualmente cursa esta tecnicatura y es parte activa del proyecto.
En su establecimiento, Riehme realiza un planteo en transición hacia lo agroecológico: no utiliza herbicidas y combate las malezas con laboreo. “Creo en la agroecología y creo en hacer primero nosotros lo que le exigimos a otros”, resume.
Así que para los pecanes hacen ‘mulching’ de pasto alrededor de la planta, que sirve para abonar el suelo, conservar la humedad y evitar que crezcan las malezas. En viñedo aplican productos orgánicos y actualmente está ensayando en algunas filas con bioinsumos agropecuarios, como las trichodermas entre otros, para combatir el hongo de las plantas. Trabaja por competencia y le quita espacio al hongo que es nocivo para la planta.
“El turismo tal como lo conocemos va a cambiar y a la vez es una gran oportunidad para los destinos rurales, porque están asociados a la salud, el aire libre, y nuestra zona cuenta además como fortaleza, la cercanía a grandes centros urbanos, emisores de turistas dispuestos a vivir experiencias vinculadas a la naturaleza”, reflexiona. “Yo creo que se van a conjugar cuestiones económicas, sociales, sanitarias porque la necesidad de la gente de salir va a seguir estando y creo que el turismo interno será muy importante en la recuperación económica”.
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]]>La entrada Elvira Schlegel, de Aldea San Antonio, regala muñecas de tela y sigue cuidando su huerta: “Esta tierra me dio todo” se publicó primero en Bichos de Campo.
]]>Será porque ya a los 9 años (o antes) trabajaba en la chacra sacando yuyos y los días de lluvia salía especialmente a sacar los “primavera”, una maleza que complicaba el crecimiento de la huerta y que con el agua florecía rápido.




“Éramos siete hermanos y teníamos nuestra chacra llamada Santa Catalina, a 5 kilómetros del pueblo”. El “pueblo” es la Aldea San Antonio (hoy 2.500 habitantes), a 15 kilómetros de Urdinarrain, Entre Ríos. Una zona conocida por haber recibido a los alemanes del Volga hacia 1888.
“Todos trabajábamos a la par de nuestros padres. Cuando nos agarraba hambre comíamos un sánguche de pepino y usábamos ´la maleta´ para cosechar maíz, que era una especie de bolsa de piso de cuero y parte de arriba de lona donde iba a parar el maíz deschalado. Se ataba a la cintura y era muy pesada”.
Sin duda no era fácil la vida en la chacra. Hacían todo, hasta el jabón, pero parece que no salía muy bien porque les hacía picar el cuerpo, y usaban grasa de gallina derretida (a modo de gel) para tener el pelo prolijo. “El que tenía plata le agregaba un poco de perfume para que fuera mejor”, describe Elvira, que a los 21 años se casó y dejó la chacra.
“Aprendí a hacer de todo y me gusta seguir aprendiendo”, asegura. Y tal es así que cuando rondaba los cincuenta años fue presidenta del centro de jubilados de San Antonio y luego trabajó como encargada del PAMI de la región NEA, ayudando a los afiliados con sus trámites y realizando tareas de inspección. Hoy, a los 73 años aprendió a hacer muñecas de tela y las regala.
Elvira le enseñó a esta cronista a preparar ‘tinekuchen’, una torta económica que se hacía -como todo- con lo que había en la chacra. Arriba lleva azúcar quemada y harina. La otra versión es con ricota y huevo batido, que ya es un poco más gourmet. “Leche huevos, agua harina… Todo lo que se hacía era con lo que nos daba el campo, se compraba sólo lo indispensable y así nos arreglábamos”.




Ya jubilada, Elvira sigue “haciendo”. Además de las muñecas sigue con la huerta, hace dulces y congela tomate triturado para tener salsa todo el año. La consigna es, siempre, no desperdiciar nada de alimento. Nunca, por ningún motivo. Es una enseñanza que ha quedado grabada a fuego.
“Aunque tengo una gran arraigo alemán, me siento profundamente argentina”, reflexiona Elvira. “Yo siempre decía que no me iba a morir hasta que en el pueblo no hicieran el cementerio”, dice riéndose. “Ahora que ya está hecho estoy tranquila porque sé que voy a abonar esta tierra que tanto me dio”.
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