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vida rural – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com .:: Periodismo que pica ::. Mon, 27 Dec 2021 13:03:19 +0000 es-AR hourly 1 https://wordpress.org/?v=5.8.13 http://wi631525.ferozo.com /wp-content/uploads/2018/06/cropped-mosca-32x32.png vida rural – Bichos de Campo http://wi631525.ferozo.com 32 32 Las crónicas de Silvestre del Campo: Con cariño, a la Dirección de Energía… http://wi631525.ferozo.com/las-cronicas-de-silvestre-del-campo-con-carino-a-la-directora-de-energia/ Mon, 27 Dec 2021 12:50:21 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=88926 Dice Silvestre del Campo, cronista de la vida rural, que “el campo es el campo y también la vida en los localidades pequeñas y medianas del interior. Precariedad de medios y servicios públicos que sublevarían a cualquier habitante de Córdoba, Mendoza o Buenos Aires, aunque casi siempre compensados por otras ventajas que hacen a la […]

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Dice Silvestre del Campo, cronista de la vida rural, que “el campo es el campo y también la vida en los localidades pequeñas y medianas del interior. Precariedad de medios y servicios públicos que sublevarían a cualquier habitante de Córdoba, Mendoza o Buenos Aires, aunque casi siempre compensados por otras ventajas que hacen a la calidad de vida. En este sentido mi ciudad en el interior de Corrientes no es lo peor pero tampoco es Estocolmo. Entre las cosas a mejorar, la distribución eléctrica. (*)”

Al Dr. Benjamín Zenón QEPD, precursor de los implantes dentales en el NEA y amante de  la lengua guaraní.

Al Lic. Ignacio Osella, intendente de Goya, equilibrista a la fuerza entre la Política y la Real Politik.

(Reseña redactada “sobre el parche”, o sea en el smart phone)

“El cirujano ya accedió al maxilar inferior y tiene a la vista el hueso, blanco pero coloreado por una mezcla de agua y saliva ensangrentada que la asistente trata de absorber con un aparatito que hace el ruido de la bombilla cuando se termina el agua del mate.

Antes ella misma había preparado al paciente.

Lo vistió con un atuendo de algodón grueso que solo deja ver el óvalo de la cara, como el griñón de esas monjas beatas de los cuadros que adornan la dirección de las escuelas católicas.

A continuación le desinfectó muy prolijamente la parte expuesta del rostro, hasta hacerlo lagrimear por el vaho del alcohol en gel.

Después el dentista inyectó la anestesia suficiente, esperó que actuara haciendo tiempo con una conversación banal. Luego cortó la encía y separó la carne.

Se puede decir que todo está listo para el momento principal, el núcleo de la cirugía, la etapa más sangrienta, delicada e importante, que es también la más desagradable para el paciente. Pero antes el cirujano vuelve a pasar revista a su parque de armas.

Sobre el equipo central del consultorio, pivotea un brazo articulado que soporta una bandeja horrible.

En ella se alinea una secuencia de bisturíes, pinzas, tijeras, fresas, mechas y otros instrumentos dispuestos en un orden preciso.

Al costado, como arma adicional del mismo ejército, una provisión adicional de tubitos de anestesia y algún otro inyectable.

Por última vez, el hombre chequea con la mirada ese arsenal que el paciente no quiere mirar, aunque por suerte para él queda oculto enseguida cuando para hacer lo suyo, el dentista reclina el sillón a fondo.

Ya está por largar.

Por su misma personalidad y porque acumula mucha experiencia en implantes, el profesional se tiene confianza y la transmite.

Como está algo mayor, es de complexión menuda y pretende evitar cualquier vibración, cuando agarra el torno se apila, cargando una pizca de su peso corporal.

Es que quiere ser preciso al perforar la capa alveolar, la más dura del hueso maxilar.

“Vamos”, dice en voz baja, más para sí que para la asistente o el mismo paciente.

Cómo este ya tiene varios implantes sobre el lomo, más o menos se imagina lo que viene, por eso se aferra al sillón preparado para cuando las fresas perforen inundándole la boca con el gusto salado de la sangre y una desparramo de pequeñísimas astillitas de hueso.

Prevé que la anestesia lo hará soportable, pero sabe que no es algo agradable, aún sin dolor.

3-2-1- ¡Empezó!

“PFIUUUU “… hace el torno, cambiando su sonido según las revoluciones, cuando la mecha le va entrando al hueso.

¡Zas! corte de luz! pobre paciente…

¡Oía, el paciente soy yo!

¡Y La Puta Que Te Parió Dirección Provincial De Energía!

Mi puteada es muda, con la boca anestesiada, llena de saliva, sangre y artefactos, me es imposible emitir sonido más allá de un quejido sordo que sale de la garganta, similar al que hacen los potros cuando se los castra inmovilizados y tirados en el suelo.

Se hizo un silencio tan feo como feo es que te agujereen un hueso, pero las miradas que cruzan la asistente y el dentista no me tranquilizan en lo más mínimo. En estos pagos sabemos de cortes de luz. Habían mermado los últimos años, pero el verano pasado volvieron.

El bueno del Dr. Benjamín Zenón trata de alentarme y de alentarse diciendo que quizás la electricidad vuelva antes de 15 minutos.

Puede ser, también podría demorar 1 hora, 2 o vaya a saber cuánto.

Vivo en Goya hace mucho, sé que la cadencia y duración de estos cortes es impredecible.

Pasaron los 15 minutos y unos cuantos más sin aire acondicionado en un día sofocante por la temperatura y la humedad. Cuando en Corrientes decimos calor y humedad, es para referirnos a magnitudes considerables de calor y humedad.

Además estoy ensoquetado en este como hábito o mortaja de algodón muy grueso que me pusieron sobre la ropa.

Me duelen los músculos de la mandíbula de tanto morder como me indicaron un bodoque de gasa que a esta altura ya se puso medio asqueroso.

El Dr. Benjamín y la enfermera transpiran como yo, en un rato no habrá luz natural.

Esto no da para más, me dicen que la cirugía se reiniciará lo antes posible, preferentemente dentro de la misma semana, postergando los turnos de varios pacientes.

Preventivamente me había hecho tomar un antibiótico específico y me inyectó un corticoide antes de mandarme a casa, con la consigna de llamar si no estoy bien.

Aunque solo me llevo un buraco en el hueso y un par de puntos de sutura preventivos, la tarde está perdida, no da para irme al campo arriesgándome al mal tiempo hasta el jueves, con una eventual infección o vaya a saber qué.

Tampoco para ir un rato al escritorio, tengo que ponerme hielo y eso no es compatible con el teclado de la computadora.

En fin, me acomodo en un sofá y siento la pulsión de escribir sobre este asunto del corte de luz en plena cirugía. No queda otra que hacerlo en el celular.

Empiezo reiterando:

“La Puta que te parió Dirección Provincial De Energía”

No entiendo cómo, el texto predictivo se niega al insulto y lo reemplaza por la expresión:

“Lágrimas puras que te odio Dirección Provincial De Energía ” (SIC).

Te juro que tal cual. Casi lo borro pero la estética de la expresión me sorprende, decido copiarla y guardarla.

Igual pruebo un par de veces repitiendo mi puteada, pero el texto predictivo consigna cualquier cosa menos el exabrupto original o la expresión poética.

Lo más lógico es que el sistema Android haga lo que le digo y transcriba literalmente la puteada, respetando su espíritu guarango, drástico, ofensivo y contundente.

¡La puta que te parió!

¿O será que los algoritmos de Android están configurados para la idiosincrasia local?

Conozco a Corrientes y a los correntinos desde hace más de 50 años, aprendí que la cultura local rechaza los exabruptos y que más allá de estereotipos o de aspectos externos y superficiales, la gente del común y aún la humilde, es más educada que en la ciudad de Buenos Aires donde nací.

Pero yo estoy enojadísimo y el sistema debería allanarse y transcribir lo que le pido.

“Lágrimas puras que te odio DPEC” (SIC) es una propuesta más “polite” y tiene su belleza, pero yo no estoy para linduras.

Sin embargo, vivo en Corrientes hace 32 años, mi mujer, familia política e hijos son correntinos y más allá de la bronca es probable que se me haya contagiado algo de la resignación local.

No le pregunto cómo quedó mi boca o cómo piensa seguir con este asunto o cómo arreglará lo que supongo un estropicio.

Por suerte me llamaron esa misma noche, proponiéndome este jueves como fecha para reiniciar la cirugía.

Notas: El Dr. Benjamín Zenón falleció, habrá sido 6 u 8 semanas después del jueves en que sí pudo colocar los tornillos para ambos implantes. A los pocos días  me sacó los puntos y alcanzó a leer el borrador de este sucedido que yo no había podido dejar de reseñar. ¡Qué manera de reímos! Fue antes de saber de su enfermedad, un cáncer fulminante.
El procedimiento con la instalación de las falsas muelas debió ser concluido por su hijo y una colega. Ambos se preguntaban cómo habrá hecho Benjamín dada la extrema dificultad que implicaba el lugar del maxilar. La respuesta es su innata habilidad y la experiencia acumulada con miles de implantes.
(*) ¿A dónde habrá ido a parar el dinero que antes de 2015 y con ese fin, recibió el municipio entonces kirchnerista?

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Turismo rural: Miriam Gattari se cansó del estrés de Buenos Aires y encontró en un campo con dos viejos vagones una nueva forma de vida http://wi631525.ferozo.com/turismo-rural-miriam-gattari-se-canso-del-estres-de-buenos-aires-y-encontro-en-un-campo-con-dos-viejos-vagones-una-nueva-forma-de-vida/ Wed, 01 Dec 2021 11:53:51 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=87027 Miriam Gattari es porteña, farmacéutica clínica y bioquímica. Tenía un trabajo muy bien remunerado, con cargo de gerente y oficinas en pleno centro, pero llevaba años replanteándose su vocación. Además del estrés natural de su cargo, la ruidosa Buenos Aires le venía agotando la paciencia y se cuestionaba que ese modo de vida fuera el […]

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Miriam Gattari es porteña, farmacéutica clínica y bioquímica. Tenía un trabajo muy bien remunerado, con cargo de gerente y oficinas en pleno centro, pero llevaba años replanteándose su vocación. Además del estrés natural de su cargo, la ruidosa Buenos Aires le venía agotando la paciencia y se cuestionaba que ese modo de vida fuera el único posible.

Buscando opciones, fuera de su horario de trabajo se había puesto a estudiar turismo, algo que había deseado desde chica. Así llegó a los cursos de turismo rural que en la Facultad de Agronomía de la UBA (Fauba) había creado el recordado Ernesto Barrera. Así Miriam comenzó a reconocer que su corazón le tironeaba hacia la vida campera, de la cual no tenía ni idea.

Un día se enteró de que un colega farmacéutico se había jubilado y se estaba dedicando a la producción agropecuaria. Le preguntó si sabía de alguien que vendiera algún campo y éste le dio unas tarjetas para que llamara. Así fue como halló un campito de 21 hectáreas, en la zona rural de Bartolomé Bavio, partido de Magdalena. El mismo está ubicado a 1 kilómetro de la ruta 36, en el paraje El porteño, a sólo 90 kilómetros de Buenos Aires. Lo compró en 2002, porque le gustó la zona. Pero fundamentalmente le atrajo que tuviera dos viejos vagones de tren.

Recuerda que un día lunes del año 2006 llegó a su trabajo y dijo: “renuncio”. Luego se fue a vivir a su campo y se decidió a dedicarlo al turismo rural. Llamó a su emprendimiento Los dos vagones, porque remodeló los mismos y los aprovechó para hospedar adultos, sin chicos, especialmente parejas.

Mirá la entrevista a Miriam Gattari:

-¿Y no hiciste alguna actividad productiva en este campo?

-Hacemos de todo. Hice cursos en la Escuela Agraria de Bavio para criar cerdos, pero luego cambié por ovejas y hoy tengo unas 140. Además ahora tengo una huerta orgánica, pollos, gallinas, vendo huevos, y una gente amiga nos colocó colmenas y les vendo la miel. También hice cursos para elaborar dulces, mermeladas y licores. En mi vida no había cocinado ni una salchicha y ahora hago hasta la repostería para los huéspedes.

Cada vagón consta de dos dormitorios, con un baño y un comedor. Afuera, una mesa, reposeras y una parrilla. Hay una amplia piscina y un intenso bosque. En un galpón muy grande desplegó el “Salón Los Dos Vagones”. Es una sala de estar decorada con antigüedades y viejas herramientas de campo, con sillones, juegos, libros. Allí se desayuna todo casero y hasta se puede comprar miel o licores o mermeladas para llevar a casa. Todo eso en la mitad del galpón, porque en la otra mitad creó una especie de loft para alojar a otros grupos de visitantes. La casona tiene un antiguo alero bajo el cual sentarse a contemplar el campo, las ovejas y algunas vacas.

Miriam luego aprovechó un “minivagón” (en reallidad es una casilla rural) para hacer una cuarta cabaña para huéspedes. Y ahora está pensando en ofrecer alojamiento a parejas que quieran pasar una noche en una casa rodante. Cuenta que ha realizado eventos como casamientos y sobre todo lo ofrece para escapadas románticas, hasta con noches de luna llena. La mayoría de sus huéspedes son urbanos que buscan un cable a tierra con la naturaleza.

“Me vine a vivir sola y me costó mucho adaptarme a este contacto tan directo con la naturaleza porque no conocía ni el lenguaje de campo. Imaginate que si acá te quedás sin papel higiénico, tenés que hacer 22 kilómetros para conseguirlo. Tuve que resolver el problema de los cortes de luz comprando un generador, instalar internet porque había muy poca señal. Tardé dos años en remodelar las instalaciones y me costó aceptar que a sólo 50 kilómetros de La Plata no tuviéramos buenos caminos”, describe.

“Hoy hago gestiones para resolver problemas, no sólo míos, sino de las pocas familias que viven en el paraje y que trabajan en los distintos emprendimientos. Yo tengo a Miguel que me ayuda con los animales y las tareas de mantenimiento, y otras mujeres que me ayudan. Ya casi no voy a la ciudad, porque este lugar es hermoso y me cautivó. Ya me adapté, si bien conservo mucho de porteña aún, y me encanta recibir gente para que disfrute de la naturaleza y todo esto que a mí me hace feliz”.

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Laura y Matías cumplieron su sueño de irse a vivir a Almeyra: Elaboran mermeladas cargadas de mimos  http://wi631525.ferozo.com/laura-y-matias-cumplieron-su-sueno-de-irse-a-vivir-a-almeyra-elaboran-mermeladas-cargadas-de-mimos/ Sun, 02 May 2021 19:25:52 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=65842 “¿Ustedes creen en las casualidades?”.  Sabemos que es una pregunta que en verdad no espera una respuesta, así que nos quedamos en silencio y atentos aguardando que Laura y Matías sigan con su relato. Estamos en Almeyra, un pueblo de 200 habitantes y a 32 kilómetros de Navarro, ciudad cabecera del partido del mismo nombre […]

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“¿Ustedes creen en las casualidades?”. 

Sabemos que es una pregunta que en verdad no espera una respuesta, así que nos quedamos en silencio y atentos aguardando que Laura y Matías sigan con su relato. Estamos en Almeyra, un pueblo de 200 habitantes y a 32 kilómetros de Navarro, ciudad cabecera del partido del mismo nombre ubicada a unos 100 kilómetros del Obelisco. 

Laura y Matías se conocieron estudiando música (ella canta y toca el acordeón; él la guitarra) y al poco, muy poco tiempo de verse, él le dijo: “Yo me caso con vos”, a lo que ella respondió con un poco de sorpresa, una sonrisa y, en su fuero interno, un “por supuesto”, que no pronunció pero que estaba decretado.

El caso es que se casaron y comenzaron la vida juntos en Castelar, al oeste del conurbano bonaerense, trabajando de “de todo un poco” para salir adelante. Desde siempre a Laura le gustaba cocinar y hacía dulces, bombones y escabeches y un día se le ocurrió publicar sus mermeladas en MercadoLibre… y la cosa explotó.

“Me llamó una persona y me pidió todo dulce de kinotos; era un pedido muy importante que nos iba a dejar un buen margen, así que yo no cabía en mí de la alegría hasta que me di cuenta de que no tenía tantos kinotos… y entonces salimos a buscar”, recuerda Laura.

La venta fue exitosa y a partir de ahí empezó a recibir pedidos de otros lugares hasta quedar como proveedora fija de una cadena de bares de CABA. Todo funcionaba bien pero Matías y Laura tenían algo que los cosquilleaba y que era la “casualidad” que los había unido de forma definitiva: ambos, antes de conocerse, habían visitado este pueblo de Almeyra y pensaron que algún día querían vivir ahí.

Esa idea que tenían por separado se multiplicó al comenzar la convivencia así que finalmente se vinieron para Almeyra y comenzaron a ir una vez por semana a hacer los pedidos a sus clientes de CABA. Pero claro, las cosas cambiaron y las personas que viven en pleno asfalto a veces hay cosas que no terminan de entender, como que un día llovió tanto que no podían salir del pueblo que tiene su acceso de tierra. Les explicaron eso a sus clientes pero éstos no les creían y debieron pagar un flete para cumplir con el compromiso… y por supuesto salieron perdiendo.

Uf. Las cosas se complicaban.

Pero en ese momento pasaron dos cosas: se abrió la posibilidad de ser proveedor de dulces de una empresa de Las Heras (un pueblo cercano) y de acceder a los salarios de la Utep, Unión de Trabajadores de la Economía Popular, que hoy ronda los 11.000 pesos mensuales, a cambio de armar y coordinar la incipiente huerta social de Almeyra, ubicada en tierras del ferrocarril y cedidas para este proyecto.

“Empezamos a trabajar para una empresa ubicada cerca de acá y lo que ganábamos a través de la UTEP lo fuimos guardando para comprar una paila”, explica Laura para luego agregar que una vez comprada tuvieron que agrandar una puerta porque no pasaba hasta el cuarto donde la instalarían. Pero ya estaba hecho y a partir de ahí pudieron procesar 150 kilos de fruta más 90 de azúcar, así que la producción se facilitó bastante (antes lo hacían con ollas comunes).

“Fueron momentos difíciles pero pudimos salir adelante y el apoyo de la UTEP fue clave”, enfatiza Laura que también se encarga de recibir a los turistas que los fines de semana se acercan a Almeyra y visitan la huerta popular para comprar verdura fresca. “A la gente le interesa mucho saber cómo producimos la verdura y busca que no tengan agroquímicos… también quiere que uno se tome el tiempo para explicarle, que se la atienda… los clientes no sólo quieren comprar, quieren mimos”, resume con una sonrisa.

“Con el tema del salario social hubo que derrumbar el estigma porque los vecinos nos veían con malos ojos, como que éramos vagos que no hacíamos nada”, recuerda Laura. “Lo solucionamos de dos formas: primero invitando a los vecinos a ver cómo trabajábamos y hablando con ellos y después con resultados: cuando vieron cómo crecía la huerta y lo linda que está, fueron ellos los primeros que vinieron a comprar verdura fresca”. 

Hoy Laura y Matías viven en el lugar que eligieron y venden sus dulces de durazno, naranjas, kinotos y citrus elaborados con azúcar orgánica a turistas, vecinos y en la ciudad de Navarro, en el almacén que tiene la UTEP en esa ciudad y que recibe productos de distintos emprendedores de la zona. 

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Juntos por un sueño (que se hizo realidad): La bella historia de La Arbolada y de su exclusivo vino de arándanos http://wi631525.ferozo.com/juntos-por-un-sueno-que-se-hizo-realidad-la-bella-historia-de-la-arbolada-y-de-su-exclusivo-vino-de-arandanos/ Sun, 03 Jan 2021 11:12:08 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=55015 Concretaron el sueño de muchos, sobre todo en momentos donde aprieta la crisis (o sea, cíclicamente en Argentina), uno no sabe para qué lado agarrar y la idea de “irse a vivir lejos de todo” toma cuerpo y toma cuerpo… pero en la mayoría de los casos se termina desvaneciendo por una conjunción de factores […]

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Concretaron el sueño de muchos, sobre todo en momentos donde aprieta la crisis (o sea, cíclicamente en Argentina), uno no sabe para qué lado agarrar y la idea de “irse a vivir lejos de todo” toma cuerpo y toma cuerpo… pero en la mayoría de los casos se termina desvaneciendo por una conjunción de factores donde el miedo y una cierta comodidad son las principales causas.

Pero Silvia, Marcelo y sus tres hijas lo lograron: un día del año 2000 dejaron el departamento de CABA y se fueron a vivir a una hectárea en Mercedes, provincia de Buenos Aires, donde arrancaron con una pequeña huerta para autoconsumo y terminaron elaborando dulces, vinos de uva (que compran en Mendoza) y una novedad: un vino de arándanos que tiene mucha aceptación y es su producto estrella. Todo con marca La Arbolada.

“Lo primero que notamos fue un cambio en nosotros gracias al entorno de naturaleza y a la comida que empezamos a comer, sin químicos y de nuestra propia huerta”, resume Silvia. “Además fue una decisión muy pensada, que tomamos cuando nuestras hijas entraron en la adolescencia y queríamos otro tipo de vida para ellas y para nosotros, más en familia y con más tranquilidad”.

Cuentan que lo primero que hicieron fue vender la vivienda que tenían en la ciudad… pero sin tener un plan concreto. Así que cuando les preguntaban qué iban a hacer, simplemente sonreían porque no tenían una respuesta “racional”. Al poco tiempo fueron de visita a Mercedes y ahí rápidamente encontraron el lugar que se convirtió en su nuevo hogar y donde hoy elaboran los productos que son su sustento.

“Cuando llegamos no sabíamos nada de campo ni de producción, así que la huerta la armamos leyendo unos fascículos que teníamos sobre horticultura, que nos fueron de gran utilidad”, recuerda Marcelo, “y en seguida empezamos a disfrutar del cambio de vida; hubo que trabajar mucho pero resultó como lo esperábamos”.

Eso sí: Marcelo destaca que de chico hacía vino con su padre, así que ese conocimiento le había quedado y algunos vinos empezó a hacer. Entonces un día, al tiempo de estar viviendo en Mercedes, un vecino le trajo unos cajones de uva de su quinta y le pidió que elaborara vino. Ahí Marcelo se enteró que hacia 1920 Mercedes era una zona vitivinícola a causa de la fuerte inmigración de italianos que tenían el hábito de preparar su propio vino y por lo tanto había muchos parrales dando vueltas por todos lados.

Luego de la sorpresa, Marcelo accedió como una “gauchada” al vecino y no le cobró por el servicio. Pero a la semana ese vecino, como agradecimiento, le trajo varios cajones de duraznos, ciruelas e higos… y ese fue el inicio de la elaboración de dulces (hoy con más variedades que incluyen frambuesas, moras y frutillas) que, junto con los vinos, comercializan en ferias agroecológicas de Luján y Mercedes.

Marcelo y Silvia recalcan que todo se fue dando naturalmente desde su llegada a Mercedes. Por ejemplo, otro día el dueño del almacén al que iban a comprar cosas le dijo que le trajera vinos y dulces para vender en el local. Así lo hizo y, como se vendieron muy rápido, empezó a llevarle más a ese almacén y a otras tiendas de la zona. Y así se armó la red de ventas.

Hoy La Arbolada produce dulces variados (a los antes detallados se suman los de naranja y pomelo), vino torrontés, chardonnay, malbec y cabernet sauvignon y, por supuesto, el distintivo de arándanos (entre todos producen unos 2.000 litros por año, así que tienen la categoría de “vino casero”). Todos los productos son agroecológicos.

“Nosotros no teníamos un plan específico, vinimos a hacer lo que nos tocara”, reflexionan juntos. “Lo único que sabíamos era que queríamos estar en el verde, en familia y tranquilos y que como estábamos bien nosotros, todo marcharía bien… y así fue. Incluso durante esta pandemia que nos ha tocado a todos hemos utilizado el tiempo para hacer cosas que queríamos hacer y al mismo tiempo se fortaleció el apoyo entre todos los productores”, cuentan. 

Y sí, esta es una historia rural con final (y presente) feliz. A pesar del Covid.

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Elizabeth vive en un campo de Uruguay y se siente dichosa: “Estoy orgullosa de haber roto con el prejuicio de que criar un hijo en el campo es coartarlo” http://wi631525.ferozo.com/elizabeth-vive-en-un-campo-de-uruguay-y-se-siente-dichosa-estoy-orgullosa-de-haber-roto-con-el-prejuicio-de-que-criar-un-hijo-en-el-campo-es-coartarlo/ Thu, 10 Dec 2020 14:24:42 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=53071 María Elizabeth Cesar tiene 43 años, es uruguaya y productora rural, aunque se define como “madre por sobre todas las cosas”. Su establecimiento, llamado “El Rincón”, se ubica en Marmaraja, la zona rural del departamento de Lavalleja, Uruguay. “Estamos en las Sierras del Este y hoy en día trabajamos más de 500 hectáreas, parte de […]

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María Elizabeth Cesar tiene 43 años, es uruguaya y productora rural, aunque se define como “madre por sobre todas las cosas”. Su establecimiento, llamado “El Rincón”, se ubica en Marmaraja, la zona rural del departamento de Lavalleja, Uruguay.

“Estamos en las Sierras del Este y hoy en día trabajamos más de 500 hectáreas, parte de la propiedad de la empresa familiar y una gran parte en arrendamiento”, describe Elizabeth. “Nos dedicamos a la ganadería mayoritariamente de ganado vacuno, aunque también hay lanares, y hacemos el ciclo de cría de las dos especies”.

Hace muchos años que el planteo es de pastoreo rotativo sobre campos naturales, con algunos potreros donde se agregaron algunas leguminosas en cobertura para potenciarlos. No realizan nada de agricultura y compran el grano o raciones que usan, cuando es necesario.

“El ganado vacuno es Hereford con Angus, aunque estamos en un punto en que ya tiene más de Angus. La majada son de dos razas, Corriedale y Texel. Esta última es sólo para la producción de carne mientras que la Corriedale es doble propósito, carne y lana. Dentro del establecimiento criamos algunos caballos y todos los usamos para trabajar en el campo, y los pura sangre también para deportes de resistencia, raid y enduro”.

En “El Rincón” también entrenan algunos caballos criollos de la cabaña de unos amigos con los que la hija, Sara, compite en carreras de resistencia de esa raza, participa de pruebas de rienda y de fiestas gauchas. Así, los caballos, además de ser un medio de transporte y una herramienta de trabajo son parte de la diversión, del deporte y de toda la vida diaria de esta familia que eligió vivir en el campo. “En lo personal los caballos me generan un mundo de emociones indescriptible e incomprensible para quien no lo siente”, se emociona Eli.

“Nuestra empresa es familiar en toda su dimensión: trabajamos los tres en todas las tareas, tanto en los trabajos con ganado, en los alambrados, en la gestión predial y en la económica. La hacienda se comercializa por intermediarios pero mayormente en el campo, porque al ser criadores somos el primer eslabón de la cadena y nosotros vendemos a los invernadores. En Uruguay hay una carga impositiva alta pero para mí lo que más complica es la incertidumbre de los valores de venta, o sea lo inestable de los precios en el mercado”.

Elizabeth explica que para ellos la pandemia tuvo impacto en la educación de Sara, que pasó a ser virtual e implicaba una necesidad de acompañar desde un lado más pedagógico y no sólo como padres pero que en su vida cotidiana no tuvo ninguna incidencia. “A nivel económico veremos cómo afecta los mercados mundiales que se reflejan en los mercados locales”, reflexiona Elizabeth.

El Rincón no realiza turismo rural, aunque es una actividad que a la familia le resulta interesante y que en Uruguay también está teniendo un buen marketing: “Creo que en esta nueva etapa, después del sacudón del Covid, se valoró y se le empezó a mirar como la mejor opción para vacaciones; hay una mirada que cambió, se ve una vuelta a lo sencillo, a apreciar y valorar lo simple”.

Elizabeth destaca la suerte de haber elegido la vida que lleva y de haber encontrado en su pareja alguien con quien compartir una forma de ver el mundo y los parámetros que consideraba óptimos para vivir.

“Criar a nuestra hija en el medio rural es una elección, no para alejarla de nada citadino sino para que encare la vida en sociedad con una visión más global”, explica.

“Actualmente concurre a una escuela en la ciudad a la que la llevamos desde el establecimiento, a la vez que estudia inglés y ha ido probando diferentes disciplinas como ballet, patín artístico y natación. Si de algo estoy orgullosa es de haber roto con el prejuicio que criar un hijo en el campo es coartarlo o brindarle menos oportunidades”.

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Farming Simulator, el juego que es furor en la cuarentena y puede ser un puente entre campo y ciudad http://wi631525.ferozo.com/farming-simulator-el-juego-que-es-furor-en-la-cuarentena-y-puede-ser-un-puente-entre-campo-y-ciudad/ Thu, 28 May 2020 14:03:40 +0000 https://bichosdecampo.com/?p=40622 El sueño de subirse y probar una cosechadora John Deere, una Case IH, una New Holland o una Challenger, todas en el mismo día, puede llegar a darse no solo en una exposición dinámica a campo sino en el living de la casa. Desde hace un par de meses crece cada vez más entre los […]

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El sueño de subirse y probar una cosechadora John Deere, una Case IH, una New Holland o una Challenger, todas en el mismo día, puede llegar a darse no solo en una exposición dinámica a campo sino en el living de la casa. Desde hace un par de meses crece cada vez más entre los jóvenes (y no tan jóvenes) el furor por el Farming Simulator, un juego lanzado en 2018 por Giants Software, de Suiza, y en donde se pueden disfrutar de más de 300 vehículos rurales de más de 100 marcas.

No es un simple simulador para pasear sobre los tractores. El juego simula todas las actividades agropecuarias, con planes de negocios, de siembras, todos los tratamientos de cultivos y hasta los manejos comerciales de los granos cosechados.

Encima, en estas últimas semanas, la descarga de su versión 19 es gratuita para todos los usuarios de PlayStation Plus, algo ideal para épocas de encierro por el coronavirus. Tuvo un gran éxito y se llenó de comentarios en las redes sociales.

“Conviértete en un auténtico granjero y haz prosperar tu granja en dos territorios gigantescos (americano o europeo) repletos de actividades granjeras, productos que cosechar y animales que cuidar”, invitan desde la página de PlayStation. “Haz crecer tu granja online con otros jugadores y descarga modificaciones creadas por la comunidad para disfrutar de una experiencia increíble”, agrega.

Las distintas marcas no se quieren quedar afuera y van sumándose a través de actualizaciones. Por ejemplo, con el pack de equipamientos Kverneland & Vicon, que estará disponible el 16 de junio, los jugadores tendrán acceso a una gama de productos de 20 piezas agrícolas, como empacadoras, arados, jardineras y otros del fabricante noruego con más de 140 años en el mercado.

Para los que lo han jugado (o los que lo vieron jugar) se está ofreciendo una experiencia de usuario realmente sorprendente. Las gráficas son muy reales. Basta con ver el trailer del juego:

Joaquín Fervari vive en Emilio V. Bunge, partido de General Villegas, y trabaja de promotor en las acciones que lleva a cabo AcaSalud por el interior del país. O trabajaba: con la cuarentena hace varias semanas que está en su casa y todas las noches “la da al vicio” junto a Mateo Lovagnini, estudiante de administración agropecuaria y compañero de trasnochadas.

“El juego nos atrapó porque es muy real. Crecen malezas, tenés que tratarlas, tomas decisiones todo el tiempo, decidir a qué puerto mandar los granos… Podés elegir todo tipo de actividad, poner ganado, sembrar avena, hacer rollos para eso. Hacés de cuenta que realmente estás en el campo”, explica Mateo.

Joaquín también hace hincapié en la realidad, no solo de los gráficos, sino de las actividades a desarrollar para poder ir progresando: “Tenés que producir granos para poder venderlos e invertir en maquinaria. No es que la plata la hacés así nomás, cuesta esfuerzo”

“Además cuando arrancás tenés como varias opciones de inicio. En una te dan una cosechadora medio viejona, un tractor chiquito, dos o tres lotecitos. O peor, también podes elegir arrancar con nada de nada y arrancás como empleado de contratista, y vas viendo cómo te las arreglás. También podés arrancar con mucha plata, tipo inversor y vas viendo que hacés, que campo alquilar, a quién contratás”, ejemplifica Mateo. No solo es un “elige tu propia aventura”, como aquella colección de libros de décadas atrás, sino que es un “elige tu propia cuna”.

Juan tiene 13 años y es el hijo de Guadalupe Covernton, jefa de Promoción del Grupo Don Mario. Su padre, Federico Recagno, también está vinculado al campo: trabaja en la cerealera COFCO. Pero Juan nunca mostró mayor interés por el agro, si por “la Play”. “Antes jugaba a otros juegos, como al GTA (Grand Theft Auto, “gran robo de autos”) y cuando arrancó con este juego lo primero que se encontró es que no tenía que irle a robar granos al vecino sino que ahora tenía que producirlos. Y ahora me cae a las 11 de la noche diciéndome ‘mamá, la colza! se me cayó el precio´. O lo escucho protestar porque el cosechero le dejó una franja. Cosecha, vende, va a puerto, está buenísimo”, explica Guadalupe.

https://twitter.com/guadacovernton/status/1264740169443352576

El “campo” de Juan, obviamente, se llama “DONMARIO”. Su madre (ex integrante del staff de AAPRESID) se lamenta de la “labranza antes de volver a sembrar”.

Marco Prenna, sub director de Insumos Agropecuarios e Industrias de la Asociación de Cooperativas Argentinas (ACA) y presidente de Cámara de la Industria Argentina de Fertilizantes y Agroquímicos (CIAFA), tuiteó: “El agro llegó a la Play… ja. Mi hijo jugando con sus amigos al #FarmingSimulator19, esta vez no le pongo horario, ja”

En el video se puede ver a Felipe Prenna charlando con sus amigos que juegan en línea con él sobre una cosechadora que “compraron”. Marco, el padre, explica que pese a ser un ingeniero agrónomo, “nacido y criado en el interior cordobés”, sus hijos “son más urbanos que rurales”.

“Cuando empezó a jugar a éste juego y se fueron enganchando con los amigos se me dio una oportunidad que no la esperaba. Sus amigos también son urbanos pero él les dijo ´mi papá es agrónomo y nos va a ayudar´. Y es algo muy interesante: los ayudo a decidir en base a un presupuesto, que maquinaria comprar, que cultivos hacer, explicarles para que sirve cada maquinaria, explicar que es un cabezal maicero. Y todo esto no solo le llega a Felipe sino a sus compañeros, que ninguno está para nada vinculado al campo. Ojalá se prendan y enganchen muchos más chicos”, desea Prenna.

En la página web de Giants Software podemos descubrir que existe una “liga”, la FSL (Farming Simulator League), donde se puede competir “contra los mejores jugadores del mundo para ganar premios por valor de más de 250,000 euros”. La “liga” está auspiciada por empresas de tecnología, auriculares y sillas para gamming pero también por Corteva Agriscience – una de las empresas líder mundial en fitosanitarios que surgió de la fusión de Dow y Dupont – y la DLG, que es nada menos que la Sociedad Agrícola Alemana, la rural de los germanos.

“Me parece que comunicacionalmente a nosotros como industria, que nos cuesta acerca campo con ciudad, (el juego) es una excelente herramienta para pensar a futuro”, se entusiasma Guadalupe Covernton. “Hoy, si te metés en el juego ya ves que muchas empresas norteamericanas lo están haciendo”, agrega.

Y gran razón tiene. A simple viste parece que las grandes marcas de la maquinaria agrícola mundial ya lo tomaron en serio y muchas empresas de insumos empiezan a aparecer. Pero el Farming Simulator en realidad abre las puertas a que un sinfín de niños y adolescentes de las grandes urbes se metan de cabeza en el negocio agrícola de una forma más que didáctica.

Las páginas especializadas nos informan que “la más reciente edición, Farming Simulator 20, es un interesante giro a la experiencia diseñada para Switch y dispositivos móviles, permitiendo asentar la gestión a través de las pantallas táctiles sin renunciar a la conducción”.

Nosotros leemos atónitos, tratando de entender que nos quisieron decir a los viejitos que jugábamos al Estanciero con fichas de cartón.

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Todos los campos el campo (o una crónica de la heterogeneidad) http://wi631525.ferozo.com/todos-los-campos-el-campo-o-una-cronica-de-la-heterogeneidad/ Tue, 12 Sep 2017 13:40:16 +0000 http://bichosdecampo.com/?p=3646 Por Pablo Sorondo * Veinte años atrás, una puestera mendocina decidió adquirir un arado. Fue en el paraje Trintrica, al sur de San Rafael. “Lo pagué caro”, dice Elvira Villegas de Ortiz, 72 años a cuestas, como extrañando los 250 pesos entregados a cambio de un fierro que, aún hoy, está como nuevo. “Todavía no […]

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Por Pablo Sorondo *

Veinte años atrás, una puestera mendocina decidió adquirir un arado. Fue en el paraje Trintrica, al sur de San Rafael. “Lo pagué caro”, dice Elvira Villegas de Ortiz, 72 años a cuestas, como extrañando los 250 pesos entregados a cambio de un fierro que, aún hoy, está como nuevo. “Todavía no lo usé pero ya lo voy a estrenar”, confía y ojea el suelo pedregoso y reseco de la cordillera. Para Elvira, ese arado es el símbolo del único campo que conoce: representa las promesas siempre prorrogadas de su tierra, mientras recoge el balde del aljibe para darle de beber a sus cabritos.

El tucumano Ariel Banceda salta de la cama a las cuatro de la mañana. Apura mates. El campo, para él, es embarrar botas y suspirar por esos quince litros de leche que cada vaca le dará dos veces al día. El campo es la nostalgia del oficio que aprendió de su padre y la pena de continuarlo en soledad, sin ninguno de sus once hermanos. Es la esperanza de que alguno de sus tres hijos se quede allí, en Trancas, a apostar a los lácteos en una provincia que antepone la zafra al ordeñe. El campo es un mugido. Es un quesillo. Es, casi siempre, perder dinero con el tambo y, pese a todo, elegirlo. Para Banceda, el campo está en el hacer y él, afortunado, hace lo que más le gusta.

En el Valle de Luracatao, cercano al pueblo salteño de Seclantás, Luis Alberto Rueda visualiza el campo como una larga hilera de tejidos, un camino de colores que la lana recorre hasta llegar a ser poncho, ruana, manta, frazada. Dirá este hilandero que el campo es una postal árida, con aires de una vidala escrita por Ariel Petrocelli, en la que hombres y mujeres de tez cobriza mastican coca con su cara de roca.

A casi 560 kilómetros de allí, en Valle Colorado jujeño, Santusa Calapeña ve en el campo el oficio de teñir lanas y tejer rebozos de colores intensos, decorados con flores y frases devocionales. Es, también, el aroma de la cebolla frita en grasa, preanuncio del guiso de papa verde con charqui, manjar andino. Allí, rodeados por cerros y siempre azotados por el viento, los locales se identifican con un cultivo rojizo: la quinua, el alimento sagrado de los incas, con sus ocho aminoácidos esenciales y su publicitaria seducción para los exigentes mercados europeos. A golpe de huasca, la hoz ancestral, Frolián Mamaní cosecha las espigas del cereal en el valle quebradeño El Angosto de Ocumazo. Eso es, para él, el campo.

En cambio, para Lino Paz, es una planicie de 700 hectáreas en un paraje santiagueño, las Sierras de Guayasán, por donde pastan sus casi doscientas ovejas y cabritos. Es el ladrido del perro cabrero, la polvareda que levantan las majadas cuando salen de su cerco de palos, las huellas de los diaguitas que anduvieron por donde él anda ahora. El campo es también la memoria del humo, de la leña y las parvas con que su padre y su abuelo supieron hacer carbón. El campo es la sequía, las lluvias escasas y los tres kilómetros de marcha hasta los pozos donde extrae agua junto a su familia. En tambores de doscientos litros, la acarrean a lomo de mula.

Casi bucólicas, estas historias contrastan con la idea arraigada de la agroindustria y sus principales símbolos. Porque, en definitiva, la imagen dominante del campo suele recurrir a otros elementos: imponentes máquinas que avanzan entre cultivos extensivos, grandes silos y galpones, un despliegue de silobolsas. ¿Son realidades opuestas o, por el contrario, una misma identidad fragmentada en incontables transformaciones?

Quien ahora pregunta es Edgardo Luis Carniglia, autor de Las ruralidades de la prensa (Universidad Nacional de Río Cuarto, 2011): “¿Qué representaciones de lo agropecuario, agrario y rural construye la prensa agraria para sus lectores?” Responde: “La clave de la respuesta reside en un proceso agrario en curso en la agricultura contemporánea: el predominio del agronegocio”.

Carniglia analizó el suplemento agropecuario del diario nacional con mayor circulación, entre 1997 y 2006. Su estudio precisa: “Más de dos tercios de los artículos corresponden sólo a dos asuntos generales: Producción, con un 40,73% de los informes y Tecnología, con 28,02 % de las notas destacadas”. Además, sostiene que “la imagen de territorios y ambientes se circunscribe a un recurso productivo del agro pampeano” y agrega que esa construcción se caracteriza por “la carencia, sin duda alguna absoluta, de noticias sobre los modos de vida distribuidos en los diferentes territorios y ambientes rurales argentinos”.

Representaciones de este tipo configuran un imaginario alrededor de la identidad del campo, intensificado por la reiteración. “Y la comunicación resulta relevante”, dice Carniglia, “pues no sólo es el medio a través del cual sino también, y sobre todo, el espacio en el cual la sociedad se imagina, se piensa y se hace a sí misma”.

Consolidados y desvanecidos

En la Argentina, una nación con indudable raigambre agropecuaria, apenas el 8% de la población es rural, informa Somos la tierra (Ediciones INTA, 2015). También precisa que más del 65% de los productores son agricultores familiares: unas 250 mil personas, responsables del 20% de la producción agropecuaria con sólo el 13% de las explotaciones.

Según los censos agropecuarios nacionales, entre 1969 y 2002 dejaron de subsistir 263.573 explotaciones, calcula Walter Mioni, especialista del IPAF NOA, en su libro Tierra sin mal (Ediciones INTA, 2013). En esa línea, el segmento más afectado corresponde al de los pequeños productores: un 77 % de los establecimientos desvanecidos en ese período tenían menos de cien hectáreas.

En su tesis doctoral, Consolidacio y desvanecimiento del mundo chacarero (2004), Javier Balsa afirma: “Pareciera que en la sociedad argentina, a la profesión de agricultor que vive y trabaja en su campo no se le reconoció un status social relevante o, al menos, equivalente al de la clase media urbana”.

Para Balsa, esa desvalorización “fue favorecida por la inexistencia de una tradición cultural” que celebrara al chacarero, a diferencia de lo ocurrido en el Corn Belt estadounidense. “Aquí en cambio, el campo quedó reducido al gaucho, el indio y el estanciero”, explica.

¿Persisten aún esas categorías en la definición de la identidad del campo argentino?

Desde los 60, Pierre Bourdieu analizó la sociedad campesina de Bearne, en el sudoeste de Francia, donde él nació y vivió. El resultado fue El baile de los solteros (2002), donde reflexiona sobre la categoría social del campesino, subyugado simbólica y materialmente al punto que resulta incapaz de definir su identidad. “Las clases dominadas no hablan, son habladas”, indica el sociólogo, para destacar el privilegio de quienes ejercen ese dominio: “El de controlar su propia objetivación y la producción de su propia imagen”.

Cuando se indaga en la identidad rural, una y otra vez emerge un único denominador común: la heterogeneidad. “Inmenso es el campo, tan grande que esconde las certezas”, reflexiona Mioni, quien agrega: “La propiedad, el dominio, la posesión, la renta, el mercado, las commodities, la bolsa y el desarrollo, son mundos dentro del mundo. Son muchos campos dentro de un campo”.

Este artículo fue publicado en la sección Agronegocios del diaro Ambito Financiero del viernes 8 de setiembre de 2017.

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